Un CEO Inalcanzable (Los Halcones de Wall Street 4) CAPÍTULO 21
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CAPÍTULO 21

DAKOTA

Llegamos a nuestra planta y cuando las puertas del ascensor se abren Oliver me coge de la mano.

Me lleva hasta mi puerta. Pero no me suelta.

—Me he cansado de esperar.

Lo dice en voz baja, controlada, cargada de una intensidad que me eriza la piel entera.

—Oliver…

—No. —Me gira hasta que me tiene contra la puerta, con su cuerpo presionando el mío—. Llevo semanas esperando. Semanas resistiéndome, siendo paciente, dándote espacio.

Su mano sube hasta mi cara y me sostiene para que lo mire.

—Pero esta noche. Después de esa cena. Después de verte con este vestido. Después de pasar horas imaginando lo que hay debajo. —Su voz baja hasta convertirse en un gruñido—. Ya no puedo esperar más.

—¿Qué estás diciendo?

—Estoy diciendo que esta noche voy a hacer lo que ambos necesitamos. Lo que ambos hemos estado necesitando desde el momento en que nos conocimos. —Me roza el labio inferior con el pulgar—. Voy a tocarte. A saborearte. A hacerte correrte tantas veces que olvides tu nombre.

El aire se me escapa de los pulmones.

—No podemos…

—Sí podemos. —Se acerca hasta que su boca roza la mía—. Y lo vamos a hacer. Ahora.

Me besa. Duro. Posesivo. Su lengua exige un acceso que le doy sin pensarlo.

Y cuando se separa, cuando veo esos ojos oscurecidos por el deseo, cuando siento su erección contra mi estómago…

Sé que no hay vuelta atrás.

—Quítate el vestido. —Su voz vuelve a ser una orden—. Y túmbate en la cama esperándome.

Tardo un segundo en asimilar la orden.

—¿Qué?

—Me has oído perfectamente. —Acerca los labios a mi oído—. Entra en tu habitación. Quítate ese vestido. Y túmbate en la cama. Voy a entrar en dos minutos.

—¿Estás loco?

—No voy a repetirlo, Dakota. —Su mano agarra mi cintura—. Haz lo que te estoy ordenando o atente a las consecuencias.

—¿Consecuencias?

—Voy a ponerte sobre mis rodillas. Y voy a darte azotes en ese culo perfecto hasta que esté rojo. —Me muerde el lóbulo, suave—. Hasta que me supliques que pare. O que siga. Lo que llegue antes.

Jadeo ante la imagen.

Oliver se separa. Me mira con unos ojos que prometen justo lo que acaba de describir.

—Dos minutos. No me hagas ir a buscarte.

Me suelta la mano.

Y yo corro.

Corro de verdad hacia mi puerta. La abro con manos temblorosas. Entro. Cierro con un golpe.

Y me apoyo contra la madera hasta recuperar el aliento.

Dios.

¿Qué estoy haciendo?

Pero mi cuerpo ya sabe la respuesta. Porque estoy empapada. Porque tengo los pezones tan duros que me duelen. Porque cada centímetro de mi piel vibra de expectación.

Me quito el vestido. Los tacones. Me quedo en lencería roja.

El conjunto que compré hace dos semanas pensando en él.

Sujetador de encaje que me realza el pecho, braguitas minúsculas, liguero con medias hasta medio muslo.

Me miro en el espejo del dormitorio.

Y por primera vez en años, me veo sexy.

No vieja. No usada. No invisible.

Sexy.

Me tumbo en la cama, sobre el edredón blanco impecable, el pelo extendido sobre la almohada, las piernas apenas abiertas porque no puedo evitarlo.

Y espero.

Treinta segundos que duran una vida.

Y entonces oigo el clic.

La puerta comunicante se abre.

Oliver entra. Y me ve.

Sus ojos me recorren de arriba abajo. Su respiración se entrecorta. Su mano baja hasta la entrepierna y aprieta la erección a través de los pantalones.

—Joder. —La palabra sale como un gruñido—. Eres una jodida diosa caída del cielo.

Se acerca a la cama. Lento. Como un depredador que ha encontrado justo lo que estaba cazando.

—Esto. —Señala mi cuerpo—. Es la imagen más erótica que he visto en mi vida. Y la voy a grabar en mi memoria para siempre.

Sigue acariciándose la erección a través de la tela. Y verlo tocarse, verlo tan duro por mí,

me despierta algo que nunca había sentido.

—Oliver… yo necesito que sepas algo.

—¿Qué? —Se detiene al borde de la cama.

Las palabras se me atascan en la garganta. Pero necesito decirlo. Necesito que lo sepa.

—Mi vida sexual ha sido una mierda. —Suelto todo de golpe—. He pasado veinte años con Marcus pero solo hacíamos el misionero. Rápido. Funcional. Yo fingía que me gustaba para que acabara antes. Nunca… nunca tuve un orgasmo de verdad con él hasta que me compré un vibrador hace tres años.

Oliver se queda petrificado.

—¿Me estás diciendo que ese cabrón te tuvo veinte años y nunca te hizo correrte?

—No de verdad. No como… —Hago un gesto hacia él—. No como tú en la piscina.

—Joder. —Oliver se pasa la mano por el pelo—. Dakota. Lo que voy a hacerte esta noche. Lo que voy a enseñarte. Va a borrar cada maldito recuerdo de ese imbécil.

—¿Qué vas a…?

—Tengo gustos peculiares. —Se quita la chaqueta. La tira al suelo—. Me gusta el control. Me gusta dominar. Me gusta que mis parejas se rindan por completo a mí. —Empieza a desabrocharse la camisa—. Y voy a compartir todo eso contigo. Porque vas a disfrutarlo tanto como yo.

La camisa cae al suelo. Y Dios.

El pecho. Los abdominales. Los brazos. Todo él es puro músculo y arrogancia.

Oliver se acerca. Se sienta en el borde de la cama junto a mí.

—Dame las manos.

—¿Por qué?

—Porque te lo estoy ordenando. —Su voz es suave pero firme—. Dame las manos, Dakota.

Le tiendo las manos, temblando.

Oliver saca una corbata del bolsillo de los vaqueros. La ha traído a propósito. La desdobla sin prisa.

Y entonces me ata las muñecas con ella.

No apretado. Pero lo suficiente para que no pueda moverlas. Para que esté a su merced.

—¿Cómo te sientes? —Pregunta mientras termina el nudo.

—Asustada —respondo con honestidad brutal—. Y más excitada de lo que he estado en mi vida.

Oliver sonríe. Y es la sonrisa más pecaminosa que le he visto esbozar hasta el momento.

—Buena chica. —Me levanta las manos atadas y las coloca en la almohada, por encima de la cabeza—. No las bajes. Si las bajas, paro. ¿Entendido?

—Sí.

—Sí, ¿qué?

—Sí… señor.

—Joder. —Oliver cierra los ojos un momento como si estuviera intentando controlarse—. Vas a matarme.

Se inclina sobre mí. Y me besa el cuello. Suave. Apenas un roce.

Y entonces su lengua traza una línea húmeda por mi clavícula.

Gimo sin querer.

—Shhh. —Su boca sigue bajando—. Todavía no puedes hacer ruido. Cuando quiera que gimas, te lo diré.

Sus labios encuentran el valle entre mis pechos. Besa. Lame. Mordisquea a través del encaje del sujetador.

Tengo que morderme el labio para no gemir. Para no suplicar.

Oliver baja más. Recorre mi estómago con la boca, besa cada centímetro de piel y se detiene en las estrías que el embarazo dejó hace veinte años.

—Estas marcas. —Besa una—. Son la prueba de que diste vida. De que tu cuerpo es fuerte. Poderoso. —Besa otra—. Y son jodidamente sexys.

Se me llenan los ojos de lágrimas.

Porque Marcus las odiaba. Porque siempre me hacía sentir que mi cuerpo, después del embarazo, era algo de lo que avergonzarse.

Y Oliver las besa como si fueran arte.

Sigue bajando. Su boca sobre mi cadera. Mordisquea la piel expuesta sobre el liguero.

Y entonces se detiene.

—Mírate. —Levanta la vista hacia mí—. Atada. En lencería roja. Temblando de necesidad. Superas cualquier fantasía que haya tenido.

Se levanta de la cama. Y se quita los pantalones. Los bóxers.

Y su erección queda libre.

Dios santo.

Es enorme. Gruesa. La punta brilla de líquido preseminal.

—¿Ves lo que me haces? —Se rodea con la mano. Acariciándose lentamente—. Estoy tan duro que siento que voy a explotar. Y todo es por ti.

Verlo tocarse. Verlo masturbarse mirándome.

Es lo más erótico que me ha pasado en la vida.

Oliver vuelve a la cama. Se tumba sobre mí. Piel contra piel. Su peso presionándome contra el colchón.

—Ahora puedes hacer ruido. —Pega la boca a mi oído—. De hecho, quiero oírte. Quiero que grites mi nombre cuando te corras.

Y entonces su mano baja entre mis piernas.

Aparta las braguitas a un lado. Y sus dedos me encuentran. Empapada. Desesperada.

—Joder. Estás goteando para mí. —Dos dedos se deslizan dentro. Sin resistencia—. Tan apretada. Tan perfecta.

Grito. No puedo evitarlo.

Sus dedos se mueven. Dentro y fuera. Se curvan, encuentran ese punto que me nubla la vista.

Y su pulgar me frota el clítoris con una precisión indecente.

—Oliver… Dios… yo…

—¿Vas a correrte ya? —Muerde mi cuello—. ¿Tan rápido? Eres tan sensible. Tan receptiva. Me encanta.

—Por favor…

—Por favor, ¿qué?

—Por favor, déjame correrme.

—Todavía no. —Afloja el ritmo, cruel—. Cuando te corras quiero que sea con mi boca en tus tetas.

Me suelta las manos atadas con una de las suyas. Con la otra sigue entre mis piernas, implacable.

Y entonces su boca me encuentra el pezón a través del encaje. Chupa. Muerde apenas.

Exploto.

El orgasmo me arrasa con una intensidad que me arquea la espalda. Que me hace gritar su nombre tan fuerte que debe de oírme toda la planta.

Y Oliver no para. Sus dedos siguen moviéndose, estirando el placer hasta que no puedo más.

Cuando vuelvo en mí, cuando recupero el aliento, lo miro.

Él me sostiene la mirada mientras saca los dedos de mí. Y se los lleva a la boca.

—Sabes a gloria. —Chupa cada dedo, uno a uno—. Y voy a pasar horas entre tus piernas. Pero no esta noche. Esta noche solo quiero adorar cada centímetro de ti.

Me desata el sujetador. Lo tira al suelo. Mis pechos quedan libres.

—Perfectos. —Sus manos los rodean, los aprietan, me pellizcan los pezones hasta que jadeo—. Absolutamente perfectos.

Se coloca de rodillas entre mis piernas. La erección me apunta. Se la rodea con una mano y se acaricia.

—Quiero marcarlos. —Sus ojos están completamente negros de deseo—. Quiero correrme sobre estos pechos increíbles. Ver mi semen sobre tu piel. ¿Me lo permitirás?

—Sí. Dios, sí.

Oliver se masturba más rápido, con la otra mano en mi pecho, apretando, amasando.

—Habla conmigo. —Su voz es tensa—. Dime lo que sientes.

—Me siento… adorada. Deseada. Sexy. —Me sale todo sin filtro—. Nunca me había sentido así. Nunca.

—Joder. —Su mano se mueve frenética—. Voy a… Dakota, voy a…

Y explota.

Su semen cae sobre mis pechos. Caliente. Espeso. Me marca justo como prometió.

Y verlo perder el control sobre mí, verme, desearme con esa intensidad, me rompe algo por dentro.

Oliver se derrumba sobre mí, con la respiración acelerada y el cuerpo temblando.

Nos quedamos así durante un minuto. Dos. Hasta que el aire vuelve.

Y entonces se levanta.

Va al baño. Vuelve con una toalla húmeda.

Y me limpia.

Cada centímetro. Con cuidado. Con ternura.

Como si fuera un tesoro.

Cuando termina toma mis muñecas y besa cada una. Suave. Reverente.

—¿Te he hecho daño?

—No. —Mi voz sale rota—. Ha sido perfecto.

Oliver vuelve a besarme las muñecas. Y luego el pecho. El estómago. La espalda cuando me gira. El cuello. La cara.

Cada beso es una adoración.

Y entonces me arrastra hasta el otro lado de la cama y me rodea con los brazos. Mi espalda contra su pecho. Sus piernas entrelazadas con las mías.

—Duerme —susurra contra mi pelo—. Estoy aquí.

Las lágrimas que estaba conteniendo caen por fin.

Silenciosas. Porque nunca, en cuarenta años, me había sentido tan adorada. Tan cuidada. Tan real para alguien.

Marcus nunca me atendía después del sexo. Siempre se daba la vuelta y se dormía.

Y Oliver me sostiene como si fuera lo más valioso que tiene.

—Dakota. —Su voz es suave—. ¿Estás bien?

—Sí. —Consigo responder—. Más que bien. Es solo que… nunca pensé que volvería a tener esto. Una oportunidad de explorar el placer. De sentirme deseada. De…

No puedo terminar la frase porque las lágrimas me ahogan.

Oliver me aprieta más contra él.

—Esto es solo el principio. —Me besa el hombro—. Voy a demostrarte cada noche lo increíble que eres. Lo mucho que te deseo. Lo perfecta que eres para mí.

Me quedo dormida en sus brazos, sintiéndome segura por primera vez en años.

Y sé que todo acaba de cambiar para siempre.