CAPÍTULO 20
DAKOTA
Oliver cierra la puerta comunicante detrás de él con un clic suave que resuena en toda la habitación.
Lleva vaqueros oscuros y camisa blanca con las mangas enrolladas hasta los codos, el pelo revuelto de pasarse los dedos. Y esa sonrisa.
Esa maldita sonrisa que dice que sabe lo que está haciendo.
—Sal de mi habitación.
Las palabras salen más débiles de lo que pretendía.
—Todavía no. —Camina hacia mí con esa calma de quien se sabe ganador—. Tenemos planes esta noche.
—No. No los tenemos.
—Sí que los tenemos. —Se detiene a un metro de distancia—. Te llevo a cenar.
Me río. Sin humor. Sin creer lo que acabo de oír.
—¿Estás loco? ¿De verdad crees que voy a ir a cenar contigo después de…?
—¿Después de que te hiciera correrte en una piscina? —Termina la frase por mí con esa voz oscura que hace que se me erice la piel—. Sí. Precisamente por eso.
—No voy a ir a ninguna parte contigo.
—Claro que sí. —Da un paso hacia mí—. Porque la alternativa es que llame ahora mismo a Philippe y Simone, les diga que queremos cenar con ellos y pase las próximas tres horas seduciéndote descaradamente delante de nuestros anfitriones.
Tardo un segundo en reaccionar.
—No te atreverías.
—¿Quieres comprobarlo? —Saca el móvil del bolsillo—. Tengo el número de Philippe en marcación rápida. Puedo decirle que estamos deseando pasar más tiempo conociéndolos. Que nos encantaría una cena íntima. Los cuatro.
—Eres un cabrón.
—Ya te dije que iba a jugar sucio. —Guarda el móvil. Se acerca más—. Te advertí que no me iba a rendir. Que iba a hacer todo lo necesario para conseguir lo que quiero.
—¿Y qué es lo que quieres exactamente?
—A ti. —La respuesta sale sin vacilación—. Te deseo, Dakota. Como no he deseado nunca a nadie. Y voy a hacer todo lo que esté en mi mano para conseguirte.
Su declaración me deja sin aire.
—Esto es una locura.
—Probablemente. —Sonríe—. Pero vamos a cenar de todas formas. Así que ve a cambiarte. Ponte algo bonito. Tengo reserva en veinte minutos.
—Oliver…
—¿Prefieres que llame a Philippe?
Aprieto la mandíbula tan fuerte que me duele.
—Te odio.
—No. No me odias. —Baja la cabeza hasta mi oído—. Me deseas. Y eso te aterroriza.
Se aleja antes de que pueda responder. Camina hacia la puerta comunicante.
—Veinte minutos, Dakota. No me hagas venir a buscarte.
Y desaparece en su habitación.
Me deja temblando de furia. Y de algo más que no quiero reconocer.
Dieciocho minutos después bajo a recepción, donde Oliver me espera.
He tardado quince minutos en decidir qué ponerme. Porque no quería que pareciera que me arreglaba para él. Pero tampoco quería salir con lo primero que encontrara.
Al final he elegido un vestido negro hasta las rodillas, ajustado pero no obsceno, de escote modesto, con tacones dorados y el pelo suelto en ondas suaves, sin fuerzas ya para pelearme con un recogido.
Y cuando Oliver me ve, sus ojos me recorren de arriba abajo con esa intensidad hambrienta, sé que he tomado la decisión correcta.
—Estás preciosa.
Las palabras salen como un gruñido bajo.
—No me halagues.
—No es un halago. Es un hecho. —Me ofrece el brazo—. ¿Vamos?
Lo ignoro y camino hacia la salida con la cabeza alta.
Pero noto su sonrisa clavada en la espalda.
Fuera nos espera un coche negro, elegante. El conductor nos abre la puerta.
Oliver me ayuda a entrar con una mano en la parte baja de mi espalda que me quema a través de la tela del vestido.
Nos alejamos del resort hacia el pueblo más cercano: diez minutos de carretera oscura entre montañas, sin hablar, con esa tensión de siempre crepitando entre nosotros.
El coche se detiene frente a un restaurante pequeño, de fachada de ladrillo viejo, luces cálidas en las ventanas y aspecto acogedor e íntimo.
Demasiado íntimo.
Oliver sale primero. Me ofrece la mano para ayudarme.
Y esta vez la acepto. Porque los tacones son altos y el pavimento irregular.
Eso es todo. No tiene nada que ver con cómo su mano se cierra sobre la mía con esa firmeza que hace que me sienta segura.
El interior del restaurante es justo lo que esperaba: pequeño, tal vez quince mesas, velas en cada una, música suave de fondo. El tipo de lugar al que las parejas vienen a celebrar aniversarios o primeras citas importantes.
—Reserva para Hawke. —Oliver habla con el anfitrión, que nos sonríe como si lo conociera.
—Por supuesto, señor Hawke. Su mesa está lista.
Nos guía hasta el fondo. A una mesa en una esquina privada. Con dos velas y dos copas.
Oliver me aparta la silla antes de que el anfitrión pueda hacerlo. Espera a que me siente. Me la acerca con cuidado.
Y ese gesto. Ese simple gesto de caballerosidad.
Me remueve por dentro de una forma que no quiero examinar.
Porque Marcus nunca hizo eso. En veinte años nunca me apartó la silla. Nunca me abrió la puerta del coche. Nunca me trató como si mereciera que me cuidaran.
Y Oliver lo hace sin pensarlo, con la naturalidad de quien lo ha hecho siempre.
—¿Vino? —Oliver señala las copas.
—Sí.
Necesito alcohol para sobrevivir a esta cena.
Bebo un sorbo. Es excelente, suave, seguro que caro.
—¿Has venido aquí alguna vez antes?
La pregunta me sale sola. Conversación de cortesía. Algo con lo que llenar el silencio.
—Vine una vez hace dos años. Con un cliente. —Oliver bebe sin dejar de mirarme—. El dueño es francés. La comida es increíble.
—Qué conveniente que lo recordaras justo ahora.
—Recuerdo muchas cosas cuando se trata de impresionarte.
—No necesito que me impresiones.
—Lo sé. —Sonríe—. Pero quiero hacerlo de todas formas.
Nos miramos por encima de las velas. Y la tensión entre nosotros es tan espesa que casi se palpa.
Un camarero aparece. Toma nuestro pedido. Desaparece.
Y nos quedamos solos otra vez.
—¿Por qué haces esto? —No puedo evitar preguntarlo—. ¿Por qué insistes tanto?
Oliver se recuesta en la silla y me estudia.
—¿Quieres la respuesta honesta?
—Sí.
—Porque desde el momento en el que te vi en tu despacho aquel día. Furiosa. Sonrojada. Preciosa. No he podido pensar en otra cosa que en ti. —Su voz es baja. Intensa—. Porque cada vez que te veo quiero tocarte. Besarte. Descubrir cada secreto que escondes detrás de esa armadura perfecta que llevas.
Me quedo muy quieta.
—Oliver…
—Y porque sé que tú sientes lo mismo. —Se inclina hacia delante—. Sé que me deseas tanto como yo a ti. Sé que peleas contra ello cada segundo. Y quiero que dejes de pelear.
—No es tan simple.
—¿Por qué no?
—Porque trabajamos juntos. Porque tienes quince años menos que yo. Porque esto es temporal y cuando te vayas…
—¿Quién dice que me voy a ir?
La pregunta me sacude entera.
—Tu adquisición es temporal. Cuando termine…
—¿Y si no quiero que termine?
No puedo responder. Porque no sé qué significa eso. No sé si está hablando del trabajo o de lo que sea que está pasando entre nosotros.
Pero todo esto es una locura.
Es irreal.
El camarero vuelve con nuestros entrantes. El momento se rompe.
Comemos en silencio durante unos minutos. La comida está deliciosa pero apenas la saboreo. Demasiado consciente de Oliver frente a mí, de cómo me mira cada vez que me llevo el tenedor a los labios, de cómo sus ojos siguen cada movimiento que hago.
—Deja de mirarme así.
—¿Así cómo?
—Como si… como si quisieras devorarme.
Oliver sonríe. Despacio. Con toda la intención.
—Es porque quiero hacerlo.
El calor me sube por el cuello hasta las mejillas.
—Oliver…
—¿Sabes lo que pienso cuando te miro? —Su voz se vuelve oscura. Pecaminosa—. Pienso en cómo te verías sin ese vestido. En cómo sonarías gimiendo mi nombre. En cómo sabrías si te besara entre las piernas.
Casi me atraganto con el vino.
—No puedes… no puedes decir esas cosas aquí.
—¿Por qué no? Nadie nos está escuchando.
—Porque… —Miro alrededor. Hacia las otras mesas—. Porque la gente nos está mirando.
Y es verdad. He sentido las miradas desde que entramos. Parejas en otras mesas que nos observan. Sobre todo a Oliver. A lo joven que es. A lo guapo que es.
A lo fuera de lugar que resulta a mi lado.
—Claro que nos miran. —Oliver bebe de su copa sin inmutarse—. Porque estás impresionante esta noche.
—No. Nos miran porque salta a la vista que eres demasiado joven para estar conmigo. Seguro que piensan que soy una mujer desesperada que…
—Dakota. —Oliver interrumpe mi espiral con esa voz firme—. Para.
—Es la verdad…
—No tienes ni jodida idea de por qué nos miran.
Oír esa palabrota de su boca me calla de golpe.
Oliver se inclina sobre la mesa, hasta dejar su cara a un suspiro de la mía.
—Nos miran porque todos los hombres en este restaurante están pensando en lo mismo.
—Su voz es un murmullo grave, casi una caricia—.
Están pensando en cómo sería follarte. En cómo te verías con ese vestido sobre la cama.
En cómo sonarían tus gemidos. En lo sexy que debes estar desnuda debajo de toda esa ropa cara.
Cada palabra me enciende y me manda el calor directo entre las piernas.
—Están imaginando cosas que nunca van a tener. —Continúa—. Porque el único hombre que va a descubrir cómo estás desnuda. El único que va a escuchar tus gemidos. El único que va a saber exactamente cómo hacerte correrte una y otra vez.
Se detiene. Me sostiene la mirada.
—Voy a ser yo.
Me quedo sin respiración.
Tengo que juntar las rodillas bajo la mesa porque noto la presión en el clítoris, la humedad que me empapa la ropa interior, la necesidad que me late por todo el cuerpo.
—Joder. —Oliver ve mi reacción. Sonríe como quien acaba de cobrar una apuesta—. Ahora mismo estás empapada, ¿verdad?
—Cállate.
—¿Quieres que pare?
Debería decir que sí. Debería recoger mi dignidad del suelo y salir de aquí.
Pero no puedo.
Porque tiene razón. Estoy empapada. Estoy desesperada. Estoy a punto de montarlo aquí mismo, en este restaurante.
—Ese silencio es muy revelador, Dakota.
—Eres imposible.
—Soy honesto. —Bebe de su copa—. Y paciente. Muy paciente.
—¿Qué se supone que significa eso?
—Significa que puedes seguir resistiéndote todo lo que quieras.
Puedes seguir construyendo muros, diciéndote que esto es mala idea.
—Se recuesta en la silla con esa confianza devastadora—.
Pero tarde o temprano vas a sucumbir. Y cuando lo hagas, cuando por fin me dejes demostrarte lo bien que podemos estar juntos…
Hace una pausa. Me mira con esos ojos que prometen mil pecados.
—No vas a querer que pare nunca.
El camarero vuelve con nuestros platos principales y me salva justo cuando creo que voy a arder allí mismo.
El resto de la cena se me desdibuja: mantenemos una conversación superficial que no recuerdo, comida deliciosa que apenas pruebo, vino que bebo demasiado rápido para intentar apagar el fuego que Oliver me ha encendido dentro.
Y durante toda la cena, recibo sus miradas, sus sonrisas, esa promesa constante en sus ojos.
Cuando terminamos, cuando Oliver paga la cuenta sin hacer caso de mi intento de dividirla, cuando salimos al aire fresco de la noche…
Me doy cuenta de algo.
Esta cena no ha sido para convencerme.
Ha sido para mostrarme cómo sería estar con él. Cómo me trataría. Cómo me haría sentir.
Y la verdad aterradora es que me ha gustado.
Cada segundo.