Un CEO Inalcanzable (Los Halcones de Wall Street 4) CAPÍTULO 19
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CAPÍTULO 19

DAKOTA

Me despierto con el cuerpo todavía encendido.

Son las siete de la mañana y apenas he dormido tres horas. Cada vez que cerraba los ojos veía a Oliver, sentía sus manos sobre mí, su boca en mi cuello, sus dedos llevándome al cielo en medio de esa maldita piscina.

Y la peor parte es que mi cuerpo quiere más.

Me obligo a levantarme. Me doy una ducha fría que no ayuda en absoluto. Me visto con cuidado meticuloso: traje pantalón azul marino, blusa de seda blanca, tacones nude de ocho centímetros, el pelo recogido en un moño estricto y maquillaje de guerra que esconde las ojeras.

Me pongo la armadura completa.

Porque hoy voy a mantenerme alejada de Oliver Hawke aunque sea lo último que haga en mi vida.

La presentación oficial empieza a las nueve en el salón principal, transformado en un showroom espectacular.

Hay productos de Laurent & Co. por todas partes bajo unas luces pensadas al detalle, modelos que muestran las nuevas líneas, y Philippe da un discurso apasionado sobre lujo accesible y belleza para todas las mujeres.

Y Oliver.

Está al otro lado del salón, con un traje gris oscuro digno de una portada de GQ. Pero no me mira como ayer. No me persigue con los ojos.

Es todavía peor.

Me mira como si supiera lo que estoy pensando, como si viera más allá de toda mi armadura, hasta la mujer que tembló en sus brazos anoche.

Me concentro en tomar notas, en hablar con Simone sobre las posibilidades de colaboración, en fotografiar productos para mis redes sociales.

Pero noto su mirada. Constante. Me quema la piel.

Por la tarde organizan sesiones fotográficas con las editoras, experiencias personalizadas con maquilladores profesionales, catas de fragancias en una sala privada que huele a mil flores diferentes.

Consigo evitar a Oliver durante tres horas seguidas.

Hasta que aparece.

En la sala de fragancias cuando estoy oliendo un perfume de jazmín y bergamota. De repente está detrás de mí. Tan cerca que noto su calor.

—Ese te quedaría perfecto. —Lo dice en voz baja, solo para mí—. Pero prefiero cómo hueles sin nada.

Se va antes de que pueda responder.

Me deja con el pulso desbocado y las mejillas ardiendo.

Vuelve a aparecer en la sesión de fotos. Cuando estoy posando con productos para el Instagram de Relish . Se queda observando desde la puerta, sin decir nada, solo mirándome con esa intensidad que hace que me olvide de dónde estoy.

El fotógrafo tiene que pedirme que repita la pose tres veces porque no puedo concentrarme.

A las seis de la tarde, cuando el sol empieza a ponerse detrás de las montañas, la mayoría de los invitados se retiran a sus habitaciones: esta noche la tenemos libre.

Me escapo.

Subo derecha a mi suite, sin darle a Oliver la oportunidad de interceptarme. Cierro la puerta, me apoyo contra ella y respiro como si acabara de correr un maratón.

Lo he conseguido.

He pasado un día entero manteniéndome alejada. Resistiendo cada mirada. Cada aparición inesperada. Cada promesa silenciosa en esos ojos color avellana.

Me quito los tacones y los pies me gritan de alivio. Camino hacia el dormitorio con la idea de darme un baño largo y relajante, decidida a disfrutar de esta noche libre.

Y entonces oigo el sonido.

Un clic suave.

Me giro.

La puerta comunicante se está abriendo.

Y Oliver entra en mi habitación con una sonrisa juguetona en la boca.