Un CEO Inalcanzable (Los Halcones de Wall Street 4) CAPÍTULO 18
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CAPÍTULO 18

DAKOTA

Estoy flotando boca arriba, mirando las estrellas, cuando oigo el sonido.

Un chapoteo suave. Agua que se mueve.

Abro los ojos de golpe.

Y Oliver está a tres metros de mí.

En la piscina, sin camiseta, con un bañador negro que le cuelga bajo en las caderas, de un modo casi indecente. El agua le llega a la cintura y le resbalan gotas por ese pecho que debería estar prohibido, por esos abdominales que parecen tallados en mármol.

Y me está mirando con una expresión que me deja clavada donde estoy.

—¿Qué… qué haces aquí?

Me sale una voz demasiado aguda, nerviosa.

—Podría preguntarte lo mismo. —Oliver da un paso hacia mí. Lento. Controlado—. Te has ido de la cena sin despedirte.

—Estaba cansada.

—Estabas huyendo.

—No estaba…

—Sí. Sí lo estabas. —Otro paso—. Te he visto escapar cuando esos hombres me han atrapado hablando. Has pensado que no podría seguirte.

Me enderezo en el agua y pongo los pies en el suelo. Necesito estar de pie. Necesito no sentirme en desventaja.

Pero el error es ese. Porque ahora estoy de pie. Y el agua me llega justo por debajo del pecho. Y Oliver puede ver lo que llevo puesto.

O más bien, lo poco que llevo puesto.

Sus ojos bajan y me recorren el cuerpo con una intensidad que hace que se me erice cada centímetro de piel.

—Joder, Dakota.

Las palabras le salen como un gruñido. Oscuras. Hambrientas.

—No me mires así.

—¿Cómo quieres que te mire? —Da otro paso. Ya solo quedan dos metros entre nosotros—. No llevas casi nada. Y tienes el cuerpo más increíble que he visto en mi vida.

—Oliver…

—¿Sabes lo que me has hecho esta noche? —Otro paso. Un metro—. Sentado en esa cena. Viéndote con ese vestido. Viendo cómo se te ceñía a cada curva. Cómo tu espalda quedaba expuesta. Cómo cada hombre en ese salón te miraba y yo no podía hacer nada.

—No es mi problema.

—¿No? —Da el último paso. Ya está a centímetros de mí—. Entonces dime. ¿Por qué has huido?

—Necesitaba aire.

—Necesitabas escapar de mí.

—Sí. —La palabra se me escapa sola—. Sí, vale. Necesitaba escapar de ti. ¿Contento?

Oliver sonríe. Y esa sonrisa no promete nada bueno.

—Muy contento. Porque significa que te afecto tanto como tú a mí.

—Eres un arrogante.

—Soy honesto. —Se acerca más, hasta que siento el calor de su cuerpo a través del agua—. Y tú eres una mentirosa. Sigues fingiendo que no me deseas cuando es lo único en lo que puedes pensar.

Doy con la espalda contra el borde de la piscina.

No me había dado cuenta de que estaba retrocediendo. De que Oliver me había estado acorralando hasta dejarme sin ningún sitio adonde ir.

—Háblame de ti. —Baja la voz, más suave ahora pero no menos peligrosa—. Quiero conocerte. De verdad.

—Ya me conoces.

—Sé lo que muestras al mundo. Quiero saber lo que escondes. —Apoya las manos en el borde de la piscina, a cada lado de mí, y me atrapa—. Quiero saber qué piensas cuando estás sola. Qué deseas. Qué te asusta.

—Oliver…

—Dímelo. —Acerca la boca a mi oído—. O te lo voy a sacar de otra forma.

Un escalofrío me recorre entera.

—No tengo nada que decirte.

—Entonces supongo que tendré que adivinarlo. —Su aliento me calienta la oreja—. Como hice en el coche.

Sus manos no me tocan. Pero siento su presencia rodeándome, consumiéndome.

—Creo. —Su voz es un ronroneo oscuro—. Que llevas veinte años sin que nadie te toque como mereces. Sin que nadie te mire como si fueras lo más sexy que han visto. Sin que nadie te haga sentir como una mujer en lugar de una responsabilidad.

Cada palabra se me clava.

—Y creo. —Continúa—. Que ahora mismo. Estás empapada pensando en lo que podría hacerte si te dejaras.

—Estoy en una piscina. Claro que estoy empapada.

Oliver se ríe. Bajo. Oscuro.

—Sabes exactamente a qué me refiero.

Y Dios. Sí que lo sé.

Porque tiene razón. Siento entre las piernas una humedad que no tiene nada que ver con el agua de la piscina. Siento los pezones endurecidos bajo el bikini diminuto, la piel entera pidiendo sus manos a gritos.

—Dime que pare. —Su boca roza mi oreja—. Dime que me vaya. Y lo haré.

Debería hacerlo. Debería decirle que se vaya antes de que esto llegue demasiado lejos.

Pero las palabras no salen.

—Eso pensaba. —Oliver mueve la mano y la desliza por mi cintura bajo el agua—. Buena chica.

Esas dos palabras me detonan por dentro.

Buena chica.

Nadie me ha hablado así nunca. Nadie me ha tratado como si fuera valiosa, como si mereciera una recompensa por obedecer.

Sin embargo, es la segunda vez que Oliver me lo dice.

Y me está volviendo loca.

—Oliver… no podemos…

—Shh. —Su otra mano sube por mi costado. Me roza apenas. Me tortura—. Deja de pensar. Solo siente.

Sus dedos encuentran el borde del top del bikini. Siguen la línea de la tela sin tocar lo que de verdad quiero que toque.

Se me escapa un gemido.

—Joder. —Oliver gruñe contra mi cuello—. Me estás poniendo tan duro que duele.

Y lo noto. Dios. Noto su erección presionando contra mi estómago a través del bañador.

—Necesito… —No sé ni lo que estoy pidiendo.

—¿Qué necesitas, Dakota? —Su boca baja por mi cuello. Besando. Mordisqueando—. Dímelo. Pídeme lo que quieras.

—Tócame.

—¿Dónde?

—Ya lo sabes.

—Quiero oírtelo decir. —Baja la mano de mi cintura y roza la parte superior de las braguitas del bikini—. Sé concreta.

—Oliver, por favor…

—Por favor, ¿qué?

—Tócame el… —No puedo decirlo. No puedo ser tan explícita.

—¿El coño? —Las palabras le salen como si fueran lo más natural del mundo—. ¿Quieres que te toque el coño, empapado como lo tienes?

Jadeo ante su lenguaje. Tan sucio. Tan directo. Tan diferente a cualquier cosa que Marcus me dijera alguna vez.

—Sí.

—Buena chica. —Su mano se desliza dentro de las braguitas del bikini—. Por ser honesta te voy a dar exactamente lo que necesitas.

Y entonces me toca.

Sus dedos me encuentran el clítoris hinchado. Frotan. Círculos precisos. La presión exacta.

Grito. No puedo evitarlo.

—Shh. —Oliver me tapa la boca con la otra mano—. Silencio, preciosa. No queremos que nadie nos oiga.

Pero sus dedos no paran. Siguen moviéndose, implacables, y me llevan más alto. Más rápido.

—Estas curvas. —Su voz en mi oído es constante. Sucia—. Estos pechos. Este culo. Eres perfecta. Absolutamente perfecta.

No puedo responder. Solo puedo gemir contra su mano mientras sus dedos me destruyen.

—Y vas a portarte bien conmigo, ¿verdad? Vas a correrte en mi mano como la buena chica que eres.

Asiento, desesperada. Ya no puedo fingir. Ya no puedo resistirme.

Oliver aparta la mano de mi boca solo para girarme y presionarme contra el borde de la piscina. Mi pecho contra la piedra. Su cuerpo pegado a mi espalda.

Y entonces siento su erección, dura, enorme, presionando contra mi culo a través de la tela fina de los bañadores.

—Siente lo que me haces. —Mueve las caderas y se frota contra mí—. Siente lo duro que me pones. Lo mucho que te deseo.

Sus dedos vuelven a mi clítoris. Más rápido. Más duro.

Y su otra mano sube hasta mi pecho. Aprieta. Me pellizca el pezón a través del bikini.

—Oliver… voy a…

—Lo sé. —Su boca junto a mi oído—. Lo noto. Estás tan cerca. Tan a punto de explotar para mí.

Se frota contra mi culo de nuevo. Más duro. Más insistente.

Y eso es todo lo que necesito.

Exploto.

El orgasmo me atraviesa con una intensidad que hace que vea estrellas. Grito su nombre. Tiemblo contra él. Pierdo por completo el control de mi cuerpo.

Y Oliver me sostiene, con los brazos rodeándome y la boca en mi cuello, los dedos todavía en movimiento, prolongando cada ola de placer hasta que no puedo más.

Cuando por fin vuelvo a la tierra, cuando recupero la respiración, me doy cuenta de varias cosas.

Una. Acabo de tener el orgasmo más intenso de mi vida.

Dos. Oliver me lo ha dado sin siquiera quitarme la ropa.

Tres. Estoy completamente jodida.

Oliver se separa despacio y pone espacio entre nosotros.

Me giro. Con las piernas temblándome tanto que casi no puedo sostenerme.

Él me mira con los ojos negros de deseo, la respiración acelerada, la erección todavía visible bajo el agua.

Y sonríe.

Una sonrisa petulante que presume de lo que acaba de hacerme.

—¿Necesitas que te lleve en brazos a la cama?

Las palabras caen como un bofetón.

Y me doy cuenta de lo vulnerable que estoy. De que acabo de dejar que este hombre me haga correrme en una piscina donde cualquiera podría habernos visto.

De que he perdido el control por completo.

Otra vez.

—Que te jodan, Oliver.

Salgo del agua con toda la dignidad que puedo reunir, teniendo en cuenta que tengo las piernas de gelatina, que el cuerpo entero todavía me vibra y que lo que noto entre los muslos no es agua de piscina.

Cojo la toalla que dejé en una tumbona. Me envuelvo en ella.

Y camino hacia los vestuarios sin mirar atrás.

Pero oigo su risa.

Grave. Satisfecha. Me sigue mientras me alejo.

Y sé sin ninguna duda que este fin de semana acaba de volverse mucho más complicado de lo que jamás imaginé.