CAPÍTULO 17
DAKOTA
El vestíbulo del Outlook Resort es justo lo que se espera de un lugar que cobra cinco mil dólares la noche.
Techos altísimos con vigas de madera oscura. Chimenea de piedra tan grande que podrían caber tres personas dentro. Ventanales del suelo al techo que enmarcan las montañas hasta donde alcanza la vista.
Y justo a la izquierda, visible a través de puertas de cristal, una piscina climatizada que humea en el aire fresco de la tarde. El agua brilla bajo las luces ambientales. La rodean tumbonas de diseño. A esta hora está vacía.
Menudo paraíso…
—Madame Relish. Monsieur Hawke. —Un empleado de punta en blanco, con traje gris oscuro, se acerca con dos tarjetas llave—. Sus suites están listas. Piso superior. Las mejores vistas del resort.
—Gracias. —La voz me sale casi normal, aunque todavía siento los labios de Oliver sobre los míos. Todavía saboreo ese beso que casi me destruye.
Oliver habla con el empleado sobre el equipaje. Yo aprovecho para alejarme unos pasos. Necesito espacio. Necesito aire que no huela a su colonia.
Cinco minutos después estamos en el ascensor, subiendo al último piso en silencio, con esa tensión que no ha desaparecido desde que salimos de la limusina.
Aunque la realidad es que la tensión entre nosotros no ha desaparecido desde que nos conocemos.
Menos mal que en esta ocasión estamos en el ascensor con un empleado.
Las puertas se abren a un pasillo privado con solo dos puertas.
—Las suites Presidencial y Ejecutiva están al final. —El empleado señala—. Comunicadas por una puerta interior para mayor comodidad.
Necesito un segundo para asimilarlo.
—¿Están comunicadas?
—Sí, madame. Monsieur Hawke solicitó específicamente habitaciones contiguas para facilitar la coordinación del evento.
Por supuesto que lo hizo.
Siento un deseo repentino de estrangularlo.
Miro a Oliver. Él me sostiene la mirada con una expresión inocente que ya sé que es calculada.
—Pensé que sería práctico. —Su tono es de una sensatez exasperante—. Así podemos revisar la presentación juntos sin tener que ir y venir por el pasillo.
—Qué considerado.
El sarcasmo en mi tono es tan obvio que el empleado carraspea incómodo.
Abre la puerta de mi suite primero. La Presidencial.
Y es… de escándalo.
La sala de estar tiene sofás de terciopelo gris, chimenea, minibar y un escritorio de madera maciza. Y a través de puertas dobles, un dormitorio con una cama king size que parece sacada de un hotel de Dubái.
Pero lo único en lo que puedo concentrarme es en la puerta al final de la sala de estar.
La puerta que comunica con la habitación de Oliver.
—La suite Ejecutiva es idéntica pero en espejo. —El empleado coloca mi tarjeta llave sobre la mesita—. Si necesitan algo, marquen el nueve. El servicio de habitaciones está disponible las veinticuatro horas.
—Gracias. —Oliver le da una propina generosa—. Eso es todo.
El empleado asiente y desaparece.
Y nos deja solos.
En habitaciones comunicadas.
Con una puerta entre nosotros que no tendrá ni cerrojo.
Dios.
—Dakota…
—No. —Levanto una mano para detenerlo—. No digas nada. No justifiques esto. Solo… vete a tu habitación. Necesito prepararme para la cena.
Oliver me mira. Un segundo. Dos.
Luego asiente. Y sin decir palabra cruza hacia la puerta comunicante. La abre. Desaparece al otro lado.
La puerta se cierra con un chasquido suave.
Pero no oigo el sonido de un cerrojo.
Me dejo caer en el sofá con las piernas temblándome.
¿Qué demonios estoy haciendo aquí?
¿Cómo se supone que voy a sobrevivir dos días con Oliver a metros de distancia, con esa puerta que podría abrir en cualquier momento, con el recuerdo de su boca devorándome todavía fresco en la memoria?
Con el cuerpo entero vibrando de una necesidad que no había sentido en veinte años.
Miro el reloj de la pared. Las cuatro y media.
La cena de gala empieza a las ocho.
Tengo tres horas y media para recuperar la compostura, para recordar todas las razones por las que acercarme a Oliver Hawke es mala idea, para construir las defensas que perdí en ese beso.
Puedo hacerlo.
Tengo que hacerlo.
A las ocho menos diez bajo al salón principal donde se celebra la cena de gala.
He tardado dos horas en prepararme. Me he dado una ducha larga para que el agua caliente se llevara la tensión de los hombros. Maquillaje impecable. Pelo recogido en un moño bajo elegante. Y el vestido.
Verde esmeralda, de satén que se ciñe a cada curva, con escote en V lo bastante bajo para ser interesante sin ser inapropiado y la espalda descubierta hasta la cintura. Tacones dorados de diez centímetros.
Y debajo. Un conjunto de lencería.
Porque necesito sentirme poderosa esta noche. Necesito la armadura que solo este encaje puede darme.
Lo necesito para estar cerca de Oliver y no desmoronarme.
El salón es un espectáculo: mesas redondas con manteles blancos y centros de flores enormes, velas por todas partes, una barra de champán donde los camareros no dejan de servir copas, música suave de fondo.
Y gente. Cientos de personas elegantísimas. Editoras de las revistas más importantes del país. Influencers con millones de seguidores. Empresarios en trajes que cuestan más que un coche.
Philippe me ve enseguida. Cruza el salón con Simone siguiéndole.
—Dakota. Estás impresionante. —Me besa en ambas mejillas al estilo francés—. Ese vestido es Dior, ¿verdad?
—De hace dos temporadas. Pero sí.
—Estás increíble de todas formas. —Simone sonríe—. Ven. Quiero presentarte a algunas personas.
Me llevan por el salón: presentaciones constantes, nombres que intento recordar, rostros que se mezclan, conversaciones sobre la industria, sobre tendencias, sobre el futuro del lujo en América.
Y durante todo ese tiempo busco a Oliver.
No puedo evitarlo. Recorro el salón con la mirada una y otra vez, en busca de ese pelo castaño ondulado, de esa presencia que llena cualquier habitación donde esté.
Entonces lo encuentro.
Junto a la barra, con un traje negro que le sienta como hecho a medida, camisa blanca sin corbata y los primeros botones desabrochados, que dejan ver la base de la garganta.
Y me está mirando.
Desde la otra punta del salón. Por encima de los cientos de personas que hay entre nosotros.
Me mira como si el salón entero hubiera desaparecido.
El aire se vuelve demasiado denso.
—¿Dakota? —La voz de Simone me saca de mi trance—. ¿Estás bien?
—Sí. Perfectamente. —Aparto la mirada de Oliver con más esfuerzo del que debería—. ¿Decías?
La cena se me pasa en una nebulosa: platos exquisitos que apenas pruebo, conversaciones brillantes en las que participo en piloto automático, vino que bebo más rápido de lo que debería.
Y Oliver.
Está en la mesa de al lado. Lo bastante lejos para que no podamos hablar. Lo bastante cerca para sentir su mirada sobre mí en todo momento.
Cada vez que me río de algo que dice Philippe. Cada vez que me inclino hacia delante para escuchar mejor a Simone. Cada vez que me llevo la copa a los labios.
Oliver me observa.
Y yo soy hiperconsciente de cada movimiento: de cómo el vestido se ciñe cuando me muevo, de cuánta piel revela la espalda descubierta, de que seguro que ve la curva de mi cuello, donde me besó hace apenas unas horas.
A las diez y media Philippe da un discurso sobre Laurent & Co. y su visión para América. Brindis. Aplausos. Más champán.
Y entonces la gente empieza a moverse, a mezclarse, a formar grupos de conversación por todo el salón.
Necesito escapar.
La tensión de tener a Oliver tan cerca. De sentir su mirada quemándome la piel. De saber que en unas horas voy a estar encerrada en mi habitación conectada con la suya.
Es demasiado.
Veo mi oportunidad cuando tres hombres en trajes caros atrapan a Oliver en una conversación. Hablan de inversiones. De capital riesgo. De adquisiciones.
Oliver me mira por encima de las cabezas de los tres, como si supiera que estoy a punto de huir.
Pero no puede seguirme sin ser grosero.
Me escabullo. Salgo del salón. Cruzo el vestíbulo casi vacío a esta hora.
Y lo recuerdo.
La piscina.
Está justo ahí. La veo a través de esas puertas de cristal. Vacía. Iluminada. El agua humeando invitadoramente.
Es el mejor lugar al que puedo escapar.
Me acerco a recepción, donde una mujer joven me sonríe.
—¿En qué puedo ayudarla?
—¿Tienen bañadores disponibles? Me he olvidado de traer el mío.
—Por supuesto. ¿Qué talla?
Se la digo. Desaparece en la trastienda. Vuelve dos minutos después con una bolsa.
—Hay vestuarios junto a la piscina. Disfrute.
Cojo la bolsa y camino hacia las puertas de cristal.
El aire fresco de la noche me golpea cuando salgo. La piscina está desierta, como esperaba. Nadie quiere nadar a las once de la noche excepto alguien que está huyendo.
Los vestuarios son tan elegantes como el resto del resort. Abro la bolsa.
Es un bikini. Negro. Simple. Pero cuando me lo pongo frente al espejo me doy cuenta de que deja muy poco a la imaginación.
Las braguitas son normales. Pero el top es un triángulo diminuto que apenas cubre lo esencial. Y mi cuerpo. Mi cuerpo de cuarenta años con estrías y curvas que la gravedad está empezando a afectar.
Me miro durante un momento largo.
Y luego decido que me da igual.
No hay nadie aquí. Solo yo y el agua y el silencio.
Salgo al recinto de la piscina. El vapor se eleva del agua caliente y contrasta con el aire fresco. Las luces bajo la superficie hacen que todo brille con un resplandor azul irreal.
Me siento en el borde. Meto los pies. El agua está perfecta. Caliente pero no demasiado.
Me sumerjo entera.
Y el alivio es inmediato.
El agua me rodea como un abrazo y la tensión de los hombros empieza a disolverse. Floto boca arriba, mirando las estrellas que empiezan a aparecer en el cielo oscurecido.
Esto. Esto es lo que necesitaba.
Silencio. Soledad. Espacio para pensar sin tener a Oliver tan cerca que me nuble el juicio.
Nado de un lado a otro, largos lentos que me estiran y relajan los músculos. Intento no pensar. Intento solo existir en este momento.
Rezo para que, cuando vuelva a la habitación, Oliver esté ya dormido. O al menos en su lado de la puerta comunicante. Y mañana podré enfrentarme a él con la cabeza más clara. Con las defensas reconstruidas.
Puedo hacer esto.
Puedo sobrevivir a este fin de semana sin destruirme del todo.
Me dejo flotar en el centro de la piscina. El agua me lame la piel. El silencio solo lo rompe el suave burbujeo de los filtros.
Y por primera vez en horas, respiro.