CAPÍTULO 16
DAKOTA
No voy a trabajar el viernes por la mañana.
Le digo a Sarah que necesito el día libre para prepararme para el evento, que tengo que revisar la presentación de Relish , que quiero estar descansada para causar la mejor impresión posible.
Todo mentira.
La verdad es que no puedo soportar ver a Oliver regodeándose por haber conseguido justo lo que quería. No puedo soportar esa sonrisa satisfecha de quien sabe que me ha atrapado. Ni la idea de pasar las próximas cuarenta y ocho horas sin poder escapar de él.
Así que me quedo en casa, haciendo la maleta con manos que me tiemblan más de lo que me gustaría admitir.
Meto tres vestidos elegantes para las cenas y eventos, ropa cómoda para el día, el neceser con todo lo imprescindible y unos tacones que sé que me van a matar los pies pero que hacen que las piernas parezcan infinitas.
Y lencería.
Abro el cajón donde guardo la ropa interior cara que nunca uso. Rozo el conjunto rojo que compré hace dos semanas. El que llevaba puesto la noche que subí a esa suite de hotel con Oliver.
El que él nunca llegó a ver.
No debería cogerlo. No tiene sentido meterlo en la maleta. No va a pasar nada este fin de semana que requiera que Oliver vea mi ropa interior.
Pero lo cojo de todas formas.
Porque cuando llevo este conjunto me siento poderosa, deseable, como si pudiera conquistar el mundo entero o al menos mantener el control frente a un hombre que hace que lo pierda cada vez que me mira.
Eso es todo.
No tiene nada que ver con la posibilidad de que Oliver llegue a verlo. Nada que ver con imaginar cómo se le oscurecerían los ojos si me viera con el encaje rojo ceñido al cuerpo.
Nada.
Cierro la maleta con más fuerza de la necesaria y me maldigo a mí misma.
A las dos menos diez llego a la calle frente al edificio de Relish , donde acordamos encontrarnos. Llevo vaqueros oscuros, blusa de seda color crema y chaqueta de cuero negra. Voy vestida cómoda para el viaje pero elegante. Tengo el pelo suelto porque no he tenido paciencia para recogerlo.
Y entonces lo veo.
Oliver está apoyado contra una limusina negra brillante que no debería estar ahí. Lleva vaqueros que le quedan obscenamente bien, jersey gris oscuro de cachemira y chaqueta de cuero que hace que parezca salido de una campaña de Tom Ford.
Lleva el pelo despeinado como si acabara de pasarse los dedos por él, y gafas de sol que esconden esos ojos que me persiguen cada noche.
Y entonces me ve. Se endereza y se quita las gafas.
Y me mira como si fuera lo único en todo Manhattan que merece su atención.
Me obligo a caminar hacia él con la cabeza alta. Profesional. Controlada.
—Pensaba que habían dicho que iban a mandar un coche. —Señalo la limusina—. No esto.
—He cambiado los planes. —Oliver se acerca más de la cuenta—. Si vas a ir a este evento, vas a hacerlo como la reina que eres. No en un coche normal.
Se me encoge el pecho al oírlo.
—No tenías que…
—Quería hacerlo.
Nos miramos. Y la tensión entre nosotros ya está ahí, espesa, inevitable.
Oliver rompe el contacto visual primero. Me quita la maleta de la mano antes de que pueda protestar.
—Yo me encargo.
Camina hacia la parte trasera de la limusina, donde el conductor está esperando. Pero Oliver le hace un gesto para que se detenga.
—Ya lo tengo. Gracias.
Mete mi maleta en el maletero junto a la suya. Cierra con un golpe suave.
Y luego se vuelve hacia mí. Abre la puerta trasera de la limusina.
—¿No va a hacerlo el conductor? —Se me escapa antes de que pueda evitarlo.
Oliver sonríe. Lento. Devastador.
—Hoy me encargo yo de todo lo que tiene que ver contigo.
Trago saliva.
Entro en la limusina antes de sonrojarme delante de él.
El interior es… impresionante.
Asientos de cuero color crema tan suaves que parecen mantequilla, iluminación ambiental tenue, minibar bien surtido, pantallas y un separador de cristal tintado, negro opaco, entre nosotros y el conductor.
Privacidad absoluta.
Oliver entra detrás de mí. Se sienta en el asiento en forma de L justo frente a donde yo estoy. La puerta se cierra con un clic suave.
Y de repente el espacio parece mucho más pequeño de lo que debería.
El coche arranca. Nos alejamos de Manhattan. Hacia las montañas. Hacia dos días enteros sin escapatoria.
Miro por la ventanilla e intento ignorar la mirada de Oliver sobre mí, constante, intensa.
—¿Vas a ignorarme todo el viaje? —Su voz rompe el silencio.
—No te estoy ignorando. Estoy mirando el paisaje.
—Estamos en medio de Manhattan. No hay paisaje.
Aprieto la mandíbula. Me giro hacia él.
Y el error es mirarlo de frente. Porque está recostado en el asiento con esa confianza casual que debería irritarme: un brazo extendido sobre el respaldo, las piernas abiertas, mirándome como si tuviera todo el tiempo del mundo para contemplarme.
—¿Qué quieres, Oliver?
—Conocerte mejor. —Se inclina un poco hacia delante—. Vamos a pasar dos horas en este coche. Podríamos aprovecharlas.
—Preferiría no hacerlo.
—¿Por qué? ¿Tienes miedo?
Suelto una risa sin humor.
—Esa carta ya la has jugado. No puedes usarla constantemente.
Oliver sonríe. Y esta vez la sonrisa es puro peligro.
—Tienes razón. Entonces hagamos esto más interesante.
Su tono hace que todas mis alarmas se disparen.
—¿Qué significa eso?
—Una apuesta.
—No.
—Ni siquiera has oído las reglas.
—No necesito oírlas para saber que es una mala idea.
—Cobarde.
La palabra me golpea como siempre hace. Porque Oliver sabe qué teclas tocar.
—No soy cobarde.
—Entonces juega conmigo. —Se inclina más. Hasta que sus rodillas casi rozan las mías—. Si acierto tres cosas sobre ti, cosas que no debería saber, me dejas besarte.
El corazón se me dispara. Está loco de remate.
—¿Y si fallas?
—Prometo dejarte tranquila todo el fin de semana. Cero insinuaciones. Cero miradas. Cero juegos. Profesionalidad absoluta.
Debería decir que no. Debería mantener la distancia. Debería…
—No vas a acertar tres cosas sobre mí.
Oliver sonríe como si ya hubiera ganado.
—¿Eso es un sí?
—Es un sí a un juego de niños que vas a perder.
—Ya lo veremos.
Nos miramos. Y la tensión es tan densa que casi me ahoga.
Oliver se acomoda frente a mí y me mira con una intensidad que me atraviesa.
—Primera. —Su voz es suave. Sin prisa—. Te despiertas todas las mañanas demasiado pronto.
No porque tengas que ir tan temprano a trabajar, sino porque no puedes dormir más.
Llevas meses con insomnio desde el divorcio.
Porque cuando estás sola con tus pensamientos te preguntas si tu vida se ha acabado.
Las palabras me golpean una a una.
¿Cómo demonios…?
—Eso es… eso es suerte. Una suposición.
—¿Lo es? —Se inclina hacia delante—. ¿O es que te he observado lo suficiente para notar las ojeras que cubres con maquillaje cada mañana? ¿Para ver cómo bebes café como si fuera lo único que te mantiene en pie?
No puedo responder. Porque tiene razón. Y odio que me conozca tan bien.
—Segunda. —Oliver continúa sin darme tiempo a recuperarme—.
Tu exmarido te hizo sentir invisible. Durante veinte años fuiste madre.
Esposa. Responsable. Pero nunca mujer. Nunca deseada.
Por eso te divorciaste. No solo porque dejaras de amarlo, sino porque no podías soportar un día más sintiéndote así.
Esas palabras me parten en dos.
—Para.
—¿Por qué? ¿Porque estoy acertando?
—Porque no tienes derecho a…
—A ver lo que nadie más ve. —Su voz se suaviza. Se vuelve más real—. A entenderte mejor de lo que te entendiste tú misma durante años.
Me escuecen los ojos, pero me niego a llorar.
—Esas son dos. Y la tercera vas a fallarla.
Oliver me sostiene la mirada sin parpadear.
—Tercera. —Se inclina hasta que su cara queda a centímetros de la mía—.
Llevas dos semanas fantaseando conmigo cada noche.
Te tocas pensando en mí. En lo que casi pasó en esa suite.
En lo que podría pasar si dejaras de resistirte.
Y cuando te corres, con mis manos imaginarias sobre tu cuerpo, te odias por desearme tanto.
Me quedo sin aire.
Porque tiene razón.
En todo.
Pero no puedo admitirlo. No puedo darle ese poder sobre mí.
—Has fallado. —Me tiembla la voz pero la mantengo firme—. Esa última no es verdad.
Oliver ladea la cabeza y me estudia.
—¿No?
—No.
—Mentirosa.
—Has perdido la apuesta, Oliver. Acéptalo.
Nos miramos. Y veo el instante en que decide dejarlo pasar.
Se recuesta y mira por la ventanilla.
—Como quieras.
Y eso es todo.
No insiste. No presiona. Acepta mi mentira sin más y deja el tema.
Lo cual debería aliviarme.
Pero en cambio me siento… decepcionada.
El resto del viaje pasa en un silencio incómodo. Oliver va mirando el móvil; yo miro por la ventanilla cómo Manhattan se convierte en autopista y luego en montañas verdes.
Dos horas después, el coche empieza a reducir la velocidad. Giramos por un camino privado flanqueado por árboles.
Y al final del camino aparece el Outlook Resort.
Es incluso más impresionante que en las fotos: arquitectura moderna mezclada con madera y piedra natural, ventanales enormes que reflejan las montañas, jardines cuidados al detalle.
Entramos en el recinto.
Y entonces Oliver se mueve.
Se levanta del asiento y se desliza hasta sentarse junto a mí.
Demasiado cerca.
Su muslo presiona contra el mío. Su hombro me roza el brazo. Su cara queda a un palmo de la mía.
—Oliver, ¿qué…?
—Has mentido. —Su voz es terciopelo puro—. En la última. Los dos sabemos que has mentido.
Se me acelera la respiración.
—Ya hemos dejado ese tema…
—Y ahora voy a cobrar mi premio.
No me da tiempo a reaccionar.
Su mano se desliza hasta mi nuca. Los dedos se me enredan en el pelo. Me sujeta exactamente donde quiere tenerme.
Y entonces me besa.
No es suave. No es tierno.
Es devorador.
Su boca saquea la mía con una intensidad que hace que olvide mi nombre. Su lengua se desliza entre mis labios y exige un acceso que le doy sin pensarlo. Sin poder resistirme.
Un gemido se me escapa de la garganta, un sonido que no puedo controlar y que hace que Oliver gruña contra mi boca.
Su otra mano baja hasta mi cintura, me aprieta, me acerca más.
Y yo. Dios. Yo me derrito.
Subo las manos hasta su pelo, tiro, araño. Necesito más. Más de esto. Más de él.
Oliver me muerde el labio inferior. No fuerte. Solo lo suficiente para hacerme jadear.
Después su boca baja por mi mandíbula, por mi cuello. Besa. Mordisquea. Me marca con su aliento caliente contra la piel.
—Oliver… —Su nombre sale como un ruego.
Oliver gruñe. Y el sonido es lo más erótico que he oído en mi vida.
La mano que tenía en mi cintura baja por el muslo y aprieta, posesiva.
Y yo estoy a punto de hacer algo indecente. Como montarlo aquí mismo en el asiento trasero de esta limusina. Como dejar que me lo haga sin importarme que estemos en el aparcamiento de un resort.
Como rendirme completamente.
Y entonces el coche se detiene del todo.
Oliver se separa solo unos centímetros, lo suficiente para verle los ojos oscurecidos por el deseo, los labios hinchados, la respiración tan acelerada como la mía.
—Hemos llegado.
Tardo un segundo en entender lo que dice.
Miro por la ventanilla. Estamos en la entrada del resort, con personal esperando para ayudarnos con el equipaje.
Oliver me suelta. Se aleja. Se acomoda en su asiento como si nada hubiera pasado.
Pero la sonrisa no se le borra de la cara.
Esa sonrisa petulante que dice que sabe lo que acaba de hacerme. Que sabe que casi pierdo todo el control. Que casi lo monto sin importarme dónde estábamos.
Que sabe que ha ganado.
Dios.
Me espera un fin de semana horrible.