CAPÍTULO 9
DAKOTA
El lunes siguiente por la tarde tengo reunión con el representante de una marca de cosméticos que lleva tres años anunciándose en Relish .
Es una cuenta importante. No enorme, pero sí lo bastante sustanciosa como para que perderla doliera.
Y según el correo que he recibido de su asistente esta mañana, quieren «discutir términos», que en clave corporativa significa «vamos a intentar conseguir más por menos dinero».
La reunión está programada para las cuatro.
Llego a mi despacho a las cuatro menos diez con una carpeta llena de datos sobre cuánta exposición han recibido en los últimos doce meses, cuántas impresiones han generado sus anuncios y cómo se compara su inversión con nuestras otras cuentas similares.
Estoy preparada. Siempre lo estoy. Pero sobre todo cuando alguien viene a mi territorio pensando que puede renegociar algo que ya funciona como un reloj.
Cuando entro en mi despacho, Oliver está ahí.
Me quedo paralizada.
Está sentado en una de las sillas junto a la ventana, con el portátil abierto sobre las rodillas y esa expresión concentrada que pone cuando trabaja.
Levanta la vista cuando me ve. Me sostiene la mirada un instante de más.
Y luego vuelve a su pantalla como si estar aquí sin avisar fuera lo más natural del mundo.
—¿Necesitas algo? —pregunto mientras dejo mi carpeta sobre el escritorio.
—Estoy revisando unos informes. —Su voz suena despreocupada. Demasiado despreocupada—. No la molesto.
Debería decirle que sí me molesta. Que tengo una reunión en cinco minutos y que necesito prepararme sin audiencia. Pero algo en su tono me dice que no va a moverse aunque se lo pida.
Así que no digo nada.
Solo me siento detrás de mi escritorio. Abro la carpeta. Reviso los números una última vez e intento ignorar esa presencia al otro lado del despacho, que me mantiene pendiente de dónde está a cada segundo.
A las cuatro en punto, mi asistente me avisa por el interfono de que el representante ha llegado. Le digo que lo haga pasar y me pongo de pie para recibirlo con esa sonrisa profesional que llevo décadas puliendo. La que dice «soy amable pero no soy tonta, así que no intentes jugármela».
El representante se llama Derek. Cuarenta y tantos.
Lleva un traje caro pero no tan caro como para impresionarme.
Pelo engominado hacia atrás de una forma que él debe de creer que es elegante pero que lo deja en agente inmobiliario de los años noventa.
Me estrecha la mano con demasiada fuerza, como los hombres que creen que eso compensa todo lo demás.
—Señora Relish. Gracias por recibirme.
—Por supuesto. Siéntese, por favor.
Sus ojos se desvían un instante hacia donde Oliver sigue sentado junto a la ventana. Hay una pregunta en ellos: si debería irse, si esto es privado.
—El señor Hawke está revisando unos documentos. No nos molestará —digo antes de que pueda preguntar.
Oliver ni siquiera levanta la vista de su portátil. Como si no le importara en absoluto lo que estamos a punto de tratar.
Pero yo sé que está escuchando.
Lo noto.
Nos acomodamos en las sillas frente a mi escritorio. Derek cruza las piernas. Se reclina como si estuviera en su propio despacho y no en el mío. Y empieza con su discurso.
Resulta que su empresa ha estado «revisando su estrategia de marketing» y ha decidido que necesita «maximizar el valor de sus inversiones publicitarias».
Lo cual es una forma elaborada de decir que quieren el doble de espacio en nuestra revista por el mismo precio que están pagando ahora. O mejor aún, por menos.
Lo escucho sin interrumpir y tomo nota mental de cada argumento, de cada justificación, de cada vez que intenta que suene como si me hiciera un favor al permitirme mantener su cuenta.
Y mientras lo escucho, no se me olvida ni un segundo que Oliver está ahí. Observa. Ve cómo manejo esto. Me evalúa igual que evalúa los informes financieros que revisa para sus adquisiciones.
Eso me espolea: enderezo la espalda, endurezco la voz cuando por fin hablo.
Cuando Derek termina, le dedico esa sonrisa otra vez. La amable. La que no me llega a los ojos.
—Entiendo su posición, Derek. De verdad. Pero creo que hay algunos datos que debería considerar antes de continuar con esta conversación.
Abro mi carpeta. Saco el primer informe.
—En los últimos doce meses su marca ha aparecido en Relish un total de dieciocho veces. Ocho anuncios de página completa. Diez de media página. Eso les ha dado una exposición aproximada de nueve millones de impresiones basándonos en nuestra tirada impresa y tráfico digital combinado.
Deslizo el informe hacia él. Él lo mira pero no lo coge.
—Su inversión total fue de doscientos cuarenta mil dólares.
Lo que significa que pagaron aproximadamente dos centavos y medio por impresión.
—Saco otro informe—. Para contextualizar, sus competidores principales están pagando entre tres y cinco centavos por impresión en publicaciones comparables.
Lo que significa que ustedes ya están recibiendo entre un veinte y un cincuenta por ciento más de valor por su dinero que el mercado estándar.
Su expresión cambia. Solo un matiz. Pero lo veo: la confianza le flaquea un poco.
—Además. —Saco un tercer informe—. Hemos rastreado las conversiones de sus anuncios usando los códigos promocionales exclusivos que nos proporcionaron.
Sus ventas directamente atribuibles a la exposición en Relish han aumentado un treinta y dos por ciento respecto al año anterior.
Lo que sugiere que no solo están recibiendo exposición sino que esa exposición se está traduciendo en ingresos reales.
Dejo que la idea cale mientras observo cómo digiere los números, cómo se da cuenta de que no he venido a esta reunión sin hacer los deberes.
—Así que cuando dice que necesita maximizar el valor de su inversión, lo que en realidad me está diciendo es que quiere que yo le dé más espacio gratis. O que baje mis tarifas para ajustarme a su presupuesto recortado. Y con todo el respeto, Derek, esto no funciona así.
Me inclino hacia delante, mantengo el contacto visual y dejo que vea que no negocio desde una posición de debilidad.
—Mis tarifas reflejan el valor que proporcionamos.
Y ese valor está documentado. Medido. Demostrado.
Si quieren más espacio, el precio aumenta proporcionalmente.
Si quieren mantener su inversión actual, mantenemos el acuerdo tal como está.
Pero no voy a renegociar términos que ya son ventajosos para ustedes porque su departamento financiero decidió que este trimestre necesita recortar costes.
El silencio que sigue se alarga, incómodo.
Derek me mira. Yo le devuelvo la mirada sin pestañear. Y veo cómo cae en la cuenta de que no va a ganar esta batalla. De que he venido preparada. De que subestimar a Dakota Relish ha sido un error de cálculo.
—Entiendo —dice al fin. Su voz ha perdido toda esa confianza falsa que traía al entrar—. Mantendremos nuestros términos actuales.
—Excelente decisión.
Se pone de pie. Yo hago lo mismo. Esta vez cuando me estrecha la mano lo hace con menos fuerza. Como si parte de él se hubiera desinflado en los últimos veinte minutos.
—Gracias por su tiempo, señora Relish.
—Siempre es un placer, Derek.
Lo acompaño hasta la puerta. La abro. Y cuando se va caminando hacia el ascensor con los hombros caídos, siento esa satisfacción familiar asentarse en el pecho. La de saber que defendiste tu territorio. Que no dejaste que nadie te quitara lo que construiste.
Cierro la puerta.
Y oigo unos aplausos.
Lentos. Deliberados. Uno. Dos. Tres.
Me giro.
Oliver está de pie junto a la ventana, con esa sonrisa que me altera la respiración. Ha cerrado su portátil. Ha estado observándome durante toda la negociación mientras fingía trabajar.
—Eso —dice mientras se acerca despacio— ha sido impresionante.
Me quedo mirándolo, descolocada por esa expresión, porque está… ¿elogiándome?
—Has estado pendiente de todo —lo acuso.
—Cada palabra. —Se detiene frente a mí. Demasiado cerca para ser del todo profesional, pero no lo bastante como para poder acusarlo de nada—. La forma en que lo ha manejado. Los datos. La presentación. No le ha dejado ningún espacio para argumentar. Ha sido como ver trabajar a un cirujano.
Algo se me ensancha en el pecho. Porque nadie me alaba por ser dura.
Por no ceder. Por defender mi territorio con uñas y dientes.
Lo normal es que me llamen controladora.
Imposible de complacer. Zorra implacable.
Marcus lo hizo durante veinte años. Como si mi capacidad para hacer mi trabajo fuera un defecto de carácter en lugar de la razón por la que tengo éxito.
Pero Oliver…
Oliver me mira como si defenderme fuera justo lo correcto y no un defecto que hubiera que suavizar, explicar o disculpar.
—Entiendo por qué a Relish le va tan bien. —continúa, y hay un matiz en su voz que me enciende un calor lento en el estómago, como tinta en agua—. Tiene una directora que sabe lo que vale y que no acepta menos.
Me quedo sin palabras por un momento. Porque ese cumplido… ese reconocimiento…
Es lo que he estado esperando oír durante décadas y nunca ha llegado. Ni de Marcus. Ni de los inversores que intentaron comprar partes de la revista antes. Ni siquiera de mi propio equipo, que me adora pero que puede que también me tema un poco.
—Gracias —consigo decir al fin, con la voz más ronca de lo que pretendía—. No esperaba… Quiero decir, pensaba que estabas aquí para criticar cómo gestiono las cosas. Para encontrar formas de «optimizar». Eso es lo que hace Hawke Capital, ¿no?
Oliver ladea la cabeza y me estudia con esos ojos que parecen ver demasiado.
—Hawke Capital invierte en empresas con potencial. Y Relish tiene potencial precisamente porque usted la dirige. Cambiar eso sería estúpido.
Se acerca un paso más. Y ahora está lo bastante cerca como para que pueda ver las vetas doradas de sus ojos. Para que pueda contar las pestañas oscuras que enmarcan esa mirada intensa. Para que el pulso se me acelere hasta latirme en los oídos.
—Pero hay algo que no entiendo.
Su voz ha bajado. Se ha vuelto más suave. Más íntima. Como si estuviéramos solos a oscuras y no en mi despacho a plena tarde.
—¿Qué? —Apenas consigo que la palabra salga de mi garganta.
Oliver se inclina. Solo un poco. Lo justo para que su boca quede cerca de mi oído, para que sienta el calor de su aliento en la piel y se me erice hasta el último nervio.
—Nunca me creí que no complacieras a tu exmarido.
El mundo se detiene.
Mi corazón se detiene.
Todo se detiene, salvo su voz, que sigue en ese tono bajo con el que me derrito por dentro.
—Es evidente lo sexy que eres. Lo capaz que eres de conseguir exactamente lo que quieres. Cómo tomas decisiones sin dudar. Cómo defiendes lo que es tuyo.
Hace una pausa. Su aliento me acaricia la piel sensible detrás de la oreja.
—El problema no eras tú, Dakota.
Usa mi nombre. No «señora Relish». Mi nombre. Y la forma en que suena en su boca hace que algo líquido y caliente se me derrame en el vientre.
—Era él. Que no supo verte.
Y entonces se aparta.
Se endereza.
Me mira una última vez con esos ojos ahora oscuros. Casi negros.
—Que tengas una buena semana.
Y sale de mi despacho.
Me deja ahí de pie, inmóvil, mientras asimilo lo que acaba de pasar.
No sé cuánto tiempo me quedo así. Parada en medio de mi despacho mirando la puerta con el corazón latiendo tan fuerte que es lo único que oigo. Cinco minutos. Diez. Podría ser una hora entera y no notaría la diferencia, porque el tiempo ha vuelto a volverse elástico y poco fiable.
Las palabras de Oliver se me han quedado grabadas en bucle. Es evidente lo sexy que eres. Como si fuera un hecho objetivo, algo que vería cualquiera con ojos en la cara y que solo Marcus fue lo bastante ciego como para no ver.
Y me doy cuenta de algo.
No me lo estoy imaginando.
Ya no puedo convencerme de eso.
Oliver Hawke se me está insinuando.
Y no sé qué hacer con eso.
Me siento en mi silla porque las piernas han decidido que ya no quieren sostenerme. Miro la pantalla del ordenador sin ver nada en realidad. Sigo dándole vueltas. Sigo intentando entender.
¿Cómo demonios voy a sobrevivir a Oliver Hawke?