Un CEO Inalcanzable (Los Halcones de Wall Street 4) CAPÍTULO 10
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CAPÍTULO 10

DAKOTA

Son las diez de la mañana cuando Oliver entra en mi despacho sin llamar.

No es que ya necesite llamar: hace días que dejó de hacerlo, como si hubiera decidido por su cuenta que las formalidades entre nosotros sobran y tuviera derecho a entrar en mi espacio cuando le venga en gana.

Levanto la vista de la pantalla del ordenador, donde llevo la última hora revisando la maquetación del número de julio.

Está apoyado contra el marco de la puerta con las manos en los bolsillos y esa expresión que he aprendido a reconocer.

La que usa cuando viene a presionarme sobre algo que sabe que no quiero darle.

—Necesitamos hablar de las proyecciones del próximo trimestre.

No es una pregunta. Es una declaración.

—Estoy ocupada. —Vuelvo a mirar la pantalla como si así fuera a desaparecer.

No funciona.

Oigo sus pasos sobre la alfombra. Lentos. Seguros. Y cuando levanto la vista otra vez, está de pie frente a mi escritorio, con los brazos cruzados sobre el pecho, y la tela de la camisa se le tensa en los hombros.

—Han pasado ocho días, Dakota. Ocho días desde que te pedí esos números.

El uso de mi nombre sin el «señora Relish» debería molestarme. Debería ser una línea que no ha cruzado. Pero hace días que la cruzó y yo dejé que lo hiciera porque cada vez que dice «Dakota» con esa voz grave el estómago se me contrae de un modo que no tiene nada que ver con la profesionalidad.

—Y ya te dije que te avisaría cuando tuviera tiempo. —Mantengo la voz fría. Controlada—. He estado dirigiendo una revista. ¿O se te ha olvidado que ese es mi trabajo?

—Tu trabajo también incluye colaborar con los inversores que tienen el treinta por ciento de tu empresa.

—Colaborar no significa rendirte cuentas cada segundo.

Da la vuelta al escritorio. Despacio. Sin apartar esos ojos color avellana de los míos. Y su forma de moverse espesa el aire del despacho. Respirar cuesta un poco más.

Estoy atrapada. Entre la silla y el escritorio, con Oliver acercándose con esa determinación silenciosa que me dispara el pulso.

Me pongo de pie. Rápido. Porque quedarme sentada mientras él está de pie me pone en desventaja y no pienso darle esa satisfacción.

Pero ahora estamos en el mismo lado del escritorio. A menos de un metro de distancia. Su colonia me llega por encima del aire acondicionado y me cuesta pensar con claridad.

—No te estoy pidiendo que me rindas cuentas. —Su voz ha bajado. Se ha vuelto más suave pero no menos intensa—. Te estoy pidiendo que hagamos nuestro trabajo.

—Yo estoy haciendo mi trabajo. Y lo hago bien.

—¿Sí? —Da un paso hacia mí. Solo uno. Pero es suficiente para que ahora esté demasiado cerca—. Porque desde donde yo estoy parece que me estás evitando.

—No te estoy evitando.

—¿No? —Otro paso. Y ahora le veo las vetas doradas de los ojos. Podría contarle las motas oscuras que las rodean—. Entonces ¿por qué cada vez que entro en una habitación donde estás te pones tensa? ¿Por qué evitas mirarme a los ojos? ¿Por qué te sonrojas cuando me acerco demasiado?

El calor me sube por el cuello y me traiciona, justo como acaba de describir. Porque tiene razón. Porque llevo una semana haciendo justo eso y él lo ha notado todo.

—Estás imaginando cosas.

—¿Sí? —Se acerca más. Tanto que ahora solo hay unos pocos centímetros entre nosotros.

Tanto que tengo que inclinar la cabeza hacia atrás para mantener el contacto visual—.

¿Me estoy imaginando cómo te late el pulso en el cuello ahora mismo?

¿Cómo acabas de morderte el labio? ¿Cómo te tiemblan las manos?

No puedo responder. Porque todo lo que acaba de decir es verdad y negarlo sería una mentira tan obvia que solo volvería esto más patético.

—Esto no tiene nada que ver con las proyecciones del trimestre —continúa, y su voz se ha vuelto aún más baja. Más íntima. Como si mantuviéramos una conversación muy distinta—. Y los dos lo sabemos.

—¿Entonces con qué tiene que ver?

La pregunta sale más aguda de lo que pretendía. Más vulnerable. Como si de verdad quisiera que me lo dijera aunque ya sé la respuesta.

Oliver me mira un instante demasiado largo. Y su expresión hace que el corazón me golpee las costillas con tanta fuerza que estoy segura de que lo nota.

—De que no podemos estar en la misma habitación sin que esto… —Hace un gesto vago entre nosotros—. Sin que esto nos distraiga.

—No sé de qué hablas.

—Sí lo sabes. —Da otro paso. Y ahora estamos tan cerca que noto el calor que desprende su cuerpo.

Veo cómo se le tensa la mandíbula. Cómo las manos se le cierran en puños, como si luchara contra el impulso de tocarme—.

Lo sabes desde el principio. Desde que te dije que me gusta que me lo pongas difícil y jadeaste como si acabara de tocarte.

El aire no me llega a la garganta.

—Yo no…

—Sí lo hiciste —me interrumpe, con un punto letal en la voz que me pone todos los nervios en alerta—. Y desde entonces me evitas. Finges que no pasó. Que no hay nada entre nosotros.

—No hay nada…

—¿No? —Y antes de que pueda reaccionar, su mano sube hasta mi cara. No me toca. Solo acerca los dedos a milímetros de mi mejilla. Tan cerca que noto el calor de su piel sin que llegue a rozarme—. ¿Entonces por qué acabas de cerrar los ojos? ¿Por qué estás temblando?

Abro los ojos de golpe. No me había dado cuenta de que los tenía cerrados. Y que él lo haya notado, que haya visto mi reacción antes que yo misma, me deja una opresión en el pecho.

Bajo la mirada. Necesito apartar los ojos antes de que vea demasiado. Antes de que entienda cuánto poder tiene sobre mí en este momento.

Y entonces lo veo.

El bulto evidente contra la tela de sus pantalones.

Duro. Grande. Imposible de ignorar.

Se me olvida respirar.

—¿Ves? —Su voz suena aún más ronca ahora. Más afectada—. No me lo estoy imaginando. Tú tampoco.

Levanto la vista de golpe. Y cuando nuestros ojos se encuentran, su expresión me seca la boca.

Hambre.

Pura y cruda y sin disimular.

—Oliver…

—Llevo así desde que te conocí —me interrumpe. Baja la mano, pero no se aparta. Sigue ahí. Demasiado cerca. Me invade hasta el último centímetro—. Llevo desde el principio sin poder pensar en otra cosa que no seas tú.

Las palabras me golpean como puñetazos, una tras otra, y me dejan sin aire. Sin defensas. Sin forma de fingir que esto no está pasando.

—Esto es… —Intento formar una frase coherente. Imposible—. No podemos…

—Lo sé. —Su voz se vuelve más suave. Casi amable—. Créeme que lo sé. Trabajamos juntos. Es inapropiado. Probablemente estúpido. Pero el problema, Dakota, es que no me importa.

Trago saliva e intento encajar lo que dice, encontrar una razón lógica por la que esto es mala idea, recordar por qué debería estar diciendo que no en lugar de quedarme aquí plantada, mirándolo como si no existiera nada más.

—No puedes… —Empiezo—. No puedes entrar aquí y decirme esto. No puedes esperar que yo…

—No espero nada —me interrumpe, y da un paso atrás.

Solo uno. Pero es suficiente para que pueda volver a respirar—.

Solo te estoy diciendo la verdad. Esta tensión entre nosotros está interfiriendo en todo.

En tu capacidad de dirigir la revista sin ponerte nerviosa cada vez que entro en el despacho.

En la mía de hacer mi trabajo sin pasarme media jornada fantaseando con lo que no debería.

Hace una pausa. Y cuando vuelve a hablar, su voz se ha vuelto seria.

—Creo que ha llegado el momento de hacer algo al respecto.

—¿Hacer algo? —Apenas consigo que las palabras salgan—. ¿Qué se supone que significa eso?

Oliver me sostiene la mirada un segundo de más. Y entonces saca algo del bolsillo de la chaqueta. Una tarjeta. La deja sobre mi escritorio con un movimiento deliberado.

La miro sin tocarla, como si pudiera quemarme solo con rozarla.

Es una tarjeta de hotel. Del Baccarat.

—Esta noche. —Su voz suena tranquila. Controlada. Como si no acabara de detonar una bomba en mitad de mi despacho—. A las nueve. Hay un bar en el piso superior.

Levanto la vista hacia él, descolocada.

—¿Qué?

—Vamos a explorar este deseo para poder trabajar de una vez —continúa como si propusiera algo de lo más razonable.

El silencio que sigue me aprieta la garganta.

—Estás loco —consigo decir al fin—. Si crees que voy a…

—No creo nada —me interrumpe, con una mirada que me mata las palabras en la garganta—. Solo estoy dándote una opción. Si vienes, será increíble. Si no, seguimos como hasta ahora, fingiendo que esto no existe hasta que uno de los dos explote.

Se dirige hacia la puerta. Despacio. Sin prisa. Como si tuviera todo el tiempo del mundo.

Y yo me quedo ahí parada sin poder moverme. Sin entender todavía lo que acaba de pasar. Sin poder decidir si estoy furiosa o excitada o aterrada o las tres cosas a la vez.

Se detiene con la mano en el pomo. Mira por encima del hombro. Y cuando habla, su voz baja una octava, se vuelve oscura y prometedora, y se me prende algo caliente en el vientre.

—Ven. Si te atreves.

Y sale.

Me quedo sola, con el corazón a golpes, con esa maldita tarjeta sobre el escritorio brillando como una acusación, con el calor todavía palpitándome entre las piernas como no lo sentía hacía años.

Y con la certeza absoluta y terrible de que voy a ir.

Que Dios me asista.

Pero voy a ir.