Un CEO Inalcanzable (Los Halcones de Wall Street 4) CAPÍTULO 8
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CAPÍTULO 8

DAKOTA

Han pasado veinticuatro horas desde que Oliver Hawke se inclinó sobre mi escritorio y me dijo con esa voz grave que le gusta que se lo ponga difícil, y todavía no he conseguido quitarme esas palabras de la cabeza.

Se han quedado ahí adheridas como un estribillo que no puedes dejar de tararear aunque quieras.

Cada vez que cierro los ojos las oigo otra vez.

Y cada vez que las recuerdo siento ese mismo calor subiéndome por la columna vertebral como si acabara de decirlas hace un momento en lugar de ayer.

Estoy siendo ridícula. Lo sé. Me lo repito por la mañana cuando me miro en el espejo del baño mientras me aplico el rímel con manos que me tiemblan un poco.

Me lo repito cuando entro en la oficina y mi primer pensamiento es ¿dónde está?

en lugar de revisar mi agenda. Me lo repito cuando me meto en la cama y me descubro pensando en esos ojos color avellana y en cómo me miraron como si pudieran traspasar la armadura profesional que he construido durante décadas.

Es mi imaginación. Tiene que serlo. Porque la alternativa, que Oliver Hawke, de veinticinco años, esté interesado de verdad en mí en un sentido que no sea el estrictamente profesional, es tan absurda que no merece ni planteársela.

Y sin embargo.

Sin embargo, algo en su forma de mirarme hace que todas esas razones lógicas se evaporen como agua en una sartén caliente.

Algo en cómo se mueve por el edificio con esa confianza silenciosa que no pide permiso pero tampoco lo necesita.

Algo en su voz cuando pronuncia mi apellido que suena más como una caricia que como una formalidad corporativa.

Pero me lo estoy imaginando. Seguro. Porque llevo demasiado tiempo sin que nadie me mire de esa forma y mi cerebro ha decidido fabricar atención donde no la hay. Es patético. Soy patética.

O al menos eso es lo que me digo el jueves por la mañana cuando entro en la sala de juntas para la reunión de última hora que Sarah convocó anoche por email.

Hay una noticia que ha surgido y necesita aprobación inmediata para incluirla en la edición de este mes.

Es la clase de crisis menor que gestionamos a diario en una revista mensual que intenta parecer al día de tendencias que cambian cada semana.

La sala ya está llena cuando llego. Sarah.

El director de fotografía. Tres editoras más.

Y Oliver sentado en la esquina más alejada de la mesa con su portátil abierto delante y esa expresión neutra que usa cuando está observando pero no participando.

Me ve entrar y algo cambia en sus ojos: se vuelven más intensos, más atentos.

Como si hubiera estado esperándome a mí y todos los demás fueran solo decorado.

Me lo estoy imaginando.

Seguro.

—Buenos días a todos. —Mi voz suena firme. Profesional. Justo como debería sonar—. Sarah, cuéntame qué ha pasado.

Me siento en mi sitio habitual al final de la mesa mientras Sarah abre su carpeta y empieza a explicar.

Resulta que una diseñadora emergente con la que hemos estado trabajando acaba de anunciar una colaboración sorpresa con una marca de lujo que nadie vio venir.

Es justo la noticia que nuestras lectoras van a querer conocer cuanto antes, y si no la cubrimos nosotros, alguna competidora se nos adelantará.

Escucho mientras el equipo debate cómo enfocar la pieza.

Tres propuestas diferentes sobre la mesa.

La primera es segura pero aburrida. Un artículo estándar sobre la colaboración con las mismas fotos de prensa que todo el mundo usará.

La segunda es más arriesgada, una entrevista exclusiva con la diseñadora si conseguimos que acceda, pero eso significa retrasar todo veinticuatro horas que no tenemos.

La tercera es un análisis de tendencias más amplio que usa esta colaboración como punto de partida pero que requiere contenido adicional que llevaría días producir.

Y mientras escucho siento la mirada de Oliver sobre mí.

Constante. Pesada. Como si catalogara y archivara cada palabra que sale de mi boca en algún rincón de su cerebro para analizarla después.

Intento ignorarlo. Me concentro en las propuestas.

En los pros y contras de cada una. En los plazos y los recursos necesarios.

—La segunda —digo por fin cuando Sarah termina de presentar la tercera opción—. Hacemos la entrevista exclusiva.

Sarah parpadea. El director de fotografía se inclina hacia adelante.

—Pero acabas de decir que no tenemos tiempo para…

—Encontraremos tiempo —los interrumpo con esa voz que uso cuando una decisión ya está tomada y no admite debate—.

La diseñadora está en Nueva York esta semana.

He visto su Instagram esta mañana. Sarah, contacta con su publicista ahora mismo.

Ofréceles portada digital si es necesario.

Quiero la entrevista hecha hoy y las fotos mañana primera hora.

Podemos reorganizar la maqueta del resto de la edición si hace falta.

Todos le dan vueltas, calculan en silencio si es viable, si puede hacerse. Y pillo el momento en que se dan cuenta de que sí, que si nos movemos rápido y no dormimos mucho esta noche podemos sacar una pieza que ninguna otra revista tendrá.

—Perfecto. —Sarah sonríe. Esa sonrisa que pone cuando le acabo de dar un reto que sabe que puede superar—. Me pongo con ello ahora mismo.

La reunión se disuelve. La gente se levanta, recoge papeles y portátiles y sale de la sala con esa energía frenética de saber que las próximas cuarenta y ocho horas van a ser una locura pero también van a ser brillantes.

Yo me quedo sentada revisando mis notas, reorganizando la agenda para hacerle hueco a esto, calculando a quién tengo que avisar y qué otras piezas tendrán que moverse.

Y entonces me doy cuenta de que la sala se ha vaciado.

Menos Oliver.

Que sigue sentado en su esquina mirándome con una expresión que no consigo descifrar del todo. No es desaprobación. Ni sorpresa. Es algo más parecido a… satisfacción. Como si acabara de confirmar una sospecha.

Levanto la vista hacia él.

—¿Algún problema con la decisión, señor Hawke?

Se pone de pie despacio. Cierra su portátil.

Camina hacia donde estoy con pasos medidos que hacen que cada segundo se estire como caramelo caliente.

Y cuando se detiene junto a mi silla está lo bastante cerca como para que le huela la colonia mezclada con algo más.

Café tal vez. O el detergente de su camisa.

Algo limpio y masculino que me obliga a recordarme que debo seguir respirando.

—Ningún problema. —Su voz es baja. Controlada. Pero debajo hay una corriente que sube la temperatura de la sala varios grados—. Al contrario.

Me mira a los ojos con una intensidad que me contrae el estómago.

—Se nota que sabe exactamente lo que le gusta.

Trago saliva. Intento mantener la expresión neutra.

—Llevo diez años haciendo esto. Confío en mi instinto.

—Lo veo. —Pausa. Sus ojos no se apartan de los míos—. Es impresionante.

Otra pausa. Más larga esta vez. Deliberada.

—Me pregunto si es así en todos los ámbitos de su vida.

El aire se me atasca entre los pulmones y la garganta. Porque esa pregunta… esa pregunta no es profesional. No es corporativa. No es la clase de pregunta que un analista sénior de Hawke Capital debería hacerle a la directora editorial de una empresa en la que acaban de invertir.

Y la forma en que lo ha dicho. Ese tono. Bajo. Casi íntimo. Como si estuviéramos solos en un bar a medianoche en lugar de en una sala de juntas a las diez de la mañana con la puerta abierta y gente pasando por el pasillo.

Abro la boca para responder. No sé qué voy a decir. Una contestación cortante, supongo. Algo que ponga distancia entre nosotros y restaure los límites profesionales que acaba de difuminar.

Pero antes de que pueda formar una sola palabra Oliver se endereza. Me dedica una sonrisa pequeña. Esa que hace que se le formen arrugas en el rabillo de los ojos y que ha debido de desarmar a incontables personas en su vida.

—Que tenga un buen día, señora Relish.

Y se va.

Así.

Me deja ahí sentada con el corazón desbocado y una pregunta dándome vueltas en la cabeza que no puedo responder.

¿Acaba de insinuar lo que creo que ha insinuado?

Me convenzo de que no. De que lo he malinterpretado. De que estaba hablando de liderazgo empresarial o de decisiones estratégicas o de cualquier otra cosa del todo profesional y mi cerebro privado de sexo durante años lo ha convertido en algo que no era.

Me lo repito durante todo el jueves. Me lo repito con tanta frecuencia que casi empieza a sonar convincente.

Hasta el viernes por la tarde, cuando todo salta por los aires.

Estoy en uno de los estudios de fotografía del tercer piso supervisando una sesión para la edición de agosto.

La modelo es nueva, alguien que una de nuestras cazatalentos encontró en Instagram y convenció para que viniera a hacer una prueba.

Lleva un vestido de Alexander McQueen que vale más que mi primer coche y que le queda impresionante, como si se lo hubieran cosido encima.

El fotógrafo va buscando ángulos mientras yo veo aparecer las fotos en la pantalla del ordenador conectado a su cámara.

Es buena. La modelo. Tiene esa cualidad etérea que hace que la ropa parezca flotar en lugar de colgar. Sabe moverse. Sabe inclinar la cabeza para que la luz le esculpa los pómulos justo donde debe. Sabe convertir un gesto tan simple como mirar por encima del hombro en una invitación prohibida.

—Perfecto —le digo al fotógrafo—. Esa última serie es justo lo que necesitamos. Hagamos otras veinte en esa línea y habremos terminado.

Él asiente y vuelve a su cámara. Yo vuelvo a la pantalla y reviso las fotos una por una, marcando las mejores, tomando nota mental de cuáles funcionarán mejor a página completa y cuáles en recuadros más pequeños.

Y entonces siento una presencia familiar detrás de mí.

Oliver.

No tengo que girarme para saber que es él. He desarrollado algo parecido a un sexto sentido para su proximidad en los últimos días. Lo noto cuando entra en una habitación aunque no lo vea. Como si mi cuerpo hubiera decidido, sin consultarme, que necesita saber dónde está en todo momento.

Se acerca hasta quedarse a mi lado. Tan cerca que nuestros brazos casi se tocan. Mira la pantalla del ordenador donde la modelo está posando con una mano en la cadera y la otra levantada hacia su pelo en un gesto que parece espontáneo pero que sé que ha ensayado mil veces.

No dice nada durante varios minutos. Solo observa.

Y yo intento concentrarme en las fotos pero es imposible cuando noto el calor de su cuerpo irradiar hacia mí como una estufa.

Cuando vuelvo a oler su colonia. Bleu de Chanel.

Fui a oler esa fragancia a una tienda solo para confirmar que es la que usa, y ahora cada vez que paso por un mostrador de perfumería se me tensa el estómago.

—Esa ropa le quedaría mucho mejor a usted.

Las palabras salen de su boca con tanta naturalidad que tardo un momento en asimilarlas. Y entonces giro la cabeza tan rápido que casi me hago daño en el cuello.

—¿Perdón?

Oliver no me está mirando a mí. Está mirando la pantalla. A la modelo. Al vestido de McQueen que cuesta una pequeña fortuna y que está cortado para cuerpos de veintipocos años que pueden comer lo que quieran y seguir teniendo el metabolismo de un colibrí.

—Ese vestido. —Señala con la barbilla hacia la pantalla—. Le quedaría mejor a usted que a ella.

Suelto una risa. No puedo evitarlo. Es tan absurdo que la alternativa es quedarme mirándolo con la boca abierta como un pez.

—Esa modelo tiene veinticuatro años. Probablemente pesa cincuenta kilos. Y mide uno ochenta. Ese vestido está hecho para ella.

—No. —Su voz es firme. Rotunda. Y por fin gira la cabeza para mirarme—. Ese vestido está hecho para una mujer. No para una niña.

Me quedo muy quieta.

Porque la forma en que lo ha dicho… la forma en que me está mirando ahora con esos ojos que han pasado de avellana claro a algo más oscuro y más intenso… no dejan lugar a malinterpretaciones.

No está opinando de estética. No está haciendo un comentario profesional sobre moda. Me está diciendo algo muy diferente. Algo que vuelve denso el aire de la habitación, difícil de respirar.

—Usted debería ser la que esté ahí delante de esa cámara. No ella.

Y antes de que pueda responder, antes de que pueda digerir esas palabras y armar una réplica coherente, se da la vuelta y se va.

Me deja ahí de pie junto al ordenador, con el corazón golpeándome las costillas desde dentro y una certeza aterradora fraguando en mi pecho como hormigón mojado.

No me lo estoy imaginando.

Oliver Hawke se me está insinuando.

De verdad.