CAPÍTULO 7
OLIVER
El despacho de Dakota huele como el jodido paraíso.
Su perfume impregna cada centímetro del espacio, mezclado con café y papel satinado y algo más sutil que tardo un momento en identificar.
Cuero. Del bolso que deja sobre la silla.
De los zapatos italianos que lleva. De la chaqueta que cuelga detrás de su puerta.
Es un olor que se me mete en los pulmones y que sé que voy a asociar con ella para siempre.
Rodea su escritorio y se sienta con movimientos precisos. Territorio reclamado. Poder establecido. Su trono en su reino. Y yo me quedo de pie delante, porque sentarme sin invitación sería cruzar una línea para la que todavía no me he ganado el derecho.
Dejo que el silencio se extienda entre nosotros.
Dos segundos. Tres. Cinco. La observo. Estudio cómo apoya las manos sobre el escritorio, con los dedos entrelazados; cómo mantiene la espalda recta incluso sentada.
Cómo evita mirarme a los ojos y elige en su lugar un punto justo por encima de mi hombro izquierdo.
Tiene las mejillas un poco sonrojadas. Como si la visita le hubiera costado más energía de la que quiere admitir. Como si estar cerca de mí durante cuarenta y cinco minutos seguidos le hubiera afectado de un modo que no puede controlar del todo.
Y eso me gusta.
Me gusta mucho más de lo que debería.
—Necesito revisar la planificación del trimestre. —Mantengo la voz tranquila, razonable, como si estuviera pidiendo algo de lo más normal y no intentando forzarla a pasar más tiempo conmigo—. Proyecciones de tirada. Estrategia publicitaria. Presupuestos asignados por departamento. Todo.
—Estoy liada hoy.
—¿Cuándo entonces?
—Ya le avisaré.
Su tono es tajante, como si el tema estuviera cerrado, como si tuviera algún poder aquí, cuando ambos sabemos que no lo tiene. No en esto. No cuando tengo el treinta por ciento de su empresa en el bolsillo y el derecho contractual de revisar cualquier documento financiero que quiera.
Pero no se lo digo.
Porque hay formas mejores de hacer esto.
Doy un paso hacia el escritorio. Luego otro.
Mis zapatos suenan apagados contra la alfombra cara que cubre el suelo de su despacho.
Me inclino despacio y apoyo las manos sobre el borde de madera pulida, invadiendo su espacio personal sin tocarla, sin cruzar ninguna línea física.
Pero lo bastante cerca para que pueda ver las vetas doradas de mis ojos.
Para que pueda oler mi colonia mezclada con el aire entre nosotros.
Para que sienta mi presencia de un modo que no puede ignorar por mucho que lo intente.
Dakota levanta la vista. Despacio. Como si no quisiera hacerlo pero no pudiera evitarlo. Y cuando nuestros ojos se encuentran veo lo que intenta esconder a la desesperada: sorpresa revuelta con algo más caliente, más peligroso, que sube diez grados la temperatura de la habitación de golpe.
Bien. Parece que no soy el único que siente la atracción que hay entre nosotros.
Sostengo su mirada sin pestañear. Sin sonreír. Sin hacer nada excepto dejar que el momento se alargue hasta que se vuelve casi insoportable.
Y entonces hablo. Bajo. Controlado. Cada palabra con el peso de una promesa.
—Señora Relish…
Hago una pausa deliberada. Sus pupilas se dilatan.
—Cuanto más difícil me lo ponga…
Otra pausa. Sus labios se entreabren.
—Más me gusta.
El silencio que sigue es tan denso que asfixia.
Y entonces lo oigo. Tan bajo que casi se me escapa. Pero lo oigo, porque tengo todos los sentidos puestos en ella.
Un jadeo.
Pequeño. Sorprendido. Involuntario.
Y algo animal me ruge en el pecho con una satisfacción tan intensa que casi me deja sin aliento.
Ahí está.
No es inmune.
Por mucho que finja.
Por mucho que me mire como si fuera un crío.
Su cuerpo sabe la verdad.
Sabe todo el placer que podría proporcionarle.
Me enderezo despacio. Doy un paso atrás. Recupero la distancia profesional como si no acabara de cruzar una línea que no debería haber cruzado, como si no acabara de insinuarle algo del todo inapropiado en mitad de su despacho un miércoles por la mañana.
—No se preocupe. —Mi voz vuelve a ser educada, cortés. El profesional corporativo de manual—. Yo me busco un espacio donde trabajar mientras revisa su agenda.
Dakota no responde de inmediato. Solo me mira con esos ojos verdes más abiertos de lo normal. Con ese sonrojo que le sube por el cuello y que hace que quiera inclinarme y seguirle el rastro con la lengua.
—Puede usar la sala de reuniones del segundo piso —consigue decir al fin. Y su voz suena un poco más ronca que antes. Un poco menos controlada.
—Perfecto.
Me dirijo hacia la puerta sintiendo su mirada en la espalda. Sé que me observa. Sé que está dándole vueltas a lo que acaba de pasar y que seguro que se odia por haber reaccionado.
Me detengo con la mano en el pomo. Miro por encima del hombro.
—Avíseme cuando tenga un hueco para revisar esa planificación trimestral. —Pausa—. Estaré esperando.
Y salgo. La dejo ahí sola con sus pensamientos y con ese jadeo todavía flotando en el aire.
Camino por el pasillo hacia las escaleras con las manos metidas en los bolsillos y la mandíbula apretada.
La erección sigue ahí, terca, recordándome que acabo de jugar con fuego en el despacho de una mujer que técnicamente es mi cliente.
Que debería comportarme como un profesional.
Que insinuarle algo así quizá haya sido lo más estúpido que podía hacer si mi objetivo es ganarme su confianza.
Pero no me arrepiento.
Ni un poco.
Porque he visto su reacción. He visto cómo se le han dilatado las pupilas cuando me he inclinado sobre su escritorio. He oído ese jadeo que ha intentado contener sin conseguirlo. Y sé, con una certeza eléctrica, que no estoy solo en esto.
Y no voy a desaprovechar esta oportunidad.
Ni la de tenerla a ella ni la de demostrarles a mis hermanos lo capaz que soy de cerrar esta adquisición.
Puedo hacer ambas cosas. Cerrar el trato y conseguir a la mujer. No son excluyentes. De hecho pueden ser complementarias si juego bien mis cartas.
Y voy a jugarlas.
Porque cuando Oliver Hawke quiere algo, siempre encuentra la forma de conseguirlo.
Sonrío. Satisfecho. Depredador.
Dakota está a punto de descubrirlo.
DAKOTA
¿Qué demonios acaba de pasar?
Me quedo mirando la puerta cerrada durante un tiempo que no puedo medir. Diez segundos. Treinta. Un minuto entero quizás. El tiempo se ha vuelto elástico y poco fiable desde que Oliver Hawke ha salido de mi despacho y ha dejado el aire tan cargado que me cuesta respirar con normalidad.
El corazón me late demasiado rápido, demasiado fuerte.
Como si acabara de subir corriendo diez pisos de escaleras en lugar de estar sentada en mi propia silla en mi propio despacho en mi propio edificio.
Me llevo una mano al pecho y presiono. Como si así fuera a devolverlo a un ritmo normal, como si pudiera obligar a mi cuerpo a calmarse.
No funciona.
Reproduzco la escena porque no puedo evitarlo. Porque mi cerebro parece atascado en ese momento específico y no consigue avanzar hacia nada más productivo.
Oliver inclinado sobre mi escritorio.
Esas manos apoyadas en la madera pulida, tan cerca de las mías que podría haberle tocado los dedos con solo moverme medio centímetro.
Manos grandes con dedos largos y venas marcadas que recorren la parte superior como ríos bajo piel bronceada.
Manos que parecen hechas para cosas que no debería estar imaginando con el hombre que ha venido a intentar dirigir MI empresa.
Su cara cada vez más cerca de la mía. No demasiado.
No lo bastante como para poder acusarlo de nada concreto.
Pero lo suficiente como para que pudiera oler su colonia.
Para que sintiera su presencia llenando todo mi espacio personal de una forma que debería haberme hecho sentir amenazada pero que en cambio hizo algo completamente diferente.
Y esa voz.
Dios.
Esa voz una octava más baja, convertida casi en un ronroneo.
«Cuanto más difícil me lo ponga… más me gusta.»
El calor me sube por el cuello tan deprisa que me arde la piel. Me llevo las manos a las mejillas: están ardiendo, como si tuviera fiebre, como si mi cuerpo hubiera decidido traicionarme de la forma más obvia posible.
Y lo peor. Lo peor de todo.
Es que jadeé.
Jadeé delante de él como una adolescente que nunca ha estado cerca de un hombre atractivo.
Como si esas palabras hubieran ido directas al bajo vientre y hubieran encendido algo que llevaba años apagado.
Como si mi cuerpo hubiera respondido antes de que mi cerebro pudiera intervenir y recordarme que esto es inapropiado a unos cincuenta niveles distintos.
—No. —Lo digo en voz alta al despacho vacío. A mí misma. A nadie—. No, no, no.
Me pongo de pie porque quedarme sentada se me hace imposible de repente. Necesito moverme. Hacer algo. Cualquier cosa menos quedarme aquí reviviendo esa escena una y otra vez hasta que se me grabe a fuego en la memoria.
Camino en círculos por mi despacho, me maldigo, y acabo delante de la ventana.
Es demasiado joven.
Tengo quince años más que él.
Esto es ridículo.
Es inapropiado.
Es…
Pero incluso mientras pienso esas palabras, mientras intento convencerme de que significan algo, sé que es mentira. Una mentira grande y gorda que me estoy contando porque la alternativa es demasiado aterradora como para planteármela siquiera.
Porque Oliver Hawke no se comporta como un niño.
Para nada.
Tiene un aplomo que no he visto en mi vida, ni siquiera en hombres que le doblan la edad.
Esa confianza del que sabe quién es y lo que quiere y no pide perdón por ninguna de las dos cosas.
Cuando habla, lo hace con un peso que obliga a escuchar.
Cuando pregunta algo es porque quiere saber la respuesta, no por llenar el silencio.
Cuando te mira, lo hace con una intensidad que te convierte en lo único que existe en su universo en ese momento.
Y cuando se inclina sobre tu escritorio y te dice con esa voz grave que le gusta que se lo pongas difícil…
Trago saliva.
Cuando hace eso, no hay nada de niño en él.
Nada en absoluto.
Me obligo a apartarme de la ventana antes de que alguien me vea ahí plantada como una estatua. Vuelvo a mi escritorio. Me siento. Intento concentrarme en los emails que llevan esperándome desde que llegué esta mañana.
No funciona.
Porque mi mente sigue volviendo a la visita. A esos cuarenta y cinco minutos que pasé enseñándole las instalaciones con desgana mientras intentaba mantener la voz profesional y la expresión neutra.
Y a la certeza creciente de que él me estaba mirando.
Todo el rato.
Lo sentí, como un peso físico en la espalda. En el cuello. En otros sitios en los que no debería notar su mirada en un contexto profesional.
Y sobre todo cuando me giraba. Cuando lo miraba por encima del hombro para asegurarme de que me estaba siguiendo o para señalar algo o solo porque no podía evitarlo.
Cada vez que lo hacía sus ojos estaban ahí.
No en mi cara.
Más abajo.
Mucho más abajo.
El calor vuelve a subirme por el cuello. Más intenso esta vez. Acompañado de un tirón más abajo, en el vientre, que me obliga a apretar los muslos sin pensar.
Porque me gustó.
Dios me ayude pero me gustó que me mirara así.
Como si no pudiera evitarlo, como si mi cuerpo fuera un imán que atrajera su atención por más que él intentara mantenerse profesional. Como si algo en mi manera de moverme, o en cómo me queda este traje verde, le hiciera perder parte de ese control impecable que proyecta.
Y eso es…
Eso es un problema.
Un problema enorme que no sé cómo manejar.
No debería sentirme atraída por él. Es una locura.
Me centro en el ordenador y me froto las sienes. Me está empezando a doler la cabeza detrás de los ojos. Ese dolor que sale de la tensión, de la falta de cafeína y de estar del todo fuera de mi terreno.
Oliver me ha descolocado por completo.
Porque ha demostrado ser brillante.
Las preguntas que hizo durante la visita no fueron de alguien que no tiene ni idea de lo que está haciendo. Fueron específicas, inteligentes, y revelaban un conocimiento de la industria editorial que no esperaba de alguien que no ha trabajado en medios en su vida.
Está claro que se ha informado. Que se ha preparado.
Y eso…
Eso me molesta más de lo que debería.
Porque quería que fuera fácil de descartar.
Quería que fuera el típico trajeado arrogante que cree que los números son lo único que importa y que no entiende el aspecto creativo de lo que hacemos aquí.
Quería que metiera la pata. Que dijera algo estúpido.
Que demostrara que mandarlo fue un error de sus hermanos mayores.
Quería poder mantenerlo a raya hasta que se aburriera y pidiera que lo reasignaran.
Pero Oliver Hawke no parece ser ninguna de esas cosas.
Y desde luego no parece de los que se aburren pronto.
Me obligo a volver al trabajo. Abro el primer email de mi bandeja de entrada. Es de un diseñador emergente que quiere que presentemos su nueva colección. Lo leo tres veces sin enterarme de una sola palabra. Los ojos me resbalan por las frases, pero tengo la cabeza en otro sitio.
¿Por qué se ha acercado a mí de esa manera?
¿Ha sido una forma de descolocarme? ¿De hacer que pierda el equilibrio para que sea más fácil de manejar?
Esa última posibilidad me encoge el pecho.
Porque si ha sido una estrategia…
Si todo esto, la forma en que me miró durante la visita y cómo se inclinó sobre mi escritorio y esas palabras que dijo con esa voz, si todo eso fue calculado para desestabilizarme…
Entonces le ha funcionado.
Y eso significa que he subestimado a Oliver Hawke.
Lo cual es irónico, teniendo en cuenta que era él quien se suponía que iba a subestimarme a mí.
Cierro el email sin responder. Miro la puerta cerrada de mi despacho. Y dejo que el pensamiento que llevo media hora evitando termine por fin de tomar forma.
Quizás librarse de Oliver Hawke no va a ser tan fácil como pensaba.
Quizás ese «niño» es mucho más peligroso de lo que creí.
Profesionalmente.
Y quizás… quizás también personalmente.
Pero eso último no lo voy a admitir.
Ni siquiera a mí misma.
No estoy dispuesta a perder.
Acabo de recuperar el control de mi vida y no voy a permitir que ningún hombre me lo arrebate.