CAPÍTULO 6 #2
Llegamos primero a la redacción. Un espacio abierto y luminoso lleno de escritorios donde una docena de personas trabajan en sus ordenadores rodeadas de moodboards y recortes de revistas y fotografías sujetas a las paredes con chinchetas.
Hay una energía aquí que no esperaba. Creativa pero también caótica.
Como si todos estuvieran trabajando en diez proyectos diferentes al mismo tiempo y disfrutándolo.
—Este es el corazón de Relish . —La voz de Dakota suena automática. Ensayada—. Aquí se decide qué entra en cada número. Qué historias contamos. Qué tendencias destacamos. Mi equipo editorial trabaja con tres meses de antelación, así que lo que ves ahora es para la edición de julio.
Se detiene junto a una mujer de unos treinta años con pelo oscuro recogido en un moño despeinado y gafas de diseño. La mujer levanta la vista de su pantalla cuando nos acercamos y hay curiosidad genuina en sus ojos cuando me mira.
—Sarah, este es Oliver Hawke, de Hawke Capital. —Dakota hace una pausa y aprieta los dientes antes de continuar—. Estará… supervisando nuestra colaboración durante un tiempo.
La palabra «colaboración» le sale como si tuviera que arrancársela de la garganta.
Y no se me escapa que no ha dicho «supervisando nuestra inversión» ni «supervisando la empresa».
Ha dicho «colaboración» como si pudiéramos ser socios en lugar de lo que somos en realidad: un inversor que acaba de comprar una participación significativa en su negocio sin su permiso.
Es un movimiento inteligente. Político. Y me dice que Dakota Relish entiende de sobra cómo gestionar las percepciones de su equipo incluso cuando está furiosa por dentro.
Es inteligentísima y eso la hace aún más sexy.
Sarah me extiende la mano con una sonrisa profesional que no esconde del todo su nerviosismo.
—Encantada de conocerle, señor Hawke.
Le estrecho la mano. Firme pero no agresivo. Y le dedico la sonrisa que he aprendido a usar en situaciones como esta: la que dice que soy accesible, que no soy una amenaza, que pueden confiar en mí incluso cuando todos sabemos que probablemente no deberían.
—Igualmente. ¿Cuánto tiempo lleva en Relish ?
—Cinco años. Soy editora sénior. Cubro sobre todo moda, pero a veces colaboro en belleza y lifestyle cuando necesitan ayuda.
Asiento y hago más preguntas. Sobre su proceso editorial.
Sobre cómo eligen las piezas que publican.
Sobre los plazos y los presupuestos y las relaciones con diseñadores.
Y Sarah se va relajando mientras habla. Como si hubiera esperado que fuera el típico ejecutivo corporativo que no quiere aprender cómo funciona de verdad una revista y que solo está aquí para recortar presupuestos y complicarle la vida.
Y yo me he molestado en aprender sobre el tema.
He leído todo lo que he podido encontrar sobre los últimos cinco años de la industria editorial: las tendencias, los retos, qué revistas prosperan, cuáles están muriendo y por qué.
Y veo el momento justo en que Dakota se da cuenta.
Está de pie junto a nosotros observando la conversación con esa expresión de neutralidad estudiada.
Pero en sus ojos hay sorpresa, quizás, o algo más parecido a la irritación.
Como si hubiera esperado que hiciera el ridículo y en cambio estuviera descubriendo que sé de qué hablo.
Y que me intereso por lo que no conozco.
Y eso la molesta.
Lo cual me encanta.
Seguimos con la visita. Departamento de diseño donde varias pantallas enormes muestran maquetas de las próximas portadas con tipografías que probablemente tienen nombres pretenciosos como Didot o Bodoni.
Departamento de fotografía con estudios que parecen sacados de una película sobre el mundo de la moda.
Luces profesionales montadas en trípodes.
Fondos blancos enrollados en el techo, a la espera de la próxima sesión.
Y durante todo el recorrido camino detrás de Dakota, observándola, estudiándola, memorizando cada detalle.
La forma en que se toca la coleta cuando está explicando algo complicado.
Un gesto nervioso que ni debe de saber que hace.
La forma en que la voz se le vuelve un punto más cálida cuando habla con miembros de su equipo a los que se nota que adora.
Como si se le cayera la máscara profesional un instante, antes de volver a ponérsela cuando se acuerda de que estoy ahí.
Y ese culo.
Dios. Ese culo, que se mueve delante de mí a cada paso.
La erección que se me formó en recepción no ha bajado.
Al contrario. Se ha vuelto más insistente.
Más dolorosa. Cada vez que se inclina para señalar algo en una pantalla.
Cada vez que se gira y me mira por encima del hombro para asegurarse de que la sigo.
Cada vez que su perfume me llega mezclado con el aire acondicionado y me hace pensar en cosas de lo más inapropiadas para una visita corporativa.
Y empiezo a darme cuenta de algo que debería preocuparme más de lo que me preocupa.
Nunca me ha pasado esto. Nunca he perdido el control de esta forma. He estado con mujeres. He tenido sexo, bueno incluso. Con profesionales que sabían qué hacer y cómo, sin que tuviera que explicarles mis necesidades hasta sentirme un pervertido.
Pero nunca me había pasado esto de mirar a una mujer y que el cuerpo entero me reaccione así. Como si cada célula se hubiera despertado a la vez y hubiera decidido que ella es lo único que importa, como si el cerebro me hubiera hecho un cortocircuito y me hubiera dejado funcionando a puro instinto.
Y la parte más aterradora no es que esté pasando.
Es que no quiero que pare.
Llegamos por fin al departamento de publicidad.
El último de la visita. Dakota me presenta al director, un hombre de unos cuarenta y tantos con una camisa que debe de ser de diseñador pero que lleva como quien se viste más para impresionar que porque de verdad le importe la moda.
Me estrecha la mano con demasiada fuerza, como si pensara que un apretón agresivo va a hacer que lo respete más.
No le funciona.
—Oliver Hawke. —Me evalúa con ojos que han visto a demasiados ejecutivos intentar cambiar cosas que no entienden—. He oído hablar de Hawke Capital.
Sonrío. Educado. Profesional.
—Espero que cosas buenas.
Se ríe, pero la risa no tiene ninguna gracia. Solo resignación.
—Depende de a quién le preguntes.
Dakota interviene antes de que pueda responder. Su voz corta la tensión con la precisión de un bisturí.
—Creo que es suficiente por hoy. —Me mira con esos ojos verdes que no revelan nada de lo que está pensando—. ¿Vamos a mi despacho?
—Por supuesto.
Nada me apetece más que estar en un espacio cerrado con ella.
Que empiece la función.