Un CEO Inalcanzable (Los Halcones de Wall Street 4) CAPÍTULO 6
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CAPÍTULO 6

OLIVER

Son las ocho en punto de la mañana cuando las puertas del ascensor se abren en la quinta planta de Relish Magazine , y lo primero que pienso es que el edificio huele diferente de como lo recordaba.

Ayer olía a tensión y a café recién hecho.

Hoy huele a perfume caro que flota en el aire acondicionado y a algo que no puedo identificar del todo pero que me recuerda a las boutiques de lujo donde mi madre nunca pudo entrar.

Papel satinado. Tinta de imprenta. Ambición vestida de elegancia.

La recepcionista levanta la vista cuando me acerco.

Es la misma de ayer, la rubia de la coleta alta que me miró como si no estuviera segura de si debía llamar a seguridad o dejarme pasar.

Hoy me reconoce de inmediato y su expresión me dice que Dakota le ha advertido de mi llegada.

Seguro que con instrucciones muy específicas sobre cómo manejarme.

—Buenos días, señor Hawke. —Me sonríe, pero con nervios en la mirada, como si esperara que algo explotara en cualquier momento—. La señora Relish estará aquí en unos minutos. ¿Quiere sentarse mientras espera o prefiere que le avise cuando llegue?

—Esperaré aquí. Gracias.

Me siento en uno de los sofás de cuero negro que hay junto a las ventanas.

Saco el móvil del bolsillo y reviso los emails que han entrado desde que salí de casa hace media hora.

Ronan pregunta por los números. Kai me manda un gif de un halcón cazando con el texto «a por ella, hermano», que ignoro por completo.

Y hay uno de Jax con el asunto «Seguimiento semanal», que sé que significa que quiere un informe detallado de cómo va todo aquí.

Pero no puedo concentrarme en ninguno de ellos.

Porque una parte de mi cerebro, la parte que debería estar centrada en la estrategia y en los números y en demostrarle a mi hermano mayor que puedo cerrar esta adquisición sin ayuda, está ocupada por completo imaginando a Dakota preparándose esta mañana: eligiendo qué ponerse, sabiendo que iba a verme, odiándome por ello pero sin poder hacer nada para evitarlo, porque yo la cité y ella no tiene más remedio que cumplir.

Pero la muy astuta ha decidido que voy a tener que esperarla.

Debo reconocer que es brillante.

Son las ocho y veinte cuando escucho los tacones.

Rápidos, decididos, acercándose desde el pasillo que conecta con el ascensor. Y ese sonido, el ritmo preciso de cada paso, hace que levante la vista antes de que las puertas se abran. Como si mi cuerpo supiera que es ella antes de que mi cerebro pueda procesarlo.

Y entonces la veo.

Dakota Relish entra en la recepción como una tormenta contenida en un traje de sastre verde bosque que consigue que se me seque la boca al instante.

Lleva el pelo recogido en una coleta baja que le deja el cuello al descubierto, y esa línea limpia de piel, desde la mandíbula hasta donde desaparece bajo el cuello de la camisa, hace que los dedos se me crispen contra el reposabrazos del sofá.

Lleva un café en una mano. Bolso de cuero negro en la otra.

Y esa expresión en la cara que he visto en ejecutivos que están a punto de entrar en una reunión que saben que van a odiar pero que no pueden evitar.

El traje es impecable. Por supuesto que lo es.

Todo en Dakota Relish es impecable. La chaqueta está entallada de una forma que debería ser profesional pero que en ella parece diseñada aposta para volverme loco.

Le marca la cintura. Se le ajusta a las costillas.

Los botones están cerrados excepto el de arriba y debajo lleva una camisa de seda blanca que se le pega al cuerpo y me obliga a recordarme que respirar es algo que los seres humanos necesitan hacer para sobrevivir.

Pero es el pantalón lo que me mata.

El pantalón verde que le queda como una maldita segunda piel y que se ajusta a sus caderas y a sus muslos hasta extremos que tendrían que estar prohibidos en un entorno de trabajo.

Cae impecable hasta unos tacones de aguja negros que le añaden al menos siete centímetros y aun así la dejan muy por debajo de mí.

Y cuando se gira para decirle algo a la recepcionista, cuando su cuerpo se mueve y el pantalón se tensa sobre su culo…

La sangre me abandona el cerebro tan rápido que me deja mareado.

Ese culo. Redondo y firme y perfecto hasta el punto de que todas las palabras que conozco se evaporan de mi vocabulario y me dejan con un solo pensamiento primitivo que me rebota en la cabeza como una pelota de ping-pong: quiero poner las manos ahí y no soltarlo nunca .

Mi cuerpo reacciona, instantáneo, inevitable.

La erección se forma contra la tela de mis pantalones a una velocidad que habría sido embarazosa si no estuviera tan jodidamente distraído mirándola.

Cambio de posición en el sofá. Cruzo las piernas.

Intento disimular el bulto que sé que es imposible de esconder del todo.

Y entonces me doy cuenta de algo que deja todo lo demás en nada.

He venido aquí a demostrar algo. A mis hermanos.

A Jax en particular. A mí mismo. He venido a cerrar mi primera adquisición sin ayuda.

A probar que no soy el niño de la familia que necesita que lo protejan.

A salir de esa sombra que me ha perseguido durante veinticinco años y que se ha vuelto más pesada con cada año que pasa.

Ese era el premio.

Respeto. Reconocimiento. Validación.

Pero mirando a Dakota comprendo algo que debería asustarme más de lo que me asusta.

Ese premio acaba de volverse irrelevante.

Porque lo único que quiero demostrar ahora, lo único que me importa con una intensidad que roza la obsesión, es que puedo ser el hombre que esta mujer necesita. Aunque ella no lo sepa todavía.

Dakota termina de hablar con la recepcionista. Se gira. Me ve sentado ahí esperándola. Y su expresión se endurece. Se torna de fastidio mezclado con resignación. Como si hubiera albergado alguna esperanza ridícula de que no apareciera. De que el email de anoche hubiera sido una broma.

Pero aquí estoy.

Esperándola.

Como le dije que estaría.

Se acerca con esos tacones que hacen un sonido hipnótico contra el suelo de madera pulida.

Cada paso es controlado. Medido. Como todo en ella.

Como si cada movimiento de su cuerpo estuviera coreografiado para transmitir justo lo que quiere que vea: control absoluto.

Profesionalidad inquebrantable. Una mujer que sabe quién es y lo que vale y que no necesita la aprobación de nadie.

Es tan sexy que duele.

Y creo que ella no tiene ni idea.

Me pongo de pie cuando se detiene frente a mí.

Despacio, dejando que vea toda mi altura, que recuerde que la saco casi veinte centímetros y que, cara a cara, tiene que inclinar la cabeza para mirarme a los ojos.

Es una ventaja mínima pero la uso de todas formas.

Porque en este momento necesito cualquier ventaja que pueda conseguir.

—Señor Hawke. —Su voz es fría. Profesional. Pero hay un filo ahí que no estaba ayer. Como si hubiera pasado la noche afilando las armas—. Veo que es puntual.

Meto las manos en los bolsillos. En parte porque quiero parecer relajado, en parte porque si no lo hago voy a hacer algo estúpido como intentar tocarla y eso sería cruzar una línea para la que todavía no tengo permiso.

Todavía.

—Habíamos quedado a las ocho. —Mantengo la voz neutra. Amable incluso—. Soy un hombre de palabra.

Sus ojos se estrechan; el verde esmeralda se oscurece un tono. Y sé que está buscando el doble sentido en esas palabras. Buscando la trampa. Porque Dakota Relish no confía en mí. Y hace bien.

—Por supuesto que lo es. —No es un cumplido. Es una acusación apenas velada.

Sonrío. Controlado. El tipo de sonrisa que he pulido en cientos de reuniones de negocios donde necesitaba parecer seguro sin resultar arrogante.

—¿Empezamos con esa visita?

Dakota me lleva por el edificio como si estuviera cumpliendo una condena.

Camina delante de mí con la espalda muy recta y la coleta balanceándose a cada paso, y me muestra las instalaciones de Relish Magazine con el mismo entusiasmo que quien enseña una celda de prisión.

Su voz es mecánica cuando explica cada departamento.

Como si hubiera practicado este discurso mil veces y ahora pudiera recitarlo en piloto automático mientras su mente está en cualquier otro sitio.

Debe de estar calculando cuánto tiempo tiene que pasar antes de poder volver a su despacho y cerrarme la puerta en las narices.

Pero yo no estoy prestando atención a sus palabras.

Le estoy prestando atención a ella.

A la forma en que gesticula cuando explica algo incluso cuando su voz se mantiene fría y distante.

Las manos se le mueven solas, dibujando en el aire trazos que contradicen el tono profesional que intenta mantener.

A cómo se tensa cada vez que me acerco demasiado al hacerle una pregunta.

Como si mi proximidad la pusiera nerviosa de un modo que no quiere admitir ni ante sí misma.

Y sobre todo estoy prestando atención a la forma en que se mueve.

Porque Dakota se mueve como la dueña de cada centímetro de este edificio.

Sus tacones hacen ese sonido constante contra el suelo que se me ha metido en la cabeza como una canción pegadiza.

Y ese culo en ese pantalón verde se mueve delante de mí a cada paso y me obliga una y otra vez a apartar la vista.

Hacia las paredes llenas de portadas enmarcadas.

Hacia los escritorios donde la gente trabaja sin levantar la vista.

Hacia cualquier cosa que no sea la curva insolente de su trasero, que se mueve con un ritmo que estoy bastante seguro de que va a perseguirme en sueños durante seis meses como mínimo.

No funciona.

Siempre vuelvo a mirar.

Como si mis ojos tuvieran voluntad propia y hubieran decidido por su cuenta que esa es la vista más importante del universo.

Y vaya si lo es.