Un CEO Inalcanzable (Los Halcones de Wall Street 4) CAPÍTULO 5
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CAPÍTULO 5

DAKOTA

El apartamento está en silencio cuando cierro la puerta de golpe detrás de mí.

Dejo caer el bolso en la consola de la entrada con más fuerza de la necesaria. Los tacones salen volando en direcciones opuestas cuando me los quito de una patada. Uno se estrella contra la pared. El otro desaparece debajo del sofá.

Me da igual.

Cruzo el piso descalza con las manos temblándome tanto que tengo que cerrarlas en puños para que paren.

No paran.

—Hijo de puta. —Lo digo en voz alta al apartamento vacío—. Hijo de la grandísima puta.

Abro el mueble donde guardo el vino. Cojo la primera botella que veo. Un tinto que compré hace meses y que estaba guardando para una ocasión especial.

Ese momento ha llegado.

Descorcho la botella sin ceremonias. Ni siquiera me molesto en buscar una copa. Bebo a morro. El vino me baja áspero por la garganta, demasiado deprisa, demasiado caliente.

Me da igual.

Necesito que algo, lo que sea, afloje este nudo que tengo en el pecho desde que salí corriendo de mi propio despacho como una cobarde.

Otro trago.

Y otro.

Hasta que por fin consigo respirar sin que me duela.

Me apoyo contra la encimera de mármol. Fría. Dura. Real.

Cierro los ojos.

«Nunca me complaciste, Dakota. En nada. Ni en casa. Ni aquí.»

Las palabras de Marcus me resuenan en la cabeza en bucle, como un disco rayado que no puedo parar.

Y lo peor no es que las haya dicho.

Lo peor es que las ha dicho delante de ÉL.

Delante de ese hombre alto y guapísimo que ha entrado en mi despacho como si tuviera todo el derecho del mundo a estar ahí, que me ha mirado con esos ojos color avellana que parecían verlo todo, que ha escuchado cómo mi exmarido me humillaba y que probablemente ahora piensa que soy justo lo que Marcus insinuó.

Una mujer fría, imposible de complacer, que nunca supo cómo hacer feliz a su marido.

El calor me sube otra vez por el cuello, vergonzoso.

Aprieto los ojos con más fuerza.

No.

No voy a pensar en eso ahora.

No voy a dejar que Marcus gane, que me haga sentir pequeña, insignificante, como si los veinte años de matrimonio muerto fueran mi culpa y no la suya también.

Abro los ojos. Bebo otro trago de vino.

Y me obligo a centrarme en lo importante.

En Hawke Capital.

En que el cabrón de mi exmarido ha vendido el treinta por ciento de mi empresa.

En que unos desconocidos poseen ahora el treinta por ciento de MI revista. Marcus lo ha vendido sin consultarme. Sin avisarme siquiera.

Necesito saber con quién estoy tratando.

Necesito saber qué clase de tiburones acaban de entrar en mi océano.

Cojo el portátil y me siento en el sofá de terciopelo. La botella de vino va conmigo. La dejo en la mesa de centro. Al alcance de la mano.

Abro el navegador.

Escribo: «Hawke Capital» .

Pulso enter.

Los resultados aparecen al instante. Cientos de ellos. Artículos. Entrevistas. Análisis financieros. Fotografías.

Hago clic en el primero.

Forbes: «Los Halcones de Wall Street: Cómo cinco hermanos que construyeron un imperio de 15.000 millones de dólares»

Empiezo a leer.

Y con cada línea que leo, el nudo de la garganta se me aprieta un poco más.

Hawke Capital fue fundada hace catorce años por Jax Hawke. El hermano mayor. Tenía veintidós años entonces. Acababa de graduarse en NYU con un MBA que se pagó compaginando tres trabajos mientras criaba a sus cuatro hermanos menores.

Porque sus padres eran adictos.

Construyó Hawke Capital desde cero, con cincuenta mil dólares que había ahorrado durante años, con una visión clara y una determinación que, según el artículo, aterra a cualquiera que se cruce en su camino.

Incorporó a sus hermanos uno a uno a medida que se graduaban. Zane. Ronan. Kai. Oliver.

Los cinco juntos. Un equipo. Una familia. Un imperio.

Paso al siguiente artículo.

Business Insider: «Hawke Capital: El nombre que hace temblar a CEOs»

Este es más específico. Más brutal.

En los últimos cinco años, Hawke Capital ha adquirido participaciones en veintitrés empresas.

De esas veintitrés, dieciocho han sido reestructuradas de arriba abajo.

Despidos masivos. Cambios de dirección. Venta de activos.

Todo con el objetivo de maximizar beneficios y salir con ganancias estratosféricas.

Son conocidos por ser despiadados. Por no tener contemplaciones con las empresas que consideran ineficientes. Por entrar como un huracán y salir dejando solo lo que consideran esencial.

El artículo los llama «los hermanos más temidos de Wall Street».

Y Marcus me vendió a ellos.

Me vendió a estos tiburones sin consultarme. Sin darme la oportunidad de buscar otro comprador. De negociar. De hacer lo que fuera necesario para proteger lo que he construido.

Bebo más vino.

La botella ya va por la mitad.

Sigo leyendo.

Hay fotos. De los cinco hermanos juntos en eventos corporativos. En galas benéficas. En la portada de revistas de negocios.

Todos son altos, increíblemente atractivos, con esa presencia que tienen los hombres que nunca han tenido que pedir permiso para nada, que saben lo que valen y no se disculpan por ello.

Jax Hawke. Treinta y seis años. Ojos grises como acero. Expresión tallada en piedra. El artículo dice que nunca sonríe. Que dirige reuniones con una eficiencia brutal que deja a todo el mundo agotado. Que es el cerebro detrás de cada adquisición.

Zane Hawke. Treinta y tres años. El COO. «El Ejecutor». El que entra en las empresas después de la compra y hace el trabajo sucio. Despidos. Reestructuraciones. Cambios que duelen. Le llaman «El Carnicero de Wall Street» y, según el artículo, no le molesta el apodo.

Ronan Hawke. Treinta años. El CFO. Un genio. Un CI de ciento cincuenta y seis. Se graduó en el MIT a los dieciséis años. Ve números donde otros ven caos. Construye modelos financieros que predicen el futuro con una precisión aterradora.

Kai Hawke. Veintisiete años. Vicepresidente de Desarrollo de Nuevos Negocios.

El encantador. El que establece los primeros contactos.

El que seduce a CEOs para que vendan. Playboy confeso, fotografiado cada dos por tres con una mujer distinta.

Pero según el artículo, letal en negociaciones a pesar de la sonrisa.

Y Oliver Hawke.

Me detengo en su sección.

Veinticinco años. El menor. Analista sénior. MBA de la London School of Economics. Responsable del análisis estratégico y evaluación de oportunidades de inversión.

El artículo dice que es el más subestimado de los cinco. Que la gente lo ve como el pequeño de la familia. Pero que los que han trabajado con él saben que tiene un instinto para los negocios que rivaliza con el de Jax.

Miro su foto en la pantalla.

Traje negro, camisa blanca sin corbata, el primer botón abierto. Pelo castaño despeinado de esa forma que parece descuidada pero es calculada. Y unos ojos color avellana que miran de frente a la cámara con una intensidad que me contrae el estómago.

Es el mismo hombre que ha entrado en mi despacho esta mañana.

El mismo que me ha llamado «señora Relish» con esa voz grave y controlada.

El mismo al que yo he llamado niño.

Cierro el artículo.

Debería parar aquí. Debería cerrar el portátil. Dejar de pensar en esto hasta mañana.

Pero no lo hago.

Porque hay algo en esa foto, en esos ojos, en la forma en que me ha mirado esta mañana. Algo que no consigo quitarme de la cabeza.

O quizás es que he bebido más de la cuenta.

Abro una nueva pestaña.

Escribo: «Oliver Hawke Instagram» .

Y odio que mis dedos sepan exactamente qué teclas pulsar.

Su perfil aparece enseguida.

@oliverhawke

Hago clic.

Y me digo a mí misma que es una estrategia, que necesito conocer a mi enemigo, que esto no tiene nada que ver con la curiosidad personal.

Mentira.

Es una mentira tan grande que ni siquiera me la creo.

Pero sigo mirando de todas formas.

La primera foto es reciente. De hace dos semanas. Un evento corporativo. Oliver en traje gris oscuro. Camisa negra. Corbata anudada al milímetro. De pie junto a sus hermanos con una copa de champán en la mano.

Está sonriendo. Controlado. Nada que ver con la sonrisa ancha de su hermano Kai o la expresión pétrea de Jax.

Es una sonrisa que dice: sé exactamente lo que estoy haciendo y no necesito demostrarle nada a nadie.

Y dios.

Es guapo.

Guapo de escándalo.

No del tipo convencional, del que ves en revistas de moda, sino del que hace que se te olvide respirar cuando te mira.

Tiene la mandíbula fuerte, cincelada, unos ojos que atrapan la luz incluso en una foto y un pelo que pide que alguien pase los dedos por él.

Bajo el scroll.

Segunda foto.

Y me quedo inmóvil.

Es una foto del gimnasio, recién acabado el entrenamiento. Oliver sin camiseta, con el torso desnudo, brillante de sudor, y los pantalones de deporte colgándole de las caderas a una altura que debería ser ilegal.

Tiene el abdomen definido, pero no exagerado, no como esos culturistas que parecen tener los músculos pintados: es real, atlético, el tipo de cuerpo que viene de entrenar porque te gusta, no para presumir.

Unos brazos que parecen… capaces. De muchas cosas.

Cosas en las que no debería estar pensando.

Me muerdo el labio.

Y me odio por ello.

Pero no puedo dejar de mirar.

Está apoyado contra una pared, con la mano en la cadera como sin querer, y mira a la cámara con esa expresión que es mitad sonrisa, mitad desafío. Como si supiera el efecto que tiene y no le importara en absoluto.

El calor me sube otra vez por el cuello, pero esta vez no es vergüenza. Es algo que no he sentido en años, décadas quizá.

Algo peligroso.

Deseo.

Cierro Instagram de golpe.

Dejo el portátil a un lado como si quemara.

Me llevo las manos a la cara.

—¿Pero qué estoy haciendo?

Lo digo en voz alta. Al apartamento vacío. A mí misma.

Es un niño.

Un crío de veinticinco años.

Le saco quince años.

QUINCE.

Podría ser… no sé. Su hermana mayor. Su tía joven. Algo del todo inapropiado.

Y estoy aquí sentada en mi sofá bebiendo vino y mirando fotos de él sin camiseta como si fuera una adolescente con un crush .

Es ridículo.

Patético.

Me levanto del sofá.

Camino hasta la ventana. Necesito aire, espacio, algo que no sea mi apartamento silencioso ni mis pensamientos cada vez más fuera de lugar.

—Es solo biología —me digo a mí misma—. Cualquiera se fijaría. Es objetivamente atractivo. No significa nada.

Pero incluso mientras lo digo, sé que es mentira.

Porque no es solo que sea guapo.

Es la forma en que me ha mirado esta mañana, como si me viera de verdad y esos ojos pudieran leer cada pensamiento que me cruza la mente.

Es la forma en que ni se ha inmutado cuando lo he llamado niño, como si la palabra no le afectara, como si supiera algo que yo no sé.

Es…

No.

No voy a ir ahí.

No voy a permitirme pensar así.

Oliver Hawke es el enemigo. Representa a la empresa que acaba de comprar parte de mi revista. Que va a intentar cambiar las cosas. Meter las narices en asuntos que no le incumben. Decirme cómo dirigir el negocio que construí con mis propias manos.

Y el hecho de que tenga un abdomen que parece esculpido por Miguel Ángel es irrelevante.

Me aparto de la ventana.

Vuelvo al sofá.

Cojo el portátil otra vez.

Y me obligo a pensar con claridad.

Hawke Capital ha mandado al menor de los hermanos, al más joven de la empresa, al que todos subestiman.

Y eso…

Eso es bueno para mí.

Porque un niño de veinticinco años, por muy guapo que sea, por mucho MBA que tenga, no puede competir conmigo.

Llevo diez años dirigiendo esta revista. Conozco cada aspecto del negocio, cada número, cada empleado, cada decisión que hemos tomado y por qué la hemos tomado.

Oliver Hawke puede tener un título bonito y un cuerpo mejor.

Pero yo tengo experiencia. Conocimiento. Y la ventaja de estar en mi territorio.

Puedo manejarlo.

Voy a manejarlo.

Voy a hacer que se aburra tanto supervisando reuniones interminables y revisando informes que él mismo va a pedir que lo cambien. O mejor aún, va a meter la pata. Va a hacer una recomendación estúpida que demuestre que no tiene ni idea de cómo funciona una revista de moda.

Y sus hermanos lo van a sacar de aquí.

Sonrío.

Sí.

Esto va a funcionar.

Marcus creyó que me había jodido vendiendo su parte a Hawke Capital.

Pero no me conoce tan bien como cree.

No sabe lo cabezona que puedo ser, lo protectora que soy con lo que es mío, lo lejos que estoy dispuesta a llegar para defender mi trabajo.

Hawke Capital va a descubrir que comprar parte de Relish ha sido su peor inversión.

Y Oliver Hawke…

Oliver Hawke va a volver corriendo con sus hermanos a suplicarles que lo saquen de aquí.

Tengo un plan.

Y va a funcionar.

Estoy a punto de meterme en la cama cuando el portátil hace ping desde el salón.

Me detengo.

Es tarde. Casi medianoche.

Debería ignorarlo. Dejarlo para mañana.

Pero la curiosidad puede más.

Vuelvo al salón. Y reviso el portátil.

Un email nuevo.

Remitente: [email protected]

Me quedo mirando el nombre.

—¿Cómo demonios ha conseguido mi email?

Lo abro.

Asunto: Reunión mañana, 8:00

Señora Relish,

Mañana a las 8:00 estaré en las oficinas de Relish Magazine para comenzar con la evaluación de nuestra inversión. Agradeceré que me proporcione una visita completa a las instalaciones y acceso a los informes financieros del último trimestre.

Espero que esto le dé tiempo suficiente para preparar los documentos necesarios.

Atentamente,

Oliver Hawke

Analista sénior, Hawke Capital

Leo el email una vez.

Dos veces.

Tres.

Y con cada lectura, la rabia que había conseguido controlar vuelve a subirme por la garganta como lava.

—¿Me está dando órdenes?

«Agradeceré que me proporcione».

Como si tuviera opción, como si no fuera una petición sino una declaración de lo que va a pasar, quiera yo o no.

«Espero que esto le dé tiempo suficiente».

Como si necesitara su permiso para organizar mi propio tiempo.

El tono es profesional, cortés, de una educación impecable.

Pero debajo hay un aviso que dice bien claro: voy a estar ahí. Y tú también. Y vamos a hacer esto según mis condiciones.

Cierro el portátil de un manotazo.

—Ja. —Suelto una risa seca, sin ganas—. Pues va a tener que esperarme sentado.

Porque mañana a las ocho yo no voy a estar en la oficina.

Voy a tener una reunión urgente, fuera de la oficina, con un cliente importante que no puede esperar.

Mentira, por supuesto.

Pero el niño no necesita saberlo.

Necesita aprender cómo funcionan las cosas aquí.

Necesita entender que yo soy la que manda.

Que esta es MI revista.

Y que no puede aparecer sin más y dar órdenes como si tuviera algún derecho.

Me meto en la cama.

Apago la luz.

Y me quedo mirando el techo en la oscuridad con una sonrisa en los labios.

Mañana va a ser interesante.

Oliver Hawke cree que puede entrar aquí y tomar el control.

Pero está a punto de aprender que subestimar a Dakota Relish es el mayor error que puede cometer.

Cierro los ojos.

E intento no pensar en esos ojos color avellana.

En esa mandíbula.

En ese abdomen que se veía tan…

—Para.

Lo digo en voz alta. A mí misma. A la oscuridad.

Es un niño.

Un niño arrogante con un cuerpo indecente.

Pero sigue siendo un niño.

Y mañana le voy a enseñar quién manda aquí.

Por muy sexy que sea.