CAPÍTULO 4
OLIVER
El edificio de Relish Magazine está en el Flatiron District. Es de ladrillo rojo con ventanas altas. Uno de esos edificios que han visto pasar décadas y siguen en pie como si nada pudiera tirarlos.
Subo en el ascensor hasta la quinta planta con el maletín en una mano y el móvil en la otra. Acabo de colgar con Ronan. Quería confirmar los números antes de entrar. Los márgenes. El flujo de caja. Todo lo que necesito saber para esta primera reunión.
Es mi primera adquisición. Solo mía. Sin Jax supervisando cada paso. Sin Zane ejecutando mientras yo observo desde la esquina. Sin ser el hermano pequeño que tiene que demostrar que puede hacer algo más que analizar hojas de cálculo.
Esto es mío.
Y no voy a dejar nada al azar.
Las puertas del ascensor se abren. Salgo a un pasillo con suelos de madera que crujen bajo mis zapatos. Paredes blancas. Fotos enmarcadas de portadas de revista. Modelos. Diseñadores. Ese mundo de la moda que siempre me ha parecido fascinante justo porque no lo entiendo del todo.
La recepcionista levanta la vista cuando me acerco. Veintitantos, pelo rubio recogido en una coleta alta. Me sonríe con esa sonrisa profesional que usan las asistentes cuando no saben muy bien quién eres antes de que abras la boca.
—Buenos días. ¿Puedo ayudarle en algo?
—Soy Oliver Hawke. He venido a hablar con la señora Dakota Relish y Marcus Dawson.
Su sonrisa vacila. Solo un segundo. Pero lo noto.
—Ah. Sí. Por supuesto. Su despacho está al fondo del pasillo. Tercera puerta a la izquierda.
—Gracias.
Camino por el pasillo observando todo. Las oficinas abiertas a ambos lados, gente que trabaja en los ordenadores, conversaciones en voz baja. El olor a café mezclado con algo floral: perfume caro, papel de revista.
Y entonces lo oigo.
Gritos.
Bueno. Gritos no. Pero sí voces elevadas. Una discusión que no se molesta en ser discreta.
Me detengo frente a una puerta cerrada. La tercera a la izquierda.
Las voces vienen de ahí.
Una mujer. Tiene la voz controlada pero furiosa. La furia de quien está acostumbrado a tener el control y acaba de perderlo.
Me quedo ahí, escuchando. Sé que debería llamar. Que debería esperar. Que irrumpir en mitad de una discusión es quizá la peor forma de empezar esta relación profesional.
Pero entonces oigo algo más.
«Nunca me complaciste, Dakota. En nada. Ni en casa. Ni aquí.»
Y esas palabras hacen que mi mano se mueva antes de que mi cerebro pueda detenerla. Ninguna mujer debería aguantar algo así.
Abro la puerta.
Sin llamar.
Y entro.
Lo primero que veo es el despacho.
Grande, luminoso, con ventanales enormes que dan a Manhattan y un escritorio de madera oscura. Elegante. Caro. Todo en tonos neutros con toques de verde y dorado.
Lo segundo que veo es al hombre.
Cuarenta y tantos, traje gris corporativo, pelo peinado hacia atrás con demasiado gel. Expresión de alguien que acaba de decir algo que no debería y lo sabe.
Marcus Dawson. El exmarido. El que vendió su participación sin consultar.
Y lo tercero que veo…
Joder.
Lo tercero que veo me deja clavado en el sitio.
Una mujer está de pie junto al escritorio. Y no es solo que sea guapa. Es una belleza de las que te cortocircuitan el cerebro y te dejan sin palabras.
No es alta, pero los tacones de aguja hacen que sus piernas parezcan interminables.
El vestido que lleva es negro, ajustado y le marca cada curva de una manera que me hace pensar en cosas muy impuras.
Tiene curvas de mujer, no de niña: caderas anchas, cintura definida, un pecho que llena la tela de tal forma que me cuesta no mirarlo más de medio segundo.
El pelo le cae por los hombros en ondas despeinadas. Castaño oscuro con mechas rubias que se encienden con la luz.
Y cuando levanta la vista hacia mí, cuando su mirada choca con la mía, se me olvida respirar.
Tiene los ojos verdes. Verde esmeralda profundo, un verde de piedra preciosa, no de persona. Y me miran con una mezcla de sorpresa y furia que sube la temperatura de la habitación diez grados.
Tiene las mejillas encendidas. Como si el calor le estuviera subiendo por el cuello y no pudiera hacer nada para detenerlo.
Y esa combinación, furia más vergüenza más esas curvas más esos ojos, hace que mi cuerpo reaccione de una forma nada apropiada para una primera reunión de negocios.
¿Esta mujer es real?
¿Cómo puede ser tan sexy, joder?
Dakota Relish. Cuarenta años según el informe que leí anoche. Directora editorial. Construyó esta revista desde cero. Divorciada hace un año.
No parece tener cuarenta. O quizá sí. Pero no como yo esperaba. Su manera de estar de pie, de sostenerme la mirada a pesar del rubor, la mandíbula tensa: todo en ella grita poder. Confianza. Alguien que sabe muy bien quién es y lo que vale.
Y está furiosa.
Lo cual, y esto me sorprende incluso a mí, solo la hace más atractiva.
Me obligo a apartar la vista de ella. A recordar que soy un profesional. Que estoy aquí por trabajo. Que no puedo quedarme mirándola como un adolescente que acaba de ver a su primera mujer desnuda.
Aunque la verdad es que ninguna mujer que haya visto desnuda se acerca ni de lejos a ella.
Joder.
Marcus Dawson me mira. Su expresión parece casi de alivio. Como si mi entrada hubiera interrumpido algo que no sabía cómo terminar.
—Ah. Perfecto. Justo a tiempo. —Se gira hacia Dakota—. Dakota, él es el representante de Hawke Capital.
Veo cómo Dakota encaja las palabras. Cómo su expresión pasa de la sorpresa a la comprensión y de ahí al puro horror.
El rubor se le intensifica. Se pone roja del todo. Desde el cuello hasta la raíz del pelo.
Y sé por qué.
Sabe que he oído parte de la discusión. La parte en la que Marcus dijo que nunca lo complacía.
Marcus se gira hacia mí. Extiende la mano.
—Oliver Hawke, supongo. Soy Marcus Dawson. Hablamos por teléfono ayer.
Le estrecho la mano. Firme. Breve. Profesional.
—Señor Dawson.
Y entonces me giro hacia ella.
Dakota Relish.
De cerca es aún más impresionante. Huelo su perfume: floral pero no dulce, sofisticado. Veo las pecas sutiles del puente de la nariz, los labios apretados en una línea fina, la tensión en sus hombros.
Extiendo la mano.
—Señora Relish. Es un placer.
Mentira.
No es un placer.
Es una puta revelación.
Ella se queda mirando mi mano, como si estuviera decidiendo si estrecharla o si prefiere cortármela.
Y entonces habla.
Su voz es más grave de lo que esperaba. Controlada. Fría. Afilada.
—No necesito que nadie me supervise.
No me estrecha la mano.
Me deja ahí colgado.
Y ese rechazo deliberado me escuece más de lo que debería.
Sus ojos se clavan en los míos. Verde contra avellana. Y ahí hay un desafío. Un guante lanzado.
—Y mucho menos un niño.
La palabra es una bofetada.
Niño.
Bajo la mano. Despacio. Mantengo la expresión neutra. Profesional. Pero por dentro acaba de prenderse una mecha.
Furia. Sí. Pero también algo más.
Determinación.
Así que me ve así. Como un crío.
Perfecto.
Voy a demostrarle lo equivocada que está.
Dakota se gira. Coge el bolso del escritorio. Es de cuero negro. Caro. Como todo lo que lleva.
—Trabajaré el resto del día desde casa.
Y sale.
Así.
Sin mirar atrás.
Sus tacones resuenan en el suelo de madera. Firmes. Decididos. El sonido se aleja por el pasillo hasta que solo quedan el silencio y el olor de su perfume en el aire.
Me quedo mirando la puerta cerrada.
No intento detenerla. Sería inútil. Y además, no es el momento.
Tengo todo el tiempo del mundo.
No tengo prisa. Tengo paciencia. Y cuando decida que es el momento adecuado… Dakota Relish va a descubrir hasta qué punto se equivoca conmigo.
Marcus suspira detrás de mí. Un sonido cansado. Incómodo.
—Mira, te advierto. Dakota siempre ha sido así. Muy empoderada. Cabezota. Imposible de complacer. —Hace una pausa, como si buscara las palabras adecuadas—. Ese es uno de los motivos por los que nuestro matrimonio se fue a la mierda. No te tomes sus desplantes como algo personal. Es… complicada.
Me giro hacia él.
Despacio.
Lo miro a los ojos. Y dejo que el silencio se extienda. Dos segundos. Tres. Lo suficiente para que se sienta incómodo.
Cuando hablo, mi voz sale baja. Controlada. Con un fondo letal.
—No se preocupe, señor Dawson.
Doy un paso hacia él. No amenazante. Solo lo suficiente para que tenga que mirar hacia arriba.
—Yo sí sé lo que tengo que hacer para complacer a una mujer así.
Hago una pausa deliberada.
—No le tengo miedo. No como usted.
Su cara cambia. Sorpresa. Ofensa. Abre la boca para responder.
Pero yo ya estoy saliendo del despacho.
Camino por el pasillo sin mirar atrás. La recepcionista levanta la vista cuando paso pero no digo nada. Solo salgo. Ascensor. Vestíbulo. Calle.
El frío me despeja en cuanto salgo del edificio.
Me detengo en la acera y respiro hondo, asimilando lo que acaba de pasar.
No es culpa mía que Marcus Dawson sea un hombre de mierda. Que no supiera manejar a una mujer que no solo es la más atractiva que he visto en mi puta vida, sino que tiene un carácter fuerte, independiente, poderoso.
Eso es justo lo que me enciende.
Una mujer poderosa.
Una mujer sexy que no se disculpa por serlo.
Una mujer que no se deja intimidar. Que me mira a los ojos y me llama niño sin pestañear.
Dakota Relish es todo eso y más.
Y que me vea como un crío…
Eso solo hace que tenga más ganas de demostrarle lo contrario.
He venido aquí a demostrar mi valía profesional. A cerrar mi primera adquisición sin ayuda de mis hermanos. A salir de la sombra de Jax de una vez por todas.
Pero esto…
Esto es algo más.
Dakota Relish no lo sabe todavía. Pero acaba de convertirse en mi objetivo principal.
Y cuando Oliver Hawke quiere algo, siempre lo consigue.
Esbozo una sonrisa pequeña. Controlada.
Profesional por fuera.
Cazador por dentro.
Saco el móvil del bolsillo. Marco el número de Ronan.
Responde al segundo tono.
—¿Cómo ha ido?
—Ha sido interesante.
—¿Interesante bien o interesante mal?
—Interesante… complicado.
Oigo cómo teclea en su ordenador. Siempre con mil cosas a la vez.
—¿La propietaria va a ser un problema?
Pienso en Dakota. En esos ojos verdes. En cómo me miró como si fuera un insecto molesto. En su voz cuando me llamó niño.
—Probablemente.
—¿Necesitas que Zane vaya?
—No.
La respuesta sale demasiado rápido. Demasiado tajante.
Ronan se queda un momento en silencio. Y sé que está procesando lo que le digo. Que su cerebro de genio acaba de captar algo en mi tono que no debería estar ahí.
—¿Estás seguro?
—Completamente. Puedo manejarlo.
—De acuerdo. Mantenme informado.
—Lo haré.
Cuelgo.
Y me quedo ahí de pie en mitad de la acera de Manhattan con el frío cayendo sobre mi cara y la certeza de que mi vida acaba de complicarse de la mejor forma posible.
Porque acabo de conocer a Dakota Relish.
Cuarenta años. Divorciada. Exitosa. Poderosa.
Y completamente fuera de mi alcance según cualquier lógica razonable.
Pero yo nunca he sido muy razonable.
Y algo me dice que ella tampoco.
Guardo el móvil. Me ajusto la chaqueta. Empiezo a caminar hacia donde he dejado el coche.
Tengo trabajo que hacer. Informes que revisar. Números que analizar.
Pero mi mente está en otro sitio.
Está en un despacho de la quinta planta. Con una mujer de ojos verdes y curvas imposibles que acaba de retarme sin saberlo.
Y yo nunca he rechazado un desafío en mi vida.
Que empiece el juego, Dakota Relish.
Que empiece el juego.