CAPÍTULO 3
DAKOTA
Son las siete de la mañana cuando entro en mi despacho con un café humeante en una mano y el móvil en la otra.
La oficina está en silencio. Como me gusta. Soy siempre la primera en llegar. Me da esa hora extra en la que puedo pensar sin interrupciones, revisar la agenda del día y prepararme para lo que venga.
Hoy tengo un día completo. Productivo. Como a mí me gustan.
Dejo el café en mi escritorio y me siento. El cuero de la silla cruje bajo mi peso. Enciendo el ordenador. Reviso los emails que han entrado desde anoche.
Cuarenta y tres.
Los empiezo a leer uno por uno mientras le doy el primer sorbo al café. Está demasiado caliente pero me gusta así. Me despierta. Me centra.
Llevo veinte minutos revisando números de tirada cuando el teléfono de mi escritorio suena.
Es la extensión de recepción.
Descuelgo.
—¿Sí?
—Dakota, siento muchísimo molestarte tan temprano. —Es Jennifer, la recepcionista. Suena nerviosa—. Pero Marcus está aquí. Dice que necesita hablar contigo urgentemente.
Me quedo inmóvil.
La taza se me queda a medio camino entre el escritorio y los labios.
—¿Marcus? ¿Mi exmarido Marcus?
—Sí. Está en recepción. Dice que es importante.
Marcus no ha pisado esta oficina en dos años. Ni siquiera cuando todavía estábamos casados venía a menos que fuera imprescindible. Odiaba Relish . Odiaba todo lo que tuviera que ver con la revista. Decía que era frívola. Superficial. Una pérdida de tiempo.
Que venga ahora, sin avisar, a las siete y media de la mañana…
Algo va mal.
—Dile que pase.
—Enseguida.
Cuelgo el teléfono y me obligo a respirar hondo. Dos veces.
No voy a ponerme nerviosa. No voy a dejar que me afecte. Quiera lo que quiera, puedo con ello. Llevo un año manejando mi vida sin él. Esto no va a ser diferente.
Me estiro el vestido y aliso una arruga que no existe. Es un gesto automático. Una forma de recuperar el control.
Hay un golpe en la puerta.
—Adelante.
La puerta se abre y Marcus entra.
Lleva un traje gris oscuro, corbata azul marino, zapatos pulidos, el pelo repeinado hacia atrás. Tiene el mismo aspecto exacto de los últimos veinte años. Como si el divorcio no le hubiera afectado en absoluto.
Seguro que no le afectó.
—Dakota. —Me saluda con un asentimiento de cabeza. Formal. Distante—. Gracias por recibirme sin cita previa.
—No tenías que pedir cita, Marcus. Solo tenías que llamar antes de presentarte. —Mi voz suena controlada. Profesional. Tal y como quiero—. ¿A qué debo el honor?
No me levanto. No le ofrezco asiento. Este es mi territorio. Mi despacho. Y él es el intruso.
Marcus cierra la puerta detrás de él y se queda de pie delante de mi escritorio. Su postura me pone en alerta. Está tenso. Incómodo. Como si estuviera a punto de hacer algo que sabe que no me va a gustar.
¿Qué demonios le pasa?
—Preferiría que esto fuera rápido —dice—. Seguro que estás muy ocupada, como siempre.
La pulla no me pasa desapercibida pero me da lo mismo.
—Entonces ve al grano.
Se mete las manos en los bolsillos. Mira hacia la ventana, hacia el suelo, a cualquier sitio menos a mí.
Y entonces lo suelta.
—He vendido mi treinta por ciento de Relish .
El silencio que sigue a sus palabras detiene hasta el zumbido del ordenador.
Me quedo mirándolo, esperando a que diga que es una broma. Que se ría. Que me diga que solo quería ver mi reacción.
Pero no dice nada de eso.
Solo me devuelve la mirada con esa expresión que conozco demasiado bien. La que usa cuando ha tomado una decisión y no va a cambiar de opinión pase lo que pase.
—¿Que has hecho qué? —Las palabras salen de mi boca antes de que pueda procesarlas del todo.
—He vendido mi participación en la empresa. La operación se cerró ayer. Ya está firmado.
Esto tiene que ser una broma de mal gusto.
—¿A quién? —La voz me sale más aguda de lo que pretendía. Trago saliva. Intento recuperar el control—. ¿A quién se la has vendido?
—A una empresa de inversión. Hawke Capital.
—¿Hawke Capital? —Repito el nombre como si así fuera a tener más sentido. No lo tiene—. ¿Qué demonios es eso?
Marcus suspira, como si la difícil fuera yo, como si él no acabara de soltarme una bomba en mitad de mi despacho un martes por la mañana.
—Es una firma de capital riesgo. De las grandes. Tienen una cartera diversificada. Compran participaciones en empresas con potencial, las optimizan y sacan beneficio.
Las optimizan.
Esa palabra rebota en mi cabeza como una pelota de ping pong.
Optimizar es otra forma de decir reestructurar. Despedir gente. Cambiarlo todo. Meter las manos en algo que funciona y destrozarlo porque creen que pueden hacerlo mejor.
—¿Cómo se te ocurre? —Me pongo de pie. Me tiemblan las manos, así que las apoyo en el escritorio para que no se note—. ¿Cómo se te ocurre vender tu parte de MI revista sin consultarme?
—Era mi parte, Dakota. Podía hacer lo que quisiera con ella.
—¡Es MI revista! ¡La construí yo! ¡Tú solo pusiste el dinero porque te sentías culpable por haberme dejado embarazada a los diecinueve!
—Baja la voz.
—¡No voy a bajar la voz! —El calor me sube por el cuello. Siento cómo me arde la cara—. ¿Tienes idea de lo que has hecho? ¿Tienes la más mínima idea?
—Sé muy bien lo que he hecho. —Su voz se vuelve más fría. Más cortante—. He vendido una participación que no me interesaba en un negocio que nunca me interesó. Debería haberlo hecho hace años.
—Entonces ¿por qué no lo hiciste?
—Porque estábamos casados. Porque Christopher todavía estaba en casa. Porque había… consideraciones.
—Consideraciones. —Me río. Es una risa amarga que me sabe a veneno—. Qué palabra tan bonita.
—Dakota…
—No. No me vengas con eso ahora. —Rodeo el escritorio. Necesito moverme. Necesito hacer algo con toda esta rabia que me está hirviendo en las venas—. Me has vendido a desconocidos. A gente que va a entrar aquí pensando que pueden cambiar las cosas. Que pueden decirme cómo dirigir mi propia revista.
—No son desconocidos. Son profesionales.
—¡No me importa lo que sean!
Marcus aprieta la mandíbula. Veo cómo le late un músculo en la mejilla. Está perdiendo la paciencia. Bien. Yo también.
—Siempre has sido así —dice, y en su voz hay ahora un filo que corta—. Controladora. Imposible de complacer. Todo tiene que ser como tú quieres o no vale.
—Esto no tiene nada que ver con eso.
—Tiene todo que ver con eso. —Da un paso hacia mí. No es amenazante. Solo está siendo un idiota obstinado igual que siempre—. Nunca me complaciste, Dakota. En nada. Ni en casa. Ni aquí. Esta revista nunca me interesó. Era tuya. Como todo lo demás en tu vida. No había espacio para mí. Nunca lo hubo.
El aire se me queda atascado en la garganta.
Sé a qué se refiere. No solo está hablando de la revista. Está hablando de todo. Del matrimonio. De la cama. De los veinte años que pasamos juntos fingiendo que funcionábamos cuando los dos sabíamos que no.
Y lo ha dicho aquí. En mi despacho. En mi territorio. Con esa voz que deja claro que es mi culpa. Que siempre ha sido mi culpa.
El calor que me sube por el cuello ahora no es solo furia. Es humillación. Pura y ardiente.
La puerta se abre de golpe.
Sin que nadie llame. Sin que nadie pida permiso.
Y un hombre entra.
Alto. Muy alto. Debe medir casi metro noventa.
Lleva un traje negro sin una arruga, caro, con la chaqueta ajustada a unos hombros que dejan claro que hay músculo debajo. Camisa blanca sin corbata, primer botón abierto.
Tiene el pelo castaño oscuro, ondulado, despeinado con ese aire casual que seguro que le lleva tiempo conseguir.
Y cuando cruzamos la mirada, se me olvida respirar.
Sus ojos son color avellana, con reflejos dorados que atrapan la luz. Y me mira con una intensidad que me encoge el estómago.
Es joven.
Demasiado joven.
¿Veinticinco? ¿Menos?
Y es guapísimo. De los que te borran el pensamiento un segundo.
¿Quién demonios es?
¿Se ha equivocado de despacho? ¿Es un modelo para alguna sesión? ¿Está perdido?
Su mirada va de Marcus a mí. Nos evalúa. Lee la situación. Y su expresión me dice que ha oído todo. Que ha oído demasiado.
El silencio lo ocupa todo.
Espeso. Incómodo.
Y el calor que ya me subía por el cuello me explota en la cara.
Porque este hombre, este desconocido de metro noventa, acaba de irrumpir en mi despacho justo después de que Marcus dijera en voz alta que nunca lo complacía.
Ni en casa ni aquí.
No puedo moverme.
No puedo hablar.
Solo puedo quedarme aquí de pie con el corazón latiéndome demasiado rápido y la certeza absoluta de que este es, con diferencia, el peor día de mi vida.