Un CEO Inalcanzable (Los Halcones de Wall Street 4) CAPÍTULO 2
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CAPÍTULO 2

DAKOTA

Son las siete y media de la tarde y sigo en mi despacho porque quiero estar aquí, no porque deba.

Hay una diferencia.

Amo mi trabajo.

Últimamente es mi única fuente de felicidad en la vida.

Y justo en este momento estoy haciendo lo que más me gusta: editar la portada de la revista.

La maqueta de la portada de julio está abierta delante de mí. En ella aparece una modelo con un vestido de Valentino espectacular. El titular dice: «Renace: Cómo reinventarte después de los cuarenta».

Paso el dedo por el papel satinado y sonrío.

Porque la ironía no se me escapa, pero tampoco me molesta.

Esta portada va a vender. Lo sé. Llevo suficientes años en esto para saber cuándo algo va a funcionar. Y esto va a funcionar porque las mujeres de mi edad necesitan oír que la vida no se acaba cuando cumples cuarenta. Que divorciarte no es el final. Que puedes reinventarte las veces que haga falta.

Yo soy la prueba viviente.

Relish Magazine. Mi bebé. Mi imperio. Lo que construí con mis propias manos cuando todos pensaban que era solo un hobby para mantenerme ocupada mientras Marcus trabajaba.

Y ahora vende quinientos mil ejemplares cada mes. Tiene tres millones de lectoras digitales. Y es la tercera revista de moda más influyente de Estados Unidos. Y subiendo.

Hace diez años, cuando todo esto empezó, yo no era nadie. Una esposa con un hobby, según todos. Trabajaba dieciocho horas al día para demostrar que tenía algo que decir. Que mi visión importaba. Que podía convertir esta revista en algo más que páginas bonitas con ropa cara.

Ahora soy la directora editorial. Y propietaria del setenta por ciento.

Marcus tiene el treinta porque cuando lanzamos Relish hace diez años, él puso el capital inicial. Su inversión. Como si el dinero fuera lo único que importaba y mis ideas no valieran nada.

Pero da igual. Porque esta revista es mía en todo lo que importa. Él ni siquiera viene a las reuniones del consejo. Nunca le interesó de verdad. Solo quería poder decir que su esposa tenía un proyecto. Algo que la hiciera parecer interesante en las cenas de empresa.

Me recuesto en la silla y miro alrededor de mi despacho.

A los ventanales del suelo al techo con vistas a Manhattan, al escritorio de nogal italiano, a las estanterías llenas de ediciones enmarcadas de las mejores portadas que hemos publicado.

La primera que dirigí está en el centro.

Una modelo desconocida entonces, ahora en la portada de Vogue.

Aposté por ella cuando nadie más lo hizo.

Tengo buen ojo. Siempre lo he tenido.

Para la moda. Para las tendencias. Para saber qué va a vender antes de que nadie más lo vea venir.

Lo que no tuve fue buen ojo para los hombres.

Pero eso ya está solucionado.

Miro mi mano izquierda. El dedo anular, desnudo, sin marca, sin el anillo que llevé durante veinte años como si significara algo.

Ha pasado un año desde el divorcio. Doce meses desde que Marcus y yo firmamos los papeles y admitimos lo que llevábamos sabiendo durante demasiado tiempo.

Que nuestro matrimonio había sido una obligación desde el principio.

Que nos casamos porque me quedé embarazada a los diecinueve.

Que nos quedamos juntos por Christopher.

Y que ahora que Christopher está en la universidad, ya no había razón para seguir fingiendo.

Fue civilizado. Amistoso, incluso. Dividimos los bienes. Él se quedó con la casa de Westchester que nunca me gustó. Yo me quedé con el apartamento de Manhattan y con mi libertad.

Y ha sido glorioso.

Levantarme cuando quiero. Ir al gimnasio a las seis de la mañana sin tener que prepararle el desayuno a nadie.

Trabajar hasta las diez de la noche si me apetece sin que nadie me pregunte cuándo voy a llegar a casa.

Comer helado directamente del táper. Ver las series que quiero ver.

Decorar mi apartamento como me da la gana sin que Marcus me diga que el sofá es demasiado caro o que el color de las paredes es demasiado atrevido.

Tengo libertad absoluta.

Y la verdad es que me encanta.

Hay un golpe suave en la puerta y levanto la vista.

Sarah, mi editora senior, asoma la cabeza. Tiene el bolso colgado del hombro y esa sonrisa tímida que usa cuando está a punto de irse pero se siente culpable por dejarme aquí.

—Nos vamos ya, Dakota. ¿Seguro que no necesitas nada?

—Segurísima. Vete. Disfruta de tu noche.

—¿Tú no te vas?

—En un rato. Quiero terminar de revisar la edición antes de irme.

—Eres una adicta al trabajo.

Me río. Porque tiene razón. Pero no es algo de lo que me avergüence.

—Alguien tiene que serlo.

—Bueno, no te quedes hasta muy tarde. Mañana tenemos la reunión con el equipo de publicidad a las ocho.

—Lo sé. Tranquila. Yo me encargo.

Sarah sonríe de nuevo y se va. Oigo sus tacones alejándose por el pasillo. El sonido del ascensor. El silencio que se instala después.

Es un silencio que me gusta. El silencio de ser la última en la oficina. De tener todo el espacio para mí. De poder trabajar sin interrupciones. Sin que nadie me necesite. Sin tener que ser nada más que yo misma.

Vuelvo a la maqueta. Paso a la siguiente página. Un reportaje sobre lencería. Fotografías preciosas, sugerentes pero elegantes. El equilibrio exacto que buscábamos.

Y entonces lo veo.

El titular del artículo: «Redescubre tu sensualidad: No es demasiado tarde para sentirte sexy.»

El pecho se me tensa. Solo un poco. Solo lo suficiente para que lo note.

Aparto la vista.

No voy a pensar en eso ahora.

Pero mi mente ya se ha ido ahí. A otro aspecto del matrimonio que no echo de menos.

El sexo.

O más bien, la falta de sexo. O el sexo aburrido. O el sexo que era más una obligación que otra cosa.

Veinte años de lo mismo. Marcus subido encima de mí.

Haciendo el misionero. Siempre misionero.

Cinco minutos. Diez si tenía suerte. Sus manos en mis caderas como si cumpliera un trámite, algo que marcar en una lista.

Su respiración se aceleraba hasta que terminaba; el cuerpo pesado se apartaba; el aliento se le iba calmando mientras se daba la vuelta y se dormía.

Y yo miraba el techo, preguntándome si eso era todo. Si eso era lo máximo a lo que podía aspirar. Si había algo mal en mí por no sentir nada más que indiferencia.

Nunca tuve un orgasmo real con Marcus. Los fingí. Todos. Porque era más fácil que admitir que no estaba funcionando. Que mi cuerpo no respondía a lo que él me hacía. Que me aburría tanto que a veces hacía la lista de la compra en la cabeza mientras esperaba a que terminara.

Pero no lo echo de menos.

En absoluto.

Prefiero no tener sexo a tener sexo malo. Y veinte años de sexo rutinario me enseñaron que esa parte de mi vida no era para mí. Que no soy de esas mujeres que disfrutan. Que tienen orgasmos múltiples. Que sienten fuegos artificiales.

Y está bien.

De verdad que está bien.

Porque tengo esto. Tengo mi revista. Tengo mi éxito. Tengo una vida que construí yo sola y que no depende de nadie más.

Tengo mi libertad.

Eso es más de lo que la mayoría de la gente puede decir.

Cierro la maqueta y miro el reloj. Las ocho y cuarto. He estado aquí casi trece horas. Un lunes normal.

Recojo mis cosas: el bolso, el abrigo, las llaves.

Y salgo de mi despacho sintiéndome como debería.

Satisfecha. Realizada. En control absoluto de mi vida.

Mi apartamento huele a limpio cuando abro la puerta. A productos de limpieza caros y a ese aire reciclado que tienen los espacios que llevan demasiadas horas cerrados.

La señora de la limpieza ha venido hoy. Como todos los lunes. Deja todo impecable: cada superficie brillante, cada cojín en su sitio. Como si nadie viviera aquí.

Lo cual es casi cierto.

Dejo el bolso en la consola de la entrada y me quito los tacones. Los pies me agradecen el contacto con el suelo de madera. He llevado estos Louboutin durante trece horas y aunque son preciosos, no están diseñados para la comodidad.

Camino descalza hasta la cocina. El apartamento está en silencio. Ese silencio denso que solo existe cuando estás sola de verdad. Pero no es un silencio triste. Es un silencio que he elegido. Que me he ganado.

Reformé este apartamento hace seis meses. Después de que Marcus se llevara sus cosas. Contraté a un interiorista y le dije lo que quería, sin rodeos: moderno, limpio, espacios abiertos, colores neutros con toques de verde bosque y dorado.

Nada de lo que Marcus hubiera elegido.

Todo mío.

Y me encanta. Me encanta cada centímetro de este espacio.

Me encanta que pueda dejar un libro abierto en el sofá y nadie me diga que lo recoja.

Que pueda comprar el jarrón carísimo que vi en una galería y ponerlo donde me dé la gana.

Que pueda llenar la estantería de novelas románticas sin que nadie me mire con esa expresión condescendiente que Marcus usaba cuando me pillaba leyéndolas.

«Son fantasías, Dakota. No es así como funciona el mundo real.»

Tenía razón. Por supuesto que tenía razón.

El amor de las novelas románticas no existe. No en la vida real. No para gente como nosotros. No después de los cuarenta.

Abro la nevera y evalúo las opciones. Que son pocas, la verdad. Una botella de vino blanco a medias. Yogures. Algo que hace tres días debió de ser una ensalada. Pan de molde.

No soy de las que cocinan. Nunca lo he sido. Durante el matrimonio lo hacía porque se esperaba que lo hiciera. Porque Marcus llegaba a casa esperando cena en la mesa. Porque eso es lo que hacen las buenas esposas.

Ahora que no tengo que hacerlo, no lo hago.

Y es liberador.

Cojo pan y pavo. Preparo un sándwich rápido mientras reviso los emails en el móvil. Tengo tres nuevos desde que salí de la oficina. Los respondo de pie en la cocina, dando mordiscos al sándwich entre respuesta y respuesta.

Eficiencia pura.

Marcus odiaba esto. Que comiera de pie. Que trabajara durante la cena. Que no me sentara en la mesa como la «gente civilizada» y mantuviera una conversación.

Pero ¿sobre qué íbamos a hablar? ¿Sobre su día en la oficina que ya me había contado? ¿Sobre el mío, que jamás le importó?

No. Esto es mejor. Comer rápido. Trabajar. Hacer algo productivo con mi tiempo en lugar de fingir que disfrutaba de cenas silenciosas con un hombre con el que no tenía nada en común más allá de un hijo adulto.

Termino el sándwich. Los emails. Y me llevo el portátil al sofá.

Es de terciopelo gris. Carísimo. Marcus habría dicho que era un derroche. Que un sofá de tres mil dólares es una tontería cuando hay opciones perfectamente funcionales por una décima parte del precio.

Pero a mí me encanta. Me encanta su tacto bajo los dedos, cómo combina con los cojines verde esmeralda que elegí yo misma, que sea mío por completo.

Abro el portátil y reviso la agenda de mañana. Reunión con publicidad a las ocho. Sesión de fotos a las diez. Comida con una diseñadora emergente a la una. Presentación a las tres de la edición de junio, que ya está en imprenta.

Un día completo. Como me gustan.

Paso a los emails. Hay uno de Christopher. El asunto dice: «Hola, mamá.»

Lo abro.

«Hola, mamá. Todo bien por aquí. He aprobado el examen de economía que me tenía preocupado. Este fin de semana voy a Big Bear con unos amigos. Te llamo el domingo como siempre. Besos.»

Breve. Directo. Christopher en estado puro.

Le respondo que estoy orgullosa. Que se divierta. Que tenga cuidado.

Y cierro el email sin ese peso en el pecho que solía sentir al pensar en lo lejos que está.

Christopher tiene veintiún años. Está en la universidad. Está construyendo su vida. Lo que se supone que tiene que hacer. Y yo estoy aquí construyendo la mía.

Es lo que ambos necesitamos.

Continúo con los emails. Respondo. Marco. Organizo.

Y cuando cierro el portátil una hora después, me doy cuenta de que estoy cansada. Ese cansancio satisfactorio que viene después de un día productivo. De haber conseguido cosas. De haber avanzado.

Me levanto del sofá y camino hasta las ventanas. Manhattan se despliega a mis pies: millones de luces que brillan en la oscuridad. La ciudad que no se apaga nunca. La ciudad que me ha dado todo lo que tengo.

Apoyo la frente contra el cristal frío y respiro hondo.

Tengo cuarenta años. Estoy divorciada. Mi hijo está a cinco mil kilómetros de distancia. Y estoy completamente sola en un apartamento que podría salir en una revista de decoración.

Y soy feliz.

O al menos eso es lo que me digo.

Porque tengo mi trabajo. Tengo mi libertad. Tengo control absoluto sobre cada aspecto de mi vida. Nadie me dice qué hacer. Nadie me juzga. Nadie me hace sentir menos de lo que soy.

Eso tiene que ser suficiente.

Tiene que serlo.

Porque la alternativa es admitir que a veces, en noches como esta, cuando el silencio es demasiado denso y el apartamento demasiado grande, hay una punzada pequeña entre las costillas que me susurra cosas que prefiero no escuchar.

Cosas como: ¿Esto es todo? ¿Para siempre?

Cosas como: Nunca vas a saber qué se siente. El amor de verdad. La pasión. Esa sensación de no poder respirar cuando alguien te mira.

Cosas como: Tienes cuarenta años y ya se acabó esa parte de tu vida. La parte de ser deseada. De sentirte viva de esa forma.

Aprieto los ojos.

No.

No voy a permitirme pensar así.

No esta noche.

Me aparto de la ventana y camino hacia el dormitorio.

Me quito la ropa. Me pongo el pijama de seda que compré porque me gusta su tacto en la piel, no porque nadie más vaya a verlo.

Me lavo la cara. Me cepillo los dientes.

Sigo mi rutina de cuidado de la piel que me lleva quince minutos pero que merece la pena.

Y cuando por fin me meto en la cama, en este colchón enorme que solo ocupo yo, me digo a mí misma lo mismo que me he dicho cada noche durante el último año.

Que estoy bien.

Que tengo una vida increíble.

Que no necesito a nadie más.

Que el amor romántico es una fantasía vendida por Hollywood y que las mujeres inteligentes como yo saben que no existe.

Que estoy perfectamente satisfecha con lo que tengo.

Y si hay una parte pequeña de mí que no se lo cree del todo, bueno.

Esa parte puede callarse.

Porque mañana tengo una reunión a las ocho. Y una revista que dirigir. Y un imperio que mantener.

Y eso es más de lo que la mayoría de la gente puede decir.

Cierro los ojos.

E intento no pensar en que esta cama es demasiado grande para una persona.

O en que hace años que nadie me toca.

O en que probablemente pase otro año. Y otro. Y otro.

Porque esta es la vida que he elegido.

Y tiene que ser suficiente.