CAPÍTULO 1
OLIVER
Diez días antes…
La sala de juntas huele a café recién hecho y a cuero italiano.
Llevo cuatro años entrando aquí cada lunes a las siete de la mañana y este espacio todavía me electrifica la piel. La sensación de estar en el centro de algo que importa: decisiones que mueven millones, vidas que cambian con una firma.
Poder.
Estoy sentado en mi sitio de siempre. El último de la mesa.
Jax ocupa la cabecera como si el universo entero hubiera conspirado para ponerlo ahí: traje negro impecable, expresión tallada en piedra y esos ojos grises que evalúan cada respiración en la habitación.
A su derecha está Zane. El ejecutor. El que entra en las empresas que compramos y las reestructura sin pestañear. Tiene esa calma letal de alguien que ha visto demasiado y dejó de sorprenderse hace años.
Ronan está sentado frente a mí, mirando con intensidad su portátil. Para él los números bailan como si tuvieran vida propia; él los lee como poesía. Probablemente para él lo sean.
Kai se apoya en el respaldo de su silla a mi izquierda, con una sonrisa que podría vender hielo en el Ártico. Pero conozco esa postura. Parece relajado. No lo está. Observa cada palabra, cada gesto, cada microexpresión.
Y yo.
Yo estoy aquí. En el último asiento.
No porque sea menos capaz, sino porque soy el menor. El que criaron. El proyecto colectivo de los hermanos Hawke.
Y estoy hasta los huevos de eso.
—Meridian Tech ha cerrado esta mañana —dice Zane, deslizando una carpeta hacia Kai—. Cincuenta millones de beneficio neto en dieciocho meses. Tu contacto funcionó.
Kai coge la carpeta sin mirarla.
—El CEO tenía complejo de salvador. Solo necesitaba que alguien le dijera que estaba salvando el mundo vendiendo software mediocre.
—Eso es mentirle —dice Ronan sin apartar los ojos del ordenador.
—Eso es persuadirlo —corrige Kai—. Son cosas diferentes.
—No para los accionistas que perdieron el control —responde Ronan.
—Pero sí para los que ahora tienen cincuenta millones más en el banco.
Jax no dice nada. Solo observa. Siempre observa primero.
Es su forma de controlarlo todo. De ver quién está tenso, quién está distraído, quién va a joderse en la próxima operación antes de que lo sepa.
Me pregunto si alguna vez deja de evaluar.
—Siguiente punto —dice Jax, y todos nos enfocamos en él—. Relish Magazine.
Ronan gira el portátil hacia el centro de la mesa.
—Hemos cerrado la compra del treinta por ciento que el exmarido puso en venta. Ciento cincuenta millones de valoración. Quinientos mil ejemplares de tirada mensual. Márgenes del dieciocho por ciento. Son unos números impresionantes, pero todavía hay espacio para mejorar.
—Hay espacio para despedir a la mitad de la plantilla, querrás decir —dice Kai.
—Hay espacio para eliminar redundancias —corrige Ronan con esa calma que usa cuando alguien se pone simplista a propósito.
—La propietaria tiene el setenta por ciento restante —continúa Jax—. Dakota Relish. Directora editorial. Lleva diez años al mando. Ha convertido la revista en un referente del sector.
—Y acaba de divorciarse del imbécil que nos vendió su parte —añade Zane—. Sin consultarle.
Kai silba entre dientes.
—Eso va a ser divertido.
—Por eso necesitamos a alguien que sepa manejar la situación —dice Jax, mirando a Zane—. Alguien que no entre como si fuera una adquisición hostil.
Y ahí está.
La oportunidad que llevo esperando tres semanas.
Desde que supe que íbamos a comprar una participación en Relish, vi los números y entendí que era la adquisición que necesitaba para demostrar lo que valgo.
No es una empresa tecnológica donde Ronan tiene ventaja. No es una operación compleja donde Zane ejecuta sin piedad. Ni un contacto social donde Kai brilla.
Es una revista de moda.
Cultura. Creatividad. Gente.
Mi terreno.
—Yo lo haré.
Las palabras salen antes de que pueda pensarlo demasiado.
Cuatro pares de ojos se clavan en mí.
El silencio se estira, lo suficiente para que el aire de la sala se vuelva denso.
Jax me mira. Esa mirada que he visto mil veces. La que usa cuando estoy a punto de hacer algo que él considera un error.
—¿Tú?
—Sí.
No añado nada más. No me justifico. No explico.
Porque no debería tener que hacerlo.
—Oliver…
—Tengo un MBA de la London School of Economics —digo, y mi voz suena firme. Controlada—. Llevo dos años como analista senior. He participado en siete adquisiciones. Conozco el sector editorial mejor que nadie en esta mesa.
—El sector editorial no es el problema —responde Jax—. El problema es una mujer que va a descubrir que su exmarido le ha vendido parte de su empresa a desconocidos. Va a estar cabreada. A la defensiva. Y va a intentar hacernos la vida imposible.
—Por eso tiene que ir alguien que sepa escuchar —replico—. Alguien que no entre con un plan de reestructuración en la mano y una lista de despidos preparada.
Zane me mira con un asomo de respeto.
—No le falta razón.
—Sería su primera adquisición en solitario —dice Jax, como si yo no estuviera en la sala, como si fuera un crío que necesita que hablen por él.
La rabia me sube por la garganta como ácido.
—Siempre tiene que haber una primera vez —dice Kai, apoyando los codos en la mesa—. No va a aprender si seguimos dándole solo migajas.
—Además —añade Ronan, cerrando el portátil—, tiene sentido estratégicamente. Una revista de moda no responde bien a la intimidación. Necesita diplomacia.
Jax tarda en responder.
Me mira. Y veo cómo su mandíbula se tensa.
Sé lo que está pensando.
Que soy su responsabilidad. Que me crio desde que tenía dos años. Que si algo sale mal, es su fracaso tanto como el mío.
Y lo odio.
Odio que me siga viendo como un proyecto, como algo frágil que hay que proteger.
Soy un hombre adulto que sabe lo que quiere.
—Puedo hacerlo —digo, y esta vez bajo la voz, más grave, más seria—. Lo sabes.
Nos miramos.
Dos. Tres. Cuatro segundos.
Hasta que asiente.
Una vez.
—De acuerdo. Es tuyo.
La tensión que me atenazaba el pecho se afloja.
No es alivio. Se parece más a la satisfacción de haber ganado algo por lo que no debería haber tenido que pelear.
—Quiero informes semanales —añade Jax—. Y si la propietaria complica las cosas, me lo dices de inmediato.
—Entendido.
—Y Oliver.
Me detengo.
—No la subestimes. Las mujeres que construyen imperios no son fáciles de manejar.
Asiento.
Aunque una parte de mí piensa: Eso espero.
Salgo de la sala de juntas con la adrenalina todavía bombeando en las venas.
El ascensor baja en silencio. Treinta plantas de cristal y acero que conozco de memoria. Pero hoy todo parece distinto.
Porque hoy he ganado algo.
No solo la adquisición.
He dado un paso. Pequeño, pero un paso. Hacia demostrarles a mis hermanos que ya no soy un niño.
Las puertas se abren en la planta baja y salgo al vestíbulo de mármol negro. La gente se aparta cuando paso. No porque sea intimidante como Jax o letal como Zane.
Sino porque impongo por derecho propio.
Cruzo las puertas giratorias y el aire frío me golpea en la cara.
Manhattan se extiende delante de mí. Ruidosa. Caótica. Imparable.
Y por primera vez en mucho tiempo, siento que pertenezco a ella.
No como el hermano pequeño de alguien, sino como yo mismo.
El bar está a dos manzanas de mi casa.
No es el tipo de sitio que suelo frecuentar: demasiado ruidoso, demasiadas conversaciones superpuestas, demasiados tipos con trajes caros que intentan demostrar algo que nadie les ha pedido.
Pero esta noche no quiero silencio.
El silencio me hace pensar. Y pensar me lleva a sitios incómodos.
Me siento en la barra y pido un whisky. Solo. Sin hielo.
El camarero me lo sirve sin decir nada. Me gusta eso de él.
Me lo bebo despacio, dejando que el calor me baje por la garganta y se me asiente entre las costillas.
A mi izquierda, tres ejecutivos hablan demasiado alto sobre una operación que cerraron esta semana. A mi derecha, dos mujeres se ríen de algo que no debe de ser tan gracioso como parecen creer.
Y yo estoy en medio.
Solo.
Como siempre.
—¿Oliver?
La voz viene de mi derecha.
Me giro.
Y me encuentro con una mujer de veintipocos, rubia, de ojos azules y sonrisa de anuncio, con un vestido rojo que se le ajusta como si se lo hubieran pintado sobre la piel.
Es preciosa.
De esas que hacen volver la cabeza en plena calle.
Y yo no siento nada en absoluto al mirarla.
—¿Nos conocemos? —pregunto.
—Todavía no —responde, y se sienta en el taburete de al lado sin esperar invitación—. Pero eso puede cambiar.
Cruza las piernas. Despacio. Como si fuera una coreografía que ha practicado.
Seguro que lo es.
Veo cómo varios hombres en el bar la miran de reojo. Cómo sus ojos siguen la línea de su muslo hasta donde el vestido se detiene a medio camino.
Debería sentir algo.
Interés. Atracción. Cualquier maldita cosa.
Pero mi cuerpo no responde.
—Soy Emma.
—Oliver.
—Ya lo sé —dice, con un tono juguetón que debe de desarmar a la mayoría de los hombres—. Se lo he oído al camarero cuando te ha saludado.
—Qué conveniente.
Sonríe, como si yo hubiera dicho algo ingenioso.
No lo he dicho.
Empieza a hablar: sobre su trabajo, su apartamento nuevo en el Upper East Side, lo mucho que odia a su jefa.
Yo asiento cuando toca. Murmuro lo que se espera.
Pero mi mente está en otro sitio.
Está pensando en lo que pasaría si le dijera la verdad.
¿Sabes qué me enciende, Emma?
El control.
Ver cómo una mujer se rinde a mí porque confía en que sé exactamente lo que estoy haciendo.
Me gusta atar. Vendar los ojos. Decidir cuándo respira más rápido y cuándo tiene permiso para correrse.
Me gusta oír mi nombre en sus labios cuando le niego lo que quiere. Cuando la llevo al borde una y otra vez hasta que me suplica.
Me gusta dominar, Emma.
Me imagino su reacción: esos ojos azules abriéndose como platos, esa sonrisa congelándose.
El momento exacto en el que buscaría una excusa, cualquier excusa; en el que cogería el bolso y saldría de aquí como si la persiguiera el diablo.
Porque eso es lo que pasa siempre.
Las mujeres de mi edad no quieren eso: no quieren a alguien que necesita control absoluto en la cama, que tiene fantasías más allá del sexo bonito con las luces apagadas.
He aprendido a no compartirlo.
He aprendido que para tener lo que necesito, hay que pagar.
Escorts. Profesionales. Mujeres que saben lo que quiero antes de que abra la boca, que no me juzgan, que no me miran como si fuera un pervertido cuando les digo cómo quiero que se arrodillen.
Es transaccional. Vacío.
Pero al menos no tengo que fingir.
—¿Oliver?
Parpadeo.
Emma me mira con las cejas levantadas. Su mano está en mi brazo.
Ni siquiera me he dado cuenta de cuándo la ha puesto ahí.
—Perdona. ¿Qué decías?
—Te preguntaba si querías salir de aquí —repite, y su voz baja una octava—. Conozco un sitio cerca. Más tranquilo. Podríamos… conocernos mejor.
El mensaje es claro.
Debería decir que sí.
Hace casi un año que no toco a una mujer a la que no le haya pagado. Y Emma es justo el tipo de mujer que debería gustarme: joven, guapa, disponible.
Pero ya sé cómo terminaría.
Sexo mediocre: yo me guardaría lo que de verdad quiero, ella pensaría que he sido un amante decente pero olvidable, los dos fingiríamos que ha significado algo.
Y yo volvería a casa solo de todas formas.
—No puedo —digo, apartando el brazo con cuidado—. Pero gracias.
Su sonrisa vacila.
—¿Tienes novia?
—No.
—¿Novio?
—Tampoco.
—Entonces no entiendo por qué…
—Es que no me apetece —digo, poniéndome de pie.
Dejo dos billetes en la barra, suficientes para pagar mi whisky y el siguiente de Emma.
Salgo antes de que pueda decir nada más.
El frío de la calle me recibe en cuanto cruzo la puerta.
Respiro hondo. Una vez. Dos.
Intento deshacer el nudo que se me ha formado entre el pecho y el estómago.
Nunca voy a encontrarla.
A la mujer que pueda manejar lo que soy, que no salga corriendo cuando le diga lo que necesito, que me mire y vea a un hombre completo y no a alguien con carencias. La mujer que me encienda.
Llevo años buscándola.
Y he llegado a la conclusión de que no existe.
Mi apartamento está a oscuras cuando entro.
No enciendo las luces.
Voy directo a los ventanales que ocupan toda la pared del salón.
Manhattan brilla al otro lado del cristal: un océano de luces y sombras, millones de vidas que suceden ahí fuera mientras yo estoy aquí dentro.
Solo.
Me quito la chaqueta, la corbata, los zapatos.
Y me quedo de pie, mirando la ciudad que nunca duerme, pensando en mañana.
En la adquisición.
En la oportunidad de demostrar que valgo más de lo que mis hermanos creen.
Ese es el objetivo.
Por eso he peleado tanto.
Respeto. Reconocimiento. Dejar de ser el hermano pequeño de una puta vez.
Y con eso tendrá que bastarme.
Porque en lo personal…
En lo personal ya he aceptado que probablemente siempre esté así.
Solo.
Con necesidades que ninguna mujer va a querer satisfacer.
Con fantasías que voy a tener que seguir pagando para explorar.
Cierro los ojos.
Y por un momento me permito imaginarlo.
Una mujer que me mire y vea a un hombre, no al hermano pequeño de los Hawke. Que confíe en mí lo suficiente como para rendirse por completo. Que entienda que el control que necesito en la cama no tiene nada que ver con debilidad, ni con la suya ni con la mía.
Sino con confianza absoluta.
Pero esa mujer no existe.
Y cuanto antes lo acepte del todo, mejor.
Abro los ojos.
Manhattan sigue ahí. Brillante. Indiferente.
Mañana empieza la adquisición.
Mañana empiezo a demostrar lo que valgo.
Y va a tener que bastarme.
Aunque una voz pequeña pero persistente susurre que nunca lo será.
Me obligo a apartarme de la ventana, a meterme en la cama, a cerrar los ojos.
Y cuando por fin llega el sueño, pienso en algo que no sé definir.
Una sensación.
Como si mañana no fuera solo el principio de una adquisición, sino de algo más.
Algo que todavía no tiene nombre.
Pero que ya siento acercarse.