Un CEO Imposible (Los halcones de Wall Street 3) CAPÍTULO 29
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CAPÍTULO 29

RONAN

El ascensor sube con esa suavidad silenciosa que normalmente me resulta reconfortante.

Pero ahora cada segundo se siente como una eternidad.

Porque Sarah acaba de firmar los papeles. Los que hacen que Emma sea mía sin ninguna restricción.

Y voy a casa a pedirle a Skylar algo que me aterra.

El corazón me late tan fuerte que puedo escucharlo en mis oídos.

¿Cómo se lo digo?

¿Cómo le pido algo así sin asustarla?

Tengo que prepararlo. Explicárselo bien. Hacerle entender que no es una locura. Que tiene sentido.

Que la amo.

Joder.

Voy a decirle que la amo.

Después de nueve años negándolo. Después de rechazarla. Después de hacer todo lo posible por mantenerla lejos.

Finalmente voy a admitir la verdad.

Y no tengo ni idea de cómo va a reaccionar.

El ascensor se detiene en mi planta.

Respiro hondo. Una vez. Dos.

Y salgo.

El pasillo está en silencio igual que siempre.

Camino hacia la puerta. Saco las llaves del bolsillo.

Las meto en la cerradura.

Giro.

La puerta se abre.

Y lo primero que veo son las maletas de Skylar.

Dos. Grandes. En medio de la entrada.

Cerradas. Con las asas levantadas.

Me quedo paralizado.

Con la mano todavía en el pomo. Los pies clavados en el suelo.

Mi cerebro está intentando procesar lo que estoy viendo.

Maletas.

¿Por qué están sus maletas aquí?

Las seis semanas no han terminado todavía. Quedan tres días. Tengo tres días más a su lado.

¿Por qué ha sacado sus maletas?

Y entonces lo entiendo.

Como un puñetazo en el estómago.

Se va.

Skylar se va.

Ahora.

Se ha cansado de mí.

Se va antes de que termine el plazo.

El pánico me golpea con una fuerza que hace que me olvide de respirar.

—¿Skylar?

Mi voz sale más alta de lo que pretendía. Casi desesperada.

Escucho movimiento desde el salón.

Pasos.

Y entonces ella aparece.

Y lo veo todo de golpe.

Los ojos rojos. Hinchados. Como si hubiera estado llorando durante horas.

Las mejillas manchadas de lágrimas. Todavía mojadas.

La nariz sonrosada.

El pelo despeinado. Recogido en una coleta de la que se escapan mechones por todas partes.

Y tiene una expresión rota que hace que algo dentro de mí se parta en dos.

—¿Qué pasa? —Las palabras me salen solas mientras corro hacia ella. Casi tropezando con las maletas—. ¿Estás bien? ¿Qué ha pasado? ¿Emma está bien?

—Emma está perfecta. —Su voz sale ronca. Áspera—. No te asustes. Está durmiendo. Hemos jugado mucho esta mañana. Y cuando ha comido se ha quedado dormida.

—Entonces ¿qué te pasa? —Levanto las manos. Queriendo tocarla. Comprobar que está bien—. ¿Por qué has llorado? ¿Qué te ha pasado?

—Nada. No me ha pasado nada.

—Skylar, tienes los ojos rojos.

—Estoy bien.

—No estás bien. —Señalo las maletas—. ¿Qué son esas maletas? ¿Por qué están ahí?

Ella se cruza de brazos. Como protegiéndose.

—Porque me voy.

Las dos palabras me golpean como un tren.

—¿Qué?

—Ya no hace falta que me quede. —Levanta la barbilla. Intentando parecer firme aunque la voz le tiembla—. Las seis semanas casi han terminado. Y tú ya no me necesitas.

—¿Cómo que no te necesito?

—Ahora que tienes a Sarah…

—¿Sarah? —Casi me río de lo absurdo que es—. ¿Qué tiene que ver Sarah con esto?

—Todo. —Y hay tanto dolor en su voz—. Tiene todo que ver.

—No te entiendo.

—Has ido a buscarla. Esta mañana. Cuando David te llamó, saliste corriendo. —Las palabras salen más rápido—. Como si fuera lo más importante del mundo. Como si llevaras semanas esperando ese momento.

—Skylar. ¿Qué estás diciendo? —pregunto intentando entender qué está pensando, pero ella me ignora.

—Y yo lo entiendo. De verdad que lo entiendo. —Se limpia las mejillas con el dorso de la mano—. Es la madre de Emma. Es joven. Y ahora que sabes ser padre, ahora que has aprendido cómo cuidarla. ¿Por qué no querrías formar una familia real con ella?

—¿Una familia real?

—Sí. Una de verdad. No… —Se señala a sí misma—. No esta situación rara conmigo. La niñera temporal con la que también te acuestas.

Y joder.

Finalmente lo entiendo.

Todo.

Lo que ha estado pensando durante las horas que he estado fuera.

La conclusión a la que ha llegado.

Por qué está haciendo las maletas.

Por qué ha estado llorando.

Cree que he ido a recuperar a Sarah.

Cree que vamos a formar una familia.

Y ella se está apartando antes de que pueda hacerlo yo.

Está protegiéndose.

—Skylar, no. —Doy un paso hacia ella—. No es eso. No es nada de eso.

—Entonces ¿qué es? —Su voz sube—. ¿Por qué has ido a verla? ¿Por qué has salido corriendo?

—Porque necesitaba que firmara unos papeles.

Ella parpadea.

—¿Qué?

—Los papeles de renuncia de custodia. Necesitaba que Sarah renunciase oficialmente a todos sus derechos sobre Emma. Y esta mañana lo ha hecho.

Skylar me mira sin entender lo que le estoy diciendo.

—No lo entiendo.

—Emma es mía. Completamente. Sin ninguna restricción. Y Sarah no puede reclamarla. Ni ahora ni nunca. —explico mirándola con intensidad—. Por eso he ido corriendo a verla.

—Pero ¿por qué?

—Porque tenía que asegurarme. —Doy otro paso hacia ella—. Tenía que saber que nadie podría aparecer en cinco años. O en diez. Y quitármela. Y destruir lo que tengo.

—¿Lo que tienes?

—Sí. Lo que tengo. Lo que tenemos . —Mi voz se vuelve más urgente—. Porque Skylar, no quiero a Sarah. No la he querido nunca. Ni siquiera la conozco.

Me armo de valor antes de volver a hablar.

—Y yo quiero pedirte algo. Algo que no podía mientras ella tuviera derechos sobre Emma.

—¿El qué? —pregunta en voz baja.

Trago saliva.

Esto es todo.

Este es el momento.

—Quiero que te quedes.

Silencio.

—¿Quedarme?

—Aquí. Conmigo. Con Emma. —Las palabras empiezan a salir más rápido—. No por tres días más. No hasta que se acaben las seis semanas. Sino para siempre.

Ella niega con la cabeza. Como si no pudiera creer lo que está escuchando.

—Ronan…

—Escúchame, por favor. Sé que suena loco. Sé que es rápido. Pero Skylar, tú ya eres parte de esto. Ya eres parte de nosotros. Somos una familia —Me acerco más—. Y yo no puedo imaginar mi vida sin ti.

Su cara se contrae como si acabase de hacerle daño.

—No puedes decirme estas cosas.

—¿Por qué no?

—Porque tú no tienes relaciones. Me lo dijiste hace nueve años. Que no podías darme lo que necesitaba. Que era una distracción.

Y ahí está.

El fantasma que nos ha perseguido todo este tiempo.

—Mentí.

Ella parpadea.

—¿Qué?

—Te mentí. —Me paso una mano por el pelo—. Hace nueve años. Cuando te dije que no podía darte lo que necesitabas. Era mentira.

—Ronan. ¿Qué estás diciendo?

—La verdad es que me aterrorizaba lo que me hacías sentir. —Las palabras salen ahora. Atropelladas. Sin filtro—. Porque tú eres luz. Pura. Absoluta. Y yo soy oscuridad. Y tenía miedo de contaminarte.

Las lágrimas vuelven a caer por sus mejillas.

—Así que te alejé. Te dije que eras una distracción cuando en realidad eras lo único que me importaba. —La voz se me quiebra—. Y he pasado nueve años arrepintiéndome. Recibiendo informes sobre ti como un acosador patético porque no podía soltarte, pero tampoco me atrevía a acercarme.

—¿Me has estado investigando?

—Sí. Durante todos estos años. Cada lunes. Durante nueve años. Necesitaba saber que estabas bien. Que eras feliz. Que no te había destruido cuando te rechacé.

Nos miramos durante varios segundos que se sienten como horas.

—¿Por qué? —pregunta finalmente—. ¿Por qué me investigabas si no me querías cerca?

—Porque sí te quería cerca. —Y ahora las palabras salen solas—. Joder, Skylar. Siempre te he querido cerca. Pero tenía demasiado miedo de dejarte entrar.

—¿Y ahora?

—Ahora sé que perderte sería peor que cualquier miedo. —Doy otro paso—. Ahora sé que prefiero arriesgarme a que me destruyas antes que vivir sin ti.

—Yo no te voy a destruir.

—Lo sé. Pero hace nueve años no lo sabía. Solo sabía que me hacías sentir demasiado. Y sentir era peligroso.

—¿Y ahora ya no lo es?

—Ahora es lo único que quiero hacer. —La miro directamente—. Contigo.

Ella se lleva una mano a la boca. Las lágrimas cayendo más rápido.

—No puedes decir estas cosas —repite.

—¿Por qué no?

—Porque… porque yo también quiero quedarme. —La voz le sale rota—. Demasiado. Y por eso tengo que irme.

—Eso no tiene sentido.

—Sí lo tiene. —Se ríe entre lágrimas—. Porque cada día que paso aquí me enamoro un poco más de ti. De Emma. De esta vida. Y cuando termine, cuando tenga que volver a Queens y estar sola otra vez… no voy a poder soportarlo.

Las palabras me atraviesan.

Cada día me enamoro un poco más de ti.

—¿Me amas? —La pregunta sale antes de que pueda detenerla.

Ella me mira. Con esos ojos color miel llenos de lágrimas.

—¿Importa?

—Joder, sí que importa. —Cierro la distancia entre nosotros—. Importa más que nada en el mundo.

—Entonces sí. —La palabra sale como una exhalación—.

Sí, te amo. Probablemente nunca dejé de hacerlo.

Desde aquella estúpida tarde en la biblioteca.

Y pensé que lo había superado, pero entonces me llamaste y…

—Se limpia la cara—. Y me volví a enamorar de ti.

Más fuerte. Más profundo. Y ahora no sé cómo parar.

El pecho se me expande tanto que duele.

Porque Skylar me ama.

Lo acaba de decir.

En voz alta.

Después de nueve años.

Y yo he sido un idiota.

—Skylar.

—No. —Levanta una mano—. Por favor. No lo hagas más difícil. Solo déjame ir. Antes de que sea peor.

—No.

—¿Qué?

—No te voy a dejar ir. —Y mi voz sale con una firmeza que no sabía que tenía—. Nunca. ¿Me oyes? Nunca más.

—Ronan, no puedes…

Cierro la distancia entre nosotros. Mis manos encuentran su cara.

Y la beso.

La beso con nueve años de arrepentimiento. Con todo el amor que he estado guardando. Con toda la desesperación de un hombre que casi pierde lo único que le importa.

Ella se resiste. Medio segundo. Intentando apartarse.

Pero entonces se rinde.

Sus manos suben por mi pecho. Se aferran a mi camisa.

Y me devuelve el beso con la misma intensidad.

Como si ella también hubiera estado esperando esto.

Como si ella también hubiera estado guardándolo.

Cuando nos separamos para respirar, ambos estamos temblando.

—Suéltame —dice, pero sus manos siguen aferradas a mi camisa.

—No.

—Ronan.

—Te amo.

Las palabras salen finalmente.

Después de tanto tiempo.

Después de negarlo durante años.

—Te amo, Skylar. Joder, te amo con todo mi corazón. Y tú lo has resucitado.

Ella se queda completamente inmóvil.

Con la boca ligeramente abierta. Los ojos muy abiertos. Como si no pudiera creer lo que acaba de escuchar.

—¿Qué?

—Que te amo. —Lo repito porque necesito que lo entienda—. He estado enamorado de ti desde hace nueve años. Desde aquella tarde cuando chocaste conmigo en el pasillo y me miraste con esos ojos enormes llenos de disculpas. Desde antes de eso.

—Pero me rechazaste.

—Porque me aterrorizaba lo que me hacías sentir. —La voz se me quiebra—. Porque mis padres nos enseñaron que amar es sinónimo de sufrir. Que el amor te destruye. Y yo tenía miedo de destruirte a ti.

Las lágrimas caen por sus mejillas.

—Ronan.

—Pero ya no puedo seguir así. Ya no puedo fingir que no te necesito. Que no te quiero aquí. —La miro directamente—. Que no quiero despertarme cada mañana y verte en mi cama. Que no quiero verte bañar a Emma cada noche. Que no quiero que seas parte de mi vida. Para siempre.

—¿Para siempre?

—Para siempre.

Nos miramos durante varios segundos.

Y sé que tengo que lanzarme. Sé que tengo que ser valiente. Abrirme a esta maravillosa mujer por completo.

—Skylar —Trago saliva—. Lo que quiero pedirte es…

Me detengo.

Porque de repente me aterra decirlo.

Me aterra que diga que no.

—¿Qué? —Su voz sale suave—. ¿Qué quieres pedirme?

—Quiero que Emma sea tu hija.

Silencio.

Absoluto.

—¿Qué?

—Quiero que la adoptes. Legalmente. Oficialmente. —Las palabras salen ahora sin control—. Sé que suena loco. Sé que es demasiado pronto. Pero Skylar, tú ya eres su madre. En todo lo que importa.

—Ronan. Dios mío.

—La forma en que la miras. La forma en que la cuidas. La forma en que ella te busca cuando llora. —La voz se me quiebra completamente—. Eres su madre. Y solo quiero que sea oficial.

Ella niega con la cabeza. Las lágrimas cayendo más rápido.

—No puedo procesar esto…

—No te asustes. —Me acerco más. Desesperado—. Por favor, no te asustes. Solo piénsalo. No tienes que responder ahora. Solo…

—¿Quieres que Emma sea mi hija?

—Sí.

—¿Legalmente?

—Sí.

—¿Y por eso fuiste a buscar a Sarah? ¿Para que renunciara? ¿Para que yo pudiera adoptarla?

—Sí. —Trago saliva—. No podía pedírtelo mientras ella tuviera derechos. No podía arriesgarme a que apareciera y lo destruyera todo.

Skylar me mira durante lo que parecen horas.

Y entonces se lanza hacia mí.

Con tanta fuerza que casi me hace caer hacia atrás.

Sus brazos rodean mi cuello. Y me besa.

Llorando. Riendo. Todo al mismo tiempo.

—Sí —dice contra mis labios—. Sí, Ronan. Quiero ser la madre de Emma.

—¿Sí?

—Sí. —Se aparta para mirarme—. Quiero adoptarla. Quiero que sea mi hija. Quiero…

No la dejo terminar.

La beso otra vez. Con todo lo que tengo. Con todo lo que soy.

Y ella me devuelve cada segundo.

La levanto. Sus piernas rodean mi cintura automáticamente.

Y la llevo al sofá. Porque no puedo esperar. No puedo dar ni un paso más.

La tumbo. Me coloco sobre ella.

Y nos desnudamos entre besos desesperados. Entre caricias que no pueden esperar. Entre palabras que llevamos semanas guardando.

—Te amo —murmuro contra su cuello—. Joder, Skylar. Te amo tanto.

—Yo también. —Sus manos recorren mi espalda. Aferrándose—. Yo también te amo. Nunca dejé de hacerlo.

—Lo siento. —Beso su mandíbula. Su cuello—. Siento haberte alejado. Siento haberte hecho daño.

—No importa. —Me atrae hacia ella—. Nada de eso importa ahora.

—Sí importa. Pero voy a pasar el resto de mi vida compensándotelo.

—¿El resto de tu vida?

—El resto de mi vida. —La miro directamente—. Porque no te voy a dejar ir, Skylar. Nunca más.

Y entonces me hundo dentro de ella.

Y es diferente.

Porque ahora no hay secretos. No hay mentiras. No hay miedo.

Solo amor.

Nos movemos juntos. Despacio. Como si tuviéramos todo el tiempo del mundo.

Porque ahora lo tenemos.

—Mía —murmuro contra su boca—. Eres mía.

—Tuya. —Jadea—. Siempre he sido tuya.

Y cuando nos corremos. Cuando gritamos los nombres del otro. Cuando nos dejamos caer completamente saciados.

La sostengo contra mí.

Con el corazón latiendo tan fuerte que ella debe sentirlo.

—No te vayas —susurro contra su pelo—. Por favor. No te vayas nunca.

—No me voy a ir. —Se acurruca más contra mí—. No me voy a ir a ninguna parte.

Y por primera vez en nueve años me permito creer que merezco esto.

Que la merezco a ella.

A Emma.

A esta familia que tanto deseaba y que pensé que nunca tendría.

Y que nadie —absolutamente nadie— va a quitarme.