CAPÍTULO 30
SKYLAR
—Hoy es un día muy importante, señorita Emma Rose Hawke.
Emma me mira desde su trona con esos ojitos grandes y curiosos. Como si supiera que algo especial está a punto de pasar.
Hoy Emma va a probar su primer puré.
Su primera comida sólida.
Bueno, semi-sólida.
Pero es un hito enorme de todas formas.
Un paso más hacia dejar de ser un bebé. Hacia convertirse en una niña.
Y aunque una parte de mí quiere que siga siendo pequeña para siempre, otra parte está emocionada por ver cada paso que da.
Cada logro.
Cada momento nuevo.
—¿Estás preparada? —pregunta Ronan desde la cocina.
—Más que preparada. ¿Tú?
—Nací preparado.
—Mentiroso. Anoche estuviste una hora leyendo sobre cómo introducir sólidos.
—Era investigación necesaria.
—Era obsesión.
—Es lo mismo.
Sale de la cocina con el potito de puré de manzana en una mano y una cuchara diminuta en la otra. Tiene una expresión de concentración absoluta.
Como si estuviera a punto de realizar una cirugía en lugar de darle de comer a un bebé.
—Ronan. —No puedo evitar sonreír—. Respira.
—Estoy respirando.
—Apenas.
—Esto es importante.
—Lo sé. —Me levanto. Me acerco a él—. Pero va a salir bien. Emma está lista. Nosotros estamos listos.
Me mira. Y algo en su expresión se suaviza.
—¿Cómo haces eso?
—¿El qué?
—Hacer que todo parezca fácil. Posible.
—Porque lo es. —Me pongo de puntillas. Le beso—. Y porque estamos juntos. Podemos con todo.
—Juntos —repite, como si le gustara cómo suena.
—Juntos.
Nos sentamos uno a cada lado de Emma. Ronan con el potito. Yo con toallitas extra porque algo me dice que las vamos a necesitar.
—Vale, preciosa. —Ronan destapa el potito—. Mira qué te hemos traído.
Emma mira el potito. Luego a Ronan. Luego a mí.
Y sonríe.
Esa sonrisa enorme que derrite corazones.
—Eso es. —Ronan llena la cuchara—. Manzana. Rica. Dulce. Te va a encantar.
Acerca la cuchara a la boca de Emma.
Despacio. Con ese cuidado exagerado que usa para todo lo que tiene que ver con ella.
Y Emma abre la boca.
Solo un poco. Pero lo suficiente.
Ronan desliza la cuchara dentro. Emma cierra los labios alrededor.
Y esperamos.
Los tres conteniendo la respiración.
Emma procesa el sabor nuevo. Mueve la lengua. Frunce el ceño.
Y entonces escupe.
No todo. Pero suficiente para que le caiga por la barbilla.
—Ah. —Ronan coge una toallita—. Supongo que necesita acostumbrarse.
—O quizás no le gusta.
—Le va a gustar. Solo necesita una estrategia diferente.
—¿Estrategia?
—Sí. Observa.
Llena la cuchara otra vez. Pero esta vez hace ruidos. Muecas. Como si el puré fuera lo más delicioso del mundo.
—Mmm. Manzana. Tan rica. Papá quiere un poco también.
Emma lo mira. Fascinada por las caras ridículas que está haciendo.
Y cuando Ronan acerca la cuchara Emma abre la boca.
Sin dudar esta vez.
Y traga.
—¡Muy bien! —Ronan prácticamente grita—. ¡Lo has hecho!
Emma se ríe. Con esos grititos agudos de felicidad.
Ronan vuelve a llenar la cuchara.
Y entonces Emma, en vez de abrir la boca, golpea la cuchara.
Con sus dos manitas. Antes de que Ronan pueda reaccionar.
El puré sale disparado.
Por todas partes.
En su cara. En su pelo. En la bandeja de la trona.
Y sobre nosotros.
Un trozo aterriza en la mejilla de Ronan.
Otro en mi frente.
Nos quedamos paralizados durante un segundo.
Mirándonos con puré goteando por nuestras caras.
Y entonces nos echamos a reír.
Los dos al mismo tiempo.
Tan fuerte que Emma nos mira como si nos hubiéramos vuelto locos.
—Bueno. —Ronan se limpia la cara—. Al menos está comiendo.
—Está decorándonos es lo que está haciendo.
—Detalles.
Emma, viendo que tiene nuestra atención completa, mete la mano en el potito esta vez.
Más puré sale volando.
Esta vez a mi pelo.
—¡Emma Rose! —Pero estoy riendo—. Pequeña salvaje.
Ronan intenta quitarle el potito. Emma protesta. Agitando los brazos.
Más puré volando.
A la pared. Al suelo. A la ventana.
—Joder —murmura Ronan—. ¿Cómo puede una persona tan pequeña hacer tanto desastre?
—Es tu hija. —Limpio puré de la trona—. Tiene tus genes poderosos. No va a haber quién la pare.
Finalmente conseguimos que Emma coma. De verdad. Más o menos la mitad del potito entra en su boca. El resto decora la sala como si fuera una bomba de puré.
Pero no nos importa.
Porque Emma lo ha hecho.
Ha probado su primer puré.
Y aunque ha sido un caos absoluto.
También ha sido perfecto.
—Misión cumplida —digo cuando Emma finalmente niega con la cabeza, indicando que ha terminado.
—Más o menos. —Ronan mira alrededor—. Aunque ahora tenemos que limpiar esto.
—Después. Primero a Emma.
La sacamos de la trona. Está cubierta de puré de pies a cabeza.
—Sí. Necesita un baño urgente —anuncia Ronan.
—Muy urgente.
La llevamos al baño. La metemos en su bañerita. Y le quitamos el puré del pelo, de las orejas, de sitios donde ni siquiera entiendo cómo ha llegado.
Emma chapotea. Feliz. Como si no acabara de convertir la sala en una zona de desastre.
—¿Sabes qué? —dice Ronan de repente.
—¿Qué?
—Me encanta esto.
—¿El caos? —bromeo.
—Sí. —Me mira—. El caos. Los purés volando. Las risas. Todo.
—Eres raro.
—Puede. —Sonríe—. Pero es que esto es una familia. Real. Y nunca pensé que la tendría.
Algo en mi pecho se llena tanto que duele.
—Pues la tienes.
—La tengo. —Me coge la mano libre—. Gracias a ti.
Nos miramos por encima de Emma. Que sigue chapoteando. Ajena a la intensidad del momento.
—Te amo —dice.
—Yo también te amo.
Y es verdad.
Lo amo con cada parte de mí.
Con cada respiración.
Con cada latido.
Terminamos de bañar a Emma. La secamos. Le ponemos el pijama más suave que tenemos.
Y luego jugamos con ella hasta que se hace de noche.
Y cuando Ronan la acuna contra su pecho para darle el biberón de la noche.
Cuando Emma cierra los ojitos, completamente exhausta del día.
Me quedo ahí de pie.
Mirándolos.
A mi familia.
Y me doy cuenta de algo.
Soy feliz.
Completamente. Absolutamente. Imposiblemente feliz.
De una forma que nunca pensé que sería posible.
Ronan levanta la vista. Me encuentra mirándolos.
—¿Qué?
—Nada. Solo… os amo. A los dos.
Algo en sus ojos se suaviza.
—Nosotros también te amamos.
Emma termina el biberón. Ronan la lleva a su cuna. La acuesta con ese cuidado infinito.
—Buenas noches, pequeña —le susurra—. Hoy has sido muy valiente probando cosas nuevas.
Le besa la frente. Y sale de la habitación conmigo.
Cerramos la puerta con cuidado.
Y nos quedamos en el pasillo.
Mirándonos.
—Ahora nosotros necesitamos un baño —digo—. Seguimos con puré por todas partes.
—Sí. Tenemos puré en sitios muy interesantes.
—¿Interesantes?
—Muy interesantes. —Da un paso hacia mí—. Voy a tener que quitártelo todo para asegurarme de que estás completamente limpia.
El calor se expande por mi vientre.
—¿Ah, sí?
—Sí. Es mi deber.
—Qué responsable.
—Siempre lo soy.
Me besa. Y puedo sentir la sonrisa en sus labios.
Me guía hacia nuestra habitación. Cierra la puerta detrás de nosotros.
Y entonces su expresión cambia.
Se vuelve más seria. Más intensa.
—Skylar.
—¿Sí?
—Quiero preguntarte algo.
El corazón se me acelera.
—Pregunta.
—¿Sigues tomando las pastillas anticonceptivas?
La pregunta me pilla desprevenida.
—Yo. Sí. ¿Por qué?
—Porque quiero que las dejes.
El aire se me queda atascado en los pulmones.
—¿Qué?
—Quiero que tengamos más hijos. —Se acerca—. Quiero que Emma tenga hermanos. Quiero ver cómo creces con mi bebé dentro.
—Ronan —jadeo.
—Sé que es pronto. Sé que Emma todavía es pequeña. —Sus manos encuentran mi cintura—. Pero no puedo esperar, Skylar. No puedo esperar para tener todo contigo.
—¿Todo?
—Sí. Más hijos. Matrimonio. —Traga saliva—. Una vida entera juntos.
Las lágrimas empiezan a acumularse en mis ojos.
—¿Me estás pidiendo que me case contigo?
—Sí. —Y hay vulnerabilidad en su voz—. Ya sé que no tengo anillo. Que esto no es romántico. Que deberíamos estar en un restaurante elegante o…
—Ronan.
—¿Sí?
—Cállate y bésame.
Él sonríe. Esa sonrisa que reserva solo para mí.
Y me besa.
Profundo. Intenso. Lleno de promesas.
—¿Eso es un sí? —murmura contra mis labios.
—Es un sí a todo. A más hijos. Al matrimonio. A la vida entera.
—Joder. —Me aprieta contra él—. Te amo tanto.
—Yo también.
Y entonces me levanta. Me lleva a la cama.
Y me desviste despacio. Como si tuviera todo el tiempo del mundo.
Besando cada centímetro de piel que queda expuesto.
—Vas a estar preciosa embarazada —murmura contra mi estómago—. Redonda. Brillante.
—Ronan.
—Quiero verlo. —Sube besándome—. Quiero estar ahí en cada momento. En cada ecografía. En cada patada.
—Lo estarás. Te lo prometo.
—¿Sí? ¿Vas a dejar las pastillas?
—Sí.
—¿Cuándo?
—Mañana.
—¿Por qué no hoy?
—Porque ya me las he tomado esta mañana.
—Bien. —Me besa—. Entonces mañana. Y luego empezamos a intentarlo.
—¿A intentarlo?
—Sí. —Sus manos recorren mi cuerpo—. Mucho. Constantemente. Hasta que funcione.
Y puedo sentir su erección presionándose contra mi muslo.
Dura. Gruesa. Lista.
—Creo que estás muy motivado con este plan.
—Completamente motivado. —Se quita la camiseta—. ¿Tú no?
—Yo también.
Él sonríe. Y termina de desnudarse.
Y cuando está completamente desnudo frente a mí.
Cuando puedo ver cada músculo. Cada línea de ese cuerpo que conozco tan bien pero que todavía me deja sin aliento.
—Ven aquí —susurro.
Se sube a la cama. Se coloca sobre mí.
Y me besa como si fuera lo único que necesita en el mundo.
Sus manos están por todas partes. Acariciando. Explorando. Despertando cada terminación nerviosa.
—¿Sabes lo que voy a hacer? —murmura contra mi cuello.
—¿Qué?
—Voy a hacerte el amor. —Baja besándome—. Despacio. Hasta que supliques.
—Ronan.
—Y luego… —Sus dedos rozan entre mis piernas—. Luego voy a llenarte. Como he hecho todas estas semanas. Pero esta vez.
—¿Esta vez qué?
—Esta vez va a quedarse. —Me mira directamente—. Esta vez va a crecer dentro de ti. Nuestro bebé.
El corazón se me dispara.
—Puede que tarde meses.
—No me importa. —Sus dedos se deslizan dentro de mí—. Voy a disfrutar cada intento.
Y entonces me demuestra exactamente lo que quiere decir.
Me toca hasta que estoy jadeando. Suplicando. Completamente deshecha.
Y solo entonces.
Solo cuando estoy al borde.
Se coloca entre mis piernas.
—¿Lista? —pregunta.
—Sí. Dios, sí.
Y se hunde dentro de mí.
Profundo. Lento. Llenándome completamente.
—Joder —gruñe—. Siempre se siente como la primera vez.
—Lo sé.
Se mueve. Encontrando ese ritmo perfecto que hace que vea estrellas.
Y mientras lo hace, mientras nos movemos juntos con esa sincronía que solo viene del amor.
Me susurra al oído.
—Voy a llenarte. —Su voz es oscura. Posesiva—. Hasta que mi hijo crezca dentro de ti. Hasta que todo el mundo pueda ver que eres mía.
—Ya soy tuya.
—Lo sé. Pero quiero que sea obvio. —Da una embestida particularmente profunda—. Quiero verte redonda. Brillante. Llevando a nuestro bebé.
—Ronan. Voy a…
—Córrete. —Su mano se desliza entre nosotros. Encuentra mi clítoris—. Córrete en mi polla.
Y obedezco.
Me corro con tanta fuerza que grito su nombre.
Y él me sigue. Enterrándose completamente. Llenándome como prometió.
Nos dejamos caer. Exhaustos. Saciados.
Con las respiraciones entrecortadas y los cuerpos todavía temblando.
—Te amo —murmura contra mi pelo.
—Yo también te amo.
Nos quedamos así. Enredados. Con la ciudad brillando al otro lado de las ventanas.
Con nuestra hija durmiendo en la habitación de al lado.
Con nuestro futuro extendiéndose delante de nosotros como algo infinito.
—¿Skylar?
—¿Sí?
—Gracias.
—¿Por qué?
—Por esto. Por darme una familia. Por enseñarme que puedo ser más que oscuridad. —Me besa el hombro—. Por resucitar mi corazón.
Me giro entre sus brazos para poder mirarlo.
—No tienes que darlas. Es lo mejor que me ha pasado en la vida.
—A mí también.
Nos besamos. Suave. Dulce.
Y me acurruco contra su pecho.
Escuchando el latido constante de su corazón.
Ese corazón que creía muerto y que ahora late por mí.
Por Emma.
Por esta familia que construimos juntos.
—Ronan.
—¿Sí?
—Vamos a ser felices. ¿Verdad?
—Vamos a ser tan felices que va a ser ridículo.
Me río.
—Bien.
—Bien.
Y nos abrazamos así hasta que nos quedamos dormidos.
En nuestra cama.
En nuestra casa.
En nuestra vida.
Que finalmente es perfecta.