Un CEO Imposible (Los halcones de Wall Street 3) CAPÍTULO 27
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CAPÍTULO 27

SKYLAR

Me despierto con el calor de Ronan envolviéndome.

Estamos en su cama. Enredados. Su brazo rodeándome por la cintura. Mi espalda pegada a su pecho.

Como si hubiéramos dormido así toda la vida.

Como si fuera lo más natural del mundo.

Abro los ojos despacio. La luz del sol entra por las ventanas enormes. Tiñendo todo de dorado.

Y por un momento —solo un momento— me permito fingir.

Que esto es real.

Que despierto así cada mañana.

Que Ronan es mío y yo soy suya.

Que Emma está en la habitación de al lado y esta es nuestra vida.

Nuestra familia.

Pero entonces recuerdo.

Tres días.

Solo quedan tres días.

El pensamiento hace que algo en mi pecho se contraiga dolorosamente.

—Buenos días.

La voz de Ronan contra mi cuello me hace estremecerme.

—Buenos días —susurro.

Se mueve. Besándome el hombro. Luego la nuca. Luego ese punto detrás de mi oreja que hace que me derrita.

—Skylar.

—¿Sí?

—Tenemos que hablar.

Y ahí está.

El momento que he estado temiendo.

El corazón se me dispara. Como si quisiera salirse de mi pecho. La garganta se me cierra. Y tengo que obligarme a respirar.

Tranquila.

Solo está siendo práctico.

Va a decirte que las seis semanas se acaban.

Que ha sido increíble pero que ya está.

Que es mejor dejarlo aquí.

Antes de que se complique más.

Me giro entre sus brazos. Para poder mirarlo.

—¿Hablar de qué?

Él me acaricia la mejilla con el pulgar. Con una delicadeza que me rompe.

—De nosotros. De qué vamos a hacer cuando…

Su móvil empieza a sonar.

Estridente. Cortando el momento como un cuchillo.

Ronan cierra los ojos. Frustrado.

—Ignóralo —dice—. Tengo que decirte algo.

Vuelve a sonar.

—Ronan, contesta. No pasa nada.

—No. —Me mira—. Esto es más importante.

Pero el móvil sigue sonando. Una y otra vez. Como si quien llama no fuera a rendirse.

—Contesta —digo finalmente—. Puede ser urgente.

Él duda. Me mira como si estuviera calculando si puede ignorarlo.

El móvil vuelve a sonar.

—Joder. —Se incorpora. Coge el móvil de la mesita—. Tiene que ser importante.

Mira la pantalla. Y algo en su expresión cambia.

—Es David.

—¿Tu investigador?

—Sí. —Ya está deslizando el dedo por la pantalla—. David, espero que sea importante.

Se detiene.

Y veo cómo su cuerpo entero se tensa.

Cómo se levanta de la cama de golpe.

Cómo esa expresión de CEO despiadado se instala en su cara.

—¿Estás seguro? —Su voz es pura concentración—. ¿Cuándo? ¿Dónde exactamente?

Camina hacia el armario. Y comienza a sacar ropa con una mano mientras sujeta el teléfono con la otra.

—No, no te muevas. Mantén el contacto. No la dejes irse. —Pausa—. Voy para allá. Dame veinte minutos. Menos.

Cuelga.

Y se queda ahí de pie. Con los vaqueros en una mano. La camiseta en la otra.

Mirándome con una expresión que no puedo descifrar.

—¿Qué pasa? —pregunto, aunque algo en mi estómago ya sabe que no quiero escuchar la respuesta.

—La ha encontrado.

—¿A quién?

—A Sarah. —Se pone los vaqueros con movimientos rápidos—. La madre de Emma. Está en un café en Brooklyn. Ahora.

El aire se me queda atascado en los pulmones.

—¿La madre de Emma?

—Sí. —Se pone la camiseta—. David la ha localizado. Lleva semanas buscándola y finalmente ha dado con ella. —Se pasa una mano por el pelo—. Y ha accedido a verme.

—¿Ahora?

—Ahora. —Se pone los zapatos—. Antes de que cambie de opinión. Antes de que desaparezca otra vez.

Se acerca a mí. Me coge de las manos.

—¿Puedes quedarte con Emma? Por favor. Solo serán un par de horas.

—Yo… sí. Claro.

—Gracias. —Me besa rápido. En los labios—. Gracias. Vuelvo pronto.

Y entonces se va.

Sale de la habitación con esa urgencia que usa cuando tiene una reunión importante.

Lo escucho moverse por el apartamento. Cogiendo las llaves. El móvil. La cartera.

La puerta se abre.

Se cierra.

Y yo me quedo sola.

Sentada en su cama.

Desnuda bajo las sábanas.

Con el sonido de sus pasos alejándose resonando en mi cabeza.

Y la certeza absoluta de que acabo de perderlo.

Porque claro.

Claro que quiere ver a Sarah.

Es la madre de Emma. La mujer que llevó a su hija durante nueve meses. Que la trajo al mundo.

Y ahora que Ronan sabe ser padre…

Ahora que ha aprendido todo lo que necesita…

¿Por qué no querría formar una familia real con ella?

Una familia de verdad.

No esta situación temporal conmigo.

La niñera que también se acuesta con él.

El dolor que me atraviesa es tan intenso que tengo que presionar una mano contra mi pecho.

Como si eso pudiera detener cómo se me está rompiendo el corazón.

Me levanto. Me visto con manos que me tiemblan tanto que apenas puedo abrochar los botones.

Y entonces escucho a Emma.

Llorando desde su habitación.

Como si ella también supiera que algo va mal.

Voy a su cuarto. La cojo de la cuna. La acuno contra mí.

—Ya estoy aquí, cariño —murmuro, aunque la voz me sale rota—. Ya estoy aquí.

Pero las lágrimas empiezan a caer.

Silenciosas. Imparables.

Porque estoy a punto de perder esto.

Voy con Emma a la cocina. Le preparo el biberón con movimientos automáticos.

Mis manos saben qué hacer, aunque mi cerebro esté en otra parte.

Agua. Fórmula. Cereales. Agitar.

Me siento en el sofá. Le doy el biberón.

Y mientras Emma come, las lágrimas siguen cayendo.

No puedo pararlas.

No puedo hacer nada excepto sostener a esta niña que amo como si fuera mía.

Aunque nunca lo será.

Porque su padre ha ido a buscar a su madre.

Y yo…

Yo soy solo la mujer que estuvo aquí mientras tanto.

Temporal.

Prescindible.

Cuando Emma termina de comer, la levanto contra mi hombro. Le hago eructar entre sollozos que intento contener.

—Te quiero —le susurro—. Te quiero muchísimo. ¿Lo sabías?

Emma hace un ruidito. Como si me entendiera.

Y eso solo hace que llore más fuerte.

—Vamos a mi habitación —murmuro—. Skylar tiene que… tiene que hacer algo.

La llevo a mi cuarto. La coloco en la hamaquita con sus juguetes. Con ese móvil de estrellitas que le encanta mirar.

Y saco la maleta.

La grande.

La que trajo el equipo de mudanzas hace semanas.

La abro en la cama. Y empiezo a meter cosas.

Ropa. Libros. Fotos. Todo lo que traje.

Todo lo que es mío.

Las manos me tiemblan. Las lágrimas no paran de caer. Pero sigo metiéndolo todo.

Porque tengo que estar lista.

Para cuando Ronan vuelva.

No voy a quedarme a escuchar cómo me dice que ya no me necesita. Que Sarah ha vuelto. Que van a ser una familia.

No voy a darle la satisfacción de que me vea romperme delante de él.

Otra vez.

Voy a irme con la cabeza alta.

Como si esto no me estuviera matando.

Como si no se me estuviera rompiendo el corazón en mil pedazos.

Doblo la última camiseta. La meto en la maleta.

Y entonces me siento en el borde de la cama.

Y me permito llorar.

De verdad.

Sin contenerme.

Porque esto duele.

Duele más de lo que pensé que podría doler.

Porque no es solo por Ronan.

Es Emma.

Es esta vida que hemos construido juntos.

Es despertar cada mañana y escuchar su risa. Es bañarla cada noche. Es verla crecer. Es ser testigo de cada pequeño logro.

Es ser su madre.

Aunque nunca lo fuera oficialmente.

Aunque nunca tuviera derecho.

—Lo siento —susurro mirando a Emma—. Lo siento mucho.

Y me quedo ahí.

Sentada en la cama.

Con las maletas hechas a mis pies.

Esperando.

A que Ronan vuelva con la mujer que va a ocupar mi lugar.

Para irme.

Y no volver nunca.