CAPÍTULO 26
SKYLAR
Solo quedan cuatro días.
Cuatro días para que se cumplan las seis semanas.
Y si fuera una mujer más valiente, hablaría con Ronan.
Le preguntaría qué va a pasar con nosotros cuando esto termine. Si he sido solo la niñera temporal con la que se acuesta por las noches. O si soy algo más.
Pero no soy valiente.
Tengo pánico de su respuesta.
Pánico de que me diga que ha sido divertido mientras duró. Que quizás podamos seguir viéndonos. Como amigos. O como lo que sea que somos ahora.
Y no podría soportarlo.
No después de vivir con él durante casi seis semanas. De cuidar a Emma como si fuera mía. De enamorarme tan profundamente que ya no recuerdo cómo era mi vida antes de esto.
Así que no pregunto.
Y finjo.
Finjo que esto puede durar para siempre.
Que Emma es mi hija y Ronan mi marido.
Que esta familia que hemos construido es real.
Aunque sepa que no lo es.
Aunque sepa que en cuatro días vuelvo a Queens.
Sola.
Quizás por eso quiero estar hoy ahí. En el juzgado. Viendo cómo Ronan adopta oficialmente a Emma.
Siendo parte de esto. Aunque sea una de las últimas veces.
—¿Estás lista? —pregunta Ronan desde la puerta de mi habitación.
Me giro. Lleva un traje gris oscuro, una camisa blanca y va sin corbata.
Está devastadoramente guapo.
—Sí. —Me aliso el vestido—. ¿Qué tal estoy?
Me mira. De arriba abajo. Con una intensidad que hace que se me acelere el pulso.
—Perfecta.
—¿No es demasiado? —Miro el vestido azul—. Quizás debería ponerme algo más sencillo.
—No te lo cambies. Es perfecto. —Se acerca—. Tú eres perfecta.
Y la forma en que lo dice.
Con esa voz grave.
Hace que algo en mi pecho se derrita.
—Gracias.
—¿Tenemos todo lo de Emma? —pregunta—. ¿Pañales? ¿Biberón?
—Sí. Está todo en la bolsa. Ya sabes que nunca salgo sin estar preparada para un apocalipsis.
Sonríe. Solo un poco. Pero está ahí.
—Por eso eres la mejor.
Cogemos a Emma. Bajamos al garaje. Y durante todo el trayecto hasta el centro, Ronan no suelta mi mano.
Como si necesitara el contacto.
Como si yo fuera su ancla.
Llegamos al juzgado veinte minutos antes de la hora. Ronan aparca. Saca a Emma. Y nos quedamos ahí de pie mirando el edificio.
—Respira —digo—. Todo va a salir bien.
—Lo sé.
—¿Entonces por qué tienes esa cara?
—¿Qué cara?
—Como si fueras a una ejecución en lugar de a una adopción.
Se ríe. Nervioso.
—Es que es oficial. Real. Después de hoy, Emma es legalmente mía.
—Ya es tuya. Desde el primer día.
—Lo sé. —Mira el edificio—. Pero esto lo hace permanente.
—¿Y eso te asusta?
—Me aterroriza.
Lo miro. Sorprendida.
—¿Por qué?
—Porque ¿y si no soy suficiente? ¿Y si la decepciono?
—Ronan. —Me pongo frente a él—. Vas a ser un padre increíble. Ya lo eres. Emma tiene suerte de tenerte.
—No lo sabes.
—Sí lo sé. —Le toco la mejilla—. Y hoy vas a demostrárselo al mundo.
Nos miramos durante varios segundos.
Y entonces Emma decide que es el momento perfecto para babear sobre el hombro de Ronan.
—Ven. —Saco una toallita de la bolsa—. Te limpio.
Le limpio el hombro. Y él me deja. Mirándome con una intensidad que hace que se me olvide respirar.
—¿Mejor?
—Mejor.
—Pues vamos. Antes de que Emma decida decorarte entero —bromeo.
Subimos las escaleras. Y justo cuando llegamos a las puertas del juzgado, escucho voces.
Conocidas.
Me giro.
Y los veo.
Jax y Elsie saliendo de un coche. Zane e Isla detrás. Kai y Hazel saliendo de otro y Oliver cerrando la marcha.
Todos vestidos como si fueran a una boda.
—¿Qué hacéis aquí? —pregunta Ronan cuando se acercan a nosotros.
—¿En serio? —Kai se adelanta—. ¿Pensabas convertirte oficialmente en el padre de nuestra sobrina sin nosotros presentes?
—No sabía que ibais a venir.
—Pues claro que íbamos a venir. —Jax llega hasta nosotros—. Es un día importante.
—El más importante —añade Elsie, y tiene los ojos ya brillantes.
Los miro a todos. A esta familia que se ha presentado aquí. Para apoyar. Para estar.
Y algo en mi garganta se cierra.
Porque esto…
Esto es lo que significa ser un Hawke.
Nunca estar solo.
Y yo quiero pertenecer también a esta familia.
Entramos todos juntos. El vestíbulo es enorme. Con techos altos y suelos de mármol que hacen eco con cada paso.
—Señor Hawke. Skylar.
Lisa aparece desde un pasillo lateral. Con una carpeta y su sonrisa profesional.
—Lisa. —Ronan parece aliviado de verla—. Gracias por venir.
—No hay nada que agradecer. —Mira a Emma—. Hola, preciosa. Hoy es tu gran día.
Nos guía hacia una sala en el segundo piso del juzgado. Pequeña. Íntima.
Con una mesa larga. Sillas. Y un estrado donde se sentará el juez.
—Podéis sentaros. —Lisa señala las sillas—. El juez Warren llegará en unos minutos.
Nos sentamos. Ronan, Lisa y yo en la mesa. Los hermanos detrás. Como una fuerza silenciosa.
Y esperamos.
Emma se remueve en mis brazos. Empieza a quejarse.
—Tiene hambre —murmuro.
Saco el biberón de la bolsa. Se lo doy y empieza a comer inmediatamente.
La puerta se abre. Y entra un hombre de unos sesenta años. Con toga. Gafas. Y una sonrisa amable.
—Señor Hawke. —Se sienta en el estrado—. Soy el juez Warren. Entiendo que estamos aquí para formalizar la adopción de…
—Emma Rose Hawke —dice Ronan, y su voz es firme.
—Emma Rose. —El juez sonríe—. Bonito nombre.
—Gracias.
El juez abre una carpeta. Lee durante varios segundos.
—He revisado su expediente. Las pruebas de paternidad. Los informes de la señora Anderson son excelentes. Emma está claramente bien cuidada. Sana. Feliz. Y usted, señor Hawke, ha demostrado un compromiso ejemplar.
—He tenido ayuda. —Ronan me mira—. Mucha ayuda.
El juez sigue su mirada. Me observa durante un segundo.
—¿Usted es Skylar Banks? ¿La asistente social?
—Sí.
—He leído sus informes también. Muy completos. Muy positivos. —Vuelve a mirar a Ronan—. Tiene suerte de tener tanto apoyo, señor Hawke.
—Lo sé.
El juez cierra la carpeta.
—Bien. Antes de proceder, tengo que hacerle algunas preguntas. ¿Entiende que la adopción es permanente? Que está aceptando la responsabilidad total de Emma. En todos los aspectos. Financiero, emocional, físico. Que esto hace constar que es su hija.
—Sí.
Algo en la expresión del juez se suaviza.
—Ya veo. —Sonríe—. Bueno, en ese caso, si está listo, podemos proceder.
Saca un documento. Lo coloca frente a Ronan.
—Solo necesito que firme aquí. Y aquí. Y aquí.
Ronan coge el bolígrafo. Y veo cómo le tiembla la mano.
Solo un poco.
Pero está ahí.
Firma la primera línea. Luego la segunda. Luego la tercera.
Con esa precisión que usa para todo. Pero más lento de lo normal.
Como si quisiera saborear cada segundo.
El juez revisa las firmas. Coge un sello. Lo presiona sobre el documento.
El sonido resuena en la sala.
Y entonces levanta la vista.
—Felicidades, señor Hawke. Emma Rose Hawke es oficialmente su hija.
Silencio.
Absoluto.
Durante tres segundos que se sienten como una eternidad.
Y entonces Ronan se levanta. Tan rápido que la silla casi se cae.
Se gira hacia mí.
Y hay lágrimas en sus ojos.
—Es mía —dice, y la voz se le quiebra—. Skylar, es mía.
—Es tuya.
Y entonces los aplausos estallan.
Los hermanos Hawke de pie. Aplaudiendo. Gritando. Con sonrisas enormes.
Elsie está llorando. Isla también. Hazel tiene las manos sobre el pecho como si su corazón fuera a explotar.
Y los hombres están abrazando a Ronan.
Los cinco juntos. Como lo han estado siempre.
—Enhorabuena, hermano. —Jax lo abraza con fuerza—. Eres oficialmente padre.
—El mejor padre —añade Kai.
—Aunque seas un controlador obsesivo —dice Zane.
—Eso no va a cambiar —murmura Ronan, pero está sonriendo.
Oliver es el último en felicitarle.
—Estoy orgulloso de ti, hermano —dice—. Muy orgulloso.
Y veo cómo esas palabras atraviesan a Ronan.
Cómo algo en sus ojos se suaviza.
—Gracias, Oliver.
Se abrazan. Y puedo ver cómo Ronan cierra los ojos. Como si quisiera grabar este momento en su memoria para siempre.
Lisa se acerca a mí.
—Ha sido precioso —dice en voz baja—. Completamente precioso.
—Lo ha sido.
—Y tú —Me mira—. Has hecho un trabajo increíble. Emma está perfecta. Y Ronan, bueno. Es evidente que has sido clave en todo esto.
No sé qué decir.
Porque en cuatro días ya no seré necesaria.
—Gracias —consigo responder.
Salimos del juzgado media hora después. Después de las fotos. De más abrazos. De Kai sugiriendo que vayamos a celebrarlo.
—Emma está cansada —dice Ronan, mirando a su hija que está empezando a cabecear—. Necesita su siesta. Otro día.
—¿Seguro? —pregunta Elsie.
—Seguro. Pero gracias. A todos. Por venir. Por —La voz se le quiebra ligeramente—. Por estar aquí.
—Siempre vamos a estar aquí —dice Jax—. Lo sabes, ¿verdad?
—Lo sé.
Nos despedimos. Cada hermano abrazando a Ronan otra vez. Diciéndole lo orgullosos que están.
Y entonces vienen a mí.
Elsie primero. Me abraza con tanta fuerza que casi me deja sin aire.
—Gracias —susurra—. Por cuidarlos. A los dos.
—No hay nada que agradecer.
—Sí lo hay. —Se aparta para mirarme—. Has sido increíble. Y Emma tiene mucha suerte de tenerte.
Las palabras me golpean.
Porque quiero creerlas.
Pero en cuatro días…
Sonrío. Asiento. Y dejo que las demás me abracen también.
Isla. Hazel. Los chicos con palmaditas en el hombro.
Como si fuera parte de la familia.
Como si perteneciera aquí.
Y yo quiero creer que es verdad.
Aunque sepa que no puede serlo.
El trayecto de vuelta a casa es silencioso.
Emma se queda dormida antes de salir del aparcamiento. Y Ronan conduce con una mano en el volante.
La otra en la mía.
Entrelazando nuestros dedos como si fuera lo más natural del mundo.
Y yo me aferro a ese contacto.
Como si pudiera hacer que durara para siempre.
Llegamos al edificio. Subimos. Entramos en el apartamento.
—Voy a acostarla —dice Ronan en voz baja—. Está agotada.
—Vale. Yo preparo café.
Asiento. Desaparece por el pasillo con Emma en brazos.
Y yo me quedo ahí de pie en medio del salón.
En este apartamento que se ha convertido en mi hogar durante seis semanas.
Y que en cuatro días dejará de serlo.
El pensamiento me atraviesa como un cuchillo.
Y tengo que obligarme a moverme. A ir a la cocina. A hacer algo con mis manos antes de que empiece a llorar aquí mismo.
Estoy preparando el café cuando siento sus manos en mi cintura.
Por detrás. Rodeándome.
Atrayéndome contra su pecho.
—Ronan.
—Gracias —murmura contra mi pelo—. Por estar hoy ahí. Por estar a mi lado desde el principio.
—No tienes que dármelas.
Me gira entre sus brazos. Y me besa.
Y no es suave. No es dulce.
Es necesidad.
Pura y simple.
Me besa como si llevara horas esperando este momento. Como si finalmente pudiera tocarme después de contenerse todo el día.
Y yo me rindo.
Completamente.
Mis brazos rodean su cuello. Me aprieto contra él. Y le devuelvo cada segundo.
Porque si solo me quedan cuatro días…
Voy a aprovechar cada minuto.
Me levanta. Mis piernas rodean su cintura automáticamente.
Y me lleva por el pasillo. Hacia su habitación.
Nos caemos en la cama. Enredados. Desesperados.
Y nos desnudamos entre besos. Entre caricias. Entre gemidos ahogados para no despertar a Emma.
Y cuando finalmente se hunde dentro de mí.
Cuando me llena de esa forma que ya me resulta familiar.
Cierro los ojos.
Y finjo.
Finjo que esto es real.
Que soy suya.
Que él es mío.
Que esto puede durar para siempre.
Aunque sepa que no puede.
Aunque sepa que en cuatro días todo esto se acabará.
Y volveré a estar sola.
Nos movemos juntos. Despacio. Como si tuviéramos todo el tiempo del mundo.
Como si no quedaran solo días.
Y cuando me corro. Cuando grito su nombre contra su hombro. Cuando siento cómo se tensa y me llena.
Guardo este momento en mi memoria.
Para cuando todo esto sea solo un recuerdo.
Para cuando esté sola en mi apartamento en Queens y necesite recordar que una vez fui feliz.
Una vez tuve esto.
Una vez fui amada.
Aunque fuera solo temporalmente.
Aunque nunca fuera real.
Nos quedamos enredados. Exhaustos. Con las respiraciones normalizándose.
Y ninguno menciona el elefante en la habitación.
Ninguno habla de los cuatro días que quedan.
De que esto se está acabando.
Solo nos quedamos así.
En silencio.
Sosteniendo esto un poco más.
Antes de que se rompa.