Un CEO Imposible (Los halcones de Wall Street 3) CAPÍTULO 25
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CAPÍTULO 25

RONAN

Los resultados de las pruebas de paternidad llegan un martes por la mañana.

En un sobre certificado. Con el logo de la clínica en la esquina superior. Sellado.

Marcus me lo sube personalmente. Me lo entrega con esa discreción profesional que tiene para todo.

—Señor Hawke. Esto acaba de llegar para usted.

Lo cojo. Y el peso es insignificante.

Un trozo de papel dentro de un sobre.

Pero contiene la respuesta más importante de mi vida.

—Gracias, Marcus.

Él asiente y se va.

Y yo me quedo ahí de pie en la puerta de mi apartamento.

Con el sobre en las manos.

Y el corazón latiendo tan fuerte que puedo escucharlo en mis oídos.

—¿Ronan? —La voz de Skylar llega desde el salón—. ¿Quién era?

—Nadie. —Miento. Y guardo el sobre en el bolsillo trasero de mis vaqueros—. Solo me han entregado un paquete.

Entro. Ella está en el sofá con Emma. Jugando con el conejo de peluche que le compramos el primer día.

Emma se ríe. Con esos grititos agudos que significan que está feliz.

Y Skylar me mira con una sonrisa.

—Mira. Está intentando cogerlo ella sola.

Me acerco. Me siento a su lado. Y veo cómo Emma estira sus manitas hacia el conejo.

Fallando. Intentándolo otra vez. Y finalmente consiguiéndolo.

—Muy bien, preciosa. —Skylar aplaude—. Lo has cogido tú solita.

Emma se lleva el conejo a la boca inmediatamente.

Y Skylar se ríe. Esa risa cálida que hace que todo mi interior se derrita.

—Se lleva todo a la boca —explica, mirándome—. Es su forma de explorar el mundo.

Asiento.

Pero no puedo concentrarme en lo que dice.

Porque el sobre en mi bolsillo pesa como si fuera de plomo.

Quemándome a través de la tela.

Recordándome que en cualquier momento voy a tener que abrirlo.

Y saber la verdad.

¿Emma es mi hija biológica?

¿O no lo es?

Y si no lo es…

¿Qué pasará entonces?

¿Me la quitarán?

¿Y si aparece Sarah y la quiere de vuelta?

Las preguntas se acumulan en mi cabeza como una avalancha.

Y de repente no puedo respirar.

No puedo perderla.

—Ronan.

La voz de Skylar me devuelve al presente.

Me está mirando. Con esos ojos que siempre ven demasiado.

—¿Estás bien?

—Sí.

—Mentira.

—Skylar…

—Sé que me estás mintiendo, Ronan. Sé qué te pasa algo. Tu actitud ha cambiado después de abrir la puerta. ¿Qué te ha llegado? —pregunta suavemente—. ¿Qué era ese paquete?

Podría mentir.

Debería mentir.

No estoy preparado para hablar de ello.

Pero cuando la miro…

Cuando veo la preocupación en sus ojos…

No puedo hacerlo.

—Los resultados —digo finalmente, y mi voz sale más baja de lo que pretendía.

Ella parpadea.

—¿Los resultados de la prueba de paternidad?

—Sí.

—¿Y? —Se inclina hacia delante—. ¿Qué dicen?

—No lo sé.

—¿Cómo que no lo sabes?

—No he abierto el sobre.

Silencio.

Skylar me mira como si acabara de decir algo completamente absurdo.

—Ronan, tienes que abrirlo.

—No.

—¿Cómo que no?

—No quiero saberlo.

—Pero tienes que…

—¿Y si no es mi hija? —Las palabras salen más alto de lo que pretendía—. ¿Y si abro ese sobre y dice que no soy su padre biológico? ¿Qué pasará entonces?

—Entonces…

—¿Me la quitarán? ¿Tendré que devolverla? ¿Entregársela a otra persona?

—Ronan. Tienes que saberlo. Para que pensemos cómo actuar.

—No puedo. —Me levanto del sofá. El sobre sigue quemándome en el bolsillo—. No puedo perderla. No puedo.

La voz se me quiebra.

Y joder.

No puedo más.

No puedo seguir fingiendo que esto no me está matando. Que no estoy aterrado.

Skylar se levanta también. Deja a Emma con cuidado en su hamaquita, la ata y se acerca a mí.

—Ronan, mírame.

—No puedo perderla —repito, y ahora mi voz sale rota—. Es mía. Ha sido mía desde el momento en que la vi. Y si ese papel dice que no…

—Entonces la adoptas.

Las palabras me detienen.

—¿Qué?

—La adoptas. —Su voz es firme—. Si no eres su padre biológico, inicias los trámites de adopción. Y yo te ayudaré. Conozco el sistema. Sé cómo funciona.

—¿Y si me la quitan mientras tanto?

—No te la van a quitar. Lisa ya ha visto que Emma está perfectamente contigo. Habéis creado un vínculo. Lisa saber que eres exactamente lo que necesita. —Se acerca más—. Van a dejártela, Ronan. Y en unos meses, será oficialmente tuya. Seas el padre biológico o no.

Me coge de la mano.

—Pero Ronan, tienes que abrir ese sobre. Tienes que saberlo.

La miro. Y hay tanta calidez en sus ojos.

Tanta confianza.

Como si realmente creyera que todo va a salir bien.

—No puedo —admito, y la voz me tiembla—. Tengo miedo.

—Lo sé.

—Pensaba que no estaba capacitado para esto. —Las palabras empiezan a salir. Atropelladas. Como si llevaran semanas esperando ser dichas—. Para ser padre. Porque llevo la misma sangre que ellos. Que mis padres. Y ellos nos destrozaron.

—Ronan.

—Pero Emma —Miro hacia donde está en su hamaquita. Mordiendo el conejo con una concentración absoluta—. Emma me ha enseñado que quizás sí puedo. Que no soy como ellos.

Me giro hacia Skylar.

—Y tú también me has enseñado eso. Tú y ella. Me habéis demostrado que puedo ser diferente. Que puedo ser lo que ella necesita.

La voz se me quiebra completamente.

Y entonces pasa.

Algo que no me ha pasado en años.

Las lágrimas empiezan a acumularse en mis ojos.

—Joder. —Me paso una mano por la cara—. Lo siento. Yo no sé qué me pasa.

—No te disculpes. —Skylar me coge de la cara. Me obliga a mirarla—. Nunca te disculpes por sentir.

—No quiero perderla —susurro, y ahora las lágrimas caen—. No quiero perder a Emma. Es lo mejor que me ha pasado en la vida.

—No la vas a perder.

—No lo sabes.

—Sí lo sé. —Su voz es firme—. Porque eres su padre. Lo diga ese papel o no. Eres su padre en todo lo que importa.

Y la forma en que lo dice.

Con tanta convicción.

Con tanta fe en mí.

Hace que algo dentro de mí se rompa completamente.

La beso.

Desesperado. Necesitado.

Vertiendo todo lo que no puedo decir en ese beso.

Todo el miedo. Todo el amor. Toda la esperanza.

Y ella me devuelve cada segundo.

Sus brazos rodean mi cuello. Sus dedos se entierran en mi pelo. Y me besa como si entendiera exactamente lo que necesito.

Como si supiera que esto no es solo deseo.

Es consuelo. Es conexión.

Es amor.

—Skylar —murmuro contra sus labios—. Te necesito.

—Lo sé. —Me coge de la mano—. Cuando acostemos a Emma esta noche seguimos con esta conversación.

Cuando llega la noche y Emma está dormida, Skylar me guía hacia mi habitación. Cierra la puerta detrás de nosotros.

Y entonces me desviste. Despacio. Con esa ternura que solo ella tiene.

Me quita la camiseta. Los vaqueros. La ropa interior.

Hasta que estoy completamente desnudo frente a ella.

Vulnerable.

Expuesto.

Y ella me mira como si fuera perfecto.

—Túmbate —dice suavemente.

Obedezco. Me tumbo en la cama.

Y ella se desviste también. Quitándose la ropa con movimientos que no son sensuales ni provocativos.

Solo amorosos.

Se sube a la cama. Se coloca sobre mí. Y me mira con los ojos llenos de una emoción que hace que la garganta se me cierre.

—Te tengo —susurra—. Pase lo que pase. Te tengo.

Y entonces se hunde sobre mí.

Despacio. Tomándome centímetro a centímetro.

Y es diferente a todas las otras veces.

No es sexo.

Es intimidad. Conexión. Algo más profundo que no sé nombrar.

Se mueve sobre mí. Lento. Mirándome a los ojos todo el tiempo.

Como si quisiera que la viera. Que viera esto.

Lo que estamos haciendo.

Lo que esto significa.

Mis manos encuentran sus caderas. La guío. La ayudo a encontrar el ritmo.

Y cuando se inclina. Cuando su boca encuentra la mía.

Cuando susurra mi nombre contra mis labios mientras se mueve.

Algo dentro de mí explota.

No es solo físico.

Es emocional.

Es todo lo que llevo guardando durante años derramándose de golpe.

—Skylar —jadeo—. Yo…

—Lo sé. —Me besa—. Yo también.

Y esas dos palabras.

Esas dos palabras simples.

Hacen que me corra con una fuerza que me deja sin aliento.

Y la llevo conmigo. Sintiendo cómo se aprieta alrededor de mí. Cómo grita mi nombre. Cómo se deja caer sobre mi pecho.

Exhaustos. Saciados.

Completos.

Nos quedamos así durante varios minutos. Con nuestras respiraciones normalizándose y nuestros corazones ralentizándose.

Y entonces ella levanta la cabeza. Me mira.

—Ahora tienes que abrir el sobre.

—Skylar.

—Tienes que saberlo. —Su voz es suave pero firme—. Sea lo que sea, lo enfrentaremos juntos.

Juntos.

La palabra hace que algo en mi pecho se apriete.

—¿Puedes? —Trago saliva—. ¿Puedes abrirlo tú?

Ella parpadea.

—¿Yo?

—Sí. Yo no puedo. No puedo verlo —Me paso una mano por la cara—. Pero si tú lo abres. Si me lo dices tú.

—De acuerdo. —Se incorpora. Sale de la cama—. ¿Dónde está?

—En el bolsillo trasero de mis vaqueros.

Va a buscarlos. Saca el sobre. Vuelve a la cama.

Se sienta frente a mí. Con las piernas cruzadas. Completamente desnuda.

Y el sobre en sus manos.

—¿Seguro? —pregunta.

—No. Pero hazlo de todas formas.

Ella asiente. Rompe la solapa. Saca el papel.

Y veo el momento exacto en que lee los resultados.

Sus ojos se abren. La boca se le abre también.

Y entonces empieza a llorar.

El estómago se me cierra como un puño.

—¿Skylar? —Mi voz sale apenas en un susurro—. ¿Qué pone?

Ella levanta la vista. Las lágrimas caen por sus mejillas.

Y sonríe.

Esboza la sonrisa más brillante que le he visto nunca.

—Eres su padre —susurra—. Ronan, eres su padre. Hay un noventa y nueve coma nueve por ciento de probabilidad.

Las palabras tardan varios segundos en procesarse en mi cerebro.

Eres su padre.

Emma es mía.

Biológicamente. Legalmente. En todos los sentidos.

Es mía.

—¿Estás segura? —Apenas puedo formar las palabras—. ¿Eso es lo que dice?

—Sí. —Se ríe entre lágrimas—. Sí. Emma es tu hija. Completamente. Oficialmente.

Y algo dentro de mí explota.

No es alivio.

Es más que eso.

Es alegría. Pura. Absoluta.

Mezclada con un amor tan inmenso que no cabe dentro de mí.

—Es mía —susurro.

—Es tuya.

—Emma es mía.

—Sí. —Skylar gatea hacia mí. Me abraza. Y también está llorando—. Sí, Ronan. Es tuya.

Y entonces yo también lloro.

Lloro contra el hombro de Skylar mientras ella me sostiene.

Mientras me dice que todo va a estar bien.

Que Emma es mía.

Que no voy a perderla.

Y que voy a ser el mejor padre del mundo.

Aunque yo no esté tan seguro.

Aunque siga teniendo miedo.

Al menos ahora sé que tengo la oportunidad de intentarlo.

De ser para Emma lo que mis padres nunca fueron para mí.

Y eso…

Eso es todo lo que necesito.