CAPÍTULO 24
RONAN
Dos semanas.
Han pasado dos semanas desde aquella noche en la cocina.
Dos semanas en las que durante el día vivimos para Emma.
Y por las noches somos otra cosa.
Algo que no nos atreveos a ponerle nombre, pero que sucede igual.
Empieza siempre de la misma forma.
Emma se duerme. Nos quedamos en el salón. Hablando. Bebiendo té o café o lo que sea que Skylar haya preparado.
Y entonces uno de los dos se mueve.
A veces soy yo. Acercándome. Rozando su mano. Viendo si me deja.
A veces es ella. Mirándome con esos ojos color miel que hacen que pierda cualquier pensamiento racional.
Y entonces nos besamos.
Y terminamos en mi cama.
O en la suya.
O en el sofá.
Una vez en la ducha, con el agua cayendo sobre nosotros mientras la hacía gritar mi nombre.
Y cada noche es mejor que la anterior.
Como si estuviéramos aprendiendo los cuerpos del otro. Memorizando qué nos hace gemir. Qué nos hace perder el control.
Pero nunca hablamos de ello.
Durante el día actuamos como si no pasara nada. Como si cada noche no termináramos desnudos. Exhaustos. Completamente saciados.
Es como si tuviéramos dos vidas paralelas.
La diurna, donde somos cuidadores de Emma.
Y la nocturna, donde somos…
No lo sé.
¿Amantes? ¿Algo más?
No me atrevo a preguntar.
Porque en pocos días llegan los resultados de la prueba de paternidad.
Y entonces se acaban las seis semanas.
Y entonces no tendré excusa para tener a Skylar a mi lado. Y eso no puedo permitirlo.
El pensamiento me atraviesa como un cuchillo cada vez que aparece.
Y aparece constantemente.
Ahora mismo estoy en mi despacho. Supuestamente revisando proyecciones financieras para Zane.
Pero lo que realmente estoy haciendo es mirar el correo que recibí esta mañana.
De David. Mi investigador.
Sobre Sarah Mitchell.
La madre de Emma.
Llevo semanas buscándola. Obsesivamente. Porque la idea de que esté por ahí, de que pueda aparecer en cualquier momento.
Me aterra.
Por Emma.
Por Skylar.
Por esta vida que hemos construido durante estas semanas.
Porque si Sarah aparece y quiere recuperar a Emma…
Si decide que fue un error dejarla…
Todo esto se acabará.
Y no puedo permitirlo.
No voy a permitirlo.
—¿Ronan?
La voz de Skylar desde la puerta me hace levantar la vista.
Está ahí de pie. Con Emma en brazos. Y es la visión más bonita del mundo.
—¿Estás bien? —me pregunta, porque por supuesto ha notado que estoy alterado.
—Sí. —Miento y cierro el portátil demasiado rápido.
—Emma tiene hambre. ¿Puedes preparar el biberón mientras la cambio?
—Claro.
Me levanto. Salgo del despacho.
Pero siento su mirada en mi espalda.
Sabe que algo pasa.
Skylar siempre sabe leerme.
Esa noche, después de acostar a Emma, nos quedamos en el sofá.
Como siempre.
Pero hay algo diferente en el aire.
Una tensión que no tiene nada que ver con el deseo.
Skylar está callada. Demasiado callada para ser ella.
Y me mira de forma intensa. Como si estuviera intentando descifrarme.
—¿Qué? —pregunto finalmente.
—Me gustaría saber qué te pasa. Llevas días encerrado en tu despacho. Y cada vez que sales tienes esa expresión.
—¿Qué expresión?
—Como si estuvieras preocupado. —Hace una pausa—. ¿Tiene que ver con la empresa?
No.
Tiene que ver contigo.
Con Emma.
Con el hecho de que esto se va a acabar si no hago algo.
Pero lo que digo es:
—Solo estoy poniéndome al día con el trabajo.
Ella me mira durante varios segundos.
Y sé que no me cree.
Pero no insiste.
Solo asiente. Y vuelve la vista al frente.
Y nos quedamos así.
En silencio.
Hasta que ella se acurruca contra mi costado. Su cabeza apoyada en mi hombro.
Como si fuera lo más natural del mundo.
Y mi brazo la rodea automáticamente. Atrayéndola más cerca.
Como si mi cuerpo supiera lo que mi cabeza no puede admitir.
Que la necesito.
Que la quiero aquí.
Que la idea de que se vaya me está destruyendo desde dentro.
—Ronan —murmura contra mi pecho.
—¿Sí?
—¿Estás bien?
No.
No estoy bien.
Estoy aterrado.
Aterrado de perderte.
Aterrado de que esto termine.
Aterrado de no ser suficiente para hacer que te quedes.
Pero lo que digo es:
—Estoy bien.
Ella levanta la cabeza. Me mira con esos ojos que siempre ven demasiado.
—Mentiroso.
—Skylar…
—No pasa nada. —Vuelve a apoyar la cabeza en mi hombro—. No tienes que decírmelo. Solo quiero que sepas que estoy aquí. Si necesitas hablar.
Y joder.
Esa simple oferta.
Ese gesto de cuidado.
Me rompe por completo.
Porque Skylar sigue siendo luz pura. Incluso después de todo lo que le he hecho. Incluso después de rechazarla hace nueve años.
Sigue ofreciéndome cuidado. Apoyo. Como si fuera lo más natural del mundo.
Y yo no merezco esto.
No la merezco a ella.
Pero voy a luchar por mantenerla de todas formas.
Porque perderla.
Perder esto.
No es una opción.
La aprieto más contra mí. Enterrando la nariz en su pelo. Respirando ese olor a vainilla y coco que se ha convertido en mi olor favorito del mundo.
—Gracias —murmuro contra su pelo.
—¿Por qué?
—Por estar aquí. Por todo.
Ella se acurruca más contra mí.
—No hay nada que agradecer.
Pero sí lo hay.
Tengo tanto que agradecerle que no sé ni por dónde empezar.
Nos quedamos así. Hasta que su respiración se ralentiza. Hasta que se queda dormida contra mí.
Y yo sigo despierto.
Mirando hacia las ventanas. Hacia la ciudad que nunca duerme.
Y pensando en lo que tengo que hacer.
Porque en pocos días llegan los resultados.
Y necesito tener todo resuelto antes de eso.
Necesito encontrar a Sarah. Hablar con ella. Asegurarme de que no va a aparecer y destruir esto.
Necesito proteger a Emma.
Y necesito encontrar la forma de pedirle a Skylar que se quede.
No solo por Emma.
Por mí.
Porque la quiero.
Y aunque no sepa cómo decírselo, aunque me aterrorice admitirlo.
Voy a intentarlo.
Porque perderla sin luchar…
Eso sí que sería el error más grande de mi vida.