Un CEO Imposible (Los halcones de Wall Street 3) CAPÍTULO 23
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CAPÍTULO 23

SKYLAR

No puedo dormir.

Llevo dos horas dando vueltas en la cama. Mirando el techo. Intentando no pensar en lo que pasó esta tarde.

En las manos de Ronan sobre mi piel.

En su boca entre mis piernas.

En cómo me hizo estallar. Dos veces.

En cómo me miró después.

Y en cómo Emma nos interrumpió justo cuando yo le pedía que me follara.

Gimo. Bajo. Frustrаdа.

Y me giro hacia el otro lado de la cama.

Esto es ridículo.

Soy una mujer adulta. No debería estar así. Retorciéndome en la cama como una adolescente después de su primer beso.

Pero es que no ha sido solo un beso.

Ha sido…

Ha sido todo.

Todo lo que he querido durante nueve años.

Ronan tocándome. Besándome. Haciéndome sentir como si fuera lo único que importaba en el mundo.

Y ahora…

Ahora está en la habitación de al lado. A solo unos metros de distancia.

Probablemente durmiendo. Tranquilo. Ajeno al hecho de que yo estoy aquí muriéndome de deseo.

O quizás no tan ajeno.

Quizás él también está despierto.

Pensando en lo mismo.

Deseando lo mismo.

La idea hace que algo en mi vientre se contraiga.

¿Y si voy?

¿Y si simplemente me levanto, camino por el pasillo, abro su puerta y?

¿Y qué?

¿Me meto en su cama?

¿Le pido que termine lo que empezó?

El corazón se me dispara solo de pensarlo.

Podría hacerlo.

Debería hacerlo.

Porque está claro que nos deseamos. Que hay algo entre nosotros que ninguno puede negar ya.

Así que ¿por qué no?

La respuesta aparece de inmediato en mi cabeza.

Porque soy una cobarde.

Dios.

Estoy ardiendo.

Literalmente ardiendo.

Y no es solo deseo.

Es calor. Real. Físico.

La habitación está demasiado caliente. Las sábanas pesan demasiado. El aire está demasiado denso.

Y tengo sed.

Mucha sed.

Me incorporo. Aparto las sábanas. Me levanto de la cama.

El suelo está frío bajo mis pies descalzos. La camiseta vieja se me pega ligeramente a la piel por el calor.

Salgo de la habitación sin hacer ruido. El pasillo está oscuro. Solo iluminado por la luz de la ciudad que entra por las ventanas del salón.

Camino hacia la cocina. Con pasos silenciosos.

Agua.

Solo necesito agua.

Y quizás aire fresco. Y dejar de pensar en Ronan durante cinco minutos.

Doblo la esquina hacia la cocina.

Y me detengo en seco.

Porque no está vacía.

Ronan está ahí.

Apoyado contra la encimera. A oscuras. Con una botella de agua en la mano.

Sin camiseta.

Solo con unos pantalones de pijama grises que cuelgan peligrosamente bajos en sus caderas.

Y me está mirando.

El aire entre nosotros se electrifica instantáneamente.

Ninguno dice nada.

Solo nos miramos.

En la penumbra de la cocina. Con Manhattan brillando al otro lado de las ventanas.

Y puedo ver todo.

La forma en que su pecho sube y baja. Más rápido de lo normal.

Cómo sus dedos se aprietan alrededor de la botella.

La tensión en cada línea de su cuerpo. Como si estuviera conteniendo algo.

Como si estuviera luchando contra algo.

La boca se me seca.

El corazón se me dispara.

Y algo en mi interior se enciende como una cerilla.

Debería darme la vuelta. Volver a mi habitación. Fingir que esto no está pasando.

Pero en cambio, en cambio sigo caminando y entro en la cocina.

Despacio.

Con pasos deliberados.

Manteniendo el contacto visual.

Viendo cómo algo en sus ojos se oscurece con cada paso que doy.

Paso junto a él. Tan cerca que puedo sentir el calor que irradia.

Tan cerca que puedo oler su piel. Limpia. Masculina.

Tan cerca que si extendiera la mano podría tocarlo.

Pero no lo hago.

Solo sigo caminando. Hacia el frigorífico.

Hacia el agua que necesito.

Pero Ronan tiene otros planes.

Su mano se cierra alrededor de mi cintura.

Me gira. Tan rápido que no tengo tiempo de reaccionar.

Mi espalda choca contra el frigorífico. El frío del metal atravesando la tela fina de mi camiseta.

Y entonces su cuerpo está contra el mío.

Caliente. Duro. Completamente sólido.

—No puedo más —gruñe, y su voz sale rota—. No puedo seguir fingiendo que no te deseo.

Y entonces me besa.

Y no es como esta tarde.

Es hambre pura.

Desesperación absoluta.

Me besa como si llevara toda la noche esperando este momento. Como si cada minuto sin tocarme hubiera sido una tortura.

Y yo le devuelvo cada segundo.

Mis brazos rodean su cuello. Mis dedos se entierran en su pelo. Y me aprieto contra él con una necesidad que me avergonzaría si pudiera pensar con claridad.

Pero no puedo.

No puedo pensar en nada excepto en esto.

En él.

En sus manos subiendo por mis muslos. Agarrando. Apretando.

En su boca devorando la mía como si fuera lo único que necesita para sobrevivir.

Me levanta. Sin esfuerzo. Como si no pesara nada.

Mis piernas rodean su cintura automáticamente. Y puedo sentir su erección presionándose exactamente donde la necesito.

Gimo contra su boca.

Y él gruñe en respuesta.

—Joder, Skylar. —Me muerde el labio—. Me estás volviendo loco.

—Bien.

—¿Bien?

—Me alegro de no ser la única.

Él se ríe. Pero no hay humor en el sonido.

Solo necesidad.

Me lleva a la encimera. Me sienta en el borde. Se coloca entre mis piernas.

Y la altura es perfecta ahora.

Perfecta para que pueda besarme más profundo.

Perfecta para que sus manos puedan explorar cada centímetro de mi cuerpo sin obstáculos.

Y lo hacen.

Suben por mis muslos. Metiendo los dedos bajo el borde de mi camiseta. Tocando piel desnuda que hace que me estremezca.

—¿Llevas algo debajo de esto? —pregunta contra mi boca.

—No.

Un gruñido escapa de su garganta.

—Me estás matando.

—Entonces haz algo al respecto.

Sus manos se mueven. Subiendo. Y cuando encuentran mis pechos desnudos bajo la camiseta.

Cuando sus pulgares rozan mis pezones.

Arqueo la espalda. Presionándome contra sus palmas.

—Más —jadeo—. Ronan, por favor.

—¿Qué quieres? —Su voz sale grave—. Dímelo. Quiero escuchártelo decir.

—Quiero —Trago saliva—. Quiero que me toques. Que me hagas tuya. Que…

No termino la frase.

Porque él ya se está moviendo.

Me quita la camiseta de un tirón. La lanza a algún lugar de la cocina.

Y me mira.

Completamente desnuda bajo la luz de la ciudad que entra por las ventanas.

—Joder —susurra—. Eres preciosa.

—Ronan.

—Tan perfecta. —Sus manos recorren mi cuerpo—. Tan jodidamente perfecta.

Se inclina. Toma mi pecho en su boca.

Y yo exploto.

Mi cabeza cae hacia atrás. Golpeando suavemente contra el armario detrás de mí.

Pero no me importa.

No me importa nada excepto su boca. Su lengua. Sus dientes rozándome de una forma que hace que vea estrellas.

Su mano libre baja. Entre mis piernas. Rozando. Explorando.

—Sigues mojada —murmura contra mi piel—. Joder, Skylar. Sigues empapada por esta tarde.

—No he dejado de pensar en ello.

—Yo tampoco.

Sus dedos se deslizan dentro de mí. Dos. Directamente.

Y el estiramiento es perfecto.

Gimo. Alto. Sin control.

—Así. —Su voz sale como un gruñido—. Eso es. Déjame escucharte.

Se mueve dentro de mí. Rápido desde el principio. Como si supiera exactamente lo que necesito.

Como si me conociera.

Su pulgar encuentra mi clítoris. Presiona. Dibuja círculos que hacen que todo mi cuerpo se tense.

—Ronan. Voy a…

—Córrete. —Muerde mi pezón suavemente—. Córrete en mis dedos.

Y obedezco.

Me corro con tanta fuerza que tengo que morderme el labio para no gritar.

Pero él no para.

Sigue moviéndose. Llevándome más alto. Hasta que vuelvo a estallar.

Una vez más.

Y otra.

Hasta que no puedo más. Hasta que estoy jadeando contra su hombro. Temblando en sus brazos.

—Ronan —consigo decir—. Por favor. Te necesito. Te necesito dentro de mí.

Él se aparta lo suficiente para mirarme.

Y hay algo en sus ojos.

Algo oscuro. Posesivo.

—¿Segura?

—Sí.

—¿Estás protegida?

—Sí, tomo anticonceptivos. Desde hace años. Y estoy limpia.

—Bien. Yo también. —Sus manos encuentran la cinturilla de sus pantalones—. Porque no voy a poder parar.

Se los baja lo justo. Y entonces…

Y entonces puedo verlo.

Por primera vez.

Y Dios.

Es enorme.

Grueso. Duro. Completamente listo.

Trago saliva.

—No te asustes —murmura, viendo mi expresión.

—No estoy asustada.

—¿No?

—Estoy… impresionada.

Él sonríe. Solo un segundo. Pero es suficiente para que el corazón me dé un vuelco.

Y entonces se coloca entre mis piernas.

La punta rozando mi entrada.

Tan cerca.

Tan jodidamente cerca.

—Última oportunidad —dice, y su voz tiembla—. Dime que pare y paro.

—No pares. —Lo miro directamente a los ojos—. Por favor, Ronan. No pares.

Y entonces se mete dentro.

De una sola embestida.

Profunda. Completa.

Llenándome de una forma que hace que grite.

—Joder. —Su frente cae contra la mía—. Joder, Skylar. Estás tan prieta.

—No pares. —Mis piernas rodean su cintura—. Por favor, no pares.

Y no para.

Se mueve. Saliendo casi completamente. Y volviéndose a meter.

Otra vez.

Y otra.

Y otra.

Encontrando un ritmo que hace que todo mi cuerpo vibre.

Rápido. Duro. Sin piedad.

Como si llevara tres semanas conteniendo esto y finalmente hubiera explotado.

—Mía —gruñe contra mi cuello—. Eres mía.

—Sí.

—Dilo. —Una embestida particularmente profunda que hace que vea estrellas—. Dilo.

—Tuya. —Jadeo—. Soy tuya.

—Joder, sí.

Su ritmo se acelera. Más duro. Más profundo.

Y yo puedo sentir cómo me acerco al borde otra vez. Cómo la tensión se acumula en mi vientre. Cómo cada embestida me lleva más cerca de estallar.

—Ronan, voy a correrme.

—Lo sé. —Su mano se desliza entre nosotros. Encuentra mi clítoris—. Lo noto. Te estás apretando alrededor de mí.

Presiona. Dibuja círculos.

Y yo exploto.

Más fuerte que nunca.

Grito su nombre. Me tenso. Me aprieto alrededor de él con tanta fuerza que lo escucho gruñir.

—Así. —Su voz sale rota—. Joder, así. Apriétame.

Se mueve más rápido. Persiguiendo su propio orgasmo.

Y entonces se inclina. Pone su boca junto a mi oído.

Y susurra algo que hace que el aire se me quede atascado en los pulmones.

—Voy a llenarte. —Su voz es pura oscuridad—. Voy a llenar este coño perfecto con mi esencia. A marcarte desde dentro.

—Sí. —No sé por qué lo digo. No sé por qué me excita tanto—. Sí.

—Para que no te quede ninguna duda. —Otra embestida—. De que me perteneces.

Y entonces se entierra completamente.

Y se corre.

Puedo sentirlo. Caliente. Llenándome exactamente como prometió.

Y eso hace que vuelva a estallar.

Un orgasmo que me atraviesa en oleadas que no terminan.

Hasta que finalmente los dos nos dejamos caer.

Exhaustos. Saciados.

Completamente deshechos.

Su frente descansa contra la mía. Ambos jadeando. Intentando recuperar el aliento.

—Joder —murmura finalmente.

—Sí.

—Eso ha sido…

—Increíble.

—Iba a decir necesario. —Levanta la cabeza para mirarme—. Pero sí. También increíble.

Me besa. Suave esta vez. Dulce.

Y entonces se aparta despacio. Saliendo de mí con un cuidado que contrasta completamente con la brutalidad de hace un momento.

Me ayuda a bajar de la encimera. Mis piernas tiemblan tanto que tengo que apoyarme en él.

—¿Estás bien? —pregunta, y hay preocupación en su voz.

—Estoy perfecta.

—¿Segura? He sido un poco intenso.

—Ronan. —Lo miro—. Ha sido perfecto.

Algo en su expresión se relaja.

Recojo mi camiseta del suelo. Me la pongo mientras él se sube los pantalones.

Y entonces nos quedamos ahí.

En la cocina. A oscuras.

Sin saber qué decir.

Qué hacer.

Porque esto cambia todo.

—Skylar.

—Deberíamos dormir. —Las palabras salen antes de que pueda detenerlas. Necesito protegerme—. Emma se despertará en unas horas.

—Sí. Claro.

Nos miramos durante un segundo más.

Y entonces me obligo a moverme. A caminar hacia el pasillo.

A volver a mi habitación.

Antes de que pueda hacer algo estúpido.

Como pedirle que me lleve a su cama.

Como quedarme dormida en sus brazos.

Como creer que lo que acaba de decir era real.

Que realmente quiere marcarme. Hacerme suya.

Porque no es real.

Es el calor del momento. Las palabras que los hombres dicen durante el sexo.

Ronan es un alfa. Dominante. Probablemente dice esas cosas con todas.

No significa nada.

No puede significar nada.

Porque en tres semanas se acaba el tiempo.

Y entonces volveré a mi vida.

Y esto —lo que sea que es esto— terminará.

Y mi corazón…

Mi corazón se va a romper.

Otra vez.

Pero esta vez va a ser peor.

Porque esta vez sé exactamente lo que estoy perdiendo.