Un CEO Imposible (Los halcones de Wall Street 3) CAPÍTULO 22 #2
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CAPÍTULO 22 #2

Él no necesita que se lo pida dos veces.

Desliza las manos bajo el top. Y cuando sus dedos tocan mi piel desnuda, cuando sus pulgares rozan mis pezones.

Gimo. Alto. Necesitado.

—Joder. —Su voz sale rota—. Me estás matando.

Me empuja. Suavemente. Hacia la esterilla de yoga que sigue extendida en el suelo.

—Túmbate —ordena.

Y hay algo en su voz. Algo dominante que hace que el calor entre mis piernas se intensifique hasta volverse casi doloroso.

Me tumbo. Y él se arrodilla a mi lado.

Me mira durante varios segundos. Como si estuviera memorizando cada detalle.

—Eres preciosa —murmura—. Tan jodidamente preciosa que duele mirarte.

Y entonces se inclina.

Y me besa otra vez.

Pero esta vez es diferente.

Más lento. Más profundo. Como si tuviera todo el tiempo del mundo.

Como si quisiera saborear cada segundo.

Su boca se mueve por mi mandíbula. Por mi cuello. Encontrando un punto sensible justo debajo de mi oreja que hace que me derrita.

—Ronan.

Sus dientes rozan mi pulso. Succionando ligeramente.

Marcándome.

Y yo le dejo.

Quiero que me marque. Quiero tener la evidencia de esto mañana. Quiero recordar que esto ha pasado de verdad.

Que Ronan Hawke me ha tocado como si fuera algo precioso.

Sus manos siguen moviéndose. Subiendo por mis costillas. Metiendo los dedos bajo mi top.

—Quítatelo —dice, y su voz sale como un gruñido—. Quítate esto.

Me incorporo lo suficiente para quitarme el top. Y cuando lo lanzo a un lado, sus ojos se oscurecen todavía más.

—Joder —susurra, mirándome—. Eres…

No termina la frase.

Solo se inclina y toma mi pecho en su boca.

Y yo casi me salgo de mi piel.

La sensación es abrumadora. Su lengua rodeando mi pezón. Sus dientes rozando. Succionando con la fuerza perfecta que hace que vea estrellas.

Mis manos encuentran su pelo. Me aferro. Tirando ligeramente.

Y él gruñe contra mi piel. Un sonido que siento vibrar a través de todo mi cuerpo.

Su mano libre baja. Por mi estómago. Rozando el borde de mis mallas.

Y entonces sus dedos se deslizan dentro.

Por encima de mis braguitas. Rozando. Explorando.

Encontrando lo mojada que estoy.

—Joder, Skylar. —Levanta la cabeza para mirarme—. Estás empapada.

—Es tu culpa.

—Joder. —Y hay satisfacción en su voz—. Me encanta.

Sus dedos se mueven. Rozando. Presionando.

Pero no donde lo necesito.

—Ronan… por favor…

—¿Qué necesitas? Dímelo.

—Tócame. De verdad. Por favor.

Desliza mis braguitas a un lado.

Y cuando sus dedos tocan mi piel desnuda, cuando encuentran ese punto que hace que todo mi cuerpo se tense.

Grito.

—Así. —Su voz sale grave—. Eso es. Déjame escucharte.

Sus dedos se mueven. Dibujando círculos. Presionando. Y cuando desliza uno dentro de mí.

Me arqueo. Completamente fuera de control.

—Más —jadeo—. Por favor, más.

Añade otro dedo. Y el estiramiento es perfecto. Justo lo que necesito.

Se mueve dentro de mí. Despacio primero. Luego más rápido. Su pulgar presionando contra mi clítoris con cada embestida.

—Mírame —ordena—. Quiero verte cuando te corras.

Abro los ojos. Los fijo en él.

Y la intensidad en su mirada casi me hace estallar en ese instante.

—Eso es —murmura—. No apartes la vista. Déjame verte.

Sus dedos se mueven más rápido. Más profundo. Y su pulgar presiona con más fuerza.

Y yo exploto.

El orgasmo me golpea con una fuerza que hace que grite su nombre. Que me tense completamente. Que vea estrellas.

Y él no para.

Sigue moviéndose. Llevándome más alto. Haciendo que el placer se extienda en oleadas que no terminan.

Hasta que finalmente me dejo caer. Jadeando. Temblando.

Completamente deshecha.

—Precioso —murmura, sacando los dedos despacio—. Eres preciosa cuando te corres.

Abro los ojos. Y lo encuentro mirándome con una intensidad que hace que el calor vuelva inmediatamente.

—Ronan.

—No he terminado contigo.

—¿Qué?

—Me encanta darte placer. —Se mueve hacia abajo—. Y eso es exactamente lo que voy a hacer.

Y entonces se arrodilla entre mis piernas.

Y me mira.

Con esos ojos oscuros llenos de hambre.

—¿Puedo probarte?

El corazón se me dispara.

—Sí.

—¿Segura?

—Ronan, si no me pones la boca encima ahora mismo voy a…

No termino la frase.

Porque él ya se está moviendo.

Me baja las mallas. Las braguitas. Y cuando finalmente estoy desnuda de cintura para abajo, cuando él puede verme completamente.

Gruñe.

—Perfecta. —Desliza las manos por mis muslos. Abriéndome más—. Eres perfecta.

Y entonces se inclina.

Y me prueba.

Y joder.

Joder.

Es…

No tengo palabras.

Su lengua se mueve contra mí con una maestría que no esperaba. Rozando. Lamiendo. Succionando.

Encontrando cada punto sensible como si tuviera un mapa.

Mis manos encuentran su pelo. Me aferro. Tirando mientras él me devora.

—Ronan. Dios. No pares…

Él gruñe contra mí. Y la vibración hace que todo mi cuerpo se estremezca.

Mete un dedo dentro de mí. Luego otro. Moviéndolos al ritmo de su lengua.

Y yo me estoy deshaciendo.

Completamente.

—Córrete —ordena contra mi piel—. Córrete en mi boca.

Y como si mi cuerpo solo estuviera esperando su permiso…

Exploto.

Más fuerte que la primera vez. Más intenso.

Grito su nombre. Me tenso. Me arqueo.

Y él no para. Sigue lamiéndome. Llevándome más alto. Hasta que no puedo más.

Hasta que tengo que empujarlo porque es demasiado. Demasiada sensación. Demasiado placer.

Se aparta. Y cuando levanta la cabeza, tiene los labios brillantes. Los ojos oscuros.

Y una expresión de satisfacción absoluta.

—Preciosa —dice otra vez—. Completamente preciosa.

Me incorporo sobre los codos. Jadeando. Intentando recuperar el aliento.

—Fóllame —digo, y mi voz sale desesperada—. Por favor, Ronan. Fóllame.

Algo en sus ojos se enciende.

—Skylar.

—Te necesito. Te necesito dentro de mí. Ahora.

Él se mueve. Llevándose las manos a la cinturilla de sus pantalones.

Y yo puedo ver cómo lucha por mantener el control. Por no lanzarse sobre mí como un animal.

—¿Segura? —pregunta, aunque su voz tiembla.

Pero puedo ver en sus ojos lo mucho que lo desea.

Pero el momento se rompe de golpe antes de que podamos cruzar esa línea.

Porque el llanto de Emma atraviesa el apartamento como una sirena.

Nos quedamos paralizados.

Emma llora más fuerte.

—Mierda —murmura Ronan.

—Mierda —repito.

Nos miramos durante un segundo más.

Y entonces la realidad vuelve como una bofetada.

Me incorporo. Busco mi ropa con manos temblorosas.

—Yo voy.

Me pongo el top y las mallas sin mirarlo.

Salgo casi corriendo del salón.

Con las piernas temblando.

El cuerpo vibrando.

Y la certeza absoluta de que acabo de cruzar una línea de la que no hay vuelta atrás.