Un CEO Imposible (Los halcones de Wall Street 3) CAPÍTULO 22
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CAPÍTULO 22

SKYLAR

Emma lleva durmiendo una hora.

Un hora que Ronan ha aprovechado para encerrarse en su despacho con su portátil y esa expresión de concentración que usa cuando está revisando números.

Porque aunque Emma es su prioridad absoluta —y eso me derrite de una forma peligrosa— sigue siendo el CFO de Hawke Capital.

Y los números no esperan.

Aunque él sí haya puesto su vida en pausa por ella.

Ese pensamiento hace que algo en mi pecho se apriete.

Porque Ronan Hawke —el hombre más controlador y adicto al trabajo que he conocido— ha dejado la empresa prácticamente sola durante tres semanas.

Por Emma.

Lo amo y lo odio a partes iguales.

Lo amo porque está siendo el padre más dedicado del mundo. Porque se está transformando delante de mis ojos. Porque cada día es un poco menos frío, un poco más abierto.

Y lo odio porque cada día que pasa me enamoro un poco más de él.

Y sé cómo va a terminar esto.

Con mi corazón roto.

Sacudo la cabeza. Intentando deshacerme de esos pensamientos que no me llevan a ningún sitio.

Necesito moverme. Hacer algo. Cualquier cosa que no sea quedarme sentada pensando en cosas que no puedo cambiar.

Yoga.

Sí.

Llevo tres semanas sin hacer yoga y mi cuerpo lo está notando.

Voy a mi habitación. Saco las mallas y el top deportivo del armario. Me cambio rápidamente.

Las mallas son negras. Ajustadas. Del tipo que uso siempre para yoga porque necesito libertad de movimiento.

El top es de color rosa palo. Cruzado en la espalda.

Me da un poco de vergüenza hacer Yoga aquí.

Pero realmente da igual.

Él está en su despacho. Emma está dormida. Y yo necesito esto.

Extiendo mi esterilla en medio del salón. Pongo música suave en mi móvil. Y empiezo.

Hago un saludo al sol primero. Para calentar. Para centrarme.

Inhalo. Exhalo. Dejo que mi cuerpo encuentre el ritmo.

Y poco a poco, la tensión empieza a disolverse.

Mis hombros se relajan. Mi espalda se estira. La mente se calma.

Paso a posturas más complicadas. Perro boca abajo. Guerrero dos. Media luna.

Y me pierdo en el movimiento.

En la forma en que mi cuerpo se dobla. Se estira. Se mueve con una fluidez que solo viene con años de práctica.

Estoy en medio de una torsión —con la pierna derecha doblada, la izquierda extendida y el torso girado— cuando lo escucho.

Un sonido.

Pequeño. Casi imperceptible.

Como si alguien hubiera inhalado bruscamente.

Giro la cabeza.

Y me quedo paralizada.

Porque Ronan está ahí.

En la entrada del salón.

Completamente inmóvil.

Mirándome.

Con una intensidad que hace que el aire se me quede atascado en los pulmones.

Sus ojos están oscuros. Tan oscuros que casi parecen negros. Tiene las pupilas tan dilatadas que apenas se ve el gris.

La mandíbula tensa. Los puños cerrados a los lados de su cuerpo. Como si estuviera luchando contra algo.

Y entonces bajo la vista.

Y lo veo.

El bulto en sus pantalones.

Creciendo.

Endureciéndose.

Completamente visible a través de la tela.

Oh.

Oh.

Me está mirando con deseo .

El corazón se me dispara. Las mejillas se me encienden. Y algo líquido y caliente se expande por mi vientre.

Debería sentirme cohibida.

Debería cubrirme. Disculparme. Salir corriendo.

Pero en cambio.

En cambio solo puedo mirarlo.

A este hombre que lleva tres semanas manteniéndome a distancia. Que me dijo que el beso fue un error.

Mirándome como si quisiera devorarme.

Y algo en mí se enciende.

Algo travieso. Atrevido. Completamente imprudente.

Porque si Ronan Hawke me desea…

Si su cuerpo reacciona así por verme hacer yoga…

Quiero saber hasta dónde puedo llevarlo.

Quiero ver si puede mantener ese control perfecto que usa para todo.

O si puedo hacerlo explotar.

Me incorporo. Despacio. Dejando que el movimiento sea fluido. Sensual.

Y veo cómo sus ojos me siguen. Cómo su mirada recorre mi cuerpo de arriba abajo.

Deteniéndose en mis pechos. En la curva de mi cintura. En mis caderas.

En mis piernas que las mallas abrazan como una segunda piel.

—Ronan. —Mi voz sale más ronca de lo que pretendía.

Él parpadea. Como si acabara de despertar de un trance.

—Yo —Carraspea—. Perdona. No quería interrumpirte.

—No me interrumpes.

—Debería irme.

Pero no se mueve.

Solo sigue ahí. Mirándome. Con esos ojos oscuros llenos de hambre.

Y yo tomo una decisión.

Probablemente la decisión más estúpida de mi vida.

Pero la tomo de todas formas.

—¿Puedes ayudarme con algo? —pregunto, intentando que mi voz suene inocente.

—¿Qué?

—Hay una postura. —Me giro hacia la esterilla—. Que no puedo hacer sola. Necesito que alguien me ayude a mantener el equilibrio.

Es mentira.

Una mentira enorme.

Puedo hacer esa postura perfectamente sola. La he hecho cientos de veces.

Pero él no lo sabe.

—¿Yo? —Su voz sale tensa—. ¿Quieres que te ayude yo?

—Si no te importa.

Silencio.

Puedo sentir su lucha. Puedo ver cómo su cerebro analítico intenta encontrar una razón para decir que no.

Pero entonces…

—De acuerdo.

Y se acerca.

Despacio.

Como si estuviera en trance.

Como si sus pies se movieran por voluntad propia mientras su cabeza grita que esto es una mala idea.

Se detiene justo detrás de mí. Tan cerca que puedo sentir el calor que irradia. Puedo oler su colonia mezclada con algo más masculino. Más oscuro.

—¿Qué tengo que hacer? —pregunta, y su voz sale ronca.

—Tengo que inclinarme hacia delante. —Me coloco en posición—. Como el perro boca abajo. Pero luego tengo que levantar una pierna. Y mantener el equilibrio es complicado.

—Vale.

—Necesito que pongas tus manos aquí. —Señalo mis caderas—. Para estabilizarme.

Lo escucho tragar saliva.

—¿En tus caderas?

—Sí.

—Skylar.

—A menos que no quieras. Si es incómodo…

—No. —La palabra sale rápida—. No es incómodo.

Me inclino hacia delante. Apoyo las manos en la esterilla. Levanto las caderas.

Y siento cuando sus manos aterrizan en ellas.

Grandes. Calientes. Apretándose contra la tela de las mallas como si no pudiera evitarlo.

Un escalofrío me recorre la columna.

—¿Así está bien? —Su voz sale tensa. Controlada.

—Perfecto. —Levanto la pierna derecha despacio—. Ahora solo tienes que sostenerme mientras encuentro el equilibrio.

Sus dedos se aprietan. Y puedo sentir cada uno. Marcándose en mi piel a través de la tela.

—Joder —murmura, tan bajo que casi no lo escucho.

—¿Qué pasa?

—Nada. Sigue.

Mantengo la postura. Sintiendo cómo sus manos me sostienen. Cómo su respiración se acelera detrás de mí.

Cómo el aire entre nosotros se vuelve denso.

Cargado.

Y entonces bajo la pierna. Despacio. Y me incorporo.

Girándome para mirarlo.

Y lo que veo en su cara me deja sin aliento.

Tiene la mandíbula apretada. La respiración entrecortada.

Y esa erección.

Dios.

Es enorme. Presionándose contra la tela de sus pantalones sin ninguna vergüenza.

Nos miramos durante varios segundos que se sienten como una eternidad.

Y entonces él habla.

—Skylar. —Su voz sale rota—. ¿Qué estás haciendo?

—Yoga.

—No. —Niega con la cabeza—. ¿Qué estás haciendo conmigo ?

Y ahí está.

La pregunta real.

La que lleva tres semanas flotando entre nosotros sin que ninguno se atreva a hacerla.

—No lo sé —admito—. ¿Qué estás haciendo tú conmigo?

—Joder.

—Porque me dijiste que el beso fue un error. Que no volvería a pasar. —Doy un paso hacia él—. Pero me miras como si quisieras…

—Como si quisiera qué.

—Como si quisieras devorarme.

Un gruñido escapa de su garganta. Bajo. Gutural.

—Porque quiero.

Las palabras me golpean como algo físico.

—¿Qué?

—Quiero devorarte. —Da un paso hacia mí—. Llevo tres semanas intentando no tocarte. Tres semanas diciéndome que fue un error. Que tengo que mantener la distancia.

Se acerca un poco más.

—Pero entonces te veo así. —Señala mi ropa. Mi cuerpo—. Y me miras de esta forma. Y no puedo.

—¿No puedes qué?

—No puedo controlarme.

Y ahí está.

La admisión que he estado esperando durante semanas.

—Entonces no lo hagas —susurro.

Él se queda completamente inmóvil.

—¿Qué?

—No te controles. —Mi corazón late tan fuerte que estoy segura de que puede escucharlo—. Tócame.

—Skylar, si te toco, si cruzo esa línea…

—Quiero que la cruces.

—No sabes lo que estás pidiendo.

—Sí lo sé.

Nos miramos. Y puedo ver su lucha. Puedo ver cómo el control que usa para todo está a punto de romperse.

—Dime que pare —murmura—. Dímelo ahora. Porque si no lo haces, si me das permiso, no voy a poder parar.

—No quiero que pares.

Y eso es todo lo que necesita.

Se mueve tan rápido que no tengo tiempo de reaccionar.

Sus manos encuentran mi cintura. Me atraen hacia él con una fuerza que hace que el aire se me escape de los pulmones.

—¿Puedo tocarte? —Su voz sale urgente—. ¿Puedo besarte? Dime que sí. Por favor.

—Sí. —La palabra sale como una exhalación—. Sí a todo.

Y entonces su boca está en la mía.

Y el mundo explota.

No es como el beso de hace tres semanas. Ese fue desesperación. Hambre contenida durante años.

Este es rendición.

Absoluta. Completa. Sin reservas.

Me besa como si finalmente hubiera dejado de luchar. Como si hubiera aceptado que esto es inevitable.

Sus labios se mueven contra los míos con una maestría que me deja sin aliento. La lengua rozando. Explorando. Reclamando.

Y sus manos están por todas partes.

Bajando por mi espalda. Agarrando mis caderas.

Y cuando sus dedos rozan mi cintura, cuando siento el calor de sus palmas contra mi piel.

Jadeo contra su boca.

Y él gruñe en respuesta.

—Joder, Skylar. —Me muerde el labio inferior—. Llevas tres semanas torturándome. Con esos vestidos. Con tu olor por toda mi casa.

—No era mi intención.

—Lo sé. —Me besa otra vez. Más profundo—. Y eso es lo que me está volviendo loco. Que no lo haces a propósito. Que eres así de perfecta sin intentarlo.

Sus manos suben. Rozando mis costillas. Acercándose peligrosamente a mis pechos.

—¿Puedo? —pregunta contra mi boca.

—Sí. Dios, sí.

Y entonces sus manos cubren mis pechos por encima del top deportivo.

Y es demasiado.

Y no es suficiente.

Arqueo la espalda. Presionándome contra sus palmas. Pidiendo más.

—Más —jadeo—. Por favor.