Un CEO Imposible (Los halcones de Wall Street 3) CAPÍTULO 21
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CAPÍTULO 21

RONAN

Han pasado dos semanas desde que Skylar se mudó a mi apartamento.

Y cada día ha sido una mezcla extraña de perfección absoluta y tortura exquisita.

Perfección porque me despierto cada mañana y escucho su voz desde la cocina. Hablándole a Emma mientras prepara el biberón. Cantando esas canciones que no reconozco pero que se me han quedado grabadas en el cerebro. Moviéndose por mi espacio como si siempre hubiera estado aquí.

Tortura porque la tengo tan cerca y no puedo tocarla.

Porque he aprendido cosas sobre ella que no debería saber. Como que se pone crema de manos cada noche antes de acostarse. Que deja las tazas de té a medio terminar por toda la casa. Que habla con las plantas cuando cree que no la escucho.

Que duerme con una camiseta vieja tres tallas más grande que vi colgada en el tendedero y que desde entonces no puedo dejar de imaginar cómo le quedará.

Y que cada noche, cuando me acuesto en mi cama sabiendo que ella está a solo unos metros, tengo que recordarme que le prometí que no volvería a pasar.

Que besarla fue un error.

Aunque haya sido lo más correcto que he hecho en años.

Ahora mismo estamos en el ascensor. Subiendo al piso de Jax. Es domingo por la tarde. Y tenemos la comida familiar obligatoria.

Llevo a Emma en los brazos.

Y Skylar está a mi lado. Con un vestido azul claro que hace que tenga que obligarme a mantener los ojos en las puertas del ascensor para evitar ponerme duro.

—¿Seguro que no les importa que vaya? —pregunta de repente.

—¿Por qué iba a importarles?

—No sé. Es una comida familiar. Y yo no soy de…

Se detiene.

Y yo no pregunto qué iba a decir.

Porque si lo hago, tendré que admitir que quiero que lo sea.

Las puertas se abren en la planta de mi hermano. Salimos al pasillo. Caminamos hasta la puerta de Jax.

Llamo al timbre.

Y la puerta se abre tan rápido que Elsie debe haber estado esperando al otro lado.

—¡Por fin! —Prácticamente me arranca a mi hija de las manos—. Dejadme ver a esta preciosidad.

Y desaparece dentro del apartamento con Emma.

Dejándonos a nosotros en el pasillo.

—Creo que le gusta tu hija —dice Skylar riendo.

—Creo que estás en lo cierto.

Entramos. Y el apartamento está en caos. Igual que siempre que nos juntamos todos. En esta familia que no hace más que crecer cada día.

Kai está en la cocina intentando robar comida mientras Elsie lo persigue con una cuchara de madera. Zane e Isla están en el sofá discutiendo sobre algo que probablemente tiene que ver con libros. Hazel está poniendo la mesa. Oliver sirviendo cervezas.

Y Emma pasando de brazo en brazo como si fuera la estrella del espectáculo.

—Ronan. —Jax se acerca con dos cervezas—. Ya era hora.

—Hemos llegado exactamente a la hora que dijiste.

—Lo veo.

Me mira con intensidad, como si estuviese intentando descubrir solo con la fuerza de su mirada cómo estoy. Debe de concluir que bien, porque se gira hacia Skylar

—¿Qué quieres beber? ¿Vino? ¿Cerveza? ¿Agua?

—Vino estaría genial. Gracias.

Y así empieza todo.

La comida es ruidosa.

Kai no para de hablar. Contando historias que hacen reír a todo el mundo. Una sobre un cliente que pensaba que blockchain era un tipo de queso. Otra sobre Hazel intentando aprender a surfear y acabando en urgencias.

—¡No fue para tanto! —protesta Hazel, pero se está riendo.

—Cariño, te rompiste el dedo meñique del pie.

—Fue un accidente.

—Fue porque intentaste hacer un truco después de estar en el agua exactamente diez minutos.

Todos se ríen. Incluso Jax suelta algo parecido a una carcajada.

Y Skylar…

Skylar se ríe también. Con esa risa que llena habitaciones. Que hace que todo el mundo se gire para mirarla.

Incluido yo.

Elsie habla sobre Jax siendo un jefe imposible.

—No soy imposible —protesta Jax.

—Cariño, ayer me pediste que reorganizara tu agenda tres veces. Tres. En dos horas.

—Había razones válidas.

—Las razones eran que no te gustaba cómo quedaban los colores en el calendario.

Kai casi se atraganta con la cerveza.

—¿Los colores?

—Los colores —confirma Elsie—. Al parecer el verde choca con el azul.

Todos estallan en carcajadas.

Y yo observo.

Veo cómo Isla le da una palmadita a Zane en el muslo cuando dice algo particularmente seco. Cómo Kai roba comida del plato de Hazel y ella lo deja aunque finja estar molesta. Cómo Jax mira a Elsie como si fuera lo único que importa.

Y cómo Skylar encaja en todo esto.

Riendo. Hablando. Contando sus propias historias.

Cuando Emma empieza a quejarse, es Skylar quien se levanta inmediatamente. La coge. La mece. Y todos siguen hablando como si fuera lo más natural del mundo.

Como si Skylar llevara años haciendo esto.

Como si fuera una más.

Y algo en mi pecho se expande tanto que duele.

Porque quiero que sea una más.

Quiero que esto —estos domingos, estas comidas, esta familia— sea suya también.

Quiero que sea permanente.

—Tierra llamando a Ronan.

La voz de Kai me saca de mis pensamientos.

—¿Qué?

—Te he preguntado tres veces si quieres más ensalada.

—No. Gracias.

Kai me mira. Luego mira a Skylar. Luego a mí otra vez.

Y sonríe.

Esa sonrisa que significa que sabe exactamente lo que está pasando.

—Claro. Claro. No quieres ensalada. Solo quieres comerte con los ojos a…

—Kai —advierto.

—¿Qué? Solo estoy diciendo que…

—Kai.

Se ríe. Pero se calla.

La comida continúa. Elsie saca el postre. Tarta de chocolate que hace que Jax gima obscenamente.

—Cásate conmigo otra vez —le dice a Elsie.

—Ya estamos casados, idiota.

—Pues volvamos a hacerlo. Esta tarta lo merece.

Skylar se ríe. Y cuando me mira, hay diversión en sus ojos.

Calidez. Felicidad.

Como si aquí fuera exactamente donde quiere estar.

Y yo querría congelar este momento.

Quedármelo para siempre.

—Ronan —Oliver me llama—. ¿Me puedes ayudar?

—Claro.

Oliver me guía hacia la terraza.

Cuando estamos solos se me lanza a la yugular:

—Tenemos que hablar.

—¿De qué? —finjo no saber qué es lo que quiere decirme.

—Ronan, mírate. —Se planta frente a mí—. Llevas toda la comida mirando a Skylar como si fuera agua en el desierto. Y luego apartas la vista como si te quemara. Una y otra vez.

—No sé de qué hablas.

—Sí lo sabes. —Da un paso hacia mí—. Y todos lo saben también. Jax. Zane. Kai. Hasta las chicas se han dado cuenta.

Mierda.

—Déjalo, Oliver.

—No. —Niega con la cabeza—. Porque si yo mirara a una mujer con la mitad del deseo y el anhelo con el que tú miras a Skylar, me lanzaría a conquistarla sin pensármelo dos veces.

Las palabras me golpean.

Porque hay verdad en ellas.

Mucha verdad.

—No es tan simple.

—¿Por qué no? —Se cruza de brazos, y hay algo en su postura. Algo adulto. Seguro—. Está aquí. En tu casa. Cuidando de tu hija. Integrándose en la familia como si llevara años haciéndolo. ¿Qué más señales necesitas?

Trago saliva.

El corazón se me dispara.

Pero ni puedo ni quiero hacerme ilusiones.

—Vete a la mierda, Oliver.

—Con mucho gusto. —Se gira hacia la puerta—. Pero Ronan —Se detiene. Me mira por encima del hombro—. Espabila, o te vas a quedar sin ella.

Sale.

Y me deja solo, con sus palabras resonando en mi cabeza como una alarma.

Mierda.

Vuelvo al salón. Y encuentro a Skylar en el sofá con Emma. Kai está sentado a su lado, haciéndole muecas a mi hija que hacen que Emma suelte esos grititos de felicidad.

—Es la bebé más lista del mundo —dice Kai—. Mírala. Ya sabe cuándo me estoy burlando de Ronan.

—No te estás burlando de mí —gruño.

—Claro que sí. Siempre me burlo de ti. Es mi trabajo como hermano.

Se echan a reír.

Los observo a todos. A mis hermanos y sus parejas. A Emma pasando de brazo en brazo. A Skylar riendo con algo que Isla acaba de decir.

Y algo en mi pecho se llena.

Porque esto…

Esto es lo que hemos construido.

Después de todo. Después de los padres que nos abandonaron. Después de años luchando. Después de no saber si llegaríamos al día siguiente.

Construimos esto.

Una familia.

Una familia real.

Y Skylar encaja en ella como si siempre hubiera sido la pieza que faltaba.

Volvemos al apartamento cuando el sol se está poniendo.

Emma está agotada.

—Ha sido un día largo para ella —dice Skylar mientras entramos—. Voy a bañarla rápido y luego a la cama.

—¿Necesitas ayuda?

—Sí. Tú prepara su biberón. Con los cereales. Ya sabes cómo le gusta.

Y desaparece por el pasillo con Emma en brazos.

Dejándome solo.

Voy a la cocina. Saco todo lo necesario.

Es el mismo ritual de cada noche.

Hervir el agua. Esperar que se enfríe ligeramente. Añadir la fórmula. Los cereales. Agitar hasta que se disuelva todo.

Lo hago en piloto automático. Mis manos se mueven solas. Conocen cada paso de memoria.

Termino en menos de cinco minutos.

Deseando estar con ellas.

Mis pies me llevan por el pasillo.

Hacia el baño.

Donde puedo escuchar el sonido del agua. La voz de Skylar cantando bajito.

La puerta está entreabierta.

Solo un poco.

Y antes de que mi cerebro racional pueda detenerme, miro dentro.

Y lo que veo me atraviesa hasta los huesos.

Skylar está junto a la bañerita. Con las mangas de su vestido remangadas hasta los codos. El pelo recogido en un moño despeinado del que se escapan mechones dorados que le caen sobre la cara.

Y Emma está dentro del agua. Chapoteando. Con esas manitas diminutas golpeando la superficie y salpicando por todas partes.

Riendo.

Esos grititos agudos de felicidad que he aprendido a reconocer en estas semanas.

—Eso es, preciosa. —Skylar le lava el pelo con una suavidad infinita—. Mira qué bien lo haces. Eres la bebé más lista del mundo.

Emma responde con más chapoteos. Más risas.

Y Skylar se ríe también.

Esa risa cálida que hace que todo en mi interior se derrita.

Le enjuaga el pelo con cuidado. Sosteniéndole la cabecita con una mano mientras con la otra vierte agua limpia sobre sus rizos oscuros.

—Ya casi está, mi amor. —Le habla como si Emma pudiera entenderla—. Solo un poquito más y luego a cenar y a dormir en tu cunita.

Mi amor.

Las palabras me golpean.

Porque Skylar no dice eso por decir.

Lo dice de verdad.

Puedo verlo en la forma en que la mira. Con una ternura tan profunda que hace que la garganta se me cierre.

Como si Emma fuera suya.

Y entonces hace algo que hace que todo en mi pecho explote.

Se inclina. Y besa la frente de Emma.

Suave. Dulce. Lleno de un amor tan puro que duele mirarlo.

—Te quiero muchísimo —le susurra contra el pelo mojado—. ¿Lo sabías? Eres la bebé más perfecta del mundo.

Y Emma la mira con esos ojitos grandes. Y sonríe.

Una sonrisa enorme. De esas que iluminan su cara entera.

Y Skylar se derrite completamente.

—Ay, no. No me mires así. —Pero está sonriendo también—. Me vas a hacer llorar. Y no puedo llorar ahora porque tengo que terminar de bañarte.

Sigue lavándola. Con esa eficiencia que viene de años de práctica. Pero también con esa ternura que es solo suya.

Y yo sigo ahí. En el pasillo. Mirándolas como un idiota.

Incapaz de moverme.

Incapaz de apartar la vista.

Porque esta imagen.

Esta imagen de Skylar bañando a mi hija mientras le canta y le dice que la quiere es la cosa más hermosa que he visto en mi vida.

Y quiero que sea mía.

Las dos.

Quiero que esto sea real. Permanente. Para siempre.

Quiero despertarme cada día y encontrar a Skylar en mi cocina. Quiero verla bañar a Emma cada noche. Quiero escuchar su risa llenando mi apartamento.

Quiero que se quede.

No por seis semanas.

Para siempre.

Pero ¿cómo?

¿Qué tendría que hacer para merecerla?

¿Qué tendría que cambiar para ser el hombre que necesita?

Porque ahora mismo soy solo un hombre roto intentando fingir que sabe lo que hace. Que tiene algo que ofrecer más allá de dinero y control.

Y ella merece más que eso.

Merece a alguien entero. Alguien que pueda darle todo lo que necesita sin miedo. Sin murallas. Sin oscuridad.

Pero cuando las miro así.

Cuando veo cómo Emma la mira con esos ojitos llenos de amor. Cómo Skylar le sonríe como si no existiera nada más importante en el mundo.

Sé que no puedo dejarla ir.

No voy a dejarla ir.

Aunque no tenga ni idea de cómo hacer que se quede.

Aunque me aterrorice intentarlo.