CAPÍTULO 19
SKYLAR
Ronan lleva paseando de un lado a otro del salón durante los últimos veinte minutos.
Tres pasos hacia la ventana. Giro. Tres pasos hacia la puerta. Giro.
Como un animal enjaulado.
—Ronan. —Levanto la vista desde donde estoy sentada en el sofá con Emma dormida en mis brazos—. Vas a desgastar el suelo.
—¿A qué hora ha dicho que venía?
—A las cuatro.
Mira su reloj. Por décima vez en cinco minutos.
—Son las tres y cincuenta.
—Lo sé.
—¿Y si llega tarde?
—Entonces esperaremos.
Me mira y puedo ver el pánico en sus ojos.
—Ronan. —Dejo a Emma con cuidado en su hamaquita—. Respira. Todo va a salir bien.
—No lo sabes.
—Sí lo sé. —Me levanto y camino hacia él—. Tu casa es perfecta. Emma está perfecta. Tú estás… bueno, nervioso, pero eso es normal.
—¿Y si decide que no soy apto? ¿Y si se la lleva?
Y ahí está.
El miedo real.
El terror que ha estado creciendo en sus ojos desde que Lisa llamó esta mañana para confirmar la visita.
—No se la va a llevar.
—No lo sabes.
—Ronan. —Me coloco frente a él. Obligándolo a detenerse. A mirarme—. Mírame.
Él obedece. Y puedo ver el pánico en sus ojos grises.
—Lo estás haciendo bien —digo suavemente—. Mejor que bien. Emma está limpia, alimentada, feliz. Tu casa está preparada. Has comprado todo lo que necesita y más. Lisa va a ver eso.
—¿Y si no es suficiente?
—Es suficiente. Tú eres suficiente.
Nos miramos durante varios segundos.
Y entonces hago algo que no planeo. Algo que me sale por instinto.
Doy un paso adelante y lo abrazo.
Mis brazos rodean su cintura. Mi mejilla se presiona contra su pecho. Y lo sostengo.
Simplemente lo sostengo.
Durante un segundo, se queda completamente inmóvil. Como si no supiera qué hacer con esto.
Pero entonces sus brazos se mueven. Lentamente. Rodeándome también. Atrayéndome más cerca.
Y algo en él se rompe.
Puedo sentirlo en la forma en que sus músculos se relajan. En cómo su respiración se vuelve más profunda. En el suspiro que escapa de sus labios contra mi pelo.
—Gracias —murmura, tan bajo que casi no lo escucho.
—No tienes que darlas.
—Sí tengo. Estás haciendo tanto por nosotros. Gracias por todo esto. Por estar aquí. Por no dejarme solo.
Y Dios.
La vulnerabilidad en su voz me rompe.
Levanto la cabeza para mirarlo. Y él ya me está mirando.
Estamos tan cerca que puedo contar cada una de sus pestañas. Ver las motas plateadas en sus ojos. Sentir su respiración mezclarse con la mía.
Sus brazos siguen alrededor de mí. Sosteniéndome. Como si no quisiera soltarme.
Y yo no quiero que me suelte.
Su mirada baja a mis labios. Solo un segundo. Pero es suficiente para que el corazón se me dispare.
Para que el aire entre nosotros se vuelva denso.
Cargado.
Se inclina. Solo un poco. Tan poco que podría estar imaginándomelo.
Pero no me lo estoy imaginando.
Porque puedo ver la intención en sus ojos.
El deseo.
La necesidad.
Sí.
Por favor.
Bésame.
El timbre del intercomunicador suena.
Estridente. Rompiendo el momento como cristal.
Nos separamos de golpe. Los dos dando un paso atrás al mismo tiempo.
Ronan se pasa una mano por el pelo. Yo me aliso la camiseta que no necesita alisarse.
Y ambos intentamos actuar como si no acabara de pasar nada.
Como si no hubiéramos estado a punto de besarnos.
Otra vez.
El intercomunicador vuelve a sonar.
—Seguro que es por Lisa —dice Ronan, y su voz sale más ronca de lo normal.
—Sí.
—Debería abrir.
—Sí.
Camina hacia el intercomunicador. Presiona el botón.
—¿Sí?
—Señor Hawke, tiene una visita. De servicios sociales.
—Gracias, Marcus, dile que suba.
Suelta el botón. Se gira hacia mí.
—¿Cómo estoy?
Lo miro. Lleva vaqueros oscuros. Camisa gris que se le ajusta al torso de una forma que debería ser ilegal. El pelo ligeramente despeinado porque se ha pasado las manos por él mil veces.
Está perfecto.
Completamente perfecto.
—Estás bien —digo—. Respira. Y deja que yo hable si te pones nervioso.
Él asiente.
Esperamos en el salón. Emma está despierta en su hamaquita. La habitación está impecable porque Ronan ha pasado las últimas dos horas limpiando cosas que ya estaban limpias.
El timbre suena.
Ronan camina hacia la puerta con pasos que son demasiado rígidos. Abre.
Y ahí está Lisa. Con su carpeta y una expresión profesional.
—Señor Hawke. —Le tiende la mano—. Gracias por recibirme con tan poca antelación.
—Por supuesto. —Le estrecha la mano—. Pase.
Lisa entra. Mira alrededor con esa evaluación automática que todos hacemos. Calculando. Observando.
—Skylar. —Me sonríe cuando me ve—. Me alegro de verte.
—Igualmente.
Su mirada va a Emma. Y algo en su expresión se suaviza.
—¿Puedo?
—Claro —digo, levantando a Emma de la hamaquita.
Lisa la coge con esa experiencia que viene de años trabajando con niños. La sostiene. La observa. Le habla con esa voz suave que usamos todos.
—Hola, bonita. ¿Cómo estás?
Emma la mira con sus ojitos grandes. Y entonces hace algo que no esperábamos.
Sonríe.
Es pequeño. Apenas una curva de sus labios. Pero está ahí.
—Ah. —Lisa se ríe suavemente—. Ya veo que estás feliz.
Nos hace preguntas. A los dos. Sobre la rutina de Emma. Sobre cómo la alimentamos. Cuánto duerme. Cómo reacciona Ronan cuando llora.
Y Ronan responde. Con esa precisión que usa para todo. Cada detalle. Cada horario. Cada dato.
Como si estuviera presentando un informe financiero en lugar de hablar de su hija.
Pero funciona.
Porque puedo ver cómo Lisa lo observa. Cómo algo en su expresión se relaja.
—¿Puedo ver la habitación de Emma? —pregunta finalmente.
—Por supuesto.
Ronan la guía por el pasillo. Yo los sigo con Emma en brazos.
Entramos en la habitación que montamos hace unos días. Con la cuna de cuatro mil dólares. El cambiador a juego. Los estantes llenos de cosas que Emma no va a usar hasta dentro de meses.
Y Ronan de pie en el centro. Con los hombros tensos. Esperando el veredicto.
Lisa mira alrededor. Toca las sábanas de la cuna. Revisa el cambiador. Abre el armario donde está toda la ropa organizada por tallas.
—Es perfecto. —Nos mira—. Todo está perfecto.
Algo en el cuerpo de Ronan se relaja visiblemente.
—¿En serio?
—En serio. —Lisa sonríe—. Emma está claramente bien cuidada. Está limpia, feliz, sana. Y usted, señor Hawke, ha hecho un trabajo extraordinario preparándose.
—He tenido ayuda. —Me mira—. Mucha ayuda.
—Lo sé. —Lisa me mira también—. Y eso habla muy bien de usted. Saber cuándo pedir ayuda. Especialmente a alguien tan cualificado.
Volvemos al salón. Lisa escribe algunas cosas en su carpeta. Hace más preguntas.
Y Ronan responde a todo a la perfección.
Y puedo ver cómo algo en la expresión de Lisa cambia. Cómo la evaluación profesional se convierte en algo más cálido.
—En este caso —Cierra su carpeta—. No tengo ninguna objeción a que Emma siga bajo su custodia temporal hasta que lleguen los resultados de la prueba de paternidad. Volveré en unas semanas para otra visita de seguimiento. Pero por ahora, todo está perfecto.
El alivio que cruza el rostro de Ronan es palpable.
—Gracias. No sabe cuánto se lo agradezco.
—No tiene que darlas. —Lisa se levanta—. Solo siga haciendo lo que está haciendo. Y llámeme si necesita cualquier cosa.
La acompañamos a la puerta. Lisa se despide. Se va.
Y en el momento en que la puerta se cierra, Ronan se apoya contra ella.
Cierra los ojos. Respira hondo.
—Ha salido bien —digo suavemente.
—Sí.
—Te lo dije.
—Lo sé.
Abre los ojos. Me mira.
Y hay tanta gratitud en su expresión que hace que se me cierre la garganta.
—Gracias —dice otra vez—. Por estar aquí. Por ayudarme con esto. No sé si lo habría conseguido sin ti.
—Lo habrías conseguido.
—No. No lo habría hecho.
Nos miramos durante varios segundos.
Y entonces Emma decide que es el momento perfecto para empezar a llorar.
Son las once de la noche cuando finalmente conseguimos que Emma se duerma.
Ha sido un día largo. Agotador. Entre la visita de Lisa, el baño, las múltiples tomas…
Estoy exhausta.
Ronan también debe estarlo. Puedo verlo en las líneas de tensión alrededor de sus ojos. En la forma en que se deja caer en el sofá como si sus piernas hubieran dejado de funcionar.
—¿Té? —pregunto, aunque probablemente no deberíamos beber cafeína a esta hora.
—Por favor.
Voy a la cocina. Preparo dos tazas. Vuelvo al salón.
Ronan sigue en el sofá. Con la cabeza echada hacia atrás. Los ojos cerrados.
—¿Sigues vivo? —pregunto, dejando su taza en la mesa.
—Apenas.
Me río. Me siento en el otro extremo del sofá. Cojo mi taza. El calor se filtra a través de la cerámica hasta mis manos.
—Ha sido un buen día —digo—. A pesar del caos del baño.
—El caos del baño ha sido —Abre los ojos. Me mira—. Divertido. A su manera.
—¿Divertido?
—En retrospectiva.
—Y Emma está limpia.
—Eso es verdad.
Bebemos en silencio. El apartamento está en calma. Solo se escucha el sonido del tráfico lejano de Manhattan. La respiración suave de Emma desde el monitor.
—¿Cómo lo hacen? —pregunta Ronan de repente.
—¿Quiénes?
—Los padres. Los que tienen hijos. ¿Cómo sobreviven a esto?
—Un día a la vez. —Sonrío—. Y con mucho café.
Aparto la vista. Bebo más té.
Seguimos hablando. De cosas sin importancia. De Emma. Del trabajo. De nada y todo.
Y en algún momento, sin darme cuenta, me voy quedando dormida.
Lo último que recuerdo es la voz de Ronan. Suave. Hablándome de algo que no alcanzo a procesar.
Y el calor del sofá. La comodidad.
La sensación de estar segura.
RONAN
Skylar se ha quedado dormida.
Está acurrucada en el otro extremo del sofá. Con la cabeza apoyada en el reposabrazos. Las piernas dobladas. Las manos bajo la mejilla.
Completamente inconsciente.
Y yo no puedo dejar de mirarla.
El pelo rubio cae sobre su cara. Tiene los labios entreabiertos. La respiración suave y regular.
Se ve tan en paz.
Tan hermosa que duele.
Debería despertarla. Decirle que se vaya a la cama. Que estará más cómoda.
Pero no puedo.
Porque entonces tendría que dejar de mirarla.
Y no estoy listo para eso.
Ha sido un día largo. Agotador. Pero también ha sido el mejor día que recuerdo haber tenido en años.
Por ella.
Por la forma en que me abrazó esta tarde cuando estaba al borde del pánico. Por cómo me sostuvo como si supiera exactamente lo que necesitaba.
Por cómo me hace sentir como si pudiera hacer esto.
Ser padre.
Ser mejor.
Ser suficiente.
La miro durante varios minutos más. Memorizando cada detalle.
La curva de su mejilla. Las pecas dispersas por su nariz. La forma en que sus pestañas proyectan sombras sobre su piel.
Es perfecta.
Completamente perfecta.
¿Cómo voy a darle lo que merece cuando no tengo nada que dar?
Pero cuando la miro así. Dormida en mi sofá. En mi casa. Después de un día cuidando de mi hija como si fuera suya…
Quiero intentarlo.
Quiero ser el hombre que merece.
Aunque probablemente fracase.
Me levanto. Con cuidado de no hacer ruido.
Me acerco a ella. Me inclino. Y con toda la delicadeza de la que soy capaz, deslizo un brazo bajo sus rodillas. El otro bajo su espalda.
La levanto.
Es más ligera de lo que esperaba.
Se remueve ligeramente. Murmura algo que no alcanzo a entender.
Pero no se despierta.
Solo se acurruca contra mi pecho. Como si supiera que está segura.
Y el corazón casi me explota.
Camino por el pasillo. Despacio. Con pasos silenciosos.
Llego a su habitación. Abro la puerta con el codo.
Y la llevo hasta la cama.
La acuesto con cuidado. Ajusto la almohada bajo su cabeza. Subo la manta hasta sus hombros.
Y me quedo ahí. De pie junto a la cama. Mirándola.
Queriendo tocarla. Apartar ese mechón de pelo que le cae sobre la cara. Inclinarme y besar su frente.
Pero no lo hago.
Porque si la toco, si cruzo esa línea otra vez, no sé si podré detenerme.
—Buenas noches, Skylar —susurro.
Y salgo de la habitación antes de hacer algo estúpido.
Como quedarme.
Como acostarme a su lado y abrazarla toda la noche.
Como admitir en voz alta lo que ya sé en mi interior.
Que estoy completamente enamorado de ella.
Y que no tengo ni idea de qué hacer con eso.