Un CEO Imposible (Los halcones de Wall Street 3) CAPÍTULO 17
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CAPÍTULO 17

SKYLAR

El trayecto hasta Queens es silencioso.

Ronan conduce con esa concentración que usa para todo. Emma va en su silla en el asiento trasero, entretenida mirando el juguete que cuelga del asa del portabebés.

Yo voy sentada a su lado intentando no pensar en lo que pasó anoche.

En el beso.

En cómo sus manos se enterraron en mi pelo mientras me besaba contra la pared como si fuera lo único que importaba en el mundo.

En cómo luego me dijo que fue un error.

Que no volverá a pasar.

Aprieto los labios y miro por la ventanilla.

Es mejor así.

Es mejor que sea un error y que no vuelva a pasar.

Aunque mi cuerpo opine completamente diferente.

—Es aquí —digo cuando llegamos a mi calle—. El edificio de ladrillo rojo.

Ronan aparca con esa precisión milimétrica que usa para todo. Apaga el motor y se queda ahí sentado un momento, mirando el edificio.

—¿Es seguro? —pregunta finalmente.

—¿Perdona?

—El barrio. ¿Es seguro?

Parpadeo.

—Ronan, es Queens. No es el Bronx de los ochenta. Estoy perfectamente bien aquí.

—Ya. —No parece convencido—. Pero está muy lejos de todo.

—De tu todo, querrás decir.

Me mira.

—¿Cuánto tardas en llegar al trabajo?

—Cuarenta minutos en metro. A veces cincuenta si hay retrasos.

Algo en su mandíbula se tensa.

—Eso es mucho tiempo.

—Es lo normal cuando no eres multimillonario y vives en Manhattan.

—No me gusta.

—Pues menos mal que no es tu problema. —Abro la puerta del coche—. Vamos. Cuanto antes terminemos, antes podremos volver.

Salgo antes de que pueda responder. Antes de que pueda ver cómo sus palabras me han afectado más de lo que quiero admitir.

Ronan sale también y rodea el coche hasta la parte trasera. Abre el maletero y saca la mochila portabebés que compramos ayer.

La mira durante una eternidad.

—Vale. Esto no puede ser tan difícil —se dice a sí mismo.

Oh, esto va a ser bueno.

Se coloca la mochila por los hombros. O intenta hacerlo. Porque inmediatamente las correas se enredan con los tirantes y el cuello y él se queda ahí, luchando con la tela como si fuera un adversario vivo.

—Joder —murmura, intentando meter el brazo por un sitio que definitivamente no es por donde debería ir.

No puedo evitarlo. Me río.

—¿Necesitas ayuda?

—No. —Las correas se enredan más—. Puedo hacerlo.

—Claro que puedes.

—Estoy perfectamente capacitado para atarme una mochila.

Una correa le golpea en la cara.

—Mierda.

—Ronan.

—Ya casi lo tengo.

—Vas a estrangularte con las correas.

—No voy a… —Tira de una hebilla que hace que toda la mochila se retuerza en una configuración que desafía las leyes de la física—. Vale. Quizás necesito ayuda.

—¿Quizás?

Me lanza una mirada que intenta ser intimidante pero que falla completamente porque tiene una correa colgando de la oreja.

—Por favor.

Suspiro. Pero me acerco.

—Quítate eso antes de que te asfixies.

Él se quita la mochila —o más bien, la mochila lo suelta después de una breve lucha— y me la pasa.

—No entiendo cómo algo tan pequeño puede ser tan complicado.

—Porque tiene correas. Y hebillas. Y ajustes. —Desenredo la maraña que ha creado—. Y tú tienes la capacidad de complicar hasta respirar cuando se trata de Emma.

—No es verdad.

—Ayer tardaste diez minutos en decidir qué pañal usar.

—Había tres opciones diferentes.

—Eran todos iguales, Ronan.

—Eran de diferente marca. Eso no es igual.

Y Dios.

La forma en que se pone serio cuando habla de esto. Como si elegir un pañal fuera una decisión empresarial de millones de dólares.

Es tan él.

—Date la vuelta —digo, intentando no sonreír demasiado.

Él obedece. Me da la espalda.

Y ahí es cuando me doy cuenta de mi error.

Porque para ponerle la mochila correctamente tengo que acercarme. Mucho.

Tengo que rodear su cuerpo con los brazos para pasar las correas por delante. Tengo que presionar mi pecho contra su espalda para alcanzar las hebillas del otro lado.

Y él es tan grande.

Tan sólido.

Tan completamente masculino que hace que mi cerebro se reinicie por completo.

—Levanta los brazos —consigo decir, aunque la voz me sale más temblorosa de lo que me gustaría.

Él obedece sin decir nada.

Paso las correas por sus hombros. Ajusto las hebillas en su pecho. Y tengo que inclinarme más. Tanto que puedo oler su champú. Algo fresco y limpio que hace que quiera enterrar la nariz en su cuello y respirar profundo.

Mal pensamiento.

Muy mal pensamiento.

Mis dedos rozan su pecho a través de la camisa mientras ajusto las correas. Solo un segundo. Pero es suficiente para que una corriente eléctrica me atraviese el brazo.

Para que el recuerdo del beso de anoche vuelva con una fuerza que me deja sin aire.

Termino de ajustarlo todo y retrocedo. Rápido.

—Ya está. —Mi voz sale demasiado aguda—. Date la vuelta.

Él se gira lentamente.

Y de repente estamos cara a cara.

A centímetros de distancia.

El aire entre nosotros se vuelve denso. Cargado de todo lo que no estamos diciendo.

De todo lo que pasó anoche.

Puedo ver las motas plateadas en sus ojos grises. La forma en que su mandíbula se tensa. Cómo sus labios se entreabren ligeramente cuando baja la vista hacia mi boca.

Y yo…

Yo me quedo paralizada.

Bésame.

Por favor, solo inclínate y bésame.

Olvida lo que dijiste anoche y bésame como me besaste ayer.

Pero entonces lo veo luchar contra ello. Veo cómo algo en su expresión se cierra. Cómo la máscara vuelve a su sitio.

Y sé que no va a hacerlo.

Que se va a controlar.

Como siempre.

Retrocedo tan rápido que casi tropiezo con mis propios pies.

—Emma. —La palabra sale como una exhalación—. Tengo meter a Emma en la mochila.

Él asiente. Una vez. Rígido.

—Sí. Emma.

Me obligo a girarme hacia el coche. Saco a Emma de su silla con manos que me tiemblan más de lo que deberían.

—Hola, preciosa —murmuro contra su cabecita—. Vamos a ponerte en tu transporte nuevo.

Me acerco a Ronan. Y tengo que hacerlo otra vez.

Estar cerca.

Demasiado cerca.

Deslizo las piernitas de Emma por las aberturas de la mochila. Ajusto su cuerpo contra el pecho de Ronan. Y tengo que poner las manos en su torso para asegurarme de que está bien colocada.

Puedo sentir sus músculos bajo mis palmas. Duros. Cálidos.

Su corazón latiendo tan rápido como el mío.

—Ya está —susurro, pero no me muevo.

No puedo moverme.

Porque cuando levanto la vista, él ya me está mirando.

Con una intensidad que hace que se me olvide cómo respirar.

—Skylar.

Su voz sale ronca. Cargada de algo que no puedo nombrar pero que siento vibrar en el aire entre nosotros.

—¿Sí?

—Yo…

Pero entonces Emma hace un ruidito. Un quejido pequeño que rompe el momento como cristal.

Retrocedo. Otra vez.

Creando distancia.

Espacio.

Aire.

Dios. Menos mal que la niña se ha quejado. ¿Qué estoy haciendo?

Tengo que mantenerme lejos de Ronan a toda costa.

—Vamos. —Cierro el maletero con más fuerza de la necesaria—. Tengo que recoger todo antes de que a Emma le entre el hambre.

Camino hacia la entrada del edificio sin mirar atrás.

Sin darle la oportunidad de decir nada.

Sin darme la oportunidad de hacer algo estúpido.

Como pedirle que termine lo que casi empieza.

Mi apartamento huele a cerrado cuando entramos.

Dos días. Solo han pasado dos días desde que salí de aquí vestida para mi cita con Chad.

Dos días que se sienten como dos años.

Abro la puerta y el aire me golpea. Ventanas cerradas. Plantas sedientas. El café de hace dos mañanas todavía en la cafetera.

Mi vida congelada en el tiempo.

—Pasa —digo, haciéndome a un lado.

Ronan entra y se queda de pie en medio de mi salón diminuto. Con Emma contra su pecho. Mirando alrededor con esa atención que usa para analizar todo.

Y de repente me siento completamente expuesta.

Porque este es mi espacio. Mi vida. Todo lo que soy resumido en cuarenta metros cuadrados de apartamento de alquiler en Queens.

El sofá de Ikea que compré de segunda mano. La manta de ganchillo que me tejió mi abuela. Las fotos en las paredes. Los libros apilados en cada superficie disponible porque no tengo estanterías suficientes.

Mis plantas en la ventana.

Todo es tan pequeño.

Tan modesto.

Comparado con su mundo de apartamentos de lujo y edificios con su apellido.

—Es… —empieza, y me preparo para el golpe.

Para que diga que es pequeño. Que es viejo. Que no entiende cómo puedo vivir aquí.

—Perfecto.

Parpadeo.

—¿Qué?

—Es perfecto. —Se acerca a la ventana donde están mis plantas—. Se parece a ti.

—No sé si eso es un cumplido.

—Lo es. —Toca la hoja de una de mis plantas con una delicadeza que no esperaba—. Es cálido. Acogedor. Lleno de vida.

Y Dios.

La forma en que lo dice.

Como si de verdad lo pensara.

Como si mi apartamento diminuto con sus grietas en el techo y sus radiadores que hacen ruido fuera algo especial.

—Las plantas necesitan agua —digo, porque tengo que romper este momento antes de que se me ablande el corazón más de lo que ya está—. Voy a regarlas rápido antes de hacer la maleta.

Me muevo hacia la cocina. Lleno una jarra. Empiezo a regar mi Ficus.

Y cuando me giro, casi se me cae la jarra.

Porque Ronan se ha acercado. Está justo detrás de mí. Con Emma dormida contra su pecho en la mochila portabebés.

Y es la imagen más devastadora que he visto en mi vida.

Este hombre enorme. Todo músculo y poder y control. Vestido con ropa cara y reloj de lujo.

Con un bebé acurrucado contra él.

En mi salón diminuto.

Tocando mis plantas con esos dedos que anoche estaban enterrados en mi pelo.

—¿Tienen nombres? —pregunta, acariciando otra hoja.

—¿Cómo…? —Trago saliva—. ¿Por qué piensas que tienen nombres?

—Porque eres tú. —Me mira por encima del hombro—. Apuesto a que también les hablas.

—Puede.

—¿Y qué les dices?

—Cosas. —Sigo regando, intentando concentrarme en algo que no sea él—. Las animo. Les digo que están haciendo un buen trabajo con la fotosíntesis.

—¿La fotosíntesis?

—Es importante. —Paso a la siguiente planta—. Y aprecian que alguien lo reconozca.

—Estoy seguro. —Hay diversión en su voz.

Nos miramos.

Y algo pasa entre nosotros. Algo que no tiene palabras pero que siento vibrar en el aire.

Y me pongo nerviosa.

—Debería hacer la maleta —digo.

—Sí. —Él asiente—. Pero Skylar, no hagas solo una maleta.

—¿Qué?

—Haz una lista. De todo lo que quieres llevar. Todo. Libros. Fotos. Las plantas. Lo que sea que necesites para estar cómoda.

—Ronan, son solo seis semanas.

—Me da igual. —Saca su móvil—. Voy a llamar a una empresa de mudanzas. Traerán una furgoneta. Y llevaremos todo lo que necesites.

—¿Una empresa de mudanzas? ¿Para seis semanas?

—Sí.

—Eso es una locura.

—Quizás. —Ya está marcando—. Pero voy a hacerlo de todas formas.

Y ahí está.

El CEO.

El controlador.

El hombre acostumbrado a conseguir lo que quiere.

Debería discutir. Debería decirle que esto es demasiado.

Pero en cambio lo miro.

De pie en mi salón. Con Emma contra su pecho. Llamando a una empresa de mudanzas porque quiere que esté cómoda.

Porque le importo.

Aunque no sepa cómo decirlo.

Aunque lo demuestre con acciones en lugar de palabras.

—David. —Habla por teléfono—. Ronan Hawke. Necesito un equipo. Dos personas con furgoneta. En Queens. Ahora. Te mando la dirección por correo.

Me mira. Esperando.

Y suspiro.

Porque no puedo luchar contra esto.

Contra él.

Asiento.

Y cuando cuelga y me mira con una satisfacción apenas contenida, no puedo evitar sonreír.

—Eres imposible.

—Lo sé. —Se acerca—. Pero vas a dejar que lo haga de todas formas.

—Sí. —Suspiro—. Voy a dejarte.

Porque cuando Ronan Hawke decide cuidar de alguien, no hay forma de detenerlo.

Y yo le dejo, porque hace demasiado tiempo que nadie cuida de mí.

Mi corazón es oficialmente idiota.

Pero durante seis semanas…

Durante seis semanas voy a permitirme esto.

Voy a permitir que me cuide.

Aunque sepa que voy a terminar con el corazón roto.

Otra vez.