Un CEO Imposible (Los halcones de Wall Street 3) CAPÍTULO 16
53%

CAPÍTULO 16

SKYLAR

La puerta se cierra detrás de nosotros con un clic suave que resuena en el silencio de la habitación de Ronan.

Y de repente estamos solos. Y yo estoy muy nerviosa porque no sé qué quiere decirme.

Trago saliva e intento no mirar a la cama. Intento no recordar que esta mañana me he despertado con él en esa misma cama.

Me giro hacia él. Se ha movido y está de pie junto a la ventana, mirando hacia Manhattan como si la ciudad fuese lo más interesante del mundo.

—Vale. —Mi voz rompe el silencio—. ¿De qué quieres hablar?

Él se gira. Me mira con esos ojos grises que me gustan demasiado.

—Quiero que te mudes aquí.

Parpadeo.

Era lo último que pensaba escuchar.

—¿Perdona?

—Durante estas seis semanas. Quiero que te mudes aquí. Conmigo. Con Emma.

—¿Estás loco?

—¿Por qué no quieres quedarte? —Da un paso hacia mí—. Vas a estar aquí todos los días de todas formas. Enseñándome. Es más práctico si te quedas a dormir.

La palabra práctico hace que algo en mi pecho se contraiga.

Por supuesto que es práctico.

Ronan Hawke no hace nada que no sea práctico.

No lo dice porque le guste tenerme cerca.

—Puedo venir cada día —digo, intentando mantener la voz firme—. No necesito mudarme.

—Sí lo necesitas.

—No, no lo necesito.

—Skylar.

—Ronan. —Levanto una mano—. Sé que estás acostumbrado a controlar cada variable de tu vida. Pero esto no es una ecuación que puedas resolver organizando las piezas como te convenga.

Algo en su mandíbula se tensa.

—No estoy intentando controlar nada.

—¿Ah, no? —Me cruzo de brazos—. Porque suena exactamente a eso. «Múdate aquí, Skylar. Es práctico, Skylar.» Como si fuera una de tus empleadas.

—No eres una empleada.

—Entonces ¿qué soy?

La pregunta cuelga entre nosotros como algo pesado.

Y veo cómo lucha por encontrar una respuesta. Cómo su cerebro analítico intenta categorizar lo que soy. Dónde encajo en su vida perfectamente ordenada.

—Eres… —Se pasa una mano por el pelo—. Eres necesaria.

—¿Necesaria? —La palabra me sale más cortante de lo que pretendía—. Qué bonito.

Él da otro paso hacia mí. Está más cerca ahora. Lo suficientemente cerca para que pueda oler su colonia. Esa mezcla de madera y algo limpio que siempre lo acompaña.

—Skylar, necesito que estés aquí. Emma te necesita…

—Emma necesita que te enseñe a ser su padre. Y puedo hacerlo perfectamente viniendo cada día.

—No es suficiente.

—¿Por qué no?

—Porque… —Su voz se vuelve más baja. Más urgente—. Porque no sé qué estoy haciendo. Me aterra la idea de que algo salga mal. Cuando estás conmigo estoy tranquilo.

Y Dios.

Eso me desarma completamente.

Porque Ronan Hawke nunca admite que tiene miedo. Nunca admite que no sabe algo. Nunca pide ayuda.

Y ahora está haciendo las tres cosas.

Otra vez.

—Ronan…

—Te pagaré. —Las palabras salen atropelladas—. Lo que sea que ganes en servicios sociales, te lo pagaré. El doble. El triple. Lo que sea necesario.

Y ahí está.

El momento en que vuelve a ser el CEO multimillonario que cree que puede comprar lo que quiere.

Algo en mi pecho se cierra como un puño.

—¿Me estás ofreciendo dinero?

—Estás dejando tu trabajo seis semanas y yo quiero que vivas aquí. Es justo que te pague.

—No quiero tu dinero.

—Skylar.

—No. —Mi voz sube—. No puedes hacer esto. No puedes ofrecerme dinero como si fuera una de tus empleadas. Quiero que te quede muy claro que estoy aquí porque me da la gana. No porque gane nada.

—No estoy diciendo que lo seas.

—¿Entonces qué estás diciendo? —Doy un paso hacia él. Y otro. Hasta que estamos a centímetros de distancia—. Dímelo, Ronan. Dime exactamente qué crees que soy.

Me mira. Y hay algo en sus ojos. Algo que no puedo identificar pero que hace que el corazón se me acelere.

—No lo sé —admite finalmente, y su voz sale ronca—.

No sé cómo llamar a lo que eres. No sé cómo…

—Se detiene. Respira hondo—. No soy bueno con esto.

Con las emociones. Con interpretar lo que la gente quiere de mí.

Así que dímelo. Dime qué quieres que haga.

Qué necesitas que diga para que te quedes aquí con nosotros.

Y hay tanta honestidad brutal en esas palabras que algo dentro de mí se rompe.

Porque Ronan Hawke —el hombre que construyó un imperio, que controla millones, que nunca duda— está admitiendo que no tiene ni idea de cómo manejarme.

Que no tiene ni idea de cómo manejar esto.

Sea lo que sea esto .

Me río. No puedo evitarlo. Una risa que sale entrecortada y ligeramente histérica.

—¿Te estás riendo de mí? —pregunta, y hay algo en su tono. ¿Ofensa? ¿Confusión?

—Sí. —Me paso una mano por la cara—. Me estoy riendo de ti. Porque eres un idiota, Ronan Hawke. Un idiota controlador con un bloque de hielo donde debería haber un corazón.

Algo en su expresión cambia.

Se oscurece.

Se tensa.

Y entonces se mueve.

Tan rápido que no tengo tiempo de reaccionar.

Sus manos encuentran mi cintura. Me atraen hacia él con una fuerza que hace que el aire se me escape de los pulmones. Y antes de que pueda procesar lo que está pasando, su boca está sobre la mía.

Y el mundo explota.

No es un beso suave. No es tentativo ni cuidadoso.

Es hambre pura.

Desesperación absoluta.

Como si acabase de ceder a sus impulsos.

Sus labios son firmes. Exigentes. Se mueven contra los míos con una intensidad que hace que las rodillas se me aflojen. Una de sus manos sube por mi espalda, enterrándose en mi pelo. La otra se aprieta contra mi cintura, manteniéndome pegada a él.

Y yo…

Yo me rindo.

Completamente.

Abro la boca bajo la suya y él profundiza el beso inmediatamente. Su lengua roza la mía con una maestría que no esperaba. Como si supiera exactamente cómo besarme. Exactamente qué necesito.

Un gemido se me escapa. Bajo. Necesitado.

Y lo siento vibrar a través de él.

Sus dedos se aprietan en mi pelo. Inclinando mi cabeza hacia atrás. Dándole más acceso. Y lo toma. Dios, cómo lo toma.

Me besa como si fuera lo único que importa en este momento. Como si hubiera estado esperando esto tanto como yo.

Como si me hubiera estado deseando durante todos estos años.

Mis manos encuentran su pecho. Siento los músculos duros bajo la camisa. El calor de su piel a través de la tela. El latido frenético de su corazón que coincide con el mío.

Me empuja. Suavemente. Hasta que mi espalda choca contra la pared.

Y entonces su cuerpo está contra el mío. Todo él. Sólido. Duro. Completamente masculino de una forma que hace que algo en mi interior se derrita.

Puedo sentir cada centímetro de él.

Hace que un calor líquido se expanda por mi vientre. Bajando. Concentrándose entre mis piernas de una forma que hace que jadee contra su boca.

Él gruñe. Un sonido bajo y gutural que nunca le había escuchado.

Y me besa más profundo. Más duro.

Como si quisiera devorarme.

Como si quisiera fundirse conmigo hasta que no supiéramos dónde termina uno y empieza el otro.

Sus manos están por todas partes ahora. Bajando por mi espalda. Agarrando mis caderas. Apretándome contra él de una forma que hace que me olvide de mi nombre.

Esto es…

Es…

No tengo palabras.

Solo sensaciones.

El sabor de su boca. A menta y café y algo completamente Ronan.

El olor de su colonia mezclándose con algo más oscuro. Más masculino.

El sonido de nuestras respiraciones. Entrecortadas. Desesperadas.

El calor de su cuerpo quemando a través de mi ropa como si fuera papel.

Y entonces su boca se mueve. Dejando mi labio. Bajando por mi mandíbula. Por mi cuello.

Y cuando sus dientes rozan una zona sensible justo debajo de mi oreja, casi me desmayo.

—Ronan. —Su nombre sale de mi boca como una súplica. Como una oración.

Él responde presionando su boca contra mi pulso. Succionando ligeramente.

Y sé que me va a dejar una marca. Sé que mañana voy a tener la evidencia de esto en mi piel.

Y no me importa.

No me importa nada excepto esto.

Excepto él.

Excepto la forma en que me está haciendo sentir como si llevara nueve años dormida y finalmente acabara de despertar.

Su mano sube. Rozando la curva de mi pecho a través de la camisa.

Y yo…

Arqueo la espalda. Presionándome contra su palma. Pidiendo más. Necesitando más.

—Joder, Skylar. —Su voz sale ronca. Rota—. Eres…

No termina la frase.

Solo vuelve a mi boca. Besándome como si su vida dependiera de ello.

Y yo le devuelvo cada segundo.

Cada caricia.

Cada gemido.

Mis manos suben por su pecho. Por sus hombros. Se entierran en su pelo.

Y tiro ligeramente.

Él gruñe contra mi boca. Y sus caderas se presionan contra las mías con más fuerza.

Casi sin control.

Como si su cuerpo se moviera por instinto.

Eso hace que algo en mi interior se encienda completamente.

Porque Ronan Hawke —el hombre más controlado que he conocido— está perdiendo el control.

Conmigo.

Por mí.

—¿Ronan? ¿Skylar?

La voz de Oliver atraviesa la puerta como un cubo de agua helada.

Nos separamos de golpe.

Tan rápido que casi tropiezo.

Ronan me sostiene. Sus manos todavía en mi cintura. Sus ojos clavados en los míos.

Ambos respirando como si hubiéramos corrido una maratón.

Noto que tengo los labios hinchados. Las mejillas sonrojadas.

Y la evidencia de lo que acabamos de hacer escrita en cada línea de nuestros cuerpos.

—¿Chicos? —Oliver vuelve a llamar—. Emma se ha despertado. Está llorando y no sabemos qué hacer.

La realidad vuelve como una bofetada.

Emma.

Mientras nos besábamos como adolescentes sin control, su hija estaba llorando en otra habitación.

—Ahora salimos —contesta Ronan.

—Voy a por Emma —dice Oliver.

Ronan da un paso atrás. Luego otro.

Pasa una mano por su pelo. Destruyendo el peinado perfecto.

—Yo... —Su voz sale áspera—. Voy.

—Ronan.

—Lo siento. —Me mira, y hay algo en sus ojos que no puedo identificar—. Esto no debería haber pasado.

Las palabras me golpean como un puñetazo en el estómago.

—¿Qué?

—Ha sido por los nervios. Todo esto es… —Hace un gesto vago—. Estoy alterado.

Se detiene.

Pero no necesita terminar.

Porque entiendo perfectamente lo que está diciendo.

Ha sido un error.

Un momento de debilidad.

Nada más.

Algo en mi pecho se cierra dolorosamente.

—Entiendo —consigo decir, aunque la voz me sale más ronca de lo que me gustaría.

—No volverá a pasar. —Su tono es firme ahora. Controlado—. Te lo prometo.

Como si pensase que estoy molesta porque me haya besado. Eso me desconcierta. ¿Qué demonios pasa por su cabeza?

—Está bien —miento.

—¿Segura?

—Completamente.

Nos miramos durante varios segundos.

Y entonces él camina hacia la puerta. La abre.

Oliver está al otro lado con Emma en brazos. Llorando con fuerza.

—Gracias a Dios. —Oliver prácticamente se la lanza a Ronan—. Creo que tiene hambre. O el pañal sucio. O ambas cosas. No tengo ni idea.

Ronan coge a Emma con cuidado y la acuna contra su pecho.

—Ya está, pequeña. —Su voz se suaviza inmediatamente—. Papá está aquí.

Y verlo así.

Con su hija en brazos.

Después de lo que acaba de pasar.

Me rompe de una forma que no sé cómo reparar.

—Voy con los demás —Oliver me mira, y algo en su expresión me dice que sabe lo que ha interrumpido.

Sale sin esperar respuesta.

Dejándonos solos otra vez.

Pero ya no es lo mismo.

La locura se ha disuelto.

—Skylar. —La voz de Ronan sale baja—. Por favor. Quédate. Las seis semanas. Aquí. Con nosotros.

Y ahí está.

La petición que ha causado todo esto.

La razón por la que acabamos de besarnos como si el mundo se estuviera acabando.

Debería decir que no.

Debería protegerme.

Debería salir de aquí antes de que esto me destruya completamente.

Pero entonces Emma hace un ruidito. Y Ronan la mira con una ternura devastadora que hace que mi pecho se derrita.

Y sé que no puedo negarme.

Que no importa cuánto duela.

No importa cuántas veces me rechace.

No puedo abandonar a esta bebé que me necesita.

A este hombre que me necesita.

—De acuerdo —digo finalmente.

Él levanta la vista. La sorpresa cruza su expresión.

—¿De verdad?

—Sí. Me mudaré aquí. Las seis semanas.

Su rostro se relaja.

—Gracias.

—Pero hay reglas.

—¿Reglas?

—Sí. Reglas. —Cuadro los hombros—. Nada de intentar controlar cada aspecto de mi vida. Nada de ofrecerme dinero.

Él asiente.

—Entendido.

—Bien.

—Bien.

Nos miramos durante un segundo más.

Y entonces salgo de la habitación antes de pedirle que vuelva a besarme.

Antes de admitir que ese beso ha sido todo lo que he soñado durante nueve años.

Y más.

Mucho más.