CAPÍTULO 14
SKYLAR
La consulta de la pediatra es exactamente lo que esperaría de alguien a quien Ronan Hawke llama.
Privada. Elegante. Con suelos de madera clara y paredes en tonos crema que hacen que parezca más un spa que una clínica médica.
No hay sala de espera llena de gente. No hay niños llorando. No hay ese olor a desinfectante industrial que se te mete en la ropa.
Solo silencio. Y una recepcionista que nos sonríe como si hubiéramos reservado mesa en un restaurante de tres estrellas Michelin.
—Señor Hawke. La doctora Brown los está esperando.
Por supuesto que nos está esperando.
Porque cuando tienes el dinero de Ronan Hawke, no esperas. La gente espera por ti.
Nos guía por un pasillo hasta una consulta que es más grande que mi apartamento entero. Hay una camilla acolchada en el centro, estanterías llenas de juguetes educativos, y un escritorio de cristal donde una mujer de unos cuarenta años está revisando algo en su ordenador.
Se levanta cuando entramos.
—Señor Hawke. —Le tiende la mano—. Soy la doctora Brown. Y esta debe ser Emma.
Ronan le estrecha la mano con esa formalidad que usa en los negocios.
—Gracias por recibirnos con tan poca antelación.
—No hay problema. —Su sonrisa es cálida. Profesional—. Entiendo que es una situación poco habitual.
—Podría decirse así.
La doctora mira a Emma, que está despierta en brazos de Ronan, mirando todo con esos ojitos curiosos.
—¿Puedo? —pregunta, extendiendo los brazos.
Veo cómo Ronan duda. Cómo sus brazos se tensan alrededor de Emma como si no quisiera soltarla.
—Es solo para revisarla —dice la doctora suavemente—. Prometo devolverla —bromea.
Finalmente asiente y le pasa a Emma. Con ese cuidado exagerado que usa para todo lo que tiene que ver con ella.
La doctora la lleva a la camilla. Empieza a desvestirla con movimientos expertos y eficientes.
—¿Tienen su historial médico? —pregunta sin levantar la vista.
—Sí. —Ronan saca su móvil—. Se lo envío ahora.
La doctora asiente, saca un termómetro digital y empieza la revisión.
Ronan y yo nos quedamos de pie a un lado. Tan cerca que puedo sentir el calor que irradia. La tensión que habita en cada línea de su cuerpo.
—Respira —susurro.
—Estoy respirando.
—Apenas.
Me lanza una mirada de reojo.
—Estoy bien.
No lo está. Puedo verlo en la forma en que sus manos se cierran en puños. En cómo no aparta los ojos de Emma ni un segundo.
La doctora le toma la temperatura. Revisa los oídos. Escucha el corazón. Palpa el abdomen. Todo mientras Emma protesta con pequeños quejidos que hacen que Ronan dé un paso hacia delante involuntariamente.
—Tranquilo, papá. —La doctora sonríe sin levantar la vista—. Está bien. Solo no le gusta que la toquen extraños.
Papá.
Veo cómo esa palabra lo atraviesa. Cómo algo en su expresión se suaviza.
La doctora termina la revisión y viste a Emma otra vez.
—Bueno. —Se gira hacia nosotros—. Emma está completamente sana. Peso y talla perfectos para su edad. Sin signos de negligencia o maltrato. Quien la ha cuidado hasta ahora ha hecho un buen trabajo.
Algo en el pecho de Ronan se relaja visiblemente.
—¿Qué necesita? —pregunta—. Dígame todo lo que necesito saber.
La doctora sonríe y le devuelve a Emma. Ronan la coge como si acabara de recuperar algo invaluable.
—Tranquilo. Vamos paso a paso. —Se sienta tras su escritorio, señalándonos las sillas frente a ella—. Sentaos, por favor.
Nos sentamos.
—A los cuatro meses, Emma debería estar tomando aproximadamente ciento ochenta mililitros de leche cada tres o cuatro horas. —Mira su pantalla—. Según su historial, ya está con fórmula. ¿Cuál estáis usando?
—La estándar —respondo antes de que Ronan pueda hablar—. La azul.
—Perfecta. Podéis seguir con esa. Pero vais a tener que empezar a introducir cereales.
—¿Cereales? —Ronan frunce el ceño—. ¿Qué tipo de cereales?
—Cereales infantiles. Los venden en cualquier farmacia. —La doctora escribe algo en una receta—. Empezad añadiendo una cucharadita en el biberón de la noche. Solo uno al día al principio. Le ayudará a dormir más horas seguidas.
Veo cómo Ronan anota mentalmente cada palabra. Como si estuviera en una reunión de negocios en lugar de en una consulta pediátrica.
—¿Algo más? —pregunta.
—Sí. A esta edad debería estar empezando a sostener la cabeza sola. A seguir objetos con la mirada. A sonreír socialmente. —Mira a Emma—. ¿Ya hace esas cosas?
—No lo sé —admite Ronan, y hay frustración en su voz—. Solo la tengo desde ayer.
—Entiendo. —La doctora asiente—. Bueno, vamos a comprobarlo.
Saca un juguete de colores brillantes. Lo mueve frente a Emma.
Emma lo sigue con los ojos. Gira la cabeza. E intenta cogerlo con sus manitas diminutas.
—Perfecto. —La doctora sonríe—. Está exactamente donde debería estar en su desarrollo.
Ronan suelta un suspiro que no sabía que estaba conteniendo.
—¿Y qué más? ¿Qué más tengo que saber?
La doctora pasa los siguientes veinte minutos explicando todo. Vacunas. Hitos del desarrollo. Signos de alarma. Rutinas de sueño.
Y Ronan absorbe cada palabra como si fuera información vital para cerrar el trato más importante de su vida.
Porque lo es.
Cuando finalmente salimos de la consulta, tiene una lista en su móvil con al menos treinta puntos. Y un sobre con folletos informativos que sostiene como si fueran documentos legales.
—¿Estás bien? —pregunto cuando llegamos al coche.
—Sí. Solo… es mucha información.
—Lo sé. Pero lo vas a recordar todo. Lo sé. Y yo estoy aquí contigo para asegurarme de que todo sale bien.
Me mira.
—¿Cómo puedes estar tan segura?
—Porque he visto cómo memorizas cada detalle. Como si fuera una operación militar. —Sonrío ligeramente—. Vas a ser el padre más informado de Nueva York.
Algo cruza su expresión. Algo que hace que el estómago me dé un vuelco.
—Gracias —dice en voz baja—. Por todo lo que estás haciendo por nosotros.
—No me las des todavía. Apenas estamos empezando.
Media hora después entramos en una tienda de bebés en el Upper East Side que parece sacada de una revista.
Todo es blanco, dorado y rosa pastel. Hay cunas que probablemente cuestan más que mi coche. Móviles con cristales Swarovski. Ropa de bebé con etiquetas de diseñador.
Es el tipo de sitio donde la gente normal no entra.
Pero Ronan camina como si fuera el dueño.
—Necesitamos una cuna —dice, mirando alrededor—. Y un cambiador. Y ¿qué más? —me pregunta buscando mi consejo.
—Ronan, quizás deberíamos ir a un sitio más normal.
—¿Por qué?
—Porque esto es… —Miro las etiquetas de precio y casi me da algo—. Muuuuuy caro.
—No me importa cuánto cuesta.
—A mí sí.
—Skylar. —Me mira—. Es para Emma. Y quiero lo mejor para ella.
Y no hay forma de discutir eso.
Así que lo sigo mientras recorre la tienda como si estuviera en una misión. Señalando cosas. Revisando especificaciones. Tomando decisiones con esa eficiencia brutal que usa para todo.
Una dependienta se acerca. Joven, rubia, con una sonrisa profesional que se amplía cuando ve a Ronan.
—¿Puedo ayudarles en algo?
—Necesitamos una habitación completa para bebé —dice Ronan—. Cuna, cambiador, todo lo necesario.
—Por supuesto. —La dependienta nos mira a ambos, luego a Emma que está en mis brazos—. ¿Es su primera hija?
Abro la boca para corregirla.
Pero Ronan habla primero.
—Sí.
La palabra sale simple. Directa. Sin dudar.
Y no le corrige.
No dice «en realidad no somos pareja». No dice «la niña es solo mía» No dice «ella solo me está ayudando». No dice nada que aclare que esto es temporal. Que yo no soy la madre de Emma.
Solo deja que la dependienta asuma.
El corazón se me dispara.
Si a la dependienta le parece raro que estemos amueblando la habitación para un bebé que es obvio que no recién nacido, tiene la sensatez de no decirlo.
—Qué emocionante. —La dependienta sonríe—. ¿Tienen alguna idea de estilo? ¿Colores preferidos?
—Blanco —dice Ronan—. Limpio. Funcional.
—Ronan. —Lo miro—. Es para una niña, no para una oficina.
Él me mira.
—¿Entonces qué quieres?
—Algo más cálido. Con color. —Señalo una cuna en el fondo que es color crema con detalles en rosa palo—. Como esa.
La dependienta prácticamente brinca.
—Excelente elección. Es de nuestra colección premium. Madera maciza, convertible en cama infantil cuando crezca. Y tenemos todo el juego a conjunto. Cambiador, cómoda, mecedora…
—Lo queremos todo —dice Ronan.
—¿Perdona? —La dependienta parpadea.
—Todo lo que vaya a conjunto con esa cuna. Lo quiero todo.
—Ronan… —empiezo.
—¿Pueden entregarlo hoy? —pregunta, ignorándome completamente.
—Bueno, normalmente tardamos una semana.
—Pagaré el doble. El triple. Lo que sea necesario.
La dependienta se queda con la boca abierta durante un segundo.
—Déjeme hablar con mi supervisor.
Sale prácticamente corriendo.
Y yo me giro hacia Ronan.
—¿Estás loco?
—Ya me lo has preguntado antes.
—Y sigo sin tener respuesta. —Bajo la voz—. Ronan, esa cuna cuesta —Miro la etiqueta y casi me da algo—. Cuatro mil dólares.
—¿Y qué?
—¡Es una cuna!
—Es LA cuna. —Me mira—. La elegiste tú.
—¡Porque es bonita! ¡No porque quiera que la compres!
—Pues la voy a comprar. Y todo lo demás.
—Ronan.
—Skylar. —Su voz se vuelve más suave—. Emma merece lo mejor. Y si tú dices que esa cuna es bonita, entonces es la que quiero.
Y Dios.
La forma en que me mira cuando dice eso.
Como si mi opinión importara. Como si fuera la única que importa.
Hace que algo en mi pecho se derrita completamente.
La dependienta vuelve con una sonrisa enorme.
—Tengo buenas noticias. Podemos tenerlo todo instalado en su casa esta misma tarde. Los montadores se quedarán todo el tiempo necesario.
—Perfecto.
Y entonces empiezan con los detalles. Dirección, medidas de la habitación, colores para las sábanas, el estampado de las cortinas.
Y la dependienta sigue hablándonos como si fuéramos una pareja.
«¿Qué les parece este móvil?»
«¿Les gusta esta mecedora?»
«¿Quieren que las mantas sean del mismo tono?»
Y cada vez, cada maldita vez, Ronan me mira a mí antes de responder.
Como si mi opinión fuera la que importa.
Como si estuviéramos eligiendo estas cosas juntos.
Para nuestra hija.
Y yo…
Yo me dejo llevar.
Porque por un momento —solo un momento— puedo fingir que esto es real. Que somos una familia. Que Emma es nuestra. Que este hombre que está eligiendo sábanas con estampado de estrellas porque «a Skylar le gustan» es mío.
Aunque sepa que no lo es.
Aunque sepa que nunca lo será.
—¿Y este? —Ronan sostiene un peluche. Un osito de color rosa—. ¿Le gustará?
La pregunta es para mí.
Y hay algo en la forma en que me mira. Con esos ojos grises llenos de inseguridad. Como si mi respuesta fuera lo más importante del mundo.
—Es perfecto —consigo decir, aunque la garganta se me ha cerrado peligrosamente.
—¿Segura?
—Completamente.
Él lo añade a la pila creciente de cosas.
Y yo me quedo ahí de pie, sosteniendo a Emma, viendo cómo Ronan Hawke elige cada detalle de la habitación de su hija con una meticulosidad que haría que la mayoría de la gente se volviera loca.
Pero que a mí me parece lo más tierno del mundo.
Cuando terminamos, la dependienta nos da un total que hace que se me cierren los ojos.
Dieciocho mil dólares.
Por una habitación de bebé.
Ronan pasa su tarjeta sin pestañear.
Y cuando todo está pagado la dependienta nos acompaña a la salida con esa sonrisa enorme que tienen las personas que acaban de hacer la venta del mes.
—Ha sido un placer ayudarles. —Nos mira a ambos—. Y enhorabuena otra vez. Emma es afortunada de tener unos padres tan dedicados.
Unos padres.
La palabra me golpea como un puñetazo.
Porque no somos sus padres.
Ronan es su padre. Yo solo soy… ¿qué? ¿La niñera temporal? ¿La profesora? ¿La idiota que se está enamorando otra vez del hombre equivocado?
Salimos de la tienda. El sol está empezando a ponerse, tiñendo el cielo de naranja y rosa.
Caminamos hacia el coche en silencio.
Y yo no puedo dejar de pensar en lo que acaba de pasar.
En cómo Ronan no corrigió a la dependienta. Ni una sola vez.
En cómo me miró antes de elegir cada cosa. Como si mi opinión fuera la que importaba.
En cómo, por una hora entera, fingimos ser algo que no somos.
Y en lo mucho que deseo que sea real.
Que esta vida —esta familia improvisada, este hombre a mi lado, esta bebé en mis brazos— pudiera ser mía.
Aunque sepa que es imposible.
Aunque sepa que en seis semanas todo esto se acabará.
Y volveré a estar sola.
Sin Emma.
Sin Ronan.
Como lo he estado durante tantos años.