Un CEO Imposible (Los halcones de Wall Street 3) CAPÍTULO 13
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CAPÍTULO 13

SKYLAR

Empezamos a caminar hacia la salida. Y es entonces, en medio del pasillo lleno de gente que va y viene, cuando el dolor me golpea con la fuerza de un puñetazo.

Esto se ha acabado.

Ya no hay razón para que esté con ellos. Ronan tiene la custodia temporal. Tiene toda la información. Tiene seis semanas para prepararse mientras espera los resultados de la prueba.

Y tiene dinero de sobra para contratar a la mejor niñera de América.

No me necesita.

El pensamiento se instala en mi pecho como algo pesado y frío.

Salimos del edificio. El sol me ciega durante un segundo. Hace calor. Demasiado calor. O quizás es solo que la camisa que llevo me ahoga de repente.

Ronan se detiene en medio de la acera.

Yo también.

Nos miramos.

Y sé que este es el momento. El momento de despedirme. De volver a mi vida. A mi apartamento en Queens. A mi rutina.

A mi existencia sin Ronan Hawke.

Como ha sido durante nueve años.

—Bueno. —Mi voz sale más ronca de lo que pretendía—. Supongo que ya está. Ya no me necesitas…

—No.

La palabra sale de él con tanta fuerza que me hace abrir los ojos de golpe.

—¿No?

—Eso no es verdad. —Da un paso hacia mí—. No he dejado de necesitarte.

El corazón se me dispara.

—Ronan, tienes todo lo que necesitas. La custodia, los papeles. Puedes contratar a literalmente cualquier niñera del país.

—No quiero contratar a nadie.

—Pero…

—No sé qué tengo que hacer, Skylar. —Da otro paso más cerca. Su voz baja hasta convertirse casi en un susurro—. Anoche Emma y yo estuvimos bien porque tú estabas ahí. Diciéndome qué hacer. Cómo sostenerla. Cómo prepararle un maldito biberón sin que explotara. Y esta mañana igual. Y ahora…

Se detiene. Respira hondo.

—Ahora tengo seis semanas para convertirme en padre antes de que lleguen los resultados. Seis semanas para aprender a hacer esto bien. Y no tengo ni idea de por dónde empezar.

La garganta se me cierra al escucharlo hablar así. Con esa honestidad brutal que no es propia de él.

—Ronan…

—Enséñame. —Se acerca más. Tanto que puedo ver las motas plateadas en sus ojos grises—. Estas seis semanas. Quédate a mi lado. Enséñame cómo ser lo que ella necesita.

—Puedes aprender con cualquier niñera profesional.

—No quiero a una niñera. —Su mandíbula se tensa—. Te quiero a ti.

Las palabras me golpean como una ola. No deberían gustarme tanto.

—¿Por qué?

—Porque solo me fío de ti. —Su voz se quiebra ligeramente—. Porque Emma es lo más importante que me ha pasado en la vida. Y no voy a dejar que cualquier extraño se encargue de enseñarme cuando podrías ser tú. Cuando ya nos conoces.

Nos.

Ha dicho nos .

Como si fueran una unidad. Él y Emma. Ya inseparables. Es tan tierno.

—Ronan, yo no puedo simplemente...

—Por favor.

Y ahí está otra vez.

Esa palabra que nunca pensé que escucharía de él.

Pronunciada con una desesperación que hace que algo dentro de mí se rompa.

—No sé si es buena idea —susurro—. Nosotros somos…

—Necesarios. —Se acerca todavía más. Invadiendo mi espacio de una forma que debería hacerme retroceder pero que en cambio me paraliza—. Los dos. Para ella.

Mira a Emma, que está despierta en sus brazos, mirándonos con esos ojitos grandes.

—No puedo hacerlo solo. —Cuando vuelve a mirarme, hay algo roto en su expresión—. Y no confío en nadie más.

La intensidad en sus ojos hace que se me olvide respirar.

Hace que se me olvide por qué esto es tan mala idea.

Hace que se me olvide todo excepto la forma en que me está mirando. Como si fuera la única que puede salvarlo.

Como si me necesitara.

Como si realmente me necesitara.

Como si me quisiera a mí.

Y entonces mis ojos bajan a sus labios.

Sin permiso. Sin control.

Solo bajan.

Y veo el momento exacto en que él lo nota.

En que su respiración se corta.

En que sus propios ojos se fijan en mi boca con una intensidad que hace que las rodillas se me aflojen.

El mundo se reduce a esto.

A los centímetros que nos separan.

A la forma en que su pecho sube y baja más rápido ahora.

A cómo se inclina. Solo un poco. Tan poco que podría estar imaginándomelo.

Pero no me lo estoy imaginando.

—Skylar —murmura, y su aliento roza mis labios.

Y entonces Emma empieza a llorar.

Fuerte. Estridente. Cortando el aire como una sierra.

Ambos damos un paso atrás al mismo tiempo.

Como si nos hubieran echado un cubo de agua helada encima.

—Yo —Ronan mira a Emma, que ha decidido que este es el momento perfecto para una crisis.

Ya está intentando mecerla. Torpemente. Con movimientos demasiado rígidos.

Y verlo así —tan grande, tan guapo, tan perdido, tan desesperadamente intentando calmar a esta preciosa criatura diminuta— hace que las palabras salgan de mi boca antes de que pueda detenerlas.

—Sí.

Él levanta la vista. Sus ojos encuentran los míos.

—¿Qué?

—Sí. Acepto el trato. —Trago saliva—. Durante estas seis semanas te enseñaré todo lo que sé.

Algo cruza su expresión. ¿Alivio? ¿Triunfo? ¿Algo más que no puedo identificar?

—Gracias.

—Pero tengo que pedirme unas vacaciones oficialmente. No puedo hacerme cargo de las dos cosas —Señalo hacia el edificio—. Mi jefe está arriba. Dame diez minutos.

Ronan está sonriendo ahora.

Está sonriendo.

Dios.

Tengo que irme.

—Te espero aquí.

Asiento.

Y entonces me obligo a darme la vuelta.

A alejarme de él.

Antes de que mi cerebro se dé cuenta de lo que acabo de aceptar.

Pasar seis semanas con Ronan Hawke.

¿En qué estoy pensando?

Subo las escaleras con el corazón latiendo tan fuerte que apenas puedo escuchar mis propios pensamientos.

La oficina de Richard está en el tercer piso. Llamo a la puerta.

—Adelante.

Entro. Richard está detrás de su escritorio, rodeado de montones de papeles y una taza de café que probablemente lleva frío desde esta mañana.

—Skylar. —Levanta la vista, y la sorpresa cruza su cara—. ¿Qué haces aquí? Pensaba que hoy tenías libre.

—Por eso estoy aquí —Respiro hondo.

Él deja el bolígrafo. Me mira con atención.

—¿Qué necesitas? Siéntate.

Me siento en la silla frente a él. Las manos me tiemblan ligeramente, así que las junto en mi regazo.

—Necesito pedirte un favor enorme.

—Dime.

—Necesito seis semanas de vacaciones. Empezando desde ahora.

Silencio.

Richard me mira como si acabara de hablar en otro idioma.

—¿Seis semanas?

—Sí.

—Skylar, llevas años trabajando aquí. —Se inclina hacia delante—. Y nunca has pedido ni un solo día libre. Ni siquiera cuando tuviste aquella gripe horrible el año pasado. ¿Qué ha pasado?

—Hay un bebé. —Las palabras salen atropelladas—. Un caso. Necesito estar disponible para ellos.

—¿Qué caso? ¿Por qué te quieres encargar de un bebé tú misma en tus vacaciones?

—Porque el padre… —Trago saliva—. El padre me conoce. Confía en mí. Y la bebé necesita estabilidad ahora mismo.

Richard me mira durante varios segundos. Evaluando.

—¿Estás bien? ¿Estás metida en algo?

—No. Estoy bien. Te lo prometo. Solo necesito hacer esto.

Él suspira. Se frota la cara con ambas manos.

—Está bien. Tienes las seis semanas. Dios sabe que te las has ganado. Pero, Skylar —Me mira con esa expresión paternal que a veces usa—. Llámame si necesitas algo. Lo que sea. ¿De acuerdo?

—De acuerdo. Gracias, Richard.

Me levanto. Camino hacia la puerta con las piernas que apenas me sostienen.

—Skylar.

Me detengo. Me giro.

—Ten cuidado —dice simplemente.

Asiento.

Porque no puedo hablar.

Porque si lo hago, voy a admitir que ya es demasiado tarde para tener cuidado.

Cuando bajo, Ronan sigue donde lo dejé.

Emma ha dejado de llorar. Está mirando a su padre con esos ojitos grandes e irresistibles.

—¿Y? —pregunta Ronan cuando me acerco.

—Tengo las seis semanas.

Algo en su expresión se relaja. Solo un poco.

—Bien.

—Sí. Bien.

Nos miramos.

Y sé que ambos estamos pensando en lo que casi pasó hace diez minutos.

En cómo sus labios estaban a centímetros de los míos.

En qué habría pasado si Emma no hubiera llorado.

No.

No puedo pensar en eso.

—Tenemos que ir al pediatra —digo, rompiendo el momento—. Emma necesita una revisión completa. Y tú necesitas saber qué tiene que comer, cuándo, cómo.

—¿Ahora?

—Ahora. Antes de que sea demasiado tarde para conseguir cita.

—Tengo el número de una médica privada.

Por supuesto que lo tiene.

—Llama. Dile que es urgente. Emma necesita una revisión completa de salud.

Saca su móvil. Marca mientras caminamos hacia el coche.

Y yo intento no pensar en lo que acabo de aceptar.

Pasar seis semanas.

Con él.

Enseñándole a ser padre.

Viendo cómo se transforma cada día.

Cayendo más y más profundo en algo que sé que va a destruirme.

Pero ya es demasiado tarde para echarse atrás.

Porque le he dicho que sí.

Y yo nunca rompo mis promesas.

Aunque me cuesten el corazón.