CAPÍTULO 12
SKYLAR
El edificio de servicios sociales nunca me había parecido tan intimidante.
Y eso que trabajo aquí. Que entro por estas puertas cinco días a la semana. Que conozco cada pasillo, cada oficina, cada mancha en las baldosas del suelo.
Pero hoy es diferente.
Hoy no vengo como empleada.
Vengo como ¿qué? ¿Testigo? ¿Apoyo? ¿La mujer que se ha quedado en la casa de un hombre al que no debería haber vuelto a ver nunca?
No lo sé.
Solo sé que el estómago se me ha cerrado en un nudo que no consigo deshacer.
Ronan camina a mi lado con esa presencia física que hace que la gente se aparte automáticamente. Lleva a Emma en el portabebés, sosteniéndolo con las dos manos como si fuera lo más valioso del mundo.
Porque para él, lo es.
Entramos. El aire acondicionado me golpea con ese frío industrial que hace que me arrepienta de no llevar chaqueta. El olor a desinfectante y café recalentado es el mismo de siempre. Las sillas de plástico naranja siguen siendo igual de incómodas.
Pero todo se ve diferente desde este lado.
Desde el lado de los padres que vienen a suplicar. A explicar. A demostrar que son suficientemente buenos.
Y me doy cuenta, con una claridad que me corta la respiración, de lo aterrador que debe ser esto para Ronan.
Ya no estamos en la burbuja de su apartamento. Ya no estamos solo nosotros tres.
Ahora viene la parte donde el sistema decide si Ronan puede quedarse con Emma.
Y la parte donde yo tengo que irme.
Porque mi trabajo con él ha terminado.
El recepcionista nos mira cuando entramos.
—¿Skylar? —Parpadea—. ¿Qué haces aquí? Pensaba que hoy tenías el día libre.
—Es complicado. Necesitamos ver a la trabajadora social de guardia. Es urgente.
—Claro. —Mira a Ronan, evaluándolo de esa forma que tiene la gente cuando ve a alguien que claramente tiene dinero—. ¿Y usted es?
—Ronan Hawke —dice Ronan, y su voz no deja espacio para preguntas.
Mike asiente, coge el teléfono, habla en voz baja.
Y cuando termina se gira hacia nosotros de nuevo.
—Lisa puede veros en diez minutos. En su despacho.
—Gracias.
Nos sentamos en las sillas de plástico naranja que probablemente llevan ahí desde los noventa. Ronan se ve completamente fuera de lugar. Con su traje impecable, su reloj que probablemente cuesta más que el presupuesto anual de este departamento, su postura que grita poder.
Y yo con Emma en brazos, con la ropa que compró para mí, sintiéndome como si estuviera representando un papel en una obra que no sé cómo termina.
—¿Estás bien? —le pregunto en voz baja.
—Sí.
—Pareces a punto de vomitar.
—No voy a vomitar.
—¿Estás nervioso?
—No.
Mentira. Puedo verlo en la forma en que aprieta la mandíbula. En cómo sus manos se cierran en puños sobre sus muslos.
—Va a salir bien —digo, intentando tranquilizarlo—. Tienes toda la información. Los papeles. La prueba de paternidad solicitada. Has hecho todo bien.
—¿Y si no es suficiente? ¿Y si deciden que no soy suficiente?
—Lo eres. Eres exactamente lo que ella necesita. Y yo voy a ayudarte. Voy a hacer todo lo que sea necesario para que Emma se quede contigo.
Él me mira. Y hay tanto agradecimiento en sus ojos que hace que se me olvide respirar.
—¿Cómo puedes estar tan segura?
—Porque te he visto. Anoche. Esta mañana. La forma en que la miras. La forma en que la cuidas —Me detengo—. Eres su padre, Ronan. Los papeles solo van a confirmar lo que ya es verdad.
Abre la boca para decir algo.
Pero entonces una puerta se abre al final del pasillo.
—¿Señor Hawke?
Levanto la vista y veo a Lisa Anderson de pie en la puerta de la sala tres.
Nos conocemos. Hemos coincidido en reuniones, en la sala de descanso, en casos compartidos. Pero cuando sus ojos se posan en mí, en Ronan, en Emma dormida en mis brazos, veo cómo su expresión cambia.
Sorpresa. Confusión. Y algo más que no termino de identificar.
—Skylar. —Su voz suena cautelosa—. ¿Qué…?
—Es complicado —digo antes de que pueda terminar la pregunta.
Ella nos mira a ambos durante varios segundos más. Procesando.
—Venid, por favor.
Nos levantamos. Caminamos hacia la sala tres.
Y cuando entramos, Ronan se transforma.
La espalda se le pone más recta. Cuadra los hombros. Pone una expresión completamente neutra.
Es el CEO. El hombre que negocia contratos de millones sin pestañear.
Y va a usar todo ese poder para conseguir quedarse con su hija.
Cuando entramos en su despacho, Lisa Anderson se sienta detrás del escritorio. Nos señala las sillas frente a ella.
—Skylar. —Sus ojos van de mí a Ronan a Emma—. ¿Qué está pasando?
Pero Ronan es el que habla.
—Ayer me trajeron a este bebé. —Su voz es directa. Sin rodeos—. Una mujer apareció ayer en mi edificio. Dijo que era mía. Y desapareció.
Lisa coge un bolígrafo. Empieza a escribir.
—¿Conocía a la madre?
—Nos vimos una vez. Hace aproximadamente un año y poco. A través de una agencia. —No hay vergüenza en su voz. Solo hechos—. No sabía que había resultado en un embarazo.
—¿Y el bebé? ¿Tiene información sobre el bebé?
Ronan saca su móvil. Se lo pasa por encima del escritorio.
—Sí. Se llama Emma Rose Mitchell. Tiene cuatro meses. Nació el quince de diciembre en el Mount Sinai.
Lisa lee la partida de nacimiento en la pantalla. Y veo cómo sus cejas suben.
—¿Cómo ha conseguido esto?
—Tengo contactos.
—Señor Hawke…
—Quiero hacer las cosas bien. —Se inclina ligeramente hacia delante—. Por eso estoy aquí. Informando oficialmente de lo que ha pasado.
—¿Y qué es lo que quiere exactamente?
—Quiero quedármela. Iniciar los trámites de adopción. Lo que haga falta.
—¿Ha solicitado una prueba de paternidad?
—Ya me la he hecho. Esta mañana. Tardarán seis semanas en tener los resultados.
Lisa deja el bolígrafo. Se frota el puente de la nariz.
—Señor Hawke, ¿entiende que esto es muy irregular? Hasta que tengamos esos resultados, no puedo darle custodia oficial de un bebé sin confirmar que es el padre biológico.
—Entiendo.
—Lo cual significa que, técnicamente, debería llevarme a Emma ahora mismo. Meterla en el sistema hasta que se resuelva la situación.
—No.
La palabra sale de él con una fuerza que hace que hasta Lisa retroceda.
—Señor Hawke.
—No se la va a llevar.
—Las cosas no funcionan así.
—Lisa. —Mi voz interrumpe la tensión creciente—. Yo respondo por él.
Ambos me miran.
—Conozco a Ronan desde hace años. —La mentira sale fácil porque técnicamente no lo es—. Y he estado con él y con Emma desde anoche. Puedo asegurar que la niña está en las mejores manos posibles.
—Skylar…
—Ronan tiene recursos. Tiene todo lo que Emma necesita. Y me tiene a mí. —Miro a Lisa directamente—. Yo voy a estar con ellos. Supervisando. Asegurándome de que todo se hace bien. Te haré informes semanales si hace falta.
Lisa nos mira a ambos durante varios segundos.
—¿Estás segura de lo que estás haciendo?
—Completamente.
No lo estoy. Ni remotamente.
Pero no puedo dejar que se lleven a Emma. No después de ver cómo Ronan la mira. No después de saber lo que significa para él.
Lisa suspira.
—De acuerdo. En ese caso, si tú lo avalas, le otorgaré la custodia temporal. Durante seis semanas hasta los resultados. Pero quiero esos informes, Skylar.
—Los tendrás.
—Y si en algún momento veo que la situación no es adecuada…
—No va a suceder —interrumpe Ronan—. Porque va a ser más que adecuada.
Lisa asiente. Empieza a escribir en un formulario.
—Necesitaré que firmen algunos papeles antes de irse. Y quiero ver su apartamento. Esta semana.
—Cuando quiera.
—Bien. —Termina de escribir—. Le haré llegar todo por email.
Me mira con intensidad.
—Y Skylar, quiero esos informes semanales.
—Los tendrás —prometo.
Ella asiente. Pero hay algo en su expresión. Preocupación, quizás.
Como si supiera que esto es más complicado de lo que estoy admitiendo.
Ojalá no sea capaz de leer en mi cara lo involucrada que estoy en este caso.
Pero, por ahora, es una victoria.
Hemos conseguido que Ronan se vaya con la custodia temporal.
Y no puedo ser más feliz, por mucho que esto ahora implique que debemos separarnos.
Por mucho que se me parta el corazón.
Lo importante es que ellos dos van a estar juntos.