CAPÍTULO 11
SKYLAR
Me despierto con el sol entrando por unas ventanas enormes y la sensación de que algo va mal.
Tardo tres segundos en recordar dónde estoy.
En la cama de Ronan Hawke.
Con un bebé durmiendo entre nosotros.
Giro la cabeza despacio, con cuidado de no mover el colchón. La niña sigue dormida. Tiene la boquita entreabierta, los puñitos cerrados junto a su cara.
Y al otro lado…
Ronan está despierto.
No sé cuánto tiempo lleva así, pero sus ojos están fijos en la bebé con una intensidad que hace que se me cierre la garganta.
No me ha visto despertar. Está completamente absorto. Y hay algo en su expresión que hace que el pecho se me apriete de una forma que no debería permitirme sentir.
Devoción.
Pura y absoluta.
Este hombre que conocí hace nueve años, que me rechazó con una gentileza que dolió más que la crueldad, está mirando a esta criatura diminuta como si fuera lo más increíble mundo.
—Buenos días —digo en voz baja.
Él levanta la vista. Nuestros ojos se encuentran por encima del cuerpecito dormido.
—Buenos días.
Su voz sale ronca. Rasposa.
—¿Has dormido algo?
—Un poco.
Es mentira. Puedo ver que tiene ojeras.
—Ronan.
—Estoy bien. —Se incorpora, pasándose una mano por el pelo que lo deja más despeinado—. ¿Qué hacemos ahora? ¿Qué tengo que hacer para poder quedarme con ella?
Y saber que quiere quedarse con la niña me calienta el corazón.
Me siento en la cama, cruzando las piernas bajo las sábanas.
—Ahora viene la parte complicada.
Él me mira, esperando.
—Necesitamos información. Mucha información. Antes de ir a servicios sociales.
—¿Qué tipo de información?
—Quién es la madre. Cómo se llama la niña. Cuándo nació exactamente. Dónde. —Cuento con los dedos—. No podemos presentarnos y decir «esta es mi hija» sin saber nada de ella. Te la quitarán inmediatamente.
Veo cómo procesa cada palabra. Ese cerebro analítico trabajando a toda velocidad.
—¿Qué más?
—Una prueba de paternidad. Si quieres que te la den, si quieres iniciar trámites de adopción, van a pedírtela de todas formas. Es el procedimiento estándar cuando la madre no está presente para confirmar.
—¿Cuánto tarda?
—Seis semanas.
Algo cruza su expresión.
—¿Y hasta entonces?
—Hasta entonces, si todo sale bien, te la dejarán bajo custodia temporal. Como padre biológico pendiente de confirmación. —Hago una pausa—. Pero Ronan, para que eso pase, necesitas esa información. Toda. Antes de ir a servicios sociales.
Él asiente. Una vez. Decidido.
Y entonces se levanta de la cama con una energía contenida que hace que parezca que está a punto de salir a la batalla.
—Dame dos horas.
—¿Qué?
—Dos horas. —Ya está caminando hacia la puerta—. Lo tendré todo.
Y sale de la habitación antes de que pueda decir nada más.
Yo también tengo que llamar a mi jefe para decirle que hoy no puedo ir a trabajar.
Lo escucho moverse por el apartamento. Abriendo y cerrando puertas. Hablando por teléfono con esa voz que cambia completamente cuando está en modo CEO.
Dura. Controlada. Implacable.
Me quedo en la cama con la bebé, que se ha despertado y me mira con esos ojitos que todavía no tienen un color definido del todo.
—Tu papá es un poco intenso —le murmuro—. Pero creo que eso va a funcionar a tu favor.
Ella hace un ruidito que podría ser un acuerdo.
O gases.
Probablemente gases.
La cojo en brazos y voy al salón. Ronan está de pie junto a las ventanas, con el móvil pegado a la oreja.
—No me importan vuestros protocolos. Tengo un bebé en mi casa que puede ser mío y necesito un nombre. Ahora. Si no quieres que te demande —Pausa—. Perfecto. Envíamelo.
Cuelga. Marca otro número sin ni siquiera respirar entre llamadas.
—David, soy Ronan Hawke. Necesito que investigues a alguien.
—Escucha—. Sarah Mitchell. Veintiséis años.
Lo necesito todo sobre ella. Dónde trabaja, con quién vive, si tiene familia.
Historial médico si puedes conseguirlo. Necesito la partida de nacimiento de su hija.
Todos los informes médicos que existan sobre ella —Pausa—.
Tres horas. No me vale más tiempo —Otra pausa de nuevo—. Me da exactamente igual el dinero.
Cuelga otra vez.
Y entonces se gira hacia mí.
—Sarah Mitchell. La madre se llama Sarah Mitchell.
Asiento despacio, procesando.
—Vale. Eso es un comienzo.
—Tendré el resto pronto. —Mira su reloj—. Y he conseguido que me atienda una clínica privada. Vienen de camino para hacerme la prueba de paternidad.
—¿Van a venir a tu casa?
—Sí.
Por supuesto.
Porque Ronan Hawke consigue lo que quiere cuando lo quiere.
Me siento en el sofá con la bebé, observándolo hacer más llamadas. Cada una más breve que la anterior. Cada una más efectiva.
Es impresionante, la verdad.
Ver a este hombre que anoche estaba completamente perdido preparando un biberón, ahora moviéndose con la precisión de un tiburón que ha olido sangre en el agua.
Este es el Ronan que construyó un imperio.
Y lo está usando todo —cada contacto, cada recurso, cada gramo de poder que tiene— para conseguir información sobre un bebé que ni siquiera sabe con certeza si es suyo.
La niña empieza a quejarse en mis brazos.
—Tiene hambre —digo.
Ronan termina la llamada inmediatamente.
—Voy a preparar el biberón.
—Yo puedo hacerlo.
—No. —Ya está caminando hacia la cocina—. Lo hago yo.
Y lo hace.
Tarda más de lo que tardaría yo. Y probablemente usa demasiada fórmula. Pero cuando vuelve con el biberón, lo ha hecho solo.
Me lo pasa con cuidado.
—¿Así está bien?
Pruebo la temperatura en mi muñeca.
—Sí. Está perfecto.
Algo en su expresión se relaja.
Se sienta a mi lado mientras alimento a la bebé. No dice nada. Solo nos observa. Con una intensidad que debería inquietarme pero que en cambio hace que el corazón se me acelere de una forma completamente inapropiada.
Su móvil vibra contra la mesa de centro.
Lo coge. Lee. Y veo cómo algo en su postura cambia.
—La tengo.
—¿Qué tienes?
—La partida de nacimiento.
Me gira el móvil para que pueda ver la pantalla.
Y ahí está.
NOMbrE: Emma Rose Mitchell FECHA DE NACIMIENTO: 15 de abril de 2026 MADRE: Sarah Ann Mitchell PADRE: (En blanco)
—Emma —susurro, mirando a la bebé en mis brazos—. Te llamas Emma.
Y es perfecto. Claro que se llama Emma.
Ronan sigue leyendo en su móvil, desplazándose por lo que sea que le hayan enviado.
—Tiene cuatro meses. Nació en el Mount Sinai. Parto natural sin complicaciones. —Pausa—. Y hay algo más.
—¿Qué?
—Sarah Mitchell ha sido ingresada dos veces en las últimas semanas. Depresión postparto severa.
Oh, no.
El estómago se me cierra.
—Por eso la dejó aquí —digo en voz baja—. No porque no la quisiera. Sino porque no podía cuidarla.
Ronan no dice nada durante varios segundos. Solo mira a Emma con una expresión que no sé cómo leer.
Porque cuando Ronan Hawke decide algo, no hay nada que lo detenga.
A las once de la mañana, el timbre del apartamento suena.
Ronan va a abrir. Vuelve con una mujer de unos cincuenta años, con el pelo gris recogido en un moño perfecto, que lleva tres bolsas enormes con logos que reconozco, aunque no pueda permitírmelos.
—Señor Hawke. —La mujer sonríe educadamente—. He traído lo que pidió.
—Gracias, Patricia. Déjalas ahí.
Ella coloca las bolsas junto al sofá, asiente una vez, y se marcha tan eficientemente como llegó.
Miro a Ronan.
—¿Qué es eso?
—Ropa. Para ti.
Parpadeo.
—¿Perdona?
—No tienes nada aquí. Te has quedado por ella. —Señala a Emma, que está dormida en mi regazo—. Así que necesitas ropa antes de que vayamos a servicios sociales.
—Ronan, puedo ir a mi casa a cambiarme primero.
—No hay tiempo. Tenemos que ir cuanto antes. Ya lo has ocultado demasiado tiempo y no quiero que te perjudique. —Se encoge de hombros—. Es más fácil así.
Me acerco a las bolsas con Emma todavía en brazos. Las abro con una mano.
Y casi me da algo.
Dentro hay ropa. Mucha ropa. Pero no cualquier ropa.
Vaqueros que tienen etiquetas con cifras que me hacen tragar saliva. Camisetas de cachemira. Ropa interior de encaje que hace que se me suban los colores solo de mirarla.
Y todo —absolutamente todo— en mi talla exacta.
—Ronan. —Levanto una blusa que es tan suave que parece que se va a deshacer entre mis dedos—. Esto cuesta una fortuna.
—No me importa cuánto cuesta.
—¡A mí sí! No puedo aceptarlo.
—¿Por qué no?
—Porque es demasiado. Porque no es necesario.
—Sí que lo es. —Se acerca a mí, y hay determinación en cada línea de su cuerpo—. Te has quedado aquí. Has dejado de lado tu trabajo. Por ella. Por mí.
—Eso no significa que tengas que…
—Sí significa. —Su voz se vuelve más suave. Más firme—. Significa que mientras estés aquí, voy a asegurarme de que tengas lo que necesitas.
—Ronan.
—Déjame cuidar de ti, Skylar.
Y esas palabras.
Esas cinco palabras simples.
Hacen que algo dentro de mí se rompa completamente.
Porque Ronan Hawke no se da cuenta de lo que es.
No ve lo que yo veo.
Que es un cuidador. Que lo ha sido toda su vida. Que cuidó de sus hermanos cuando era apenas un niño. Que construyó un imperio junto a ellos para que estuvieran seguros. Que ahora está moviendo cielo y tierra para proteger a esta bebé.
Y que quiere cuidar de mí también.
Aunque no sepa cómo decirlo. Aunque lo disfrace de practicidad y lógica.
—De acuerdo —digo finalmente, porque la garganta se me ha cerrado demasiado para decir algo más—. Pero solo porque no tengo otra opción.
—Bien.
Y la satisfacción que cruza su rostro hace que el corazón me dé un vuelco ridículo.
Siento tanta tensión que rompo el momento.
—Me cambio de ropa y vamos a servicios sociales. Tenemos que hacer esto bien.
Me mira.
—¿Qué tengo que decir?
—La verdad. Que estuviste con la madre de Emma hace un año. Que no sabías nada del embarazo. Que ella apareció ayer, te dejó al bebé, y desapareció. Que has investigado y todo cuadra. Que ya te has hecho la prueba de paternidad. Y que…
Hago una pausa.
—¿Qué? —pregunta.
—Que quieres quedártela. Que estás dispuesto a hacer lo que sea necesario. —Lo miro directamente—. ¿Lo estás? Porque si tienes alguna duda, Ronan, dímelo ahora. Antes de que esto vaya más lejos.
Él no duda ni un segundo.
—Quiero quedármela.
Y hay tanta certeza en esas dos palabras que hace que algo en mi pecho se apriete hasta doler.
—Entonces vamos a conseguirlo —digo—. Te lo prometo.
Emma elige ese momento para empezar a llorar.
Ronan se pone de pie inmediatamente.
—¿Qué necesita?
—Probablemente que le cambiemos el pañal. Y luego comer. —Sonrío ligeramente—. Bienvenido a la vida con un bebé de cuatro meses. Esto no para nunca.
—Bien. —Y hay determinación en su voz—. Enséñame.
Así que eso es lo que hago.
Paso las siguiente hora enseñándole a cambiar pañales. A sostenerla con más confianza.
Y cada vez que lo hace bien, cada vez que Emma se calma en sus brazos, veo cómo algo en él se transforma.
Como si estuviera descubriendo una parte de sí mismo que no sabía que existía.
Y yo…
Yo estoy cayendo.
Otra vez.
Más rápido esta vez.
Porque ver a Ronan Hawke convertirse en padre delante de mis ojos es lo más hermoso y lo más doloroso que he experimentado jamás.
Y no tengo ni idea de cómo voy a proteger mi corazón de esto.