CAPÍTULO 10 #2
Porque estoy sosteniendo a mi hija. Por primera vez. Y es la experiencia más aterradora y más increíble de mi vida.
Algo en mi pecho se rompe. O se abre. No estoy seguro. Solo sé que es enorme. Tan grande que no cabe dentro de mí. Como si todo lo que he estado conteniendo durante años acabara de explotar de golpe.
—Es… —Mi voz se quiebra—. Es perfecta.
—Lo es.
Miro a Skylar. Y veo lágrimas acumulándose en sus ojos.
Brillantes. A punto de derramarse.
—No llores —digo, aunque mi propia voz suena peligrosamente cerca de quebrarse también.
—No puedo evitarlo. —Se ríe entre lágrimas—. Esto es… es muy bonito, Ronan.
Y tiene razón.
Es bonito.
Es la cosa más bonita que he experimentado jamás.
La bebé se remueve ligeramente en mis brazos. Abre los ojos. Me mira.
Y juro que me ve de verdad. Que sabe quién soy.
—Hola —susurro—. Hola, pequeña.
Sus labios se mueven. Como si estuviera intentando sonreír.
Y ahí es cuando pasa.
Algo dentro de mí explota.
No puedo describirlo de otra forma. Es como si todo lo que he estado conteniendo durante años —toda la soledad, todo el miedo, toda la certeza de que estaba demasiado roto para esto— se desintegrara en un segundo.
Y lo único que queda es esto.
Esta bebé en mis brazos.
Esta mujer a mi lado con los ojos brillantes por las lágrimas.
Y una necesidad tan feroz que me atraviesa hasta los huesos.
Necesito que esto sea real. Permanente.
Tengo que hacer el mayor esfuerzo de mi vida para no ponerme a llorar ahí mismo.
Para no desmoronarme completamente.
Trago saliva. Una vez. Dos veces. Intentando que mi garganta se destense lo suficiente para poder hablar.
—La niña estará segura si la tumbamos en el centro de la cama para dormir. Es tan pequeña que no se va a mover. Y yo debería irme —dice Skylar de repente, limpiándose las mejillas con el dorso de la mano—. A dormir. Ya sé dónde está el sofá.
—No.
La palabra sale con más fuerza de la que pretendía.
Casi como una súplica.
Ella me mira. Sorprendida.
—¿No?
—Quédate aquí conmigo. —Mi voz se quiebra en esa palabra—. Por favor.
—Ronan.
—Por favor. —Y ahora sí que sueno desesperado—. Quédate.
Ella niega con la cabeza, y veo pánico en sus ojos.
—No puedo. Es muy inapropiado. Estamos en tu cama.
—No te voy a tocar. —Las palabras salen atropelladas—. Lo prometo. No te voy a tocar. Solo quédate. Por favor.
Veo cómo lucha consigo misma. Cómo el pánico y algo más —algo que no puedo identificar— cruzan su expresión.
—No tengo miedo de eso —dice finalmente, y su voz sale más baja.
—¿Entonces de qué?
Pero ella no responde.
—Solo por esta noche. No tenemos cuna. Será más fácil si estamos los dos aquí.
No es verdad. Nada de eso es verdad.
Pero necesito que se quede. Necesito verla aquí, en mi espacio, aunque sea solo por unas horas más.
Skylar suspira.
—Solo por esta noche.
—Solo por esta noche —repito.
Ella asiente. Se levanta de la cama y camina hacia el otro lado.
—La bebé va en el medio —dice—. Así está segura.
Me ayuda a acostar a la bebé en el centro de la cama. Coloca almohadas a ambos lados como barreras adicionales, aunque la bebé es tan pequeña que apenas se mueve.
La bebé se estira. Bosteza. Y vuelve a quedarse dormida casi inmediatamente.
Y entonces Skylar se acuesta también. En el borde de su lado de la cama. Tan lejos de mí como puede estar sin caerse.
Yo me acuesto también. En mi lado.
Con la bebé entre nosotros.
Apago la luz de la lámpara. La habitación se sume en penumbra, solo iluminada por la luz de la ciudad que entra por las ventanas.
Escucho la respiración de Skylar. Suave. Regular. Y poco a poco, ralentizándose.
Se está durmiendo.
Yo no puedo.
No puedo cerrar los ojos. No puedo apartar la vista.
Porque aquí están. Las dos. En mi cama.
Skylar con el pelo extendido sobre la almohada como oro derramado. La cara relajada por el sueño. Y la bebé entre nosotros, tan pequeña y perfecta que duele mirarla.
Es la imagen más bonita que he visto jamás.
Y sé —con una certeza que me atraviesa hasta los huesos— que es la imagen más bonita que veré en mi vida.
Nada superará esto.
Nada.
Pero también sé algo más.
Algo que me destroza por dentro.
No me lo merezco.
No merezco esto. Esta paz. Esta perfección. Esta familia improvisada que ha aparecido en mi vida por una sola noche.
Estoy roto. Dañado de formas que ni siquiera sé nombrar. Llevo la misma sangre que mis padres, y ellos nos destruyeron. ¿Cómo sé que yo no haré lo mismo?
¿Cómo sé que no voy a arruinar esto también?
¿Cómo sé que no voy a contaminarlas con toda la oscuridad que llevo dentro?
Pero mientras las miro dormir —mi hija respirando suavemente, Skylar con una mano extendida cerca del bebé como si incluso dormida estuviera protegiéndola— me hago una promesa silenciosa.
Voy a intentarlo.
No sé si puedo ser lo que necesitan. No sé si soy capaz de ser el padre que ella merece o el hombre que Skylar necesita.
Probablemente no lo sea.
Probablemente esté tan roto que termine arruinándolo todo como siempre hago.
Pero voy a intentarlo con cada fibra de mi ser.
Porque esta imagen —esta noche, estas dos personas en mi cama— es lo único que he querido en mi vida sin atreverme a soñarlo.
Y aunque me aterroriza, aunque no tenga ni idea de cómo hacerlo, aunque sepa que probablemente fracase.
No voy a dejarlo ir sin luchar.
Cierro los ojos finalmente.
Pero no duermo.
Solo escucho sus respiraciones. La de mi hija. La de Skylar.
Y me permito, por una noche, fingir que esto es real.
Que son mías.
Que merezco esto.
Aunque sepa que no es verdad.