CAPÍTULO 10
RONAN
Cuando llegamos, el apartamento está exactamente igual que siempre.
Silencioso. Ordenado. Frío.
Pero ahora, con Skylar cruzando el umbral con mi hija en brazos, todo se siente diferente.
Cierro la puerta detrás de nosotros y dejo las bolsas de la farmacia en el suelo. Hay tantas que casi bloquean el recibidor.
—Tenemos que prepararle un biberón —dice Skylar, ajustando al bebé en sus brazos—. ¿Dónde está tu cocina?
—Por aquí.
La guío a través del salón hacia la cocina. Ella me sigue, meciendo suavemente al bebé que ha empezado a hacer pequeños ruiditos de protesta.
—Ya lo sé, cariño —murmura contra su cabecita—. Ya lo sé. Vamos a darte de comer ahora mismo.
Cuando llegamos a la cocina, me quedo de pie en medio sin saber qué hacer.
—¿Tienes un hervidor? —pregunta Skylar.
—Sí. —Lo señalo en la encimera.
—Perfecto. Llénalo de agua y ponlo a calentar.
Hago lo que me dice. Lleno el hervidor. Lo enchufo. El agua empieza a calentarse con un suave zumbido.
—Ahora necesitamos un biberón y la fórmula —dice ella—. ¿Dónde están las bolsas?
—En la entrada.
—Ve a buscarlas. Trae un biberón de plástico y una lata de fórmula. También el aparato para desinfectar los biberones en el microondas.
Voy al recibidor, busco entre las bolsas hasta encontrar lo que necesito, y vuelvo a la cocina.
Skylar sigue meciendo al bebé, que ahora está llorando suavemente.
—Lo primero coge un biberón y desinféctalo tal y como pone en las instrucciones del aparato.
Bien. Puedo hacerlo.
Cuando lo tengo hecho vuelvo a mirar a Skylar.
—Vale. —Me mira—. Ahora abre la lata de fórmula. Debería tener una cuchara dosificadora dentro.
Abro la lata. Efectivamente, hay una cuchara de plástico blanco enterrada en el polvo.
—¿La saco?
—Sí. Y luego lee las instrucciones en la parte de atrás de la lata. Debería decir cuánta agua y cuántas medidas necesitas.
Leo la etiqueta. Las letras se mueven ligeramente porque mis manos no están tan firmes como pensaba.
—Treinta mililitros de agua por cada medida de polvo.
—Perfecto. ¿Cuántas medidas para un biberón completo? Seguro que es demasiado para su edad, pero prefiero que tenga leche de más de que menos.
Suena muy inteligente.
Sigo leyendo.
—Seis medidas para ciento ochenta mililitros.
—Bien. Ahora saca el biberón del esterilizador. Debería tener marcas de medición en el lateral.
Lo hago. Mis dedos se sienten torpes manipulando algo tan pequeño.
—¿Las ves?
—Sí.
—El agua ya debería estar lista. Vierte ciento ochenta mililitros en el biberón.
Cojo el hervidor. Lo inclino sobre el biberón. El agua sale en un chorro que casi se desborda antes de que consiga controlarlo.
—Despacio —dice Skylar suavemente—. No hay prisa.
Respiro hondo. Lleno el biberón hasta la marca correcta.
—Ya está.
—Ahora añade las seis medidas de fórmula. Tiene que estar nivelada, no muy llena. No tienes que prensarla.
Meto la cuchara en el polvo. La lleno. La nivelo con el borde de la lata.
—¿Así?
—Sí. Perfecto. Métela en el biberón.
Lo hago. El polvo cae en el agua caliente, formando pequeños grumos blancos que flotan en la superficie.
—Ahora la segunda.
Repito el proceso. Una medida. Dos. Tres. Cuatro. Cinco. Seis.
—Pon la tapa y agita —dice Skylar—. Tiene que disolverse completamente.
Cierro el biberón. Lo agito. El líquido se vuelve blanco lechoso, pero todavía veo algunos grumos.
—Más fuerte —dice ella—. No se va a romper.
Agito con más fuerza. Los grumos desaparecen.
—¿Ya está?
—Casi. Ahora tienes que comprobar la temperatura. No puede estar muy caliente. Échate unas gotas en la muñeca. Si no te quema, está bien.
Giro el biberón. Aprieto. Unas gotas caen sobre mi muñeca.
Están calientes. Pero no queman.
—Creo que está bien.
—Perfecto. —Skylar sonríe—. Lo has hecho muy bien.
Algo en mi pecho se afloja ligeramente con esas palabras.
—Ahora vamos al sofá —dice ella—. Voy a darle de comer.
Caminamos de vuelta al salón. Skylar se sienta en el sofá con el bebé, acomodándola en su regazo.
—Dame el biberón —dice, extendiendo la mano.
Se lo paso.
Y entonces me siento en el otro extremo del sofá. No demasiado cerca. Pero lo suficiente para verlas.
Skylar acerca el biberón a los labios de la bebé. Tarda un segundo. Dos. Y entonces la bebé empieza a succionar.
Y todo el mundo se detiene.
—Ahí está —murmura Skylar, ajustando el ángulo del biberón—. Eso es, preciosa. Come todo lo que quieras.
No puedo apartar los ojos.
De la forma en que Skylar sostiene a la bebé. Con un brazo bajo su cabecita, el otro sosteniendo el biberón. Sus dedos son tan pequeños. Tan delicados. Pero hay una seguridad en la forma en que se mueve. Como si hubiera nacido para esto.
La forma en que mira a la bebé mientras come. Con una ternura que hace que algo en mi garganta se cierre. Como si fuera lo más importante del mundo en este momento. Como si no existiera nada más.
Hay algo profundamente maternal en ella. No es solo técnica o experiencia profesional. Es algo más profundo. Algo innato.
Y verla así, en mi apartamento, alimentando a mi hija…
Algo en mi pecho se expande. Se llena. Hasta el punto de doler físicamente.
Es como si cada parte vacía de mí que llevo ignorando durante años acabara de llenarse de golpe. Tan rápido. Tan completo. Que no sé cómo procesarlo.
No sé cómo nombrar lo que siento. No tengo las palabras. Solo sé que es enorme. Abrumador. Como si estuviera en carne viva por dentro y cada segundo que pasa me desollara un poco más.
Y hay un anhelo.
Un anhelo tan inmenso que casi me ahoga.
Necesito que esto sea mío. Las dos. Necesito que sean mías.
La idea aparece con tanta claridad que me deja sin aire.
—¿Estás bien? —pregunta Skylar, y me doy cuenta de que me está mirando.
—Sí.
—Pareces… ¿abrumado?
—Estoy bien.
No lo estoy. Para nada.
Pero no sé cómo explicarle que estoy a punto de explotar por dentro. Que verla así me está destruyendo de la forma más hermosa posible.
La bebé termina de comer. Skylar deja el biberón en la mesa del centro y la levanta contra su hombro, frotando su espalda en pequeños círculos.
—Ahora toca eructar —explica—. A veces tarda un poco.
—¿Y si no eructa?
—Eructará. Ten paciencia.
Espero. Observo cómo sus manos se mueven en círculos constantes sobre la espalda diminuta del bebé. Cómo murmura palabras suaves que no alcanzo a escuchar completamente.
Y entonces escucho el sonido más ridículamente adorable que he oído en mi vida.
Un pequeño eructo.
Skylar se ríe. Una risa cálida que ilumina su cara entera.
—Eso es. Muy bien hecho.
Vuelve a colocar a la bebé en su regazo, mirándola con una ternura que hace que algo en mi interior se contraiga dolorosamente.
Le cambia de pañal con una destreza que me deja sin palabras.
—Ahora viene la parte difícil —dice, levantando la vista hacia mí cuando acaba—. Tienes que cogerla tú.
El estómago se me cierra como un puño.
—¿Qué?
—Tienes que cogerla. —Su voz es suave pero firme—. Ya está limpia, alimentada, feliz. Es el momento perfecto.
—No sé cómo.
—Por eso voy a enseñarte.
—Skylar…
—Ronan. —Me mira directamente a los ojos—. Puede que sea tu hija. Tienes que cogerla. No puedes tener miedo.
Tiene razón. Lo sé.
Pero la idea de sostener algo tan pequeño, tan frágil, me aterra más que cualquier cosa que haya enfrentado en mi vida.
—¿Y si le hago daño? ¿Y si la sujeto mal y se cae?
—No se va a caer. Yo estoy aquí. Te voy a ayudar.
—No puedo.
—Sí puedes. —Se levanta del sofá con la bebé en brazos—. Pero si te hace sentir más seguro, podemos ir a tu habitación. Si estás sentado en el centro de tu cama, no hay forma de que pase nada.
No estoy seguro de sentirme más seguro de ninguna forma. Pero le indico cuál es mi habitación de todas formas.
Porque cuando Skylar me dice que haga algo con esa voz cálida pero determinada, me resulta imposible decirle que no.
Mi habitación está exactamente como siempre. Minimalista. Gris. Funcional.
Pero cuando Skylar entra, con la bebé en brazos, todo cambia.
Es como si hubiera traído color a un espacio que no sabía que necesitaba color.
—Siéntate. —Señala el centro de la cama—. En el medio.
Me siento. El corazón me late tan fuerte que estoy seguro de que puede escucharlo.
Y entonces Skylar se arrodilla en la cama.
Y empieza a acercarse a mí.
Con mi hija en brazos.
Su pelo cae como una cortina dorada sobre sus hombros. Los ojos brillan en la luz tenue de la lámpara. Y hay algo en la forma en que se mueve —con esa gracia natural, esa confianza— que hace que no pueda respirar.
Está en mi cama.
En mi espacio más privado.
Con mi hija.
Acercándose a mí de rodillas con el bebé contra su pecho y una mirada llena de ternura.
Y sé —con una certeza absoluta— que no voy a sobrevivir a esto.
Que mi corazón va a explotar en algún punto de esta experiencia.
—Vale. —Se detiene justo frente a mí, tan cerca que puedo oler su champú. Vainilla y coco—. Pon los brazos así.
Me guía. Coloca mi brazo izquierdo en un ángulo. El derecho debajo.
Sus dedos en mi piel me queman, aunque apenas me toca.
—Vas a sostenerla con este brazo. —Toca mi brazo izquierdo—. Y este es para apoyo. Para que su cabecita no se mueva demasiado.
—Vale.
Mi voz sale más ronca de lo normal.
—¿Estás listo?
—No.
—Perfecto. Da igual —Sonríe ligeramente—. Allá vamos.
Y entonces coloca a la bebé en mis brazos.
Y todo mi mundo se detiene.
Es tan pequeña.
Tan jodidamente pequeña.
No pesa casi nada. Como si estuviera hecha de plumas y aire. Y está caliente. Tan caliente que me sorprende.
Su cabecita descansa en el hueco de mi codo. Sus ojitos están cerrados. Y tiene el puño cerrado contra su mejilla, con esos deditos tan diminutos que parecen imposibles.
—Ronan —dice Skylar suavemente—, respira.
Y me doy cuenta de que no lo estaba haciendo.
Inhalo. Profundo. Tembloroso.
—Ahí está —murmura ella—. Eso es. Lo estás haciendo perfecto.
Pero no me siento perfecto.
Me siento como si estuviera a punto de romperme en mil pedazos.