Un CEO Imposible (Los halcones de Wall Street 3) CAPÍTULO 9
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CAPÍTULO 9

SKYLAR

La farmacia es enorme y está casi vacía a esta hora. Solo estamos nosotros, un empleado reponiendo estanterías, y un guardia de seguridad que parece medio dormido junto a la entrada.

Ronan coge un carrito y lo empuja hacia el pasillo de productos infantiles con una determinación que hace que todo parezca una operación militar.

Yo lo sigo con la bebé en brazos, que ha vuelto a quedarse dormida contra mi hombro. La verdad es que es increíblemente buena.

Cuando llegamos al pasillo, Ronan se detiene en seco.

Y se queda mirando las estanterías como si acabara de aterrizar en otro planeta.

Hay pañales hasta arriba. Diferentes marcas, diferentes tamaños, diferentes colores de paquete. Y al lado, fórmulas. Docenas de latas con etiquetas que prometen cosas diferentes: «para cólicos», «para gases», «para piel sensible», «para bebés prematuros».

—Joder —murmura.

—Sí —digo, mordiéndome el labio para no sonreír—. Es abrumador la primera vez.

—¿La primera vez? —Me mira—. ¿Esto se hace más fácil?

—No. Pero te acostumbras a estar confundido.

No le hace gracia. Vuelve a mirar las estanterías con el ceño fruncido.

—¿Por dónde empiezo?

—Por lo básico. —Me acerco a los pañales—. Por el tamaño, yo diría que necesita una talla uno. De dos kilos y medio a cuatro kilos y medio.

Cojo un paquete con mi mano libre y se lo paso.

Él lo coge como si le acabara de entregar algo explosivo. Lo gira. Lee la etiqueta. La vuelve a leer.

—¿Solo uno?

—Para empezar, sí. Si no le van bien, compramos otros.

—¿Y si se nos acaban esta noche?

—Ronan, ese paquete tiene treinta y seis pañales. A menos que planees cambiarla cada veinte minutos…

—¿Cada cuánto hay que cambiarlos?

—Cada dos o tres horas aproximadamente. O cuando haga caca.

Él palidece visiblemente.

—¿Cómo voy a saber cuándo hace caca?

—Créeme. Lo sabrás.

Me mira como si acabara de darle la peor noticia de su vida.

Y esta vez no puedo contener la sonrisa.

—No es gracioso —murmura, pero hay algo en su tono que sugiere que sabe exactamente lo ridículo que suena.

—Un poco sí.

—Estoy completamente perdido y tú te estás riendo de mí.

—No me estoy riendo. —Aunque definitivamente estoy sonriendo—. Solo me parece tierno que estés tan preocupado.

Algo cruza su expresión. ¿Sorpresa? ¿Alivio?

—¿Tierno?

—Sí. —Ajusto al bebé en mis brazos—. La mayoría de la gente entraría aquí y cogería lo primero que viera. Tú estás leyendo cada etiqueta como si fuera un contrato de inversión.

—Es más importante que un contrato de inversión.

Y Dios, esa respuesta hace que algo en mi pecho se apriete.

—Lo sé —digo suavemente—. Y por eso lo vas a hacer bien.

Nos miramos durante un segundo. Dos.

Y entonces él carraspea y vuelve a mirar los pañales.

—Vale. Uno. —Mete el paquete en el carrito.

Cuando me giro hacia la fórmula, escucho el sonido inconfundible de más paquetes siendo añadidos.

—Ronan.

—¿Qué?

—¿Cuántos has cogido?

—Dos más. Por si acaso.

—Por si acaso ¿qué? ¿Por si hay un apocalipsis de pañales?

—Nunca se sabe.

Esta vez sí que me río. Y cuando lo miro, hay algo en la comisura de su boca que podría ser casi una sonrisa.

Seguimos avanzando. La fórmula es el siguiente reto.

Ronan se queda de pie frente a las estanterías, leyendo cada etiqueta con la misma concentración que si estuviera revisando análisis financieros.

—¿Esta? —pregunta, señalando una lata azul.

—Esa es para bebés con reflujo.

—¿Esta?

—Para intolerancia a la lactosa.

—¿Esta?

—Para bebés prematuros.

—Joder. —Se pasa una mano por el pelo, descolocándolo—. ¿Por qué hay tantas?

—Porque cada bebé es diferente. —Cojo una lata con mi mano libre—. Pero esta es la estándar. Para bebés sanos de cero a seis meses. Empezamos con esta.

—¿Y si no le gusta?

—Entonces probaremos otra.

—¿Y si le hace daño?

—No le va a hacer daño. Es una fórmula regulada y testada. Millones de bebés la toman.

—Pero ¿y si…?

—Ronan. —Pongo la lata en el carrito—. Dos para empezar. Si hay algún problema, lo solucionaremos. ¿Vale?

Él mira la lata. Luego a mí. Luego al bebé dormido en mis brazos.

—Vale.

Y coge dos más.

—Son cuatro —señalo.

—Por si se acaba.

—Ronan, cada lata dura mucho.

—Me da igual.

Levanto las manos en rendición.

—Cuatro. Perfecto.

Los biberones son el siguiente campo de batalla.

—¿De cristal o de plástico? —pregunta, mirando las opciones como si fuera a salvar vidas con su decisión.

—Plástico. Son más seguros. No se rompen si se caen.

—¿Pero el cristal no es mejor?

—El plástico está bien. Confía en mí.

Coge tres de plástico.

—¿Solo tres? —pregunto, y no puedo evitar el tono burlón.

Me lanza una mirada.

—Pensaba coger más.

—Lo sé.

Veo cómo duda. Cómo mira los de cristal. Cómo calcula.

Y entonces coge tres de cristal también.

—Para tener opciones —explica.

—Claro.

—Por si los de plástico no funcionan.

—Completamente lógico.

—Deja de burlarte de mí.

—No me estoy burlando. —Aunque definitivamente estoy sonriendo—. Solo me parece dulce.

—Deja de usar esa palabra.

—¿Cuál? ¿Dulce?

—Esa.

—¿Por qué? Es lo que eres ahora mismo. Dulce.

—No soy dulce. Soy práctico.

—Eres dulce. Y práctico. Las dos cosas.

Él niega con la cabeza, pero puedo ver cómo algo en su expresión se suaviza.

Seguimos llenando el carrito. Un esterilizador para el microondas. Toallitas. Crema para el pañal. Un termómetro digital que Ronan estudia durante cinco minutos completos antes de decidirse. Chupetes. Gasas. Mantas suaves.

—¿Bodies? —pregunta cuando llegamos a la sección de ropa.

—Sí. Definitivamente.

Coge uno. Lo mira. Lee la talla.

—¿De dos a cuatro meses?

—Perfecto.

Coge otro en talla tres a seis.

—No sabemos cuánto va a crecer —explica.

—Ronan, no va a crecer esta noche.

—Pero en unas semanas…

—Vale. Coge las dos tallas.

Lo hace. Y luego añade uno en talla seis a nueve.

—Por si crece rápido —dice antes de que pueda comentar.

Y algo en mi pecho se derrite completamente.

Porque no está siendo ridículo. Está siendo un padre. Un padre aterrado que no sabe lo que está haciendo pero que quiere estar preparado para todo.

—Es perfecto —digo suavemente.

Él me mira.

—¿El qué?

—Esto. —Señalo el carrito lleno—. Todo esto. Lo que estás haciendo.

No dice nada. Pero algo en sus ojos cambia.

En el siguiente pasillo, se detiene frente a un expositor de peluches.

Coge uno. Un conejito de color crema con orejas largas y suaves.

Lo sostiene con ambas manos, mirándolo con una seriedad que hace que parezca que está evaluando una inversión multimillonaria.

—¿Es demasiado? —pregunta finalmente.

—Es precioso.

—Pero ¿lo necesita?

—Probablemente no. Pero eso no significa que no deba tenerlo.

Él mira el conejo. Luego a mí. Luego al bebé dormido en mis brazos.

—¿Y si le da miedo dormir sola? ¿Y si necesita algo?

Y Dios, eso me rompe por completo.

Porque Ronan Hawke —el hombre que bloquea emociones como si fueran enemigas— está preocupado por si un bebé tiene miedo.

—Coge el conejo —digo, y mi voz sale más ronca de lo que pretendía—. De verdad, cógelo.

Lo añade al carrito. Con ese cuidado que está usando con todo. Como si cada cosa importara.

Porque para él importa.

—¿Algo más? —pregunta.

—Creo que ya tenemos todo lo básico.

Mira el carrito. Que está desbordando. Y luego me mira a mí.

—¿Segura?

—Segura.

—Porque si necesitamos volver…

—Ronan. —Me río—. Tienes suficiente aquí para sobrevivir un mes.

—¿Solo un mes?

—Vamos a pagar antes de que decidas comprar la tienda entera.

En la caja, el cajero —un chico de unos veinte años con una sonrisa amable— empieza a escanear los artículos.

—Vaya —dice, mirando la cantidad—. ¿Primera vez?

Ronan lo mira.

—¿Tan obvio es?

—Un poco. —El chico se ríe—. Pero no se preocupe. Todo el mundo compra demasiado la primera vez.

—No es demasiado —murmura Ronan.

—Es definitivamente demasiado —digo.

Me lanza una mirada que no tiene nada de divertida.

El total aparece en la pantalla. Seiscientos cuarenta y tres dólares.

Ronan pasa su tarjeta sin mirar. Sin pestañear.

—Los primeros meses son duros —dice el cajero mientras nos ayuda a guardar los productos en bolsas—. Pero luego uno se acostumbra. Y cuando sonríe por primera vez, se olvida de todo lo demás.

Algo en la expresión de Ronan cambia.

—¿De verdad?

—De verdad. Mi hermana tuvo un bebé el año pasado. Casi nos mata a todos de agotamiento. Pero ahora… —El chico sonríe—. Ahora no nos imaginamos la vida sin ella.

Ronan no dice nada. Pero puedo ver cómo procesa las palabras.

Salimos de la tienda cargados con bolsas. Tantas que tenemos que hacer dos viajes hasta el coche.

Cuando finalmente todo está en el maletero, Ronan se queda de pie junto al coche, mirando hacia el interior donde el bebé sigue durmiendo en su silla.

—¿Estás bien? —pregunto.

—No lo sé. —Su voz sale más baja de lo habitual—. No sé qué estoy haciendo. No sé si puedo hacer esto.

—Ronan. —Me acerco a él—. Mírame.

Lo hace. Y en la luz naranja del aparcamiento, puedo ver cada línea de tensión en su cara. Cada sombra de miedo. Cada grieta en esa armadura que normalmente parece impenetrable.

—Nadie sabe qué está haciendo la primera vez —digo suavemente—. Ni siquiera los que planean tener hijos. Todos improvisan. Todos cometen errores. Todos tienen miedo.

—No puedo permitirme cometer errores con ella.

—Vas a cometerlos de todas formas. Y vas a aprender. Y vas a intentarlo otra vez. Así es como funciona.

Él traga saliva. Asiente.

—Pero lo vas a hacer bien —continúo—. Porque ya estás aquí. Ya has comprado medio pasillo de una farmacia para asegurarte de que tiene todo lo que necesita. Y eso es más de lo que mucha gente hace.

Nos miramos durante varios segundos.

Y entonces, muy despacio, él levanta la mano y roza mi codo con los dedos.

Es apenas un toque. Un segundo. Nada.

Pero lo siento en cada terminación nerviosa.

—Gracias —dice en voz baja.

Me quedo sin palabras y muy afectada.

Así que simplemente asiento.

Nos subimos al coche en silencio. Yo atrás, junto al bebé. Él delante, arrancando el motor con manos que ya no tiemblan tanto.

Y mientras salimos del aparcamiento, con el maletero lleno de cosas para bebés y el asiento trasero lleno de una criatura que está cambiándolo todo, me doy cuenta de algo que me aterra.

Estoy en problemas.

Problemas serios.

Porque por mucho que me repita que esto es temporal, que mañana todo será diferente, que tengo que proteger mi corazón…

Ya es demasiado tarde.

Ver a Ronan Hawke así —vulnerable y asustado y haciendo todo lo posible por ser lo que esta bebé necesita— está destruyendo cada defensa que he construido alrededor de mi corazón.

Y no tengo ni idea de cómo voy a sobrevivir a esta situación.