Un CEO Imposible (Los halcones de Wall Street 3) CAPÍTULO 8
26%

CAPÍTULO 8

SKYLAR

—Tenemos que ir a comprar —digo, ajustando al bebé en mis brazos, cuando el silencio que se ha instalado entre nosotros se vuelve casi insoportable.

Ronan sigue cerca de mí, con la mano todavía presionada contra su pecho como si necesitara recordarse que tiene que seguir respirando.

—¿Ahora? —pregunta, y su voz sale ronca.

—Ahora. —Lo miro directamente—. Como no sabías que tenías una hija entiendo que no tienes nada. Ni pañales, ni fórmula, ni biberones. Y cuando la bebé se despierte va a necesitar comer.

Veo cómo procesa la información. Cómo algo en sus ojos cambia de esa intensidad abrumadora a algo más práctico. Más controlado.

—De acuerdo. Vamos.

—Primero tengo que volver a meterla en el portabebés —digo, acercándome a la mesa de centro donde sigue el portabebés vacío—. No puedo llevarla en brazos en el coche.

Me arrodillo junto a la mesa, sosteniendo al bebé con cuidado. Es un proceso delicado: apoyar su cabecita, sostener su cuerpecito, deslizarla dentro sin molestarla.

Ronan se agacha a mi lado. Tan cerca que puedo sentir el calor que irradia.

—¿Necesitas…? —empieza, pero se detiene.

—Ya está —murmuro, ajustando al bebé dentro del portabebés—. Lista.

Me pongo de pie. Ronan hace lo mismo, pero sus ojos siguen fijos en ella.

—¿La cojo yo? —pregunta.

—Si quieres.

Se inclina, deslizando las manos bajo el asa del portabebés. Lo levanta con un cuidado exagerado que me resulta demasiado conmovedor.

A la altura de su pecho. Como si cualquier lugar por debajo fuera peligroso.

—El asa no se va a romper —digo mientras caminamos hacia la puerta—. Para eso está.

—Ya lo sé.

—Ronan, lo estás sosteniendo como si fuera una bomba.

Me lanza una mirada de reojo.

—Es más frágil que una bomba.

No puedo evitarlo. Una sonrisa se me escapa.

Y algo en su expresión se suaviza. Solo un segundo. Pero está ahí.

Salimos al pasillo. Caminamos hacia el ascensor. Ronan pulsa el botón con el codo porque tiene las dos manos ocupadas sosteniendo el portabebés a la altura equivocada.

—Puedes bajarlo —digo cuando entramos en el ascensor—. No va a romperse.

—Lo sé.

Pero no lo baja.

Las puertas se cierran y descendemos en silencio. Puedo ver su reflejo en las paredes metálicas. La forma en que mira al bebé cada pocos segundos. La tensión en sus hombros que no ha desaparecido ni un ápice.

Cuando llegamos al garaje, Ronan se dirige directamente hacia un Tesla negro que brilla bajo las luces LED.

Abre el coche con un botón en la llave.

—La silla va en el asiento trasero —digo—. Detrás del conductor si es posible. Es la posición más segura.

Abre la puerta trasera. Me mira.

—¿Sabes instalarla?

—Es literalmente parte de mi formación. —Me acerco, extendiendo las manos—. Dame el portabebés.

Me lo pasa con un cuidado extremo, como si estuviera transfiriéndome algo invaluable.

Es adorable. Y odio que sea adorable.

Me inclino dentro del coche, colocando el portabebés en el asiento. Coloco el cinturón de la forma adecuada y encajo la base.

Tiro del portabebés hacia mí. No se mueve.

Compruebo las correas del arnés que sujetan al bebé. Ajusto la tensión. Me aseguro de que todo esté en su sitio.

—¿Ya está? —pregunta Ronan, y hay algo en su voz. ¿Preocupación quizás?

—Sí. Ya está. —Salgo del coche—. La niña está bien sujeta y lista para viajar.

Él se inclina dentro del coche inmediatamente, tirando del portabebés con ambas manos.

—¿Segura?

—Ronan, sé instalar una silla de bebé. Es mi trabajo proteger menores.

—Ya, pero…

—Está bien. De verdad.

Se queda ahí un momento más, comprobando las correas del arnés. Las vuelve a comprobar.

—Ronan.

Finalmente se endereza. Me mira con esos ojos grises llenos de algo que no puedo identificar.

—Es que… si le pasa algo…

—No le va a pasar nada. —Mi voz sale más suave de lo que pretendía—. Está segura. Te lo prometo. Jamás dejaría que le pasase nada.

Nos miramos durante varios segundos. Demasiado cerca. Demasiado intenso.

Soy yo quien rompe el momento.

—Tenemos que irnos. Antes de que se despierte.

Ronan cierra la puerta trasera con cuidado y se queda ahí un momento, mirando hacia el interior del coche como si no pudiera creer que hay un bebé dentro.

—¿Estás bien? —pregunto.

—Sí. —Pero no suena convincente.

—Ronan.

—Estoy bien. Vamos.

Rodea el coche hacia el asiento del conductor mientras yo abro la puerta trasera del lado opuesto y me subo.

Me coloco en el asiento detrás del copiloto, justo al lado del portabebés. Desde aquí puedo verla perfectamente. Puedo tocarla si necesita algo. Puedo asegurarme de que está bien.

Ronan arranca el motor y me mira por el retrovisor.

—¿Por qué te has sentado atrás?

—Porque ella va atrás. —Ajusto mi cinturón—. Y si se despierta o necesita que la atienda, estoy aquí.

Algo cruza su expresión. Alivio, quizás.

—Bien. Sí. Gracias.

Empieza a conducir.

Y de inmediato me doy cuenta de que va ridículamente despacio.

Diez kilómetros por hora por debajo del límite de velocidad. Frena en cada semáforo con tanta suavidad que apenas siento la desaceleración. Y nos mira por el retrovisor cada cinco segundos.

A las dos.

Comprobando. Verificando. Asegurándose de que todo está bien.

Algo en mi pecho se ablanda.

Porque Ronan Hawke —el hombre que construyó murallas tan altas alrededor de su corazón que nadie puede escalarlas— está completamente aterrado por un bebé de cuatro kilos.

—Está bien —digo suavemente después del décimo vistazo.

Sus ojos encuentran los míos en el espejo.

—¿Segura?

—Segura. Sigue durmiendo. Respira bien. Todo está bien.

—¿Y si…?

—No le va a pasar nada, Ronan. —Pongo mi mano sobre el borde del portabebés, cerca de su manita—. Lo estás haciendo bien.

Veo cómo traga saliva. Cómo sus manos se aprietan sobre el volante.

—No sé qué estoy haciendo.

—Nadie sabe qué está haciendo la primera vez. Pero estás aquí. Estás conduciendo con cuidado. Estás pendiente de ella. Eso es más de lo que muchos hacen.

No responde. Pero vuelve a mirar el retrovisor.

Y esta vez, cuando nuestros ojos se encuentran, hay algo diferente en su mirada.

Algo vulnerable.

Algo que hace que el aire en el coche se sienta más denso.

Un taxi nos adelanta por la derecha, tocando la bocina de forma agresiva. Ronan ni se inmuta. Sigue a su ritmo. Pendiente solo de nosotras.

Y eso… eso me derrite por dentro.

Porque nunca pensé que vería a Ronan Hawke así. Desarmado. Asustado. Haciendo todo lo posible por proteger a alguien tan pequeño y frágil.

Es devastador.

—Respira —digo finalmente, porque puedo ver cómo la tensión le está consumiendo—. De verdad. Está bien. Lo prometo.

Sus ojos encuentran los míos en el espejo otra vez.

—¿Cómo puedes estar tan tranquila?

—Porque he hecho esto cientos de veces. Y porque sé reconocer cuando un bebé está bien. —Miro a la bebé, que sigue durmiendo pacíficamente—. Ella está bien. Y tú también vas a estarlo.

Algo en su mandíbula se relaja. Solo un poco.

Pero es suficiente.

Seguimos conduciendo en silencio. Él comprobando el retrovisor cada pocos segundos. Yo manteniendo mi mano cerca del portabebés, atenta a cualquier cambio en su respiración, en su color, en cualquier cosa que indique que me necesita.

Y entonces sucede.

La bebé se retuerce ligeramente. Frunce el ceño. Abre los ojos.

Y empieza a llorar.

No es un quejido suave. No es un llanto que va creciendo gradualmente. Es un grito a pleno pulmón que llena el coche como una sirena.

Ronan pisa el freno tan bruscamente que el cinturón se me clava en el pecho.

—¿Qué le pasa? —Su voz sube una octava—. ¿Está bien? ¿Le duele algo?

—Está bien —digo inmediatamente, girándome completamente hacia el portabebés—. Solo tiene hambre. O el pañal sucio. O ambas cosas.

—¿Qué hago? ¿Paro? ¿Sigo?

—Sigue conduciendo. —Deslizo los dedos entre las correas del arnés para tocar su manita—. Llegaremos en cinco minutos.

—No puedo conducir mientras llora así.

—Ronan, mírame. —Espero hasta que sus ojos encuentran los míos en el espejo—. Respira. Es un bebé. Los bebés lloran. Es lo único que saben hacer para comunicarse. No significa que algo vaya mal.

—¿Segura?

—Completamente segura. —Mantengo mi mano sobre la suya, sintiendo cómo sus deditos se cierran alrededor del mío—. Ahora conduce. Yo me quedo aquí con ella.

Veo cómo lucha consigo mismo. Cómo cada fibra de su ser quiere detenerse, salir del coche, hacer algo.

Pero finalmente asiente y vuelve la vista al frente.

Empieza a conducir otra vez. Más rápido esta vez. Con más urgencia.

—Hola, preciosa —murmuro, inclinándome lo más cerca que puedo sin soltar mi cinturón—. Ya lo sé. Ya lo sé. Tienes hambre y no entiendes qué está pasando.

El llanto no para, pero sus deditos siguen aferrados al mío.

—Eso es —sigo murmurando, acariciando su manita con el pulgar—. Sigue sosteniendo mi dedo. Ya casi llegamos. Te prometo que vamos a darte de comer muy pronto.

Miro hacia arriba y encuentro los ojos de Ronan en el retrovisor otra vez. Me está mirando con una intensidad que hace que se me corte la respiración.

—¿Funciona? —pregunta, y su voz sale tensa.

—Más o menos. —No aparto mi mano de la suya—. Pero lo importante es que está bien. Solo protesta. Es diferente.

—¿Cómo lo sabes?

—Por el tipo de llanto. Este es de hambre o incomodidad. Si fuera dolor, sonaría diferente. Confía en mí.

Él no responde. Pero acelera ligeramente.

—Gira a la izquierda en el próximo semáforo —digo—. Hay una farmacia grande que abre veinticuatro horas.

Él asiente. Gira.

Y para cuando llegamos al aparcamiento, el llanto del bebé sigue siendo fuerte pero constante. No ha empeorado. Y eso es bueno.

Ronan aparca en la primera plaza que encuentra. Ni siquiera espera a que el motor se apague completamente antes de salir del coche.

Tiene mi puerta abierta en segundos.

—Sácala —dice, y hay urgencia real en su voz—. Por favor.

Desabrocho las correas del arnés con manos expertas y levanto al bebé con cuidado. En cuanto está contra mi pecho, el llanto disminuye. No para completamente, pero se convierte en pequeños sollozos entrecortados.

—Hola, cariño —murmuro contra su cabecita, saliendo del coche—. Ya está. Ya está.

Empiezo a mecerla suavemente, caminando en pequeños círculos en el aparcamiento. Y poco a poco, los sollozos se calman. Se convierten en suspiros. Y finalmente, casi silencio.

Cuando levanto la vista, Ronan me está mirando con una expresión que hace que se me olvide respirar.

—¿Cómo has hecho eso? —pregunta.

—Con práctica. —Sigo meciendo al bebé—. Y suerte. Mucha suerte.

—No parece suerte. Parece que sabes lo que haces.

—Créeme, con los bebés siempre es suerte.

Él niega con la cabeza, pero no dice nada más.

—Vamos —digo finalmente, rompiendo el momento—. Antes de que cambie de opinión y vuelva a llorar.

Empiezo a caminar hacia la entrada de la farmacia. Lo escucho cerrar el coche detrás de mí. Sus pasos acercándose.

Y cuando llegamos a la entrada automática, está justo a mi lado. Tan cerca que puedo sentir el calor que irradia.

Tan cerca que cuando miro hacia arriba, encuentro sus ojos ya fijos en mí.

—Gracias —dice en voz baja—. Por todo esto.

No sé qué decirle.

Así que simplemente asiento y entro en la farmacia.

Con un bebé en brazos que no es mío.

Y un hombre a mi lado que nunca debería haber vuelto a ver.

Y mi corazón que late demasiado rápido por razones que no tienen nada que ver con el trabajo.