CAPÍTULO 7
SKYLAR
El ascensor se detiene en su planta con un suave ding que resuena en el silencio.
Las puertas se abren.
Y tengo que obligarme a salir.
El pasillo es exactamente lo que esperaba de un edificio como este: suelo de mármol pulido, iluminación indirecta, paredes en tonos grises y blancos. Minimalista. Elegante. Frío.
Hay una sola puerta al final del pasillo.
Por supuesto.
La planta entera es suya.
Mis tacones suenan demasiado fuerte contra el mármol mientras camino. Cada paso me acerca a algo que llevo años evitando y deseando a partes iguales.
Verlo.
Estar en el mismo espacio que él.
Respirar el mismo aire.
El corazón me late tan fuerte que puedo escucharlo en mis oídos. Las manos me tiemblan ligeramente. La garganta se me ha cerrado de una forma que hace que tragar saliva sea casi imposible.
Esto es ridículo.
Soy una profesional. He manejado cientos de casos. He entrado en casas de desconocidos. Me he enfrentado a situaciones mucho más difíciles que esta.
Pero ninguna de esas situaciones involucraba a Ronan Hawke.
Llego a la puerta. Me detengo.
Respiro hondo. Una vez. Dos veces. Intento calmar el temblor en mis manos.
No funciona.
Levanto la mano. Llamo a la puerta.
El sonido resuena en el pasillo vacío.
Y entonces escucho pasos al otro lado. Acercándose.
El corazón se me dispara todavía más. Como si quisiera salirse de mi pecho. Como si supiera que al otro lado de esta puerta está la única persona que ha sido capaz de romperme.
La cerradura hace clic.
El pomo gira.
La puerta se abre.
Y ahí está.
Ronan Hawke.
Después de nueve años.
El aire se me queda atascado en los pulmones. Todo el cuerpo se me paraliza. El mundo entero se reduce a este momento, a este hombre de pie frente a mí, mirándome como si tampoco pudiera creer que esto esté pasando.
Es más alto de lo que recordaba. O quizás es solo que su presencia llena el espacio de una forma diferente ahora. Más sólida. Más imponente.
Lleva vaqueros oscuros que le quedan perfectos y una camiseta negra que se ajusta a su torso de una forma que hace que tenga que obligarme a no mirar.
El pelo —que siempre llevaba impecablemente peinado— está despeinado, como si se hubiera pasado las manos por él mil veces.
Tiene la mandíbula apretada, los hombros tensos, y esos ojos grises que me persiguen en sueños me están mirando con una intensidad que me quema desde dentro.
Han pasado años y sigue siendo devastadoramente guapo.
Más.
Porque ya no es el chico universitario que conocí. Ahora es un hombre. Con líneas finas alrededor de los ojos que no estaban antes. Con una seguridad en sí mismo que antes solo era una promesa. Con un poder que se siente físicamente.
Y me sigue mirando.
Sin decir nada.
Como si se le hubiera olvidado hablar.
Yo tampoco puedo hablar.
Porque de repente soy esa chica inocente otra vez. La que pasaba horas en la biblioteca solo para estar cerca de él. La que inventaba excusas para cruzarse en su camino. La que se enamoró de un hombre que nunca la quiso.
—Skylar.
Mi nombre sale de su boca como una exhalación.
Y madre mía, su voz en persona.
Es más grave de lo que recordaba. Con un matiz áspero que hace que algo en mi estómago se contraiga de una forma completamente inapropiada.
—Hola, Ronan.
Las palabras me salen más firmes de lo que esperaba. Más controladas. Como si mi cuerpo entero no estuviera temblando por dentro.
Algo cruza su expresión. ¿Sorpresa? ¿Alivio?
—Has venido —dice, y hay alivio en su tono.
—Me has dicho que un bebé necesitaba ayuda.
Profesional. Mantenlo profesional.
Él asiente. Una vez. Despacio. Como si necesitara ese segundo para recomponerse.
—Sí. Entra. Por favor.
Se hace a un lado, sosteniéndome la puerta.
Y tengo que pasar junto a él.
Tan cerca que puedo oler su colonia. Algo limpio y masculino con notas de madera que hace que mi cerebro se cortocircuite durante un segundo. Tan cerca que podría extender la mano y tocarlo si quisiera.
No lo hago.
Entro en el apartamento con pasos que intento que parezcan seguros.
El espacio es enorme, minimalista, todo líneas limpias y tonos neutros. Ventanales del suelo al techo con vistas a Manhattan. Muebles de diseñador que probablemente cuestan más que mi sueldo anual. Todo perfecto. Todo controlado.
Todo completamente sin vida.
No hay fotos. No hay color. No hay nada que indique que alguien vive aquí realmente.
Es como estar dentro de la mente de Ronan Hawke.
Y entonces veo el portabebés sobre la mesa de centro de cristal.
Todos mis instintos se activan inmediatamente.
Me acerco, agachándome para mirar al bebé sin tocarlo todavía. Sigue durmiendo. Tiene la respiración estable. Un color saludable. Y no parece en peligro.
—Skylar, este es mi hermano Kai.
La voz de Ronan me hace levantar la vista.
Hay otro hombre en el salón y no me había dado cuenta. Más joven, con pelo castaño claro y ojos verdes brillantes que me observan con una mezcla de curiosidad y diversión.
—Encantado de conocerte —dice Kai, acercándose con la mano extendida—. He oído hablar de ti.
Eso me sorprende tanto que parpadeo.
—¿Ah, sí?
—Bueno, no directamente. —Su sonrisa se amplía—. Ronan no es muy de hablar. Pero sé interpretar sus gruñidos —bromea.
—Kai —dice Ronan, y hay advertencia en su voz.
—¿Qué? Solo digo la verdad.
Me pongo de pie, girándome para mirar a Ronan directamente.
—Necesito que me expliques exactamente qué ha pasado. Desde el principio. ¿Cómo es posible que no supieras que tenías una hija?
Él respira hondo. Como si necesitara armarse de valor para lo que va a decir.
—Porque nadie me había hablado de su existencia hasta hace dos horas.
—Explícate.
—Una mujer apareció en el vestíbulo del edificio. Tenía el portabebés. Le dijo al portero que necesitaba verme urgentemente. Cuando bajé, me dijo que la bebé era mía. Y antes de que pudiera reaccionar, desapareció.
Proceso la información con la rapidez de años de experiencia.
—¿Cómo se llama la madre?
—No lo sé.
—¿Cómo que no lo sabes?
—No la conozco.
Me cruzo de brazos, intentando mantener la expresión neutral, aunque por dentro estoy luchando contra una oleada de emociones que no tengo derecho a sentir.
—Ronan, necesito que seas honesto conmigo. ¿Cuándo estuviste con ella? ¿Dónde la conociste? No puedes acostarte con una mujer sin verla. Necesitamos saber su nombre.
—No… —Se pasa una mano por el pelo, y puedo ver cómo la mandíbula se le tensa—. No la conozco. Nunca he mantenido una conversación con ella. Ni siquiera sé su nombre.
Me quedo mirándolo durante varios segundos.
—No lo entiendo.
—Hay una agencia —dice finalmente, y las palabras salen como si le costaran físicamente—. Para encuentros discretos. Profesionales. Firmo un acuerdo. Ellas firman un acuerdo. Sin nombres. Sin conversación. Sin… nada excepto lo necesario.
El silencio que sigue es absoluto.
Puedo sentir cómo mi cerebro intenta procesar lo que acaba de decir. Cómo intenta encajarlo con el Ronan que conocí hace nueve años.
Pero en realidad tiene sentido.
Demasiado sentido.
—Espera, espera. —Kai se acerca, y la expresión de su cara oscila entre la incredulidad y la risa—. ¿Me estás diciendo que pagas por sexo?
—Es una agencia legítima —responde Ronan, y hay tensión en cada línea de su cuerpo—. Profesional. Pensada para personas que…
—¿Que tienen pánico a la intimidad? —termina Kai, y suena como si estuviera intentando no reírse.
—Que valoran su privacidad —corrige Ronan entre dientes.
—Joder, hermano. Eso es… —Kai niega con la cabeza—. Ni siquiera sé qué decir.
Yo tampoco.
Porque de repente veo con una claridad dolorosa hasta qué punto Ronan le tiene miedo a la conexión real. A dejar entrar a alguien. A arriesgarse a sentir algo.
Ha construido un sistema entero para satisfacer sus necesidades físicas sin tener que dar nada emocional a cambio.
Es brillante.
Y devastador.
Y me hace darme cuenta de algo que duele más de lo que debería:
No hay ni una sola posibilidad de que salga ilesa de esta situación.
Porque por mucho que me repita que esto es profesional, que solo estoy aquí por el bebé, mi corazón estúpido sigue latiendo con fuerza cada vez que lo miro.
Después de tantos años.
Todavía.
Y Ronan Hawke sigue siendo exactamente igual de inalcanzable que entonces.
Quizás más.
—Vale —digo finalmente, obligando a mi voz a sonar firme—.
Entiendo la situación. Pero esto complica las cosas.
Si no conoces a la madre, si no tienes ninguna información sobre ella…
Tengo que activar el protocolo oficial. Llamar a mi supervisor.
Llevarnos al bebé hasta que sepamos si eres el padre.
—No.
La palabra sale de él con una fuerza que me hace dar un paso atrás.
—¿Ronan?
—No te la vas a llevar. —Se acerca a mí con pasos rápidos, y de repente está demasiado cerca.
Tan cerca que tengo que echar la cabeza hacia atrás para mirarlo.
Tan cerca que puedo ver cómo se le dilatan las pupilas.
Tan cerca que siento el calor que irradia su cuerpo—. Por favor, Skylar. No te la lleves.
Hay algo en su voz.
Algo roto.
Algo desesperado.
Algo que nunca había escuchado en Ronan Hawke.
—Si activo el protocolo estándar, irá a un hogar de acogida —explico, intentando mantener la voz suave—. Solo temporalmente. Hasta que se confirme la paternidad. Es el procedimiento.
—No. —Niega con la cabeza, y puedo ver cómo la desesperación aumenta en sus ojos—. No voy a dejar que la metan en el sistema. No voy a dejar que pase por…
Se detiene.
Pero no necesita terminar.
Puedo ver en su expresión exactamente lo que iba a decir. Lo que está pensando.
No va a dejar que esta bebé pase por lo mismo que ellos estuvieron a punto de pasar. La incertidumbre. El miedo. Nunca saber si alguien va a estar ahí mañana.
Y veo algo en su cara que me rompe por completo.
Miedo.
Miedo real. Visceral. De que me lleve a este bebé.
—Por favor —repite, y su voz se quiebra ligeramente en esa palabra—. Solo dame esta noche. Mañana haremos lo que sea necesario. Llamaremos a quien haga falta. Pero esta noche… déjala conmigo.
Me mira con una intensidad que hace que se me olvide respirar.
Y me doy cuenta de algo.
Ronan Hawke tiene miedo de muchas cosas. De sentir. De conectar. De dejar entrar a alguien.
Pero en este momento, lo que más le aterroriza es que me lleve a esta bebé que ni siquiera sabe con certeza si es suya.
—Está bien —digo finalmente.
Él parpadea. Como si no pudiera creer lo que acaba de escuchar.
—¿Qué?
—Está bien. No la voy a llevar esta noche. —Levanto una mano antes de que pueda hablar—. Pero mañana empezamos el proceso oficial. ¿Lo entiendes?
—Sí. —La palabra sale rápida. Aliviada—. Sí. Lo que sea.
Asiento.
Y entonces me acerco al portabebés.
—Voy a sacarla. Necesito revisarla bien. He de asegurarme de que está sana.
Suelto las correas. Deslizo las manos bajo el bebé con la práctica de años. La levanto con cuidado, sosteniéndola contra mi pecho, ajustando su cabecita en el hueco de mi cuello.
Es tan pequeña. Tan perfecta. Tan completamente vulnerable.
Y entonces escucho un sonido.
Un jadeo.
Ahogado. Entrecortado.
Levanto la vista.
Y encuentro a Ronan mirándome —mirándonos— con una expresión que nunca le había visto.
Con los ojos muy abiertos. La boca ligeramente abierta. Y la mano —Dios, la mano— presionada contra su pecho como si algo dentro de él acabara de explotar y estuviera intentando contenerlo.
Nos miramos durante varios segundos que se sienten como una eternidad.
Y algo pasa entre nosotros.
Algo que no tiene palabras pero que siento vibrar en el aire. Algo que hace que el corazón se me dispare y que la respiración se me acelere.
Algo peligroso.
—Bueno. —La voz de Kai rompe el momento como un cristal—. Veo que estás en las mejores manos, hermano.
Le da una palmadita en la espalda a Ronan que casi lo hace tropezar.
—Creo que ahora empieza tu verdadero momento.
Se gira hacia mí con una sonrisa encantadora.
—Skylar, ha sido un auténtico placer conocerte. Y estoy completamente seguro de que nos vamos a ver mucho de aquí en adelante.
Se acerca al bebé, inclinándose para mirarla con una ternura que contrasta completamente con su actitud despreocupada de hace un momento.
—Es un placer conocerte, preciosa. Espero que la próxima vez que te vea pueda saber tu nombre. El nombre de mi primera sobrina.
Se endereza, dirigiéndose hacia la puerta.
—Me voy con mi chica. Veo que aquí todo está bajo control.
La puerta del piso se cierra detrás de él.
Y de repente estamos solos.
Ronan y yo.
Con un bebé entre nosotros.
Nueve años de silencio.
Y un ambiente tan cargado de emociones que casi puedo tocarlo.