CAPÍTULO 6
Nueve años antes
RONAN
Skylar está sentada frente a mí en la biblioteca.
Otra vez.
Como ha estado sentándose frente a mí durante los últimos cuatro meses.
Desde que chocó conmigo en ese pasillo y todo cambió.
Cuatro meses de permitirle acercarse centímetro a centímetro cuando debería haberla mantenido a distancia desde el principio.
Pero no lo hice.
Y ahora estamos aquí.
Tiene un libro de Psicología del Desarrollo abierto frente a ella, pero no lo está leyendo. Me mira por encima del borde de las páginas con esos ojos color miel que me han perseguido en sueños desde la primera vez que la vi.
—¿Vas a ayudarme con esto o solo vas a quedarte ahí sentado frunciendo el ceño como si el ordenador te hubiese ofendido? —pregunta, y hay diversión en su voz.
Bajo la vista a mi portátil. Al trabajo de Finanzas Corporativas que debería haber terminado hace una hora.
No he escrito ni una palabra nueva.
Porque no puedo concentrarme cuando ella está cerca.
Y ella está cerca constantemente.
Empezó de forma inocente. O eso me dije. Una semana después del choque en el pasillo, apareció en la cafetería del campus cuando yo estaba tomando café entre clases. Se sentó en mi mesa sin pedir permiso, con esa sonrisa luminosa que hace que algo en mi pecho se apriete.
«Hola, Ronan. ¿Te importa si me siento? Todas las otras mesas están llenas.»
Estaban llenas. Eso era verdad. Así que asentí.
Y ella se quedó.
Habló. Sobre su clase de esa mañana. Sobre un caso que había leído. Sobre su amiga de la infancia que acababa de llamarla. Sobre todo y nada.
Y yo escuché.
Me dije que solo estaba siendo educado. Que rechazarla sería de mala educación cuando solo estaba siendo amable.
Aunque la verdad es que lo disfruté.
Pero entonces volvió a hacerlo al día siguiente.
Y al siguiente.
Y de repente tomar café entre clases se convirtió en nuestra rutina.
Nunca planeada. Nunca acordada. Pero siempre sucedía.
Luego empezó a aparecer en la biblioteca. «Coincidencias», las llamaba. Pero la biblioteca es enorme y de alguna forma siempre terminaba estudiando en una mesa cerca de la mía.
Y cuando levantaba la vista, ella estaba mirándome.
Y sonreía.
Y algo dentro de mí que había estado congelado durante años empezaba a descongelarse.
Eso debería haberme aterrado.
Me aterró.
Pero no lo suficiente para detenerlo.
Hace tres semanas empezamos a estudiar juntos. De verdad. En la misma mesa. Compartiendo apuntes. Ella me explicaba conceptos de psicología que no entendía para sus trabajos. Yo le explicaba estadística cuando se atascaba.
Y funcionaba.
Joder, funcionaba demasiado bien.
Porque no es solo que sea hermosa. No es solo que su risa haga que todo el mundo en la biblioteca se gire para mirarla. No es solo que huela a vainilla y coco y que ese olor se haya quedado grabado en mi cerebro de una forma que debería ser ilegal.
Es que es lista. Brillante. Ve conexiones que otros no ven. Hace preguntas que me obligan a pensar de formas diferentes.
Y cuando me mira —realmente me mira, como si pudiera ver más allá de las murallas que he construido— siento como si estuviera desnudo.
Como si pudiera ver todo lo roto que hay dentro de mí.
Y en lugar de huir, se queda.
Eso es lo que me está matando.
Que se queda.
—Ronan.
Su voz me devuelve al presente. Está inclinada hacia delante ahora, con los codos apoyados en la mesa. Tan cerca que si extendiera la mano podría tocarla.
No lo hago.
Nunca lo hago.
Porque sé que si la toco, si cruzo esa línea, no seré capaz de parar.
—¿En qué piensas? —pregunta, y hay curiosidad y calidez en su expresión. Y algo más que no puedo identificar pero que hace que el estómago se me cierre.
—En el trabajo.
—Mentiroso.
Parpadeo.
—¿Qué?
—Que eres un mentiroso. —Se ríe, y el sonido es suave, íntimo en el silencio de la biblioteca—. Llevas veinte minutos mirando la pantalla sin escribir nada. Y cada vez que levanto la vista, me estás mirando a mí.
Mierda.
—No pasa nada. —Se muerde el labio, un gesto que me tiene obsesionado desde hace meses—. Yo también te miro.
El corazón se me dispara.
¿Acaba de decir eso?
—De hecho —continúa, y hay nerviosismo en su voz ahora, pero también determinación—. Hay algo que quiero preguntarte.
No.
Sé lo que va a preguntar antes de que lo diga.
Lo he visto venir durante semanas. La forma en que me mira. La forma en que encuentra excusas para estar cerca. La forma en que cada conversación se vuelve más íntima, más personal.
La forma en que yo lo he permitido.
Como un idiota.
—¿Quieres tomar un café conmigo?
Ahí está.
La pregunta que he estado temiendo y deseando a partes iguales.
—Tomamos café todo el tiempo —respondo, aunque sé perfectamente lo que quiere decir.
—No. —Niega con la cabeza, y unos mechones rubios se escapan de su coleta—. No me refiero a en la cafetería del campus entre clases. Me refiero a… algo real. Fuera de aquí. Los dos solos.
Los dos solos.
Esas tres palabras se repiten en mi cabeza como una alarma.
Porque sé lo que significan.
Significa cruzar la línea que he estado evitando con desesperación.
Significa pasar de «conocidos que estudian juntos» a algo más.
Significa darle esperanza de que esto —lo que sea que es esto— puede ir a algún lado.
Y no puede.
No debe.
Porque yo no soy el hombre que ella necesita. No soy el hombre que merece esa sonrisa. Esa luz. Esa bondad infinita que irradia como si fuera lo más natural del mundo.
Soy frío. Cerrado. Roto de formas que ni siquiera ella con toda su calidez podría arreglar.
Y si dejo que se acerque más, si acepto ese café, si le doy aunque sea una migaja de esperanza…
La destruiré.
Como todo lo que toco.
—No puedo —digo finalmente.
Algo en su expresión cambia. La esperanza que había en sus ojos vacila.
—¿Por qué no?
Porque te deseo demasiado.
Porque no puedo dejar de pensar en ti.
Porque si me das una hora a solas contigo, no sé si podré mantener las manos quietas.
Porque me aterra lo que me haces sentir.
Pero lo que digo es:
—Porque no puedo darte lo que necesitas, Skylar.
Las palabras salen más duras de lo que pretendía. Como un cuchillo entre nosotros.
Puedo ver cómo la atraviesan. El momento exacto en que entiende lo que estoy diciendo.
—¿Qué? —Su voz sale apenas en un susurro.
—Estoy aquí para graduarme. Para construir algo con mis hermanos. No tengo tiempo para… —Hago un gesto vago entre nosotros—. Esto.
—¿Esto? —repite, y hay dolor en su voz ahora—. ¿Qué es esto exactamente, Ronan?
Tú.
Nosotros.
Lo que podríamos ser si yo no fuera un cobarde.
—Una distracción.
Las palabras caen entre nosotros como una bomba.
Y veo cómo explota en su interior. Cómo algo en su expresión se rompe.
—Pensé que estábamos a gusto juntos. Que tú...
No termina la frase.
Cierra los ojos. Respira hondo. Y cuando los abre otra vez, hay algo diferente en ellos.
Lágrimas.
Contenidas.
Joder.
No quiero hacerle llorar.
Pero es mejor esto. Un dolor rápido ahora que un desastre mayor después.
—Pensaba que te estaba conociendo —dice finalmente—. Que estabas dejándome entrar. Que quizás… —Se detiene. Se pasa una mano por la cara—. Pero estaba viendo solo lo que quería ver, ¿verdad?
Sí.
No.
No lo sé.
Lo único que sé es que, si no detengo esto ahora, si no pongo distancia entre nosotros, voy a hacer algo estúpido.
Como decir que sí.
Como inclinarme sobre esta mesa y besarla hasta que olvide su nombre.
Como permitirme sentir todo lo que llevo reprimiendo durante meses.
—Mereces a alguien que pueda darte lo que necesitas —digo, intentando que mi voz suene firme aunque por dentro estoy desmoronándome—. Atención. Tiempo. Yo no puedo dártelo.
—No te he pedido nada.
—Lo sé.
—Solo un café, Ronan. Solo conocernos de verdad.
Y ese es exactamente el problema.
Porque ya la conozco demasiado.
Sé que canta cuando está nerviosa. Que se muerde el labio cuando está concentrada. Que habla con las manos. Que quiere salvar a cada niño del mundo.
Sé que es bondad pura. Luz en forma humana.
Y sé que yo soy oscuridad.
Y la oscuridad siempre destruye la luz.
—Lo mejor es que mantengamos las distancias desde ahora —digo finalmente, obligándome a sostener su mirada aunque me está matando hacerlo—. Para los dos.
Silencio.
Ella me mira durante varios segundos. Con esos ojos color miel que ahora están brillantes por las lágrimas contenidas.
Y entonces asiente.
Una vez.
—De acuerdo —dice, y su voz sale quebrada—. Entiendo.
No. No lo entiende.
Pero es mejor así.
Se levanta. Recoge sus cosas con movimientos rápidos, casi frenéticos. Los libros se le caen. Los recoge sin mirarme.
—Skylar…
—No. —Levanta una mano, deteniéndome—. No digas nada más. Por favor.
Y entonces se va.
Camina hacia la salida de la biblioteca con pasos rápidos, la cabeza baja, el bolso colgando de un hombro.
Y yo me quedo ahí sentado.
Mirando la silla vacía donde estaba hace un momento.
Diciéndome que he hecho lo correcto.
Que nos he protegido a ambos.
Que esto es lo mejor.
Pero lo único que siento es un vacío tan profundo que me cuesta respirar.
Y la certeza dolorosa de que acabo de cometer el error más grande de mi vida.
SKYLAR
No lloro hasta que llego a mi habitación.
Me contengo durante todo el camino desde la biblioteca. A través del campus. Subiendo las escaleras de la residencia. Abriendo la puerta con manos que tiemblan tanto que apenas puedo meter la llave.
Pero en el momento en que la puerta se cierra detrás de mí, todo se desmorona.
Me dejo caer en la cama y las lágrimas que he estado conteniendo finalmente se derraman.
Estúpida.
Soy tan estúpida.
He pasado cuatro meses acercándome a él poco a poco. Ganándome su confianza. Haciendo que se riera. Que hablara. Que me mirara como si…
Como si le importara.
Pensaba que estaba atravesando esa armadura de titanio que tiene. Pensaba que cada café compartido, cada hora estudiando juntos, cada conversación que se alargaba más de lo planeado era una grieta en sus murallas.
Pensaba que me estaba dejando entrar.
Pero estaba equivocada.
Completamente equivocada.
Estaba viendo solo lo que quería ver.
Una distracción.
Esas palabras se repiten en mi cabeza una y otra vez. Como un disco rayado que no puedo apagar.
Eso es todo lo que soy para él.
Una molestia. Un obstáculo entre él y sus objetivos perfectamente planificados.
Me acurruco en la cama, abrazando la almohada contra mi pecho.
Y me permito sentir todo el dolor.
El rechazo.
La humillación.
La certeza de que he estado construyendo algo en mi cabeza que nunca existió realmente.
Porque Ronan Hawke nunca me dejó entrar.
Solo me dejó acercarme lo suficiente para que doliera cuando me apartara.
Y duele.
Dios, cómo duele.
Cierro los ojos con fuerza, intentando bloquear la imagen de sus ojos grises mirándome con esa frialdad. Esa indiferencia.
Como si el tiempo que hemos pasado juntos no significara nada.
Como si yo no significara nada.
Y quizás no significo nada.
Quizás soy demasiado intensa. Demasiado parlanchina.
Quizás mi forma de ser solo asusta a la gente.
Los hace retroceder en lugar de acercarlos.
Me acurruco más, dejando que las lágrimas empapen la almohada.
Y me prometo algo ahí, en la oscuridad de mi habitación:
No voy a volver a intentarlo.
No voy a acercarme más a Ronan Hawke.
Si no me quiere cerca, entonces me mantendré lejos.
Aunque me mate hacerlo.
Aunque cada parte de mí grite que hay algo más. Que lo vi. Que vi momentos en los que sus murallas bajaban. En los que me miraba como si le importase.
Pero no importa lo que vi.
Porque él ha dejado claro lo que soy.
Una distracción.
Nada más.
Y no voy a destrozarme intentando ser algo más.
Las lágrimas siguen cayendo.
Y me permito llorar hasta que no quedan más.
Hasta que solo queda el vacío.
Y la certeza dolorosa de que Ronan Hawke fue mi primer amor.
Y que voy a tardar mucho tiempo en superarlo.