CAPÍTULO 5
SKYLAR
—¿Ronan?
Su nombre sale de mi boca como si llevara nueve años esperando pronunciarlo en voz alta. Como si cada día de silencio hubiera sido solo el preludio de este momento.
Y entonces él habla otra vez.
—Sí. Soy yo.
Su voz suena exactamente como la recuerdo. Grave. Contenida. Con ese control perfecto que siempre me fascinó y me frustró a partes iguales.
Excepto que ahora hay algo más. Algo que no estaba antes.
¿Tensión? ¿Duda?
No lo sé.
Solo sé que no puedo respirar.
Me levanto de la mesa sin pensarlo. Chad dice algo —probablemente me pregunta qué pasa— pero no lo escucho. No puedo escuchar nada excepto el sonido de mi propia respiración y el latido frenético de mi corazón contra las costillas.
Camino hacia la salida del restaurante con pasos que no siento como míos. La gente me mira. Una camarera tiene que apartarse para no chocar conmigo. Pero me da igual.
Lo único que me importa es salir de aquí. Encontrar un sitio donde pueda escucharlo sin distracciones. Sin Chad mirándome. Sin el ruido del restaurante ahogando su voz.
Necesito saber por qué me está llamando.
El aire frío de la noche me golpea cuando salgo a la calle. Todavía hace fresco por las noches en Nueva York. Pero apenas lo noto. Todo mi cuerpo está concentrado en el teléfono que sostengo contra mi oído como si fuera lo único real en este momento.
—Skylar, ¿sigues ahí?
—Sí. —Mi voz sale más ronca de lo que pretendía—. Sí, estoy aquí.
Silencio.
Puedo escucharlo respirar al otro lado. Lento. Controlado. Como si estuviera intentando encontrar las palabras correctas.
Y entonces dice algo que hace que todo mi mundo se detenga.
—Te necesito.
Dos palabras.
Dos palabras que nunca pensé que escucharía de Ronan Hawke.
El hombre que dejó claro que yo era una distracción que no podía permitirse.
Y ahora está diciéndome que me necesita.
No puede estar pasando.
Tengo que estar soñando. O delirando. O quizás Chad puso algo en mi bebida y esto es una alucinación elaborada que mi cerebro ha creado porque soy una romántica y llevo nueve años fantaseando con este momento.
—Skylar.
Su voz suena otra vez, y hay algo en ella que me devuelve a la realidad de golpe.
Urgencia.
—Dime —consigo decir finalmente—. ¿Qué te pasa?
—Siento molestarte. —Las palabras salen rápidas, atropelladas, nada que ver con el Ronan controlado que recuerdo—. Sé que no tengo derecho a llamarte después de todo. Pero no sé a quién más…
Se detiene.
Respira hondo.
Y cuando vuelve a hablar, su voz es más firme. Más controlada.
—Han dejado un bebé en mi casa. Una mujer. Dice que es mío. Y se ha ido. Y yo… no sé qué hacer.
Las palabras tardan varios segundos en procesarse en mi cerebro.
Un bebé.
Abandonado.
Suyo.
—¿Qué? —Es lo único que consigo decir.
—Una mujer ha aparecido en el vestíbulo de mi edificio con un bebé. Ha dicho que es mío. Y ha desaparecido. Y ahora tengo un bebé en mi apartamento —repite y luego hace una pausa—. Trabajas en servicios sociales. He pensado que quizás podrías…
No termina la frase.
No necesita hacerlo.
Mi cerebro finalmente se pone en marcha. Pasando del shock de escuchar su voz al modo profesional que he desarrollado durante años trabajando con casos como este.
Un bebé abandonado.
Una madre que ha desaparecido.
Un padre que no sabe qué hacer.
Debería activar el protocolo oficial. Llamar a mi supervisor. Enviar a alguien del departamento a su casa. Documentar todo.
Pero entonces pienso en Ronan Hawke —el hombre más controlado que he conocido en mi vida— diciendo «no sé qué hacer» con una voz que suena al borde del pánico.
Y algo en mi pecho se ablanda de una forma peligrosa.
No debería implicarme en esto.
Pero no puedo evitarlo.
—¿El bebé está bien? —pregunto, intentando que mi voz suene profesional. Calmada—. ¿Está durmiendo? ¿Llorando?
—Durmiendo. Por ahora.
—¿Cuánto tiempo hace que la mujer se fue?
—Más de una hora.
—¿Y no has llamado a la policía? ¿A los servicios sociales?
—No.
—¿Por qué no?
Silencio.
Y entonces:
—Porque quería que fueses tú la que se encargase.
Y Dios, odio que esas palabras me ablanden.
Odio que después de nueve años de silencio, de rechazo, de hacerme sentir como si fuera demasiado intensa para su mundo ordenado, siga siendo capaz de desarmarme con una sola muestra de vulnerabilidad.
Debería mandarle a la mierda.
Debería decirle que llame al número oficial y que otra persona se encargue.
Debería protegerme.
Pero entonces pienso en el bebé. En una criatura que no pidió nacer. Que no tiene culpa de nada. Que necesita ayuda ahora.
Un bebé precioso que tiene su sangre.
Y no puedo.
Nunca he podido rechazar a un niño que me necesita y mucho menos a uno que es hijo de Ronan.
Ni siquiera cuando ayudarlo significa acercarme al único hombre que ha sido capaz de romperme el corazón.
—Dame tu dirección —digo finalmente.
—¿Vas a venir?
Hay algo en su voz. ¿Alivio? ¿Sorpresa?
—Sí. Pero solo porque el bebé no tiene la culpa de que su padre sea…
Me detengo antes de terminar la frase.
No es profesional. No es apropiado decirle que es un insensible trozo de hielo.
—Dame la dirección —repito.
Me la da. La memorizo mientras la tecleo en mi móvil con dedos que tiemblan más de lo que deberían.
Edificio Hawke. Tribeca.
Por supuesto.
Por supuesto que vive en un edificio que lleva su apellido.
—Llegaré en veinte minutos —digo—. No hagas nada hasta que llegue. Solo mantén al bebé seguro. Y cálido. Si se despierta llorando…
—Skylar.
Su voz me interrumpe. Y hay algo en la forma en que dice mi nombre que hace que todo en mi interior se contraiga.
Mi cuerpo es un traidor.
—Dime dónde estás. Te mando un coche.
Y ahí está.
El control.
Su necesidad de gestionar cada variable. De asegurarse de que todo sucede exactamente como él quiere.
Algo en mi interior se rebela.
—No. Puedo coger un taxi perfectamente.
—Skylar.
—No. —Mi voz sale más dura de lo que pretendía—. Ya puedes ir dejando ese control enfermizo conmigo, Ronan. Sé cuidarme sola. Llegaré pronto.
Y cuelgo antes de que pueda decir nada más.
El teléfono casi se me cae de las manos.
Estoy temblando.
Todo mi cuerpo está temblando de una forma que no puedo controlar. Las piernas. Las manos. Incluso la respiración me sale entrecortada.
Nueve años.
Han pasado nueve años desde la última vez que hablé con él.
Y acabo de colgarle.
—Demonios —susurro al aire frío de la noche.
¿Qué acabo de hacer?
¿Por qué he aceptado ir?
Debería llamar a mi supervisor. Activar el protocolo. Dejar que alguien más se encargue de este caso.
Pero entonces pienso en Ronan con un bebé en brazos —torpe, asustado, completamente fuera de su elemento— y algo en mi pecho se aprieta dolorosamente.
Porque conozco a Ronan Hawke.
Sé cómo creció. Sé lo que vivió. Lo investigué todo cuando estaba en la universidad intentando entenderlo. Intentando encontrar la forma de traspasar esas murallas que había construido alrededor de su corazón.
Tuvo unos padres adictos que iban y venían.
Y ahora tiene un bebé.
Un bebé que quizás lleve su sangre.
Y está pidiendo ayuda.
Ronan Hawke está pidiendo ayuda.
Eso por sí solo debería decirme lo desesperado que está.
Levanto la mano para parar un taxi. Uno se detiene casi inmediatamente. Me subo sin pensar. Le doy la dirección con una voz que no suena como la mía.
El taxi arranca.
Y yo sigo temblando.
El trayecto dura exactamente diecisiete minutos. Los cuento. Uno por uno. Intentando calmar mi respiración. Intentando preparar lo que voy a decir cuando lo vea.
Han pasado nueve años desde que me destrozó.
Pasé meses intentando entender qué había hecho mal. En qué momento fui demasiado intensa. Demasiado yo.
Y ahora voy camino de su casa porque me necesita.
No a mí.
A mi experiencia profesional.
Tengo que recordarlo.
Esto no es personal. Es un caso. Un bebé que necesita ayuda. Nada más.
El taxi se detiene frente a un edificio que me hace tragar saliva.
Alto. Moderno. Completamente de cristal y acero. Con letras enormes en la entrada que dicen: EDIFICIO HAWKE.
No es ni siquiera gracioso lo poderoso que es.
El dinero que debe tener para ser dueño de un edificio entero en Tribeca. Para que lleve su apellido como si fuera una declaración.
Esto es su mundo.
Un mundo de lujo y control y poder que yo nunca voy a entender.
¿Cómo pude pensar alguna vez que un hombre así podría estar interesado en mí? En la chica de clase trabajadora de Portland que trabajaba los fines de semana para ayudar a pagar su formación. Que vive en un apartamento minúsculo en Queens. Que compra su ropa en rebajas.
Somos de mundos completamente diferentes.
Siempre lo hemos sido.
Pago al taxista con manos que todavía tiemblan. Salgo del coche. Me quedo de pie frente al edificio mientras el taxi se aleja.
Puedo darme la vuelta. Llamar a mi supervisor. Decirle que esto es un conflicto de intereses porque conozco al padre.
Sería lo correcto.
Lo profesional.
Pero entonces pienso en el bebé. En una criatura que no pidió nada de esto. Que necesita ayuda ahora.
Y no puedo irme.
Respiro hondo. Cuadro los hombros. Y camino hacia la entrada con pasos que intento que parezcan más seguros de lo que me siento.
Un portero me abre la puerta. Me mira con ese tipo de evaluación automática. Calculando cuánto vale mi ropa. Si pertenezco aquí.
—Buenas noches —digo, intentando que mi voz suene firme—. Vengo a ver al señor Ronan Hawke.
—¿Tiene cita?
—Sí. Me está esperando.
El portero duda. Coge un teléfono. Marca.
—Señor Hawke, hay una señorita en la recepción que dice…
Hace una pausa. Escucha. Asiente.
—Sí, señor. Enseguida.
Cuelga y me mira con una expresión que ha pasado de evaluadora a respetuosa.
—El señor Hawke está en el piso 57. El ascensor de la izquierda le llevará directamente a su planta.
Por supuesto.
—Gracias.
Camino hacia el ascensor con el corazón latiendo tan fuerte que estoy segura de que todo el vestíbulo puede escucharlo. Las puertas se abren. Entro. Presiono el botón 57.
Las puertas se cierran.
Y mientras el ascensor sube, lo único que puedo pensar es:
¿Qué demonios estoy haciendo?
Voy a ver a Ronan Hawke.
Después de nueve años.
En su casa.
Con un bebé.
Y no tengo ni idea de cómo voy a sobrevivir a esto sin que vuelva a romperme el corazón.