Un CEO Imposible (Los halcones de Wall Street 3) CAPÍTULO 4
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CAPÍTULO 4

RONAN

Kai llega exactamente ocho minutos después.

Lo sé porque he estado mirando el reloj. Contando los segundos. Intentando no entrar en pánico mientras la bebé sigue durmiendo sobre mi mesa de centro.

Escucho sus pasos en el pasillo antes de que llame al timbre. Abro la puerta antes de que pueda hacerlo.

—¿Dónde…? —empieza a decir, pero se detiene en seco cuando me ve.

Probablemente tengo aspecto de estar al borde de un colapso nervioso.

Probablemente porque lo estoy.

—Entra —murmuro, haciéndome a un lado.

Kai pasa junto a mí, sus ojos ya están buscando por el salón. Se detiene cuando ve el portabebés sobre la mesa.

—Joder.

—Sí.

Se acerca despacio, como si el bebé fuera una bomba a punto de explotar. Se inclina para mirar dentro. La bebé sigue durmiendo, completamente ajena al hecho de que dos hombres completamente inútiles están contemplándola como si fuera un extraterrestre.

—Es… pequeña —dice Kai finalmente.

—Lo sé.

—Muy pequeña.

—Lo sé.

—¿Estás seguro de que es tuya?

—No. Pero las fechas podrían cuadrar. Y la mujer parecía desesperada. No creo que estuviera mintiendo.

Kai se gira hacia mí, y hay algo en su expresión que no he visto antes. Preocupación real. Kai nunca está preocupado. Kai hace bromas y sonríe y convierte todo en algo ligero.

Pero ahora no está sonriendo.

—Ronan, nosotros somos literalmente las personas menos preparadas del mundo para cuidar a un bebé.

—Lo sé.

—Joder. —Se pasa una mano por el pelo—. Vale. Vale. Tenemos que… no lo sé. ¿Buscar en Google?

—Ya lo he intentado. —Saco el móvil del bolsillo—. Pero hay demasiada información. Y contradictoria. Y no sé ni por dónde empezar.

Kai coge su propio móvil.

—Preguntémosle a la IA. ChatGPT sabe de todo, ¿no?

—¿En serio?

—¿Tienes una idea mejor?

No la tengo.

Así que nos sentamos en el sofá, frente al portabebés, como dos idiotas mirando nuestros teléfonos mientras una bebé duerme frente a nosotros.

—Vale. —Kai empieza a teclear—. Le estoy preguntando qué necesita un bebé recién nacido para… espera, ¿cuánto tiempo tiene?

—No lo sé.

—¿Cómo que no lo sabes?

—La mujer no me lo dijo. Solo dijo que era mío y se fue.

—Mierda. Vale. Le pregunto cómo calcular la edad de un bebé.

Espero mientras Kai lee la respuesta de su pantalla.

—Dice que por el tamaño y… no sé, características físicas. Pero que lo mejor es llevarlo al médico. —Me mira—. ¿La has llevado al médico?

—Kai, me la han dejado hace una hora.

—Cierto. Vale. Vamos con una pregunta diferente. —Vuelve a teclear—. ¿Qué come un bebé de… vamos a suponer que tiene menos de tres meses?

—¿Por qué tres meses?

—Porque parece muy pequeña. No lo sé. Estoy improvisando.

Leo mi propia pantalla donde he escrito la misma pregunta.

—Dice que leche materna o fórmula. Que hay que calentar el biberón a temperatura corporal. Que hay que sostener al bebé en cierto ángulo. Que hay que hacerle eructar después.

—¿Eructar?

—Eso dice.

—Joder. —Kai suelta el móvil sobre el sofá—. Ronan, no podemos hacer esto. No tenemos ni idea de lo que estamos haciendo.

—Lo sé.

—¿Y si le pasa algo? ¿Y si se despierta y tiene hambre?

—Lo sé, Kai. —Mi voz sale más cortante de lo que pretendía—. Créeme que lo sé.

Nos quedamos en silencio durante varios segundos. La bebé se mueve ligeramente en el portabebés, frunciendo el ceño en sueños. Mis músculos se tensan inmediatamente.

¿Se va a despertar? ¿Qué hago si se despierta?

Pero se calma otra vez, volviendo a ese sueño profundo que parece ser su estado natural.

Por ahora.

—Tienes que llamar a Jax —dice Kai finalmente.

La respuesta automática sale antes de que pueda detenerla.

—No.

—¿Por qué no? Nos crio prácticamente. Sabe más de niños que cualquiera que conozcamos. Ha cambiado pañales, ha dado biberones…

—No quiero que tome el control.

Kai me mira como si acabara de decir algo completamente ridículo.

—Ronan, tienes un bebé del que no sabes ni la edad. No es momento para tu mierda de control.

—Es mi responsabilidad. —Las palabras salen más duras de lo que pretendía—. Si es mi hija, entonces es mi responsabilidad. No de Jax. Mía.

—Nadie está diciendo que no lo sea. Pero necesitas ayuda. Ayuda de verdad.

Sé que tiene razón.

Lo he sabido desde el momento en que Marcus mencionó los servicios sociales en el vestíbulo. Desde el segundo en que su nombre apareció en mi cabeza sin invitación.

Skylar.

He estado retrasando esto durante más de una hora. Primero subiendo aquí. Luego llamando a Kai. Ahora fingiendo que buscar respuestas en internet va a ser suficiente.

Pero no lo es.

Y lo sé.

—Entonces llama a alguien más —insiste Kai—. A los servicios sociales. Deben tener gente de guardia. Alguien especializado en esto.

El pecho se me aprieta.

—Conozco a alguien —digo finalmente.

Las palabras salen más bajas de lo que pretendía. Casi un murmullo.

Kai me mira con atención.

—¿A quién?

—Una asistente social. Especializada en protección infantil.

No menciono su nombre. Todavía no puedo.

—¿La conoces? ¿Personalmente?

—Sí.

Hace nueve años que no hablamos. Pero sigo sabiendo todo sobre ella. Dónde vive. Dónde trabaja.

—¿Y crees que vendría? ¿Ahora? —Kai mira su reloj.

—No lo sé.

Es la verdad.

No tengo ni idea de si Skylar querrá ayudarme después de todo este tiempo. Después de cómo la alejé. Después de años de silencio.

Pero no tengo otra opción.

La bebé se mueve otra vez en el portabebés. Esta vez abre los ojos. Solo durante un segundo. Me mira directamente, con unos ojos que no tienen un color definido, y algo en mi pecho se contrae tan fuerte que casi duele.

Y entonces vuelve a cerrarlos.

Pero es suficiente.

Es suficiente para que me dé cuenta de que no puedo seguir retrasando esto.

—Llámala —dice Kai, como si pudiera leer mis pensamientos—. Ahora.

Tiene razón.

Lo sé.

He sabido desde el principio que terminaría aquí. Marcando su número. Escuchando su voz después de todos estos años.

Solo he estado alargando lo inevitable.

Porque verla significa enfrentarme a todo lo que llevo evitando desde hace nueve años. Significa tenerla cerca. En mi espacio. Destruyendo las murallas que he construido tan cuidadosamente.

Pero la bebé necesita ayuda.

Y eso es más importante que mi terror.

Saco el móvil del bolsillo. Mis dedos están sorprendentemente firmes mientras busco el número que tengo memorizado aunque nunca lo he marcado.

Skylar Banks.

El corazón me late con una fuerza que no debería ser posible. Como si estuviera corriendo en lugar de estar sentado en el sofá. La garganta se me ha cerrado y tengo que obligarme a respirar profundamente.

Presiono el botón de llamada antes de que pueda cambiar de opinión.

El teléfono suena una vez.

Dos.

Tres.

Cada tono se siente como una eternidad.

Kai me mira, expectante. Preocupado.

Y entonces escucho un clic.

Una respiración.

Y una voz que hace que todo en mi interior se detenga.

—Chloe. Está todo…

No es así como esperaba que empezara la conversación.

Pero su voz.

Joder.

Su voz.

No ha cambiado. Sigue siendo cálida. Suave. Con un matiz de alivio que hace que algo en mi pecho se apriete de una forma que no he sentido en nueve años.

Como si una parte de mí que estaba congelada acabara de despertar.

—Hola, Skylar.

Las palabras salen antes de que pueda detenerlas. Más graves de lo que pretendía. Cargadas con nueve años de silencio y todo lo que nunca me permití decir.

El silencio que sigue es absoluto.

Puedo escucharla respirar al otro lado de la línea. Rápido. Superficial. Como si el shock le hubiera robado el aire de los pulmones.

Sé exactamente cómo se siente.

Porque yo tampoco puedo respirar.

—¿Skylar?

Mi voz suena otra vez, y hay algo en ella que no pretendía dejar ver. Tensión. Duda. Algo peligrosamente cercano a la vulnerabilidad.

Cada segundo de silencio se siente como si durara una hora.

Kai me mira con los ojos muy abiertos, claramente dándose cuenta de que esto es más que una simple llamada profesional.

Y entonces ella habla.

Y su voz sale rota. Apenas un susurro. Llena de shock.

—¿Ronan?