CAPÍTULO 3
Dos horas antes de la llamada
RONAN
Las puertas del ascensor se abren en mi piso con ese sonido suave que normalmente me resulta familiar. Reconfortante, incluso. Pero ahora solo suena extraño. Como si perteneciera a otra vida. A un mundo donde hace diez minutos no tenía un bebé.
Un bebé que posiblemente sea mío.
Joder.
Camino hacia mi apartamento con pasos que no suenan como los míos. El portabebés pesa más de lo que esperaba. O quizás es solo que mis brazos no están acostumbrados a cargar nada que no sea un maletín o un portátil.
Abro la puerta.
El silencio de mi apartamento me recibe como siempre: absoluto, predecible, controlado.
Excepto que ahora no lo está.
No tengo nada controlado.
Porque hay un bebé durmiendo en el portabebés que sostengo. Y ese hecho simple transforma todo. El orden que he construido durante años, la rutina que me mantiene cuerdo, la vida perfectamente controlada que he diseñado.
Todo eso acaba de explotar.
Entro. Cierro la puerta detrás de mí con más cuidado del que uso normalmente. Como si el sonido pudiera despertarla.
No sé nada sobre bebés.
Camino hacia el salón. Mis pasos suenan demasiado fuertes contra el suelo de madera. Todo suena demasiado fuerte. Mi respiración. El latido de mi corazón. El silencio que se cierne sobre nosotros como algo vivo y amenazante.
Dejo el portabebés sobre la mesa del centro con movimientos que intento que sean suaves pero que probablemente son torpes. La mesa es de cristal y acero. Minimalista. Cara. Completamente inadecuada para tener un bebé encima.
Todo en este apartamento es inadecuado para tener un bebé.
Empezando por mí.
Me siento en el sofá frente a ella. O quizás me dejo caer. No estoy muy seguro. La verdad es que en este momento de mi vida no tengo claro absolutamente nada.
La miro.
Sigue durmiendo. Tiene el puño cerrado junto a la mejilla, los labios fruncidos en algo que casi parece una sonrisa.
Es tan pequeña.
Tan jodidamente pequeña que me aterra tocarla.
¿Y si la rompo? ¿Y si hago algo mal y le pasa algo?
Trago saliva. Intento que mi cerebro funcione de la forma lógica y analítica que siempre ha funcionado. Identificar el problema. Dividirlo en partes manejables. Encontrar soluciones.
Pero no puedo.
Porque esto no es un problema financiero que pueda resolver con una hoja de cálculo. No es una proyección que pueda calcular. No es nada a lo que me haya enfrentado antes.
Es un bebé.
Que posiblemente lleve mi sangre.
Intento buscar algún parecido. Algo que me conecte con ella de forma tangible. Pero es imposible. Es tan pequeña que apenas tiene rasgos definidos. Nariz diminuta. Mejillas redondas. Labios como pétalos de rosa.
De lo único que logro darme cuenta es de que es la cosa más bonita que he visto en mi vida.
Y que ha tenido la mala suerte de que la dejen conmigo.
Algo se retuerce en mi pecho. Algo que no sé nombrar porque llevo años sin permitirme sentir nada demasiado fuerte.
¿Miedo? ¿Pánico? ¿Algo más intenso?
No lo sé.
Solo sé que no soy la persona adecuada para esto.
Debería llamar a la policía. Explicar lo que ha pasado. Que una mujer dejó un bebé en el vestíbulo de mi edificio afirmando que es mío y desapareció.
Eso es lo correcto.
Lo lógico.
Pero entonces me imagino a alguien llevándose a esta criatura diminuta. Metiéndola en el sistema. En algún hogar de acogida donde quién sabe qué le pasaría.
Y algo en mi interior se rebela con una violencia que me sorprende.
No.
Esa palabra resuena en mi cabeza con una certeza absoluta.
No voy a dejar que se la lleven.
Necesito tiempo. Necesito pensar. Necesito…
A Skylar.
Si hay alguien que sabrá qué hacer, es ella.
Si hay alguien de quien me fio es ella.
Pero llamarla significa verla.
Después de nueve años de evitarla deliberadamente. Nueve años de recibir informes sobre su vida. Nueve años de mantenerla a distancia porque acercarme a ella es peligroso.
Ha sido siempre peligroso.
Porque Skylar Banks me hace sentir.
Y sentir es lo que he pasado la mayor parte de mi vida intentando evitar.
Pero ahora, mirando a esta bebé que duerme pacíficamente ajena al hecho de que su vida acaba de volverse infinitamente más complicada, sé que no tengo otra opción.
Pero la fuerza con la que quiero llamarla me aterra.
No es solo que sea la decisión correcta. No es solo que necesite su experiencia profesional.
Es que mi jodido corazón quiere tenerla aquí. Entre estas paredes. En mi espacio. Cerca de mí.
Después de todos estos años manteniéndola lejos, lo único que quiero es tenerla cerca.
Y eso debería asustarme más que el bebé.
Pero no lo hace.
Me levanto de un salto. El movimiento es brusco, descontrolado. Nada que ver con la precisión calculada con la que normalmente me muevo.
Empiezo a pasear de un lado a otro del salón. Tres pasos en una dirección. Giro. Tres pasos en la otra.
Mi apartamento de repente parece demasiado pequeño. Demasiado ordenado. Demasiado frío.
No hay nada aquí para un bebé.
Nada.
La miro otra vez. ¿Cuánto tiempo tiene? Meses, quizás. No tengo ni idea.
¿Toma leche? ¿Leche materna o de fórmula? ¿Se la tengo que calentar? ¿Cuánto tiempo puede estar sin comer?
El pánico empieza a filtrarse a través de las grietas de mi control.
¿Y si se despierta llorando y no sé cómo calmarla?
¿Y si tiene hambre y no tengo nada que darle?
¿Y si le pasa algo y es culpa mía porque no tengo ni idea de lo que estoy haciendo?
Necesito ayuda.
Ya.
No puedo hacer esto solo.
Pero no puedo llamar a Skylar. No todavía. No hasta que sepa con certeza qué está pasando. No hasta que tenga respuestas.
¿A quién puedo llamar?
Jax sería el obvio. Pero por alguna razón no puedo hacerlo.
Esta bebé es mi responsabilidad.
A Zane tampoco. Es eficiente. Práctico. Pero también demasiado involucrado. Y necesito espacio para pensar.
Oliver es demasiado joven para que lo meta en este asunto.
Lo cual me deja con…
Kai.
Kai que nunca juzga a nadie. Que hace bromas incluso en las peores situaciones. Que es lo suficientemente dulce para no hacer que esto sea más difícil de lo que ya es.
Sí.
Kai.
Saco el móvil del bolsillo con manos que sorprendentemente no tiemblan. Y marco su número antes de pensármelo demasiado.
Responde al segundo tono.
—¿Ronan? —Su voz suena alegre. Relajada—. ¿Qué pasa?
—Necesito que vengas a mi apartamento. —Las palabras salen atropelladas, nada que ver con mi tono habitual medido y controlado.
Miro al bebé. Durmiendo pacíficamente como si no acabara de descolocar mi vida entera.
—Han dejado un bebé en el vestíbulo del edificio. Una mujer apareció con un portabebés. Dijo que era mío. Y desapareció.
—¿Qué? Espera, ¿QUÉ?
—Lo que has oído.
—Ronan, más despacio. ¿Cómo que un bebé? —Puedo escuchar cómo empieza a moverse al otro lado del teléfono—. ¿De quién? ¿Cómo...?
—No lo sé. —Me paso una mano por el pelo, destruyendo el peinado perfecto que me llevó cinco minutos esta mañana—. Era una chica de la agencia. Creo. Debí estar con ella hace un año, más o menos. No me acuerdo de ella. Nunca me acuerdo. Y ahora tengo un bebé. No tengo pañales ni biberones…
Kai suelta algo que suena entre una risa histérica y un gemido.
—Vale, vale. No te muevas. Voy ahora mismo. —Hace una pausa—. No hagas nada. Solo… mantén al bebé vivo hasta que llegue. ¿Puedes hacer eso?
La pregunta debería ser insultante.
Pero es completamente razonable.
—Creo que sí.
Cuelga.
Y yo me quedo ahí de pie, en medio de mi salón minimalista y frío, con un bebé durmiendo en mi mesa de centro y la certeza absoluta de que mi vida acaba de cambiar para siempre.
Miro a la niña otra vez.
Tan pequeña. Tan vulnerable. Tan completamente dependiente de mí.
Y lo único que puedo pensar es en un nombre que llevo evitando durante nueve años.
Skylar.
Voy a tener que llamarla por más que lo esté intentando alargar.
Voy a tener que verla.
Y no tengo ni idea de cómo voy a sobrevivir a eso.