CAPÍTULO 2
Nueve años antes
RONAN
Esto tiene que parar.
Cierro el libro de Microeconomía Avanzada con fuerza y el golpe resuena en la biblioteca casi vacía. Dos estudiantes levantan la vista desde sus mesas, me miran con esa mezcla de curiosidad y cautela que me acompaña desde que llegué a Columbia, y vuelven rápidamente a sus pantallas.
Bien.
No estoy aquí para hacer amigos. Estoy aquí para sacar la mejor nota posible, para graduarme cuanto antes y centrarme en lo que de verdad importa: la empresa que estoy montando con mis hermanos.
Hawke Capital va a ser algo grande. Yo lo sé. Jax lo sabe. Todos lo sabemos.
Y para eso necesito concentración absoluta.
No puedo permitirme distracciones.
Especialmente no distracciones rubias con una sonrisa que ilumina habitaciones enteras y una risa que suena como si el mundo fuera un lugar mejor de lo que realmente es.
Aprieto la mandíbula y abro el portátil. Tengo que revisar las proyecciones financieras que Zane me ha mandado esta mañana. Luego necesito terminar el trabajo de Análisis de Mercados que entrego mañana. Y, por último, tengo que leer tres capítulos de Comportamiento Organizacional antes del viernes.
No tengo tiempo para pensar en ella.
En Skylar Banks.
Joder.
Ni siquiera puedo evitar pensar en su nombre completo. Como si fuera importante. Como si me importara.
No me importa.
Llevo repitiéndome eso desde hace meses.
Desde el primer día de clases, cuando entró en el aula de Estadística —la única clase que compartimos— con unos vaqueros ajustados y un jersey rosa que hacía que su piel pareciera brillar, y se sentó tres filas por delante de mí, completamente ajena al hecho de que acababa de arruinar mi capacidad de concentración para el resto del semestre.
Al principio pensé que era solo atracción física. Algo lógico. Natural. Ella es objetivamente hermosa. Cualquier hombre con ojos en la cara se daría cuenta.
Tiene el pelo rubio que le cae en ondas naturales hasta los hombros. Los ojos del color de la miel cuando le da el sol. Y una figura que ha hecho que me ponga duro en momentos completamente inapropiados, como en medio de una clase sobre regresión lineal, por ejemplo.
Pero entonces empecé a darme cuenta de otras cosas.
La forma en que sonríe a todo el mundo en los pasillos. No la sonrisa falsa y educada que la mayoría de la gente usa, sino una genuina. Como si realmente se alegrara de ver a las personas.
También me he dado cuenta de que siempre tiene las manos llenas: libros, café, su bolso enorme del que sobresalen carpetas. Siempre llega tarde, siempre está un poco despeinada, siempre se disculpa con todo el mundo.
La he visto ayudar a una chica a recoger sus cosas cuando se le cayeron en medio del campus. La he visto quedarse después de clase para hacerle preguntas al profesor no porque no las entendiera —es muy inteligente, eso está claro— sino porque parecía genuinamente interesada en saber su opinión.
Hay algo irresistible en ella. Algo que hace que la gente gravite a su alrededor como si fuera el sol y el resto de nosotros simples planetas atrapados en su órbita.
Incluido yo.
Y eso es un problema.
Porque la he investigado. No debería haberlo hecho. Debería haber usado ese tiempo para trabajar. Para construir algo que importe. Pero lo hice de todas formas.
Sé que está estudiando Trabajo Social. Sé que quiere especializarse en protección infantil. Sé que viene de Portland. Sé que trabaja los fines de semana en una cafetería cerca del campus para ayudar a pagar sus estudios a pesar de tener una beca.
Nunca hemos hablado.
Ni una sola vez.
Pero sé todo eso porque no puedo dejar de buscar información sobre ella como si fuera un acosador.
El amor no existe. Eso lo sé. Lo que la gente llama amor es solo química. Oxitocina, dopamina, serotonina. Reacciones químicas que te hacen vulnerable. Que le dan a la otra persona el poder de destruirte.
Lo vi con mis padres. Lo que sentían el uno por el otro —si es que alguna vez sintieron algo más allá de necesidad y codependencia— no los salvó de ser unos adictos. No nos salvó a nosotros de que nos abandonasen una y otra vez.
El amor te hace débil.
Y yo no puedo permitirme ser débil.
Especialmente no con alguien como Skylar Banks. Alguien que probablemente espera cosas que yo no sé cómo dar. Conversación. Conexión. Toda esa mierda emocional que la gente normal parece necesitar.
Yo no soy normal.
Soy frío. Cerrado. Y estoy roto de una forma que ni siquiera ella con toda su luz podría arreglar.
Así que mantengo la distancia.
La observo desde lejos como el idiota que soy y me aseguro de que nuestros caminos no se crucen más allá de esa clase de Estadística donde me siento detrás de ella y paso cincuenta minutos intentando no fijarme en cómo se muerde el labio cuando está concentrada.
Hasta hoy.
Salgo de la biblioteca con la mochila al hombro. Son casi las tres de la tarde de un miércoles y el campus está relativamente tranquilo. La mayoría de la gente está en clase o en la cafetería.
Entro en el edificio de Ciencias Sociales —tengo que dejar un trabajo en el buzón del profesor— y entonces la veo.
Al final del pasillo.
Skylar.
Corriendo.
Lleva el bolso abierto colgando de un hombro. Está rebuscando dentro con una concentración absoluta. No mira por dónde va. Casi choca contra dos personas que tienen que apartarse para esquivarla. Ella se disculpa sin dejar de correr ni de buscar en ese bolso del demonio.
Y viene directa hacia mí.
Podría apartarme.
Debería apartarme.
Tengo tiempo de sobra para hacerlo.
Pero no lo hago.
Me quedo exactamente donde estoy, en medio del pasillo, y espero.
Tres metros.
Dos.
Uno.
Y entonces, se choca contra mí con toda la fuerza de su metro sesenta y cinco de pura energía caótica.
El bolso se le resbala del hombro.
Y ella rebota contra mi pecho como si fuera una pared de hormigón.
Mis manos se mueven por instinto —o eso me digo— y la cojo de los brazos antes de que se caiga hacia atrás. Mis dedos se cierran alrededor de sus brazos, y joder, es tan pequeña comparada conmigo que puedo rodearla por completo.
Es suave.
Cálida.
Completamente sólida y real bajo mis manos de una forma que hace que algo en mi pecho se apriete dolorosamente.
Ella levanta la cabeza para mirarme y el mundo se detiene.
Estamos a centímetros de distancia. Tan cerca que puedo ver las motitas doradas en sus ojos color miel. Tan cerca que puedo oler su champú —algo dulce, como vainilla y coco. Tan cerca que si me inclinara solo un poco podría saborearla.
No.
Joder. Tengo que controlarme.
Pero no puedo apartar la vista.
Nadie tiene derecho a ser tan guapa. Es casi ofensivo. La forma en que el sol que entra por las ventanas del pasillo ilumina su pelo como si fuera oro líquido. La forma en que sus mejillas se ponen rojas mientras me mira con esos ojos enormes llenos de sorpresa y… ¿calor?
Tiene pecas. No las había visto antes desde mi asiento en clase. Pequeñas, dispersas por el puente de la nariz y las mejillas. Como si alguien hubiera salpicado pintura dorada sobre un lienzo perfecto.
Y sus labios.
Joder.
Están entreabiertos, probablemente porque está sin aliento por la carrera, y son del color de las rosas que mi madre solía intentar cultivar en casa antes de que las drogas la consumieran por completo.
No debería estar pensando en sus labios.
No debería estar pensando en nada excepto en soltarla y seguir con mi día como si esto no hubiera pasado.
Pero mis manos siguen en sus brazos.
Y ella sigue mirándome.
Y algo en mi interior —algo que he mantenido bloqueado durante años, algo que no tiene nombre pero que reconozco como profundamente peligroso— se despierta.
Mierda.
SKYLAR
Voy a llegar tarde.
Otra vez.
Corro por el pasillo del edificio de Ciencias Sociales con el corazón latiendo como un tambor y maldiciendo mi incapacidad crónica para salir de cualquier sitio a tiempo. La clase de Desarrollo Infantil empieza en dos minutos y todavía tengo que subir dos plantas y sentarme y sacar los apuntes.
—Mierda, mierda, mierda —murmuro mientras rebusco en mi bolso intentando encontrar el bolígrafo que sé que he metido esta mañana.
¿Dónde está? ¿DÓNDE ESTÁ?
Casi choco contra alguien. Me disculpo sin mirar. Sigo corriendo.
El bolso que cuelga de mi hombro izquierdo amenaza con caerse. Y yo sigo sin encontrar ese maldito bolígrafo que…
Me estampo contra una pared.
Excepto que no es una pared.
Es sólido como una pared, eso seguro. Duro. Firme. Pero definitivamente no es una pared porque las paredes no son cálidas y no huelen a algo limpio y masculino que hace que mi cerebro se cortocircuite completamente.
Escucho el golpe del bolso contra el suelo, pero no lo veo porque estoy cayendo hacia atrás y voy a aterrizar de culo en medio del pasillo. Voy a hacer el ridículo más espectacular de mi vida universitaria y…
Unas manos me cogen.
Grandes. Fuertes. Se cierran alrededor de mis brazos con una firmeza que debería asustarme pero que en cambio hace que algo en mi estómago dé un vuelco completamente inapropiado.
Y entonces levanto la cabeza.
Y me olvido de respirar.
Porque el hombre que acaba de evitar que me estampe contra el suelo —el hombre contra el que acabo de chocarme como una idiota sin coordinación— es ÉL.
Ronan Hawke.
Dios mío.
Es él.
Lo reconocería en cualquier parte. Es imposible no reconocerlo. No cuando todo el campus femenino —y una buena parte del masculino— habla de él constantemente.
¿Has visto al chico de Finanzas? ¿El alto, el del pelo negro y los ojos grises?
Es guapísimo pero no habla con nadie. Es súper raro.
He oído que tiene dinero. Mucho dinero.
He oído que tiene cuatro hermanos y que todos son igual de guapos.
He oído que nunca sonríe.
Y tienen razón.
No está sonriendo ahora.
Me mira con una intensidad que hace que se me cierre la garganta.
Sus ojos son del color del acero fundido —grises, profundos, imposibles de leer.
Su mandíbula está tensa, como si estuviera conteniendo algo.
Y sus manos siguen en mis brazos, sujetándome, quemándome a través de la tela del jersey de una forma que hace que todo mi cuerpo se ponga en alerta máxima.
Es más alto de lo que pensaba. Mucho más alto. Tengo que echar la cabeza hacia atrás para mirarlo y aun así siento como si me estuviera ahogando en esos ojos que no se apartan de los míos ni un segundo.
Y entonces mi cerebro vuelve a encenderse.
Y hago lo que siempre hago cuando estoy nerviosa.
Empiezo a hablar.
—Dios, lo siento mucho. Lo siento muchísimo. Iba corriendo y no miraba y tú estabas ahí y yo no te he visto.
Cállate, Skylar.
Pero no puedo.
—…y llego tarde a clase que es algo que hago todo el tiempo, llegar tarde, no chocar contra la gente, bueno, también choco contra la gente bastante pero no es algo que haga a propósito obviamente y tú eres…
CÁLLATE.
—…muy alto. Eres muy alto. Lo cual es una observación completamente innecesaria que acabo de hacer en voz alta porque al parecer no tengo ningún tipo de filtro entre mi cerebro y mi boca.
Sus labios se mueven.
Solo un poco. Casi imperceptible.
¿Acaba de sonreír?
No. Imposible. Todo el mundo dice que nunca sonríe.
Pero hay algo en la comisura de su boca. Algo que hace que mi estómago dé otro vuelco ridículo.
Me doy cuenta de que estoy sonrojada. Puedo sentir el calor en mis mejillas, subiendo por mi cuello, probablemente es visible desde el espacio.
Y él sigue sin decir nada.
Solo me mira.
Como si fuera… no sé. Como si fuera algo que necesita analizar. Un problema matemático que no termina de resolver. Una ecuación con demasiadas variables.
Es la mirada más intensa que he recibido en mi vida.
Y me está derritiendo desde dentro.
—Yo… —Trago saliva, intentando recuperar algo de compostura—. Soy Skylar. Banks. Skylar Banks. Creo que compartimos la clase de Estadística los martes y jueves. Me siento tres filas delante de ti. Bueno, no es que te esté observando ni nada. Solo me he dado cuenta. Una vez. O dos.
Para.
POR FAVOR PARA.
Él parpadea. Una vez. Lento.
Y entonces habla.
—Ronan.
Su voz es grave. Profunda. Con un control perfecto que hace que suene como si cada palabra hubiera sido cuidadosamente medida antes de salir de su boca.
—Soy Ronan Hawke.
Como si yo no lo supiera ya.
Como si todo el campus no supiera quién es.
—Sí. —Me río. O algo que suena a una risa pero que probablemente parece más un graznido nervioso—. Sí, lo sé. Quiero decir, te conozco. No personalmente. Obviamente. Porque nunca hemos hablado antes. Pero sé quién eres porque… bueno, compartimos clase y…
Sus manos siguen en mis brazos.
Me doy cuenta de repente.
Ha pasado ¿cuánto? ¿Treinta segundos? ¿Un minuto? Y sigue sujetándome como si no se le hubiera ocurrido soltarme.
Como si no quisiera hacerlo.
O quizás solo estoy proyectando lo que quiero ver porque mi cerebro está claramente funcionando mal.
—Tengo que irme —Señalo vagamente hacia las escaleras—. A clase. Llego tarde. Otra vez. Como siempre.
Él asiente. Casi imperceptible.
Pero no me suelta.
Y yo no me muevo.
Estamos en medio del pasillo, probablemente bloqueando el paso, y ninguno de los dos se mueve.
Hasta que escucho la campana que indica que la clase ha empezado.
Mierda.
—Tengo que irme. —Esta vez sí me muevo. O intento moverme. Pero sus manos se demoran un segundo más antes de soltarme—. Perdona otra vez. Por todo. El choque. El parloteo interminable.
Me agacho para recoger mi bolso. Cuando me levanto, él sigue mirándome con una intensidad que hace que me olvide de cómo funcionan mis pulmones.
—Bueno. —Retrocedo un paso. Luego otro—. Nos… nos vemos por ahí, supongo.
Y entonces él dice algo que hace que mi corazón estúpido se dispare como si acabara de ganar la lotería.
—Sí. Nos vemos por ahí.
No es mucho. Solo cinco palabras. Dichas con un tono neutro que no revela nada.
Pero hay algo en la forma en que me mira cuando las dice.
Algo que hace que sienta como si acabara de pasar algo importante.
Aunque probablemente solo sea mi imaginación hiperactiva.
Salgo corriendo hacia las escaleras, con el corazón latiendo tan fuerte que apenas puedo escuchar mis propios pensamientos.
¿Por qué he tenido que hablar tanto?
¿Por qué no puedo ser una de esas chicas misteriosas y calladas que los chicos encuentran interesantes?
¿Por qué tengo que convertirme en una máquina de hablar sin sentido cada vez que me pongo nerviosa?
Llego a mi clase cinco minutos tarde, sudada y con las mejillas todavía ardiendo.
Pero no puedo dejar de sonreír.
Porque Ronan Hawke —el chico más guapo y misterioso del campus— acaba de decirme «nos vemos por ahí».
Y mi corazón ridículo e ingenuo ya está esperando ese momento.
Aunque sea una completa idiota por hacerlo.