CAPÍTULO 1
SKYLAR
Voy a matar a mi compañera.
En serio. Voy a matarla.
Chloe me juró —me juró — que Chad era encantador. «Súper interesante», dijo. «Es un tío con la cabeza bien amueblada». «Te va a encantar, Sky».
Mentira. Todo mentira.
Porque Chad —sí, se llama Chad, como si el universo hubiera decidido ponerle un nombre que gritara «soy un capullo»— lleva exactamente cuarenta y tres minutos hablando de sí mismo sin parar.
Cuarenta. Y. Tres. Minutos.
Lo sé porque he mirado el reloj. Varias veces. De forma nada disimulada.
Y él no se ha dado cuenta. Porque está demasiado ocupado explicándome, con pelos y señales, cómo cerró un trato millonario la semana pasada que «cambió las reglas del juego en el sector inmobiliario de Manhattan».
Sus palabras. No las mías.
Estamos sentados en un restaurante italiano en el Upper East Side que es bonito, eso tengo que admitirlo. Tiene las luces tenues, velas en las mesas, es el tipo de sitio donde la gente viene a enamorarse o a fingir que lo está.
Yo no estoy haciendo ninguna de las dos cosas.
Estoy contando los segundos hasta que pueda largarme de aquí sin parecer una completa borde.
—...y entonces le dije al cliente: «O aceptas mi oferta o te vas a arrepentir el resto de tu vida» —Chad se ríe de su propia historia, mostrando unos dientes blanquísimos que probablemente le han costado una fortuna—. Y ¿sabes qué pasó?
—¿Aceptó? —aventuro, removiendo la pasta que apenas he probado.
—¡Exacto! —Se inclina hacia delante como si acabara de decir algo brillante—. Porque soy bueno en lo que hago, Skylar. Muy bueno.
Ajá.
Creo que voy a vomitar. Solo rezo porque eso no haya sido una insinuación sexual, porque antes prefiero morir de forma lenta y dolorosa que estar a menos de un kilómetro de una cama a su lado.
Pero, por supuesto, no puedo decirle eso.
Así que, asiento. Sonrío. Hago un gesto con la cabeza que espero que parezca impresionado pero que probablemente solo parece cansado.
Porque lo estoy.
Estoy cansada de esto. De las citas que mi compañera Chloe me organiza con «hombres maravillosos» que resultan ser todo menos maravillosos.
De fingir interés en conversaciones que me importan cero.
De seguir buscando algo que sé —con una certeza dolorosa que me acompaña desde hace nueve años— que no voy a encontrar.
Porque ya lo encontré una vez.
Y me rechazó.
El pensamiento llega sin invitación, como siempre, trayendo consigo esa presión familiar en el pecho que nunca termina de irse del todo.
Ronan Hawke.
Ni siquiera debería estar pensando en él. No después de tanto tiempo. No cuando está sentado frente a mí un hombre que técnicamente cumple todos los requisitos para gustarme: guapo, exitoso, interesado.
Pero no es él.
Y ese es el problema.
Ninguno es él.
Chad sigue hablando —está diciendo algo sobre una casa en los Hamptons ahora— y yo finjo que lo escucho mientras mi cerebro hace esa cosa patética que lleva haciendo durante años.
Comparar.
Chad es rubio. Ronan tenía el pelo negro.
Chad gesticula constantemente. Ronan apenas se movía, como si cada gesto fuera calculado.
Chad llena todos los silencios con palabras vacías. Ronan dejaba que los silencios existieran, cómodo en ellos de una forma que me fascinaba y me frustraba a partes iguales.
Es ridículo. Lo sé.
Han pasado nueve años desde la última vez que hablé con Ronan Hawke. Nueve años desde que me dejó claro —con esa gentileza dolorosa que fue peor que cualquier crueldad— que no me quería cerca. Que era una distracción.
Y aquí estoy. Comparando a cada hombre que conozco con un recuerdo. Con un fantasma. Con alguien que probablemente ni siquiera se acuerda de mi nombre.
Aunque yo me acuerde de él casi cada día.
He visto su nombre en las noticias. En artículos sobre Hawke Capital, la empresa de inversión que dirige junto a sus hermanos. En fotografías de eventos benéficos donde siempre aparece con un traje impecable y una expresión que no revela absolutamente nada.
Sigue siendo guapo. Más incluso que en la universidad, si eso es posible. Como si los años le hubieran dado un barniz de poder que lo hace todavía más inalcanzable. Más masculino.
No es que lo siga en redes sociales ni nada así.
Solo… leo las noticias. Es lo que hace la gente normal.
La gente normal que definitivamente no está obsesionada con un hombre que la rechazó hace casi una década.
—Skylar, ¿me estás escuchando?
La voz de Chad me devuelve al presente de golpe.
Parpadeo. Me obligo a sonreír.
—Perdona. Me he distraído un segundo.
—Te preguntaba si querías otra cosa de comer —dice, y hay algo en su tono que me hace pensar que no es la primera vez que lo pregunta.
—Ah. —Miro mi plato, donde la pasta se ha quedado fría—. No, gracias. Estoy llena.
No es verdad. Apenas he comido. Pero la idea de alargar esta cita un minuto más me resulta insoportable.
Chad chasquea los dedos —literalmente chasquea los dedos— para llamar al camarero.
Y algo dentro de mí se rompe.
No puedo hacer esto. No puedo seguir sonriendo y asintiendo y fingiendo que esto es aceptable. Que él es aceptable.
—Perdona —me levanto antes de pensármelo dos veces, cogiendo el bolso—. Necesito ir al baño.
—Claro. —Chad ni siquiera levanta la vista de su teléfono, donde probablemente está revisando sus propias publicaciones en redes sociales—. Te espero aquí. Luego podemos hablar de dónde quieres ir cuando acabemos de cenar.
Ni de broma.
Camino hacia los baños con pasos que son demasiado rápidos para parecer casuales, pero me da igual. El corazón me late con fuerza contra las costillas y tengo un nudo en la garganta que me avisa de que estoy a punto de hacer algo impulsivo.
Pero es que no puedo más.
No puedo seguir haciendo esto. Aceptando citas con hombres que no me interesan porque mi compañera insiste en que «necesito salir más» y «darle una oportunidad al amor».
Como si no le hubiera dado ya una oportunidad.
Como si no hubiera pasado meses en la universidad intentando que Ronan Hawke me viera. Me eligiera. Me dejara entrar en ese mundo frío y controlado donde vivía.
Y fracasé.
Entro en el baño con tanto impulso que la puerta se abre con más fuerza de la que pretendía. Por suerte está vacío. Me apoyo contra el lavabo, mirándome en el espejo.
Llevo un traje azul cielo que Chloe me obligó a comprar para esta cita. «Te hace parecer dulce», dijo. Como si necesitara ayuda con eso. Todo el mundo siempre me ha dicho que soy dulce. La chica que ilumina las habitaciones.
Excepto la única habitación que quería iluminar.
La de él.
Cojo el móvil con manos que me tiemblan ligeramente y busco el contacto de Chloe. Marco. Espero.
—Hola, preciosa. —Su voz suena alegre, claramente espera que le dé buenas noticias—. ¿Cómo va la cita con Chad? ¿A que es encantador?
—Chloe. —Respiro hondo, intentando que mi voz no suene tan desesperada como me siento—. Está siendo horrible. Necesito que me hagas un favor si no quieres que me muera.
—Oh no. —Puedo escuchar cómo su tono cambia, pasando de alegre a preocupado en un segundo—. ¿Tan mal está yendo?
—Peor. —Me paso una mano por el pelo, deshaciendo el peinado que tardé veinte minutos en hacerme esta tarde—. Lleva casi una hora hablando de sí mismo sin parar. Ha chasqueado los dedos al camarero. Chasqueado los dedos , Chloe.
—Ay, no.
—Sí. —Siento cómo algo en mi pecho se afloja al poder decirlo en voz alta—. Así que necesito que me llames en exactamente diez minutos, Chloe. Invéntate una emergencia. Lo que sea. Pero sácame de aquí. No pienso ir con él a ningún sitio después.
Hay una pausa al otro lado de la línea.
—¿Estás segura? —pregunta, y su voz ha perdido toda la alegría—. Había pensado que esta vez …
—Esta vez qué. —Las palabras salen más cortantes de lo que pretendía—. ¿Que finalmente conocería a alguien que me hiciera olvidar a Ronan Hawke?
El silencio que sigue es ensordecedor.
—Sky…
—No. —Cierro los ojos, sintiendo cómo el cansancio de años me cae encima de golpe—. Perdona. No quería hablarte así. Solo llámame en diez minutos, por favor. Te lo suplico.
—Está bien. —Su voz es suave ahora, con esa ternura que me recuerda por qué le sigo haciendo caso—. Te llamo en diez minutos. Lo prometo.
—Gracias.
Cuelgo antes de que pueda decir nada más. Antes de que podamos tener la conversación que yo sigo evitando.
La conversación sobre por qué sigo comparando a todos los hombres con uno que me rechazó hace casi una década. Sobre por qué leo artículos sobre Hawke Capital como si fueran novelas románticas. Sobre por qué la simple mención de su nombre hace que algo en mi pecho se contraiga dolorosamente.
Han pasado nueve años.
Nueve años desde aquella tarde en la biblioteca cuando finalmente reuní el coraje para decirle lo que sentía. Cuando le pregunté si quería tomar un café. De verdad. No en la cafetería del campus rodeados de gente, sino algo real.
Y él me miró con esos ojos grises que nunca revelaban nada y dijo: «No puedo darte lo que necesitas, Skylar».
Como si supiera lo que necesitaba mejor que yo misma.
Como si tuviera derecho a decidir por mí.
Me obligo a respirar. A soltar el recuerdo que me ha acompañado durante todos estos años como una cicatriz que nunca termina de sanar.
Me retoco el pintalabios, aunque no lo necesito. Me lavo las manos, aunque están limpias. Cualquier cosa para alargar estos minutos de paz antes de volver a la mesa.
Pero no puedo quedarme aquí para siempre.
Cojo el bolso y salgo del baño con los hombros cuadrados como si fuera a una batalla.
Que básicamente es lo que es.
Chad sigue en la mesa, con el teléfono en la mano y una sonrisa que probablemente cree que es seductora pero que solo me da ganas de salir corriendo.
—Ya está aquí la chica más guapa del restaurante —dice cuando me siento, y me guiña un ojo.
Me. Guiña. Un. Ojo.
El estómago se me cierra de una forma que no tiene nada que ver con mariposas y todo que ver con náuseas.
—La cuenta ya está pedida —añade, dejando el móvil sobre la mesa—. Pero estaba pensando… mi apartamento está a solo dos manzanas de aquí. Tengo una botella de vino increíble que he estado guardando para una ocasión especial. Podríamos ir y disfrutarla.
—Ah, yo… —Las palabras se me atrancan en la garganta.
¿Por qué no me llama Chloe? ¿Todavía no han pasado diez minutos? NECESITO que me llame ya.
—Venga, va a ser divertido —insiste Chad, inclinándose hacia delante con esa confianza que solo tienen los hombres que nunca han escuchado un no en su vida—. Prometo comportarme. Bueno, más o menos.
Se ríe de su propia gracia.
Y yo estoy a punto de levantarme y largarme sin más excusas cuando el móvil vibra sobre la mesa.
Gracias a Dios.
—Perdona, tengo que coger esto —digo, prácticamente abalanzándome sobre el teléfono.
Ni siquiera miro la pantalla. Solo deslizo el dedo y me lo llevo al oído con una sonrisa de alivio que no puedo disimular.
—Chloe. Está todo…
—Hola, Skylar.
La voz que interrumpe mis palabras no es la de mi compañera.
Es masculina. Profunda. Contenida. Con ese control perfecto que siempre me fascinó y me frustró a partes iguales.
Y aunque han pasado nueve años desde la última vez que la escuché, la reconozco.
La reconocería en cualquier parte. En cualquier momento. Aunque hubieran pasado noventa años en lugar de nueve.
El mundo se detiene.
Chad está hablando, pero ya no lo escucho. El restaurante desaparece. Las velas, las conversaciones de otras mesas, todo se desvanece como si alguien hubiera bajado el volumen del universo entero.
Solo existe esa voz.
Y el shock que me atraviesa como un rayo.
El teléfono casi se me resbala. Tengo que sujetarlo con las dos manos porque me están temblando de una forma que no puedo controlar.
El corazón se me ha disparado, golpeándome contra las costillas con una fuerza que me duele físicamente.
La garganta se me ha cerrado y no consigo tragar. No consigo respirar.
No consigo hacer nada excepto quedarme completamente paralizada mientras mi cerebro intenta procesar lo imposible.
Porque no puede ser.
No puede ser él.
Después de nueve años. Después de todo este tiempo. Después de convencerme de que nunca volvería a saber de él.
—¿Skylar? —La voz habla otra vez, y hay un matiz nuevo en ella. Algo que no estaba antes. ¿Tensión? ¿Duda?
Y entonces mi boca se mueve. Las palabras salen solas, son apenas un susurro que me sale roto y lleno de todo lo que llevo guardando durante casi una década.
—¿Ronan?