Un CEO Imposible (Los halcones de Wall Street 3)
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PRÓLOGO
RONAN
El silencio de mi apartamento me recibe como siempre cuando llego: absoluto, predecible, perfecto.
Son las siete y veinticinco de la tarde de un miércoles cualquiera, y acabo de terminar de trabajar después de doce horas analizando proyecciones financieras que harían llorar a la mayoría de la gente.
Pero no a mí. Los números siempre me han encantado.
Los números tienen sentido. Son lógicos. Predecibles.
A diferencia de las personas.
Dejo el maletín junto a la puerta, me quito la americana del traje y la cuelgo en el armario del recibidor. La corbata es la siguiente. Luego los gemelos. Coloco cada objeto en su sitio exacto. Cada acción que realizo es parte de una rutina que llevo perfeccionando durante años.
El control es lo único que me mantiene cuerdo.
Voy al dormitorio y saco la ropa de correr del cajón donde siempre está: pantalones técnicos negros, camiseta de compresión, calcetines sin costuras que no rozan. Las zapatillas esperan junto a la puerta, limpias, con exactamente doscientos kilómetros de uso antes de necesitar un reemplazo.
Corro todos los días. Sin excepciones. Diez kilómetros. Siempre hago el mismo recorrido. Es lo único que silencia el ruido constante de mi cabeza que nunca deja de calcular, proyectar, analizar.
Cuando corro, finalmente hay paz.
Me cambio con movimientos automáticos, y mientras lo hago, mi cerebro hace esa cosa irritante que lleva haciendo durante nueve años.
Piensa en ella.
En Skylar Banks.
Su imagen aparece sin invitación, como siempre, trayendo consigo una cascada de pensamientos que he intentado bloquear mil veces y que siempre encuentran la forma de filtrarse.
Me siento en el borde de la cama para atarme las zapatillas, y dejo que los pensamientos vengan. Es más fácil que luchar contra ellos.
He construido mi vida sobre el control absoluto.
No me permito sentir nada demasiado fuerte.
Sí, siento ambición. Sí, amo a mis hermanos.
Pero nada más allá de eso. He aprendido a controlar hasta mis instintos más básicos.
El sexo, por ejemplo. Solo me acuesto una vez cada tres meses.
Siempre mediante una agencia. Siempre con una mujer diferente.
Sin nombres. Sin repetir. Es una necesidad fisiológica, nada más. Como comer o dormir.
No quiero relaciones. No las necesito. No las voy a tener.
Si hubiera querido algo así en mi vida, ya lo tendría.
O por lo menos hubiera intentado tenerlo.
Cuando tenía veintiún años y estudiaba en Columbia, conocí a la mujer perfecta. Y la mantuve a distancia. Deliberadamente. Dolorosamente.
Skylar Banks.
Ella era la que insistía en acercarse a mí.
Se encargaba de iluminar todo con esa dulzura que parecía inagotable.
De hablarme como si fuera una persona normal y no un genio antisocial que prefería los números a las personas.
De sonreír de esa forma que hacía que algo en mi pecho —algo que creía muerto— intentara despertar.
Y yo la mantenía a distancia. Siempre.
Porque desde la primera vez que la vi, supe algo con una claridad que me aterrorizó: Skylar Banks había venido al mundo para dar amor.
Amor puro, incondicional, del tipo que la mayoría de la gente solo lee en los libros.
Quizás por eso terminó siendo asistente social.
Porque necesitaba un canal para entregar toda esa capacidad de amar que le desbordaba.
Y yo… yo ya estaba jodido de serie. Por todo lo que viví en mi casa. Por mis padres que eligieron las drogas antes que a sus hijos una y otra vez. Por todos los años que pasé aprendiendo que amar es sinónimo de sufrir.
Incluso si no hubiera estado roto, no sé si habría sido capaz de darle lo que ella necesitaba. Nadie tiene tanto amor como para estar a la altura de Skylar Banks. Nadie tiene suficiente calidez, suficiente pasión, suficiente… luz.
Y definitivamente no yo.
Que soy todo oscuridad y control y emociones congeladas.
Termino de atarme las zapatillas, sintiendo ese peso familiar en el pecho que aparece cada vez que pienso en ella.
Pero sigo haciéndolo.
Porque, aunque la alejé hace nueve años, aunque nunca le permití acercarse de verdad, no puedo dejar de saber de ella. Cada lunes recibo un informe de un investigador privado. Sé dónde vive. Dónde trabaja. Qué hace. Con quién sale.
Es enfermizo. Lo sé.
Pero no puedo parar.
Necesito saber que está bien. Que es feliz. Que su vida es todo lo que merece, incluso si yo no puedo estar en ella.
El intercomunicador suena, interrumpiendo mis pensamientos.
Frunzo el ceño. Nadie viene sin avisar. Nunca.
Me acerco y presiono el botón.
—¿Sí?
—Señor Hawke, discúlpeme. —Es Marcus, el portero, y su voz suena tensa—. Hay una mujer aquí abajo. Muy alterada. Dice que necesita verle urgentemente.
—No tengo citas esta noche.
—Lo sé, señor, pero… —Hace una pausa, y puedo escuchar voces de fondo—. Creo que debería bajar. Por favor.
Hay algo en su tono. Una preocupación real que hace que dude.
Marcus lleva quince años trabajando en este edificio. No me pediría esto sin una razón.
—Bajo en dos minutos.
El ascensor desciende con suavidad silenciosa, y uso esos segundos para preparar mi rechazo educado a lo que sea que esta mujer quiera.
Probablemente dinero. O una oportunidad de inversión. O quizás sea de alguna organización benéfica buscando donaciones.
Las puertas se abren en el vestíbulo.
Y veo algo que no esperaba.
Una mujer de unos veintitantos años, rubia, con la ropa arrugada y aspecto de no haber dormido en días. Está de pie junto a Marcus con las manos retorcidas y los ojos rojos.
Y a sus pies, en el suelo de mármol frío, hay un portabebés.
Con un bebé dentro.
Durmiendo.
Me detengo a tres metros, procesando la imagen con la misma lógica que uso para analizar balances financieros.
Mujer alterada + bebé = situación que no me concierne.
—Señor Hawke —dice ella, con la voz temblando.
—Sí.
—Puede que no te acuerdes de mí. —Da un paso adelante, y puedo ver cómo las lágrimas empiezan a acumularse en sus ojos—. Pero estuvimos juntos hace más o menos un año. Trabajo para… una agencia.
Algo frío se instala en mi estómago.
La miro con más atención. Es rubia. De complexión media. ¿Junio del año pasado? ¿O fue marzo?
No lo sé. Nunca me fijo. Son todas iguales. Anónimas. Funcionales.
—Este bebé es tuyo —dice entonces, y las palabras caen entre nosotros como cristales rotos—. Y yo no puedo hacerme cargo de él. Lo siento. Me ha costado mucho tiempo encontrarte.
Me quedo paralizado.
A pesar de que el mundo continua sin mí. El vestíbulo sigue igual. Marcus sigue ahí. La ciudad sigue rugiendo afuera.
Pero algo dentro de mí se congela completamente.
—Eso es imposible —digo, y mi voz sale más fría de lo que pretendía—. Siempre uso protección.
—Los preservativos fallan. —Su voz se quiebra—. Y este bebé es tuyo. Lo siento. Lo siento mucho. Pero yo no… no puedo…
Y antes de que pueda procesar lo que está pasando, antes de que pueda decir nada más, se gira y corre hacia la puerta.
—¡Espere! —Marcus sale tras ella, pero está muy motivada a largarse.
Desaparece entre la gente de Manhattan como si nunca hubiera estado aquí.
Y yo sigo sin poder reaccionar.
El portabebés sigue en el suelo.
Con el bebé dentro.
Durmiendo pacíficamente, completamente ajeno al hecho de que acaba de ser abandonado en el vestíbulo de un edificio de lujo por una madre desesperada. Frente a un hombre que no está preparado para atenderlo.
Marcus vuelve sin aliento.
—Se ha ido. Lo siento, señor Hawke. Voy a llamar a la policía…
—No.
La palabra sale automática, sorprendiéndome incluso a mí.
Me acerco al portabebés con pasos que parecen pertenecer a otra persona. Me agacho. Miro dentro.
Es una niña. Eso creo. Lleva un pelele rosa, así que probablemente sea una niña. Es tan pequeña que parece imposible que sea real. Tiene el puño cerrado junto a la mejilla. Los labios fruncidos. La respiración es tan suave que tengo que inclinarme para asegurarme de que está viva.
Algo extraño se retuerce en mi pecho. Algo que no reconozco porque llevo años sin sentirlo.
¿Miedo? ¿Pánico? ¿Algo más?
No lo sé.
—¿Señor? —Marcus está a mi lado, claramente esperando instrucciones—. ¿Llamo a los servicios sociales?
Las palabras activan algo en mi cerebro.
Servicios sociales.
Skylar.
Skylar trabaja en servicios sociales. Está especializada en niños. En situaciones exactamente como esta. Bebés abandonados. Madres desesperadas. Casos imposibles que requieren a alguien que sepa no solo de leyes, sino de cómo cuidar.
Y si hay algo que Skylar sabe hacer, es cuidar. Dar amor.
Llevo nueve años evitándola. Nueve años recibiendo informes sobre su vida como un acosador patético que no puede soltar lo que nunca tuvo.
Porque acercarme a Skylar Banks es peligroso.
Siempre lo ha sido.
Pero ahora, mirando a esta criatura diminuta que quizás lleve mi sangre, sé que no tengo otra opción.
Voy a tener que llamarla.
Voy a tener que verla.
Después de todo este tiempo.
Cojo el portabebés con manos que sorprendentemente no tiemblan, y me levanto.
—No llame a nadie todavía, Marcus. Necesito… procesar esto primero.
—¿Está seguro, señor?
—No. Pero lo haré de todas formas.
Camino hacia el ascensor con el bebé, sintiendo cómo cada paso me aleja más de la vida perfectamente controlada que tenía hace diez minutos.
Las puertas se cierran.
El ascensor sube.
Y lo único en lo que puedo pensar es en un nombre que llevo evitando durante nueve años.
Skylar.
Si alguien sabe lo que tengo que hacer con un bebé abandonado, es ella.
El problema es que verla significa enfrentarme a todo lo que llevo negándome desde hace nueve años.
Y no tengo ni idea de cómo voy a sobrevivir a eso.