Un campo de flores muertas 6 #5
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De su espalda surgió una especie de cola que no dejaba de crecer. Se curvó en el aire, tomando vuelo antes de cruzar el espacio y hacer estallar la cabeza del hombre.

Andrea chilló al ver caer el cadáver a su lado. Sus piernas cedieron en el momento preciso que el látigo reventó el tronco detrás de ella.

Guzmán volteó hacia el monstruo. Lucía sereno, incapaz de empatizar con la muerte.

El chico gritó al soltar una nueva ronda de esferas de luz. Todas se disipaban a centímetros de su objetivo, convertidas en una nube de energía que se difuminaba antes de tocarlo.

Lentamente, Nfang alzó un brazo. Imitó la postura de Matías, apuntándolo con la palma de su mano. Piel y músculos se estiraron antes de que el chico pudiera reaccionar. Su cuerpo quedó aplastado entre la mano y un árbol que rechinaba. Era como ver a un gorila sosteniéndolo entre sus manazas, jugando con él hasta aburrirse. Matías vio una ondulación bajo la piel de Nfang. Los músculos crecían, obligándolo a escupir aire y sangre. El crujido de los huesos era advertencia suficiente.

El brazo de Nfang se contrajo en un zigzagueo serpentino. Matías cayó como si fuera una muñeca de trapo, incapaz de moverse.

Nfang recuperó su forma humanoide antes de avanzar hasta el remolino. Los hombrecillos lo seguían, bailando sobre los cuerpos. El viento rechazaba su presencia. Era como si quisiera defender a Ignacia y su bebé del Antiguo creando un muro de llamas a su alrededor. Los examinaba, tomándose su tiempo tras librarse de las distracciones.

–Por favor —suspiró Guzmán.

Apenas se podía poner de pie. Necesitaba ganar tiempo. Era la única forma de salvar a Ignacia.

La máscara adoptada por Nfang comenzaba a desmoronarse. Una superficie escamosa asomaba detrás de la piel, que se derretía como si fuera cera. La inflamación de los músculos de Nfang excedía las proporciones humanas. Sus manos se transformaban en zarpas, desgarrando los rasgos apolíneos que ocultaban su verdadera esencia. La cola se multiplicó en una red tentacular que acechaba a Ignacia y su hijo.

–Por favor –repitió Guzmán, tratando de alcanzarlo con el brazo útil.

Nfang volteó a verlo. Su rostro era tan bello como monstruoso. El gesto fue suficiente para saber que su súplica le parecía patética, incapaz de sostenerse.

A Guzmán le pareció que dudaba. Un temblor en lo que parecía ser el ojo del ser le dio esperanzas.

–¿Por qué? –preguntó Nfang con una voz que se alojó en lo más profundo de su ser, como si trascendiera el tiempo.

El mentón le tiritaba. Su cuerpo perdía calor. Sentía el pantalón húmedo. La sangre se debía estar filtrando por algún lado.

Debía mostrarse firme.

–No m-merecen… No así.

–Sabes de qué son capaces, humano.

–Por lo mismo… te ofrezco mi vida a cambio.

La risa de Nfang se volvió un chirrido espeluznante que hizo retumbar el pecho de Guzmán. Los hombrecillos agitaban sus cabezas y se agarraban el estómago, intensificando su respuesta.

–¿Acaso crees que tu insignificante vida es equivalente a la de los herederos?

Las piernas de Guzmán apenas respondían a sus instrucciones. Se acercó con un movimiento irregular. Usaba una rama que encontró cerca para sostenerse en pie. El brazo le colgaba como un péndulo, cargando el peso sobre las costillas rotas. Debía verse miserable.

Nfang no se inmutó ante su esfuerzo.

–¿Te harás responsable por ellos?

Las náuseas hicieron dudar a Guzmán.

–Primero debo sobrevivir –respondió, enderezando su cuerpo sobre la rama.

Creyó oírlo reír. Lo vio agitar esa cabeza platinada y cargada de astas.

Los ojos de Guzmán se dirigieron a la red tentacular que parecía apuntar hacia él. Las colas se trenzaban en un baile imposible de seguir, creando figuras que jamás habría imaginado. Un burbujeo llamó su atención. De reojo vio el cuerpo del hombre y por su mente desfilaron un sinfín de posibilidades. La sangre había dejado de manar con la última explosión de una burbuja carmesí. El blanco del hueso resaltaba entre esa masa rojiza que parecía llamarlo en medio de escalofríos y arcadas que luchaba por contener.

De pronto, se percató de su error.

Nfang había escapado de su campo visual.

O eso le hizo creer su mente por un segundo eterno en el que se vio morir un número ilimitado de veces.

Su ojo logró captar la danza que seguía tras el heraldo.

Aún no tomaba una decisión.

¿Cuánto tiempo había pasado? No lo sabía, y tampoco podía pensar en ello.

Quería volver a mirar, pero su cuerpo se negaba a responder.

Se concentró en evitar movimientos involuntarios. Dirigió su concentración hacia sus extremidades, percibiendo cada gota de sudor que caía por su cuerpo. Notó el cambio en su respiración por el mareo que amenazaba con hacerle perder el conocimiento.

Se armó de valor y alzó la mirada. Nfang seguía donde mismo lo había dejado, como si no hubiera pasado ni un segundo desde que creyó oírlo reír.

El alivio que calmó sus músculos desapareció enseguida.

Aún esperaba su respuesta.

–Ustedes los humanos son seres sumamente curiosos.

Guzmán sostuvo la mirada dentro de lo que sus fuerzas se lo permitían.

–Los estaremos observando –dictaminó.

Guzmán no podía creer lo que escuchaba.

Asintió. Un nudo en su estómago le impedía hablar.

–Cualquier indicio que nos haga dudar, morirán. Los tres.

Guzmán volvió a asentir.

La sensación de triunfo nunca se había sentido tan amarga.

Volvió a su forma humana antes de alejarse del torbellino que no dejaba de girar.

–¿Por qué?

Él mismo se sorprendió de haber hecho esa pregunta. Nfang se detuvo sin voltear hacia Guzmán. Los hombrecitos giraron y se quedaron mirándolo.

–Solo… quiero saber por qué.

Nfang giró la cabeza, dejando ver el perfil de su rostro.

–Han atravesado el umbral. Matarlos sería una de-mostración vulgar de poder.

Alzó la mirada, confrontándose con la luz de la luna.

–Ahora, todo depende de ella.

–Pero…

–Confiamos en tu criterio, Tomás Guzmán.

Contuvo la respiración hasta que Nfang desapareció en el bosque.

No entendía a qué se refería.

Quiso suspirar, pero su cuerpo no resistió. La humedad del barro se volvía agradable y seductora. Las manchas negras nublaron su visión, hasta que la luz de Ignacia se apoderó de todo.

Al principio, sus ojos no querían abrirse. La nariz estaba tan hinchada que tapaba parte del ojo izquierdo. Aún veía manchas negras que no desaparecían ni aunque parpadeara. Se tocó las costillas y comprobó que no había sido un sueño.

Miró a su alrededor para descubrir al pequeño que se removía sobre la tierra. Se arrastró hasta llegar junto a él. Tenía los labios morados y la cara roja de tanto llorar. A su lado había una nota escrita a mano.

«Por favor». Nada más.

Buscó a Ignacia en medio de la oscuridad, pero no la encontró.

Envolvió al pequeño con su chaqueta y lo tomó con su brazo bueno.

El cuerpo sin cabeza seguía donde mismo.

Las velas se habían consumido por completo.

A un par de metros oyó un quejido. Matías se revolcaba en el suelo. Apenas movía los labios. Las cuencas vacías le daban un aspecto inhumano. Cuando lo escuchó acercarse comenzó a pedir ayuda.

Andrea no estaba por ningún lado. De seguro escapó, pensó mientras cojeaba hasta el auto, manteniendo el equilibrio sobre la rama que usaba de muleta.

El pequeño lloró hasta que lo acostó en el asiento del copiloto y volvió a dormirse. Pensó en dejarlo con Matías hasta que llegara la PDI. Ellos sabrían qué hacer con él. Guzmán no podía quedarse. Cualquier intento por explicar qué había pasado sería tomado como un insulto por sus superiores.

Revisó la nota de Ignacia. «Por favor». La dio vuelta. Solo «Por favor». Nada más.

Suspiró, y el dolor en sus pulmones se reavivó. Los sentía chocar con los fragmentos de hueso que flotaban en su interior.

Observó al pequeño envuelto en su chaqueta embarrada. No podía dejarlo a su suerte. No por él: por el resto. Era una amenaza. Siempre podían intentar rehacer el ritual.

«Una invocación mal hecha deja vestigios en los sobrevivientes…», recordó sin saber por qué. Lo miró y creyó que le devolvía la mirada. Sentía el poder detrás de esos ojos impolutos. Si lo tapaba con su chaqueta…

Tosió y escupió sangre.

Tomó aire. Los pulmones le ardían.

A la mierda.

Sintió un cosquilleo en las mejillas. Las lágrimas caían, dejando un surco entre la suciedad y la sangre.

¡A la mierda con todo!

Encendió el teléfono y le envió un mensaje a Rubio con su ubicación. Él entendería. La gente desaparecía todos los días. No era algo extraño en el sur de Chile.

2

El mal fundamental aparece en el listado de la PDI de comunidades o sectas socialmente peligrosas que son monitoreadas constantemente. Recordar la poco nutrida historia de nuestro país en temas sectarios, tales como el crimen de las monjas de Temuco (1995) o el asesinato en la Catedral Metropolitana (2004), entre otros.