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Guzmán saltó sobre los hombrecitos y sintió como si atravesara un muro invisible que lo trasladó a otra dimensión. La densidad del aire succionó lo que quedaba en sus pulmones. Era como volver al sótano de los Vial. El hormigueo en su piel pronto se convirtió en sudor y lágrimas que no lograba controlar.
Por el rabillo del ojo vio al chico acercarse corriendo. Sacudía un cuchillo con movimientos torpes, descuidando su guardia, rajando el aire como si tratara de acabar con el oxígeno que lo rodeaba. La sonrisa desfiguraba su rostro hasta volverlo irreconocible. Guzmán retrocedió en el momento preciso que le abrió un corte en la mejilla.
–¡Rati puto! –rio.
Guzmán se acercó, cerró una pinza sobre la muñeca de Matías y el cuchillo se perdió entre los escombros. La frente del chico aceleró y le quebró la nariz a Guzmán. Matías aprovechó su vértigo y lo arrojó al suelo. El barro y la sangre se le metieron en los ojos al detective. Su caja torácica retumbaba con cada patada que recibía. Contrajo su cuerpo en posición fetal, esperando el momento preciso para tomar su pie y hacerlo caer. A ciegas lo hizo caer y se subió encima, moviendo las manos hasta llegar al rostro del chico. Lo siento, pensó Guzmán al sentir el globo ocular que se volvía blando, penetrando el cráneo hasta sentir la viscosidad interior. El calor de la sangre y el plop del ojo acompañaron la satisfacción de Guzmán al escucharlo gritar. Se revolcaba en el piso, maldiciendo y tomándose las cuencas vacías.
A su espalda, los cantos seguían su progresión monstruosa.
Ignacia se retorcía sobre un campo de fuego y cenizas. El círculo parecía danzar al ritmo de Andrea Tagle, reclamando lo que le pertenecía. El cuerpo de la chica amenazaba con quebrarse de un momento a otro. Guzmán la veía incapaz de resistir. Las flores se abrían paso a través de su piel, desgarrándola en busca de luz y oxígeno.
Del otro lado, los aullidos del bebé destrozaban sus tímpanos. Se había vuelto una bola de fuego que se deshacía hasta hacerlo desaparecer. El grito de Ignacia terminó por desgarrar la realidad.
En el vacío se sentía ligera. O eso quería creer.
Flotaba dentro de una burbuja viscosa, compacta, como sangre coagulada que se pegaba a sus extremidades. Moverse era imposible. Solo debía dejarse llevar.
El vacío ardía. Nunca se apagó. Dolía, igual que cuando Andrea sacó a Sebastián de su interior. Magia. No. Poder. Sí, eso habían arrancado de sus profundidades. Su útero era poderoso, ella lo era, desbordada con su semilla, por su fuerza elemental, empapada de la sangre primordial, del que camina sin cuerpo, el devorador capaz de desestabilizar los siglos con su silencio marchito.
Ahora, le tocaba a él, e Ignacia se dejó flotar.
Corrió hasta donde había caído su pistola. Apuntó contra el hombre del libro y le gritó que se detuviera. El canto seguía, no podía detenerse, no en ese punto. Guzmán volvió a gritar, dirigiéndose a Andrea. Su danza tenía algo hipnótico. Volvió al hombre. La nariz rota le impedía apuntar. Ninguno le prestó atención. Recitaban y cantaban sin pausa, absortos.
Recordó la advertencia de su padre. «Cuidado con Villa Encina».
Aceleró y embistió al hombre. El libro voló a los pies de los hombrecitos. No se inmutaron, ensimismados en su llanto oscuro y decadente. El hombre trató de luchar con Guzmán. El detective le sostuvo el brazo en la espalda, gritándole junto al oído.
–¡Que se detenga!
El hombre rio. Retomó su canto litúrgico, omitiendo el dolor de la llave de Guzmán. Guzmán lo azotó contra el piso antes de amenazar con dispararle.
–¡Ahora! –le exigió tras presionar el cañón contra su sien.
El hombre volvió a reír, soltando más frases incomprensibles.
El viento era una vorágine infernal. Ignacia permanecía oculta entre la luz y el polvo que se elevaba en un tornado voraz.
Guzmán apuntó a Andrea que no dejaba de bailar.
–¡Para, mierda, para!
El arma se disparó. Estuvo a punto de soltarla. El corazón le retumbaba en los oídos. El grito de Andrea le llegó lejano. La vio sostenerse la pierna.
La espiral que rodeaba a Ignacia se detuvo por un segundo. La joven flotaba en su interior, bañada por esa luz espectral que parecía adueñarse del mundo.
Andrea era incapaz de sostener el ritual por sí sola.
Otro disparo…, dudó.
De pronto, escuchó murmurar al hombre. Fue como si los músculos de su cautivo crecieran bajo su peso antes de lanzar a Guzmán contra un tronco. Soltó el aire de sus pulmones. El hombre se puso de pie, poseído por una fuerza que lo obligó a retomar el ritual. Su rostro había dejado de ser humano.
Guzmán hizo el intento por lanzarse contra el hombre, pero algo en su interior no le permitió levantarse. Una arcada lo obligó a toser. Escupió un gargajo de sangre. El dolor nació en su torso e irradió hacia el resto del cuerpo. Se palpó el torso. La dureza de las costillas había desaparecido, como si todo su abdomen estuviera compuesto de una masa blanda y amorfa. ¡Ahora no, por favor!, gritó por dentro, tratando de ayudarse con un árbol.
De pronto, la luz desapareció.
No.
Su pecho le impedía respirar.
¡NO!
El aire se volvió denso.
Lo lograron.
Fue como si la esperanza se extinguiera.
«Si quiere vivir, corra».
Su reflejo apareció en la distancia. Si Ignacia subía un brazo, su reflejo la imitaba dejando residuos del movimiento que se dispersaban en el aire.
La boca de ese cuerpo onírico estaba completamente seca. Creía haber perdido la sensibilidad de sus extremidades, pero era una sensación que iba y venía hasta volverse molesta. El mentón le temblaba. Quiso controlarlo, pero ese mundo se lo impedía.
Sin que Ignacia se moviera, su reflejo se acercó, deslizándose por el espacio.
Comenzó un listado. Los ojos, las manos, el espesor de las cejas, el movimiento de su pecho. No había diferencias. Era como verse en un espejo.
Pero no era ella.
La Otra Ignacia estaba rodeaba por un vacío infértil, un páramo de muerte y confusión que se volvía incoherente con su existencia. Utilizaba su rostro como máscara para sobrevivir en ese mundo. Las imperfecciones de su cuerpo se volvían superiores, divinas, de una grandeza que jamás vería en ella. Era perfección ominosa, incompatible con la mortalidad que la definía.
Quería tocarla. Comprender la diferencia. Vivir esa distancia que se reducía.
No era necesario estirar su brazo para lograrlo. El espacio que las separaba era insignificante. Esperaba sentir el calor de su respiración, la vibración de su cuerpo, el roce de su piel.
Pero nada de eso existía.
Porque la perfección no necesitaba de algo tan irrelevante como el aire. Solo era, y con eso le bastaba.
La frontera que separaba sus existencias se desdibujaba. La oscuridad se volvía luz, y la luz se hacía parte de ella. Porque ahora era la voz de la tierra enferma, el principio sin olvido.
A su alrededor, el vacío ardía.
La vida existía solo si ella lo deseaba.
Aceptarlo era solo el inicio de una eternidad fundamental.
«Corra».
Una luz fosforescente emanaba de los hombrecillos. Ya no lloraban: reían como paganos adorando la llegada de un dios falso. Se reunían a su alrededor, desprendiéndose de esa membrana alquitranada.
No lo vio llegar. Lo sintió cuando el aire se volvió denso, como si el bosque hubiera decidido cerrarle el paso. Sus pasos eran apenas un murmullo entre el caos ceremonial.
«Si quiere vivir…»
Guzmán buscó su arma. Estaba junto al hombre que no dejaba de orar, cubierta de barro y sangre. Tendría que arrastrarse para llegar a ella.
Un escalofrío se apoderó de su firmeza. Pensó en las costillas rotas, en los golpes de Matías, en el hombro desencajado que recién notaba. No. No era eso. Las manchas negras se apoderaban de su visión, como si su cuerpo reaccionara frente a la imposibilidad del ser. Descartó la opción de recuperar su arma.
Sabía qué era eso. Lo supo cuando su cuerpo reaccionó antes que su mente: las piernas cedieron, y el instinto de supervivencia le pedía huir. El aire sobrenatural excedía la imagen que había decidido adoptar. El cabello platinado era solo una máscara, una maquinación para acercarse y acabar con todos sin necesidad de gastar energías. Sus facciones eran elegantes, lo más cercano a un ángel que Guzmán había visto. Irradiaba un aura de arrogancia y nobleza, como si supiera que su presencia bastaba para conquistar a todos los presentes.
Pero Guzmán no se dejaba engañar.
Pensó en Correa.
Los mitos.
Los errores de traducción.
«Él lo encontrará…».
El devorador de caminos.
Su cuerpo recordó una sensación que creía haber olvidado: la noche que rescató a Ignacia había temblado igual que ahora.
Nfang. «Nadie va al Padre sino por mí».
Sus miradas se cruzaron, y Guzmán descartó la idea de enfrentarlo. No era miedo. Era certeza.
–Alto.
Todos dejaron de hacer lo que hacían al oír esa voz forjada en el averno mismo. El hombre y Andrea parecían no haberse percatado de su presencia, pero sus cuerpos sí.
Ignacia flotaba en medio de esa espiral que se negaba a detenerse. Guzmán estaba seguro de haber visto sus brazos y piernas torcidos en ángulos imposibles. El círculo en el suelo ya no se distinguía con claridad. La sangre que caía de Ignacia había difuminado los contornos de las formas. A esa altura daba igual. El ritual ya estaba en marcha.
Andrea tropezó con su lengua en un intento por continuar. La vio dar un paso hacia atrás. Vigilaba que el ritual siguiera en pie.
Sabe quién es, pensó al ver que el hombre retomaba su prédica.
–… pon las condiciones necesarias y haz que esta noche…
La sangre caía por las mejillas de Matías como una cascada escarlata. Había dejado de quejarse. Parecía mirar hacia el monstruo. Movía sus labios como si hablara solo. Con una mano se sostenía el rostro, tratando de contener la hemorragia, y con la mano libre apuntó a Nfang. Una luz se originó en su palma y salió disparada. La bola de fuego se extinguió antes de alcanzarlo. Nfang apenas se inmutó.
–Ilusos.