Un campo de flores muertas 6 #3
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Ignacia los veía hablar, pero no lograba comprender qué decían. Imaginó el cuarto cerrándose sobre su cabeza, aprisionándola en una celda pesadillesca. Dio un paso hacia atrás para sostenerse en pie. Las manos de Matías la tomaron de los hombros. Volteó a verlo. Con los ojos le suplicó que la ayudara a huir, pero su respuesta fue una sonrisa y una presión sobre su piel.

–No tengas miedo –dijo Rodrigo–. Todo estará bien.

Su tráquea se negaba a dejar pasar el sonido que luchaba por salir. Trató de quitarse el agarre de Matías. Rodrigo se adelantó y la tomó de un brazo, arrastrándola hacia el sello sanguinolento que la volvía a recibir tras dieciséis años.

–Por favor… –sollozó mientras luchaba contra sus captores–. ¡Matías! ¡No!

–Vamos, Inna. Es por tu bien –dijo su pololo, que la sostenía entre sus brazos mientras Rodrigo le ajustaba unas sogas en cada extremidad.

–¡Dos! ¡Necesitan dos! ¡Conmigo no es suficiente! ¡Matías!

Ignacia gritó hasta sentir que la garganta le quemaba. Sabía que nadie la escucharía. El vecino más cercano estaba a casi medio kilómetro de distancia, y en ese momento estaba terminando de amarrar la última cuerda a su tobillo izquierdo.

Frente a ella, Andrea sostenía una bandeja quirúrgica. Le entregó un sobre a Rodrigo. Lo abrió y sacó un fajo de papeles color hueso.

–«Querida Alba» –comenzó a leer en voz alta–. «Sé que al momento de encontrar esta carta tu ánimo no será el mejor. Espero comprendas el porqué de esta decisión».

–No… –gimió Ignacia.

Andrea revisaba a contraluz un bisturí.

–«No es mi intención excusarme a través de esta carta.

»Los últimos meses han sido difíciles para todos. La decisión tomada por Manuel marcó a nuestra familia para siempre. No hay día en que despierte sin pensar en Bruno. Es un dolor que no desaparece con nada, y no puedo convertirme en una carga para ti, Germán o la pequeña Ignacia.

»Sin embargo, si bien no lo comparto, ahora entiendo el actuar de Manuel estos últimos meses. Hay un mundo oscuro que se oculta en nuestra realidad, blablabla.

Rodrigo pasó los papeles con desdén hasta llegar a la última página.

–Esto es interesante. Escucha: «Lamento no haberte contado antes. Sé que mi decisión será devastadora para la familia, en especial para la Inna, mi pequeño rayito de sol.

»Alba: no dejes que descubra la verdad. Si averigua el trágico destino que acecha a nuestra familia… No quiero ni pensar en esa posibilidad.

»Sé que sabrás quererla como la hija que decidiste nunca tener y que volverás a amarla con cada amanecer. Hazlo por mí, por ti, por ella».

Algo en su interior dejó de funcionar como lo había hecho hasta ese momento.

Tía… Mamá…

Rodrigo dobló los papeles, devolvió la carta al sobre y lo alzó junto a su rostro.

–Lo demás ya lo sabemos.

Ignacia volvió a gritar. No fue capaz de contener el llanto.

«Mi rayito de sol».

Andrea se desnudó a un costado, dejando ver la prolongación de la pintura sobre su cuerpo.

–Si a nadie le sirve, entonces creo que podemos deshacernos de esto.

Rodrigo acercó una vela y encendió una esquina del sobre. Ignacia tiró de las sogas. Unas lenguas de fuego se extendieron por el papel y lo consumieron hasta volverlo cenizas.

Mamá…

La danza de Andrea le dio vida a la pintura que se movía al ritmo de su voz. Un aullido que la desgarraba por dentro se filtraba por sus labios negros. Movía las manos como si jalara algo desde el interior de Ignacia.

Sintió un movimiento en su vientre, acompañado de una humedad en la entrepierna.

–Creo que no necesitaremos esto –dijo Rodrigo, arrojando la bandeja quirúrgica sobre su hombro.

De alguna forma lo oía llegar.

El devorador de caminos: más allá del origen de lo humano y lo divino

Helena Correa, Universidad de la Frontera Austral Todas las culturas tienen una figura que guía, engaña o conduce. No es un dios creador ni un dios destructor. Quizás ni siquiera debamos llamarlo dios. Su rol es anterior a la idea misma de una divinidad, porque, sin alguien que marque la senda, la humanidad jamás habría sabido de ellos.

La llamada con Rubio terminó peor de lo que esperaba. Lo había pillado en un mal momento. Sotomayor escuchó la conversación y su teléfono sonó sin parar durante más de media hora. Los mensajes de Rubio le pedían que volviera a la comisaría, que juntos podían convencer a Sotomayor de lograr algo concreto, «pero no me pidas que lo haga con cuentos para niños», cerraba su última notificación antes de decidirse a apagar el teléfono. Necesitaba concentrarse, pensar dónde encontrar a Ignacia Tapia. Estaba solo. Era su última esperanza.

Llegó a casa de Rómulo Parra cerca de las cuatro. Los rayos de sol eran la única prueba de que ese día existió alguna vez. Probablemente sea el último que veamos, pensó cuando Parra le dijo que la pareja había salido.

–Fueron a ver lo que quedó de su casa –señaló, despreocupado–. Dijeron que volvían a cenar.

Guzmán miró la hora y se sintió estúpido por no haberlo previsto. Era el sitio perfecto.

El auto de Matías bloqueaba el camino a metros del terreno de Alba Soto. Frenó antes de chocarlo, sacó la linterna de la guantera y un cargador adicional que llevaba para casos como este. Comprobó que tuviera balas suficientes antes de salir.

El bosque parecía susurrar un himno infernal. Un resplandor anaranjado se elevaba desde las ruinas, anunciándole que ya había comenzado.

El llanto de Sebastián la sacó de su sueño intermitente. Lo buscó. Lo necesitaba junto a ella. Quiso gritar su nombre, pero apenas se lograba mantener consciente. Creyó que el mundo se esfumaría si cerraba los ojos.

Escuchó a Rodrigo alertar que borraría el sello si seguía moviéndose de esa forma. Las hojas se pegaron a sus manos. No encontraba a su bebé.

Una silueta caminaba alrededor.

Las cuerdas le rasgaban la piel. Tiró con su pierna derecha en un intento por soltarse. Matías se acercó y le aplastó la tibia de un pisotón. Un chillido escapó de su garganta al sentir el crujido de un hueso.

–¡Quieta!

Rodrigo oraba con un libro en sus manos.

Contuvo un gemido enterrando sus dedos en la tierra, dejando un rastro de uñas que no resistían la fuerza de sus manos. Se concentró en tomar aire. Fue la dosis suficiente para recordar el dolor de su entrepierna, el ardor en su garganta, la sangre seca en sus muslos.

Andrea se paseó frente a ella. Agitaba su cuerpo mientras murmuraba una canción que parecía armonizar con el rezo de Rodrigo. La pintura sobre su piel era como serpientes que repetían sus movimientos, como si alguien más bailara con ella.

–¡Oriet, Naydrus, Esmony…! –gritaron al mismo tiempo.

Matías le hizo un corte en el antebrazo. Recibió el líquido en un cuenco que sostenía a su lado. Sonreía, como si disfrutara su dolor. Ignacia lo oyó murmurar unas palabras y Matías se alejó con el cuenco.

Ocultos en el bosque, los hombrecitos parecían desesperados, clamando por una ayuda que no llegaba.

A unos metros, Sebastián volvía a chillar. Su cuerpecito se debatía en una lucha contra el llanto. Matías se acercó, continuando el rezo. Tomó el brazo del pequeño y le acercó la punta del cuchillo.

–¡No lo toques! –gritó Ignacia al mismo tiempo que Matías le abrió el bracito en un canal rojo oscuro–. ¡Hijo de puta!

La sangre del pequeño se unió con la de su madre.

Un zumbido la aisló del resto.

Las lágrimas le impedían ver con claridad.

El pequeño volvía a agitarse. El llanto no le salía. Se va a ahogar, pensó Ignacia sin ser capaz de gritar para que lo ayudaran. Volvió a tirar de las cuerdas, quejándose por el dolor y la impotencia. Su hijo se sacudía entre la sangre y los restos de placenta, con el cordón umbilical colgando hacia un lado.

Matías salió del círculo.

El canto se volvió denso, oscuro.

Una brisa putrefacta los alcanzó.

La danza animal de Andrea se aceleró.

–¡Casmiel, Hayras…!

Al centro, las flores brotaban del cuenco.

Ignacia sintió que algo se agitaba bajo su piel, en sus entrañas, alojándose en su cerebro como si fuera un tumor.

Los hombrecitos derramaban un líquido negro.

Gritos.

Órdenes.

Pasos alterados.

Alguien pedía calma.

Queda poco.

La membrana de la realidad se desgarraba..

Mi rayito de sol.

Un disparo al aire.

El grito del herido.

Silencio.

Las fuerzas volvían. Solo que no eran suyas.

Algo creció desde el cuenco y se metió en Ignacia, en Sebastián, despertando lo que yacía en su interior, una semilla desde donde solo él podía surgir.

El devorador de caminos: más allá del origen de lo humano y lo divino

Helena Correa, Universidad de la Frontera Austral […] «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por mí», afirma Jesús en el evangelio de Juan. Al igual que el mesías cristiano, Gautama Buda también era visto como el “camino” a seguir, similar al Krishna hindú quien nos remite a la idea del mediador entre planos de la realidad. Todas las religiones han comprendido que el hombre no puede enfrentarse a lo divino sin un intermediario.

[…]

Sin embargo, el error de todas las religiones se erige no en la figura a la cual adorar ni de quien media entre lo humano y lo divino: ¿cómo se puede percibir la presencia de esta fuerza en nuestro mundo sin que existan atisbos de su presencia? ¿Cómo comprendemos su existencia sin su encarnación en la Tierra? […] mientras que Nfang se ha asegurado de mantener su presencia activa coexistiendo desde las sombras, vigilándonos y operando como esa barrera que media entre nosotros y lo que realmente dio origen –o fin– a nuestro mundo.

La advertencia de Correa surgió como un recordatorio fatídico. «Si ve unos seres pequeños que brillan en la oscuridad, corra».

La luz crecía a medida que el azote de los chillidos se volvía doloroso.

Guzmán corrió entre los escombros hasta su origen.

La cábala de Pizarro no servía frente a ese cuadro de colores rechazados por la naturaleza.

Las flores crecían sobre la piel de Ignacia. Los pétalos no brotaban: quemaban la realidad, tiñéndola con los colores del averno.