6 #2
Correa abrió la ventana miniatura que tenía a su espalda para dispersar la nube de humo. Apagó el cigarro sobre una docena que acumulaba en el cenicero. Abrió la cajetilla, sacó otro y lo encendió. Guzmán había contado cuatro con ese.
–Usted quiere una etiqueta –dijo–. Y eso ya es un problema.
El humo revoloteaba a su alrededor, acercándose a Guzmán en forma de olas que flotaban en el aire.
–¿Quién es Ukunft?
Correa frunció el ceño.
–¿Dónde escuchó ese nombre?
Se quedó mirándolo con el cigarro consumiéndose entre sus dedos.
–Da igual. Ya llegaremos a eso.
Soltó el humo con elegancia. Parecía que estuviera hablando de algo cotidiano y sin importancia. Se estiró en su silla antes de continuar.
–¿Ha leído La Ilíada?
La pregunta lo pilló desprevenido.
–¿De Homero?
–La única que existe.
Guzmán asintió.
Una pareja de estudiantes se detuvo frente a la oficina. Comprobaron el nombre en la puerta y continuaron su camino.
–Entonces, La Ilíada…?
–Algo entre el mito y lo humano –dijo Correa sin esperar a que terminara–. Cumple una tarea… aunque esa palabra también es un error.
¿Qué?, pensó Guzmán, tratando de seguirla.
–Ahora olvide la épica: lo suyo no es un cuento. Es función.
–¿Función?
La académica golpeó el cigarro contra el cenicero para botar las cenizas.
–Si uno muere, el equilibrio colapsa. ¿Me sigue?
Volvió a asentir.
–Aunque…
Cerró la boca, como si midiera sus palabras antes de continuar.
–No, mejor que no. Tampoco es relevante para su caso.
Tomó una foto y la observó mientras pensaba.
–Históricamente han sido nombrados de otra forma. Hay patrones repetitivos en la configuración mítica tanto en oriente como en occidente.
–¿Algo así como Jesús y Osiris?
–Si necesita compararlo con algo conocido, partió mal.
Guzmán se acomodó en el asiento. Debía concentrarse.
–Pero esos nombres no importan –dijo–. Errores de traducción.
En la silla, Correa se reclinó y cruzó las piernas. Desvió la mirada hacia un montón de libros junto a Guzmán. Soltó el humo y apagó el cigarro aún sin terminar.
–¿Ukunft es uno de ellos? –preguntó Guzmán.
Correa volvió a fijar su atención en Guzmán.
–Todo lo contrario –dijo, haciendo una pausa para tomar aire–. A él es a quien realmente debería temer, detective Guzmán.
La oficina se oscureció tras el paso de una nube.
Correa cerró los ojos. Se relajó en su asiento, respirando a un ritmo controlado.
El olor a marihuana que venía de afuera se fundía con el humo de los cigarros de Correa. Las risas de unos estudiantes eran lo único que se oía en ese momento.
El reloj en la muñeca de Guzmán le rogaba para que lo revisara. Creyó que el tiempo se volvía eterno, pero no se atrevía a moverse y comprobarlo. Temía que la más mínima interrupción pudiera sacarla de su estado y se negara a seguir.
–Lo que le diré es extraoficial.
Guzmán se sobresaltó al escuchar la voz de Correa.
–Cualquier palabra que salga de esta oficina la negaré. ¿Entiende?
Guzmán asintió entre la rigidez del cuello y la sensación de un hielo que le recorría la columna y la cerró.
–Pueden escucharnos –susurró.
Un nudo apretaba la garganta de Guzmán.
–Ukunft… –dijo, bajando la voz.
Se tomó una pausa que a Guzmán se le hizo eterna. Parecía arrepentida. Sus pupilas se desplazaban por la oficina, evitando cruzarse con el detective.
–No puedo decirle mucho. Y lo poco que sé… ojalá no lo supiera..
La vio arrepentirse a mitad de camino hacia la cajetilla.
–Hay quienes creen que eso debe ser… traído.
–¿A qué se refiere?
Correa frunció los labios antes de morderlos. Sacó una botella de agua de entre una pila de libros y bebió.
–El mal fundamental. Así se hacen llamar.
–«El mal fundamental» –repitió Guzmán, saboreando el nombre–. Ellos, ¿quieren traerlo?
–Exacto.
–¿Para eso eran los rituales de Tapia y de los Vial?
–El segundo fue un fracaso desde su concepción.
–¿Y el de Tapia no lo es?
–Ahí está su error.
–Doctora Correa, por favor –suplicó, conteniendo la frustración–, ayúdeme.
Correa subió los ojos hasta casi ponerlos en blanco.
No puedo seguir perdiendo el tiempo, pensó Guzmán. Necesitaba respuestas.
–Primero deben encontrar el linaje de su señor.
–¿El linaje… de…?
–Sin la sangre correcta… Bueno, usted ya ha visto qué pasa.
Sacudió la cabeza. Su mente le exigía un descanso.
No, ahora no.
–¿Dónde puedo encontrar a Ukunft?
Correa sacudió un dedo.
–Él lo encontrará cuando corresponda.
–¿A qué se refiere?
–Solo los herederos pueden separarlo de su realidad y traerlo en su estado más puro. Antes es solo el devorador de caminos, el heraldo.
–¿Y por qué lo de Tapia no es un fracaso?
De la cajetilla, Correa sacó cigarro y apuntó al pecho de Guzmán.
–Esa es la pregunta que esperaba que hiciera, detective Guzmán.
Correa abanicó la mirada sobre su escritorio antes de continuar –Mire las fotos. La del cráneo. Ambas. Compárelas.
Tomó una en cada mano. Las cabezas estaban en la misma posición, una mejor cortada que la otra, las cuencas vacías, una especie de pentagrama sobre la frente. No veía diferencias.
–¿No le parece que unas flores –dijo Correa sin perder su posición de relajo– se ven más «de catálogo» que otras?
Tenía razón. Las flores que salían de Bruno Tapia tenían más vida que las del mayor de los Vial.
–Entonces, ¿el ritual de Tapia «falló menos»?
Correa lo miró como si acabara de perderle el respeto.
–No. Falló distinto.
–¿Cómo?
–La conexión entre un plano y otro se logró de mejor manera –respondió–. ¿Cuánto se demoran en tomar esas fotos desde que descubren el crimen? ¿Una hora? ¿Dos? Haga la comparación.
Las volvió a comparar. Unas lucían marchitas, sin hojas. Las otras parecían haber florecido hace poco. El dedo de Correa se cruzó frente a la foto del ritual de Tapia.
–Como el campo de llamas donde él habita. Un lugar donde la muerte y la vida se funden para crear algo como él.
Guzmán tragó saliva.
–¿Las flores son la conexión con su dimensión?
–Si esa simplificación lo satisface.
Entonces…
–¿Eso significa que…?
Correa no respondió de inmediato.
–Significa que llegaron más lejos de lo que debían.
–Ignacia…
–Pero eso no es todo –continuó sin quitarse el cigarro de los labios.
–Necesitan dos para lograrlo –la interrumpió Guzmán.
–Así es. ¿Y sabe lo que puede significar esa información en manos de ellos?
–Que irán por Ignacia y su hijo.
Correa solo lo miró, sin decir nada.
Guzmán sacó su teléfono y marcó el número de Ignacia. El buzón de voz confirmó sus sospechas.
Vio su reloj y calculó la hora de llegada a Villa Encina.
Se fijó en la fecha y pensó en el diario de Andrea Tagle. De vez en cuando hacía referencia a noches especiales: Walpurgis, Todos los Santos, San Juan, pero ninguna era señalada como idónea para llevar a cabo el ritual.
–Hoy es 21 de junio –dijo, cuidando no sonar nervioso.
Trató de abrir y cerrar el puño bajo la mesa, pero la rigidez apenas le permitía mover los dedos.
–¿Qué tiene de especial esa fecha?
–Solsticio de invierno, la noche más larga, el triunfo de la oscuridad, la inversión del orden cósmico o, como a algunos les gusta llamarla, la muerte del sol.
Un escalofrío le impidió a Guzmán levantarse con la rapidez que le habría gustado.
–Debo irme.
–Detective.
–Lo siento, doctora Correa.
Tomó sus cosas y se dirigió a la puerta.
–Agradezco su tiempo, pero debo correr.
–Detective –dijo, enfática–. Un segundo.
Se volvió hacia Correa sin soltar el pomo de la puerta. La académica seguía en su silla, las piernas cruzadas, observándolo con altanería. Abrió un cajón y sacó un montón de hojas sujetas por un clip.
–Tenga cuidado. Habrá leído mis investigaciones, y se lo agradezco. Quizás es una de las pocas personas en el mundo que lo ha hecho junto a mi marido y un par de pelagatos, pero le aseguro que esto es apenas la punta del iceberg, ¿me entiende?
–Creo.
–Se lo repito: tenga cuidado. No sabe a lo que se está enfrentando.
Hizo una pausa, como si pensara decir algo que acababa de recordar.
–Si ve unos seres pequeños, corra.
Si quiere seguir siendo usted… Nfang es…
–¿Nfang?
Correa dudó antes de seguir:
–«Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por mí».
Guzmán reconocía esas palabras. Las había oído en misa cuando era niño y sus padres se las repitieron hasta el hartazgo. El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Sintió un escalofrío que le impedía moverse.
Correa le extendió el montón de hojas sin decir nada. Guzmán leyó el título y creyó comprender sus intenciones. «El devorador de caminos: más allá del mito, más allá del origen».
–No está completa, pero creo que puede ayudarlo a entender a qué se enfrentará.
Guzmán aún tenía preguntas, pero necesitaba encontrar cuanto antes a Ignacia.
–Gracias por su tiempo.
Giró el pomo de la puerta y salió de la oficina.
El devorador de caminos: más allá del origen de lo humano y lo divino
Helena Correa, Universidad de la Frontera Austral Por años creímos que nuestra comprensión del mundo se acercaba a una explicación definitiva. […] Hoy puedo afirmar que ninguna religión ha estado cerca de esa respuesta, y sería arrogante pretender que he logrado dar con una solución al problema de la fe humana.
Sin embargo, la estructura triárquica que aparece de Grecia a la India, de los celtas a los egipcios, parece repetirse con tal insistencia que resulta difícil considerarla una consecuencia. Quizás esa arquitectura no sea una invención humana para estructurar el pensamiento, sino el recuerdo deformado de algo anterior al hombre.
Rodrigo se acercó y la rodeó con sus brazos. El olor a leña y sudor penetró en sus pulmones, haciéndola desear que la soltara. Le susurró unas palabras. El impacto no le permitió reaccionar. Sus labios secos le besaron la mejilla antes de separarse, la sonrisa de villano aún esbozada en su rostro.
Todavía quedaba una fina alfombra de escombros. La cama había sido reemplazada por un anillo ritual dibujado con sangre. Brazos arcanos se extendían más allá de sus límites, trepando por muros y árboles que cerraban el cuarto. La llama de las velas se mecía con la brisa que parecía emanar del bosque.